La primavera chilena me trajo este año una flor muy anhelada: la publicación, en formato de plaquette ilustrada por la artista Yeruza Labrín, de mi cuento El tercer nombre, en la editorial Imaginistas. Esta es su sinopsis:
Azucena soñaba con ser caballero. Más tarde, convertida en Convalaria, llegó a ser la Primera Espada de una princesa. Entre la armadura, la guerra y el amor por otra mujer, su vida quedó atravesada por promesas y lealtades que terminaron por arrebatarle aquello que creía ser.
Cuando la guerra acaba, queda una tarea más íntima: aprender a vivir sin una reina a quien servir, sin una armadura que la proteja y sin un nombre que determine su destino. Entre lirios, magia y recuerdos, comienza a abrirse la posibilidad de una existencia elegida por ella misma.
El tercer nombre es una fantasía sobre el amor entre mujeres, las huellas de la violencia y la reconstrucción de la identidad. Un relato que explora los límites entre el amor y la posesión, la lealtad y el sometimiento, y pregunta qué queda de una persona cuando los mandatos que sostenían su mundo se derrumban.
Las ilustraciones de Yeruza Labrín acompañan este recorrido, expandiendo el universo de flores, cuerpos y armaduras que atraviesa la escritura de Paula Rivera Donoso.
Y estos son los datos técnicos de la obra:
El tercer nombre
- Autora: Paula Rivera Donoso
- Editorial: IMAGINISTAS Laboratorio Editorial
- Colección: Larvaria Nº 4
- Género: Narrativa
- Subgénero: Fantasía
- Páginas: 30
- Dimensiones: 15,5 × 21,5 cm
- Fecha de publicación: Octubre de 2026
- ISBN: 978-956-6240-21-1
- Ilustraciones interiores: Yeruza Labrín
- Portada: Coti Gálvez
Escribí este cuento cuando aún vivía en el sur, en 2025, por encargo de la editorial, que quería ampliar su colección de publicaciones breves, Larvaria. Pese al contexto, resultó siendo un proyecto muy personal para mí. Entiendo que he expresado esta misma idea, de una forma u otra, en todos los anuncios de mis otras publicaciones, lo que en realidad puede entenderse como una obviedad: todas nuestras historias son personales, en la medida en que se originan de experiencias o anhelos muy propios, las más de las veces íntimos, que encuentran diferentes formas de materialización desde el lenguaje.
En esta oportunidad, sin embargo, cabría reconocer un matiz importante: este cuento nace de una experiencia de mi vida personal, que intensifiqué en magnitud desde la fantasía y a la que, como corresponde a mi responsabilidad ética fantasista, le brindé una eucatástrofe que yo no pude experimentar en su momento (ni nunca).
Por supuesto, no se trata de un relato confesional; en tanto obra de fantasía, quise igualmente aprovechar la instancia para ampliar mis horizontes autoriales. Me referiré primero a esta dimensión, a fin de enmarcar mejor la expresión intimista.
Hace unos años, comenté en este blog que deseaba reconciliarme con la modalidad de fantasía épica, aquella en la que se inscribe Obra Mayor y de la que terminé distanciándome con los años por discrepancias ético-estéticas. El tiempo, así como nuevas lecturas y nuevos pensamientos, me ayudaron a reconsiderar mis aprensiones iniciales y calibrar mis deseos, intenciones y expectativas hacia este subgénero, tanto desde el frente lector como autorial. Comprendí que la fantasía épica no tenía por qué encallarse en el belicismo, grandilocuente o cínico, de su vertiente tradicional o subversiva, y que bien podía recalar en expresiones de ella que me resultan mucho más atractivas y afines a mis móviles como escritora: la aventura y el pliegue introspectivo y nostálgico. Si bien aún no consigo culminar mi proyecto de novela de fantasía épica juvenil aventurera y melancólica, pues lo dejé aparcado por otras obligaciones y escrituras, lo tengo muy presente para retomarlo en un futuro mediato o lejano.
Mientras tanto, quise aprovechar la constricción que me proponía la invitación de Imaginistas para ensayar una breve historia de fantasía épica en mis términos, inspirada por algunos importantes referentes.
En lo que cabe a fantasía, identifico dos influencias relevantes. La primera es la novela Lady Hotspur, de Tessa Gratton, a la que en su momento dediqué un extenso comentario en mi sección de lecturas anuales. A fin de no reiterar lo que ya escribí entonces, solo señalaré aquí que su poderoso imaginario queer de mujeres caballeros que se aman me fascinó profundamente. Aun cuando la novela consigue aunar con sorprendente elegancia elementos más contemporáneos como el romance teleseriesco o las intrigas política con la mitopoética que es propia de la buena fantasía clásica, lo que más se quedó conmigo fue su protagonista Hal, que me ayudó a modelar mejor otro personaje mío del que no hablaré aquí, y la idea misma de mujeres caballeros sufrientes y emocionalmente intensas.
Mi otra lectura fue en una línea similar: Justicia, de Eleazar Herrera. Hace años tuve la oportunidad de conversar con la autora sobre nuestra lectura compartida de Lady Hotspur y constaté que esta fue también una novela que la impactó poderosamente, siendo igualmente referencia para su Justicia. En todo caso, esta obra es mucho más intimista en su enfoque, e incluso más poética en su dicción. Aunque su lectura se cruzó justo con un evento personal doloroso, lo que afectó mi capacidad de recordarla en sus detalles y de consignarla en mi sección de lecturas destacadas anuales, me cautivó también por su atención a la introspección y los afectos.
Puedo decir que el imaginario de fantasía de El tercer nombre nació de una intersección entre estas dos novelas de mujeres caballeros y la añoranza que dejaron como una marca en mí.
En cuanto al contenido intimista, este guarda relación con una experiencia pasada de amor queer no correspondido, de funestas y longevas consecuencias emocionales en mí. Ya había escrito un cuento de fantasía inspirado en este suceso, inédito y perteneciente a otro proyecto de relatos, pero con El tercer nombre me permití intervenir más el núcleo temático y transformarlo en una historia más pasional, dramática y, ¡por fin!, redentora.
En su momento, le comenté a mi editor, Donald McLeod, que El tercer nombre sería como una suerte de “salida de closet” literaria. Aunque he comentado antes en espacios textuales y públicos que me identifico como una persona queer (bisexual, concretamente), esta sería la primera vez que retrataría ese interés personal de manera explícita en una obra mía publicada. Ahora, por supuesto que uno puede escribir (buenas) historias que no tengan que ver con su identidad en sí; es solo que siempre tuve la intención de explicar que esta en particular sí nació por una experiencia queer transformada en el cuento.
Ante la pregunta de Doni de cómo me sentía ante todo esto, creo haberle respondido que me sentía entusiasmada y a la vez tranquila. Aunque la experiencia que inspiró el cuento fue muy dolorosa y me dejó muchísimas secuelas emocionales que aún arrastro, poder integrar mejor este dolor en mi vida me ha permitido, en los últimos años, animarme a trabajarlo desde la fantasía, con resoluciones imposibles tanto desde la realidad como desde el realismo. Incluso la hipérbole con la que he tratado el suceso me ha ayudado a expresar la magnitud del daño que experimenté, aunque la situación en sí no fuese tan cruenta, o aunque fuese más patética y miserable que dramática o trágica.
Los nuevos horizontes que me abrió el cuento también me propusieron desafíos antes impensados. Ya que ahondaría en un vínculo abiertamente sáfico (lésbico, más precisamente) en muy pocas páginas, quise animarme a presentar una relación sexual explícita. Esto me causo mucha sorpresa cuando lo pensé, pues no hace mucho escribí un largo ensayo en el que expresé parcialmente por qué me sentía incómoda ante la proliferación de escenas sexuales en obras de fantasía contemporánea, principalmente romantasy. Pero mi blog es como un cuaderno de campo público en el que voy consignando mis pensamientos; por supuesto que iré cambiando de parecer en algunos de ellos con el tiempo.
En este caso, el matiz vino por el siguiente flanco: lo que me molesta son, ante todo, las escenas sexuales muy mal escritas, aparentemente concebidas más como respuesta a deseos onanistas que como una forma de vínculo real entre personajes, o como una forma de mostrar parte de la totalidad de la naturaleza humana. Luego, tras darle una vuelta, me di cuenta de que lo que más me desagradaba leer eran las ¡relaciones heterosexuales! (Jajaja). Y principalmente aquellas emprendidas entre protagonistas “únicas y diferentes” que en realidad eran muy normies y hombres convencionalmente atractivos.
En suma, vínculos normativos, muy ajenos a las posibilidades que yo deseo leer y escribir en fantasía (y a mis propias experiencias en mi vida personal).
Sabiendo que mi escena sexual sería conducida por dos mujeres que me parecían interesantes, con lo que me ahorraba (por ahora, por esta historia) la incomodidad de escribir sobre el deseo por un hombre, me pregunté cómo escribirla para que fuese a la vez explícita y no vulgar, sensible sin ser absurda o tonta. Para ello, me inspiré mucho en mi impresión de la descripción del primer encuentro sexual de la novela Carol, de Patricia Highsmith, obra que me encantó también, tanto por lo lésbico como por lo que corresponde a la apreciación narrativa en sí. La breve escena sexual de esta novela me pareció elegante, maravillosamente precisa, y hasta dulce. Quise tomarla de referencia entonces, complementándola con la torpeza que quise asignarle a mi protagonista, rasgo que me parece muy tierno de enmarcar desde el cariño en una primera relación honesta y correspondida.
Por supuesto, quizá se trate igualmente de una escena mal escrita o que no funcione para el lector (o lectora, sobre todo). Pero me ha parecido un buen desafío y estoy contenta de no haber permitido que mis propias aprensiones recientes, o mi celo por una coherencia exagerada que solo le importa a mi parte más obsesiva, frenaran mi impulso creador.
En cualquier caso, a pesar de su importancia en la historia y en mi propia historia como autora, la escena sexual es un hito más en una narración que, como me ayudó a ver la ilustradora, versa principalmente sobre la identidad. A lo largo del relato, mi protagonista recibe diferentes nombres, cada uno para coronar diferentes etapas en su vida en las que se pregunta quién es, más allá de lo que otros proyectan, esperan o imponen sobre ella. Por esta razón, hube de concebirla como una muchacha, pues me parece que ciertos conflictos identitarios (identidad de género y orientación sexual) se expresan con mayor nitidez e intensidad en la juventud. Al principio pensé que esta historia podría considerarse ficción juvenil, salvo por la escena sexual (¿o quizá también por ello?), pero de momento no he recibido apreciaciones lectoras que concuerden con esta visión. En lo personal, no me interesa mayormente; al menos está la certeza de que todos hemos sido jóvenes alguna vez y que quizá podamos vernos reflejados en el recorrido de mi protagonista, o bien, que ella nos muestre una forma de construcción personal muy diferente a la que pudimos haber vivido nosotros.
He querido dejar para el final el comentario sobre el magnífico trabajo de ilustración que acompaña esta edición, a cargo de la artista Yeruza Labrín. En la presentación de la obra, Yeruza explicó (parafraseo) que procuró recrear el viaje identitario de la protagonista a través de la visualidad corporal de sus ilustraciones. Me pareció un trabajo precioso y apabullante, que es capaz de presentar su propia narrativa paralela a mi texto. Me encantó el retrato de los tres personajes femeninos que protagonizan la historia, porque ya en el delineado de sus facciones expresan sus rasgos de personalidad, que conoceremos con más detalles a través de mi texto.
Asimismo, me fascinaron las ilustraciones de inicio y fin, porque siento que ambas evidencian aquel recorrido narrativo-visual del que comentó Yeruza y que permiten ver a mi protagonista en dos estadios muy distintos de su vida. En particular, hubo un detalle muy íntimo de la última imagen que se aparta levemente de la base de mi texto, y que sin embargo yo interpreto a partir de la entrevista previa que sostuve con Yeruza respecto a lo que ocurría con mi personaje tras lo narrado. Creo que, en aquel retrato simbólico, la ilustradora logró proyectar la imaginación de aquello que desborda el texto y que yo tenía presente solo en mi mente. Gracias a sus artes, ahora esa visión quedará también sugerida para los lectores, lo que me llena de alegría.
En general, estoy muy agradecida por el compromiso y el interés que Yeruza mostró hacia la labor de ilustrar mi cuento. A veces el trabajo con ilustradores es complejo porque ¡no leen! (?), o no les gusta leer, lo que dificulta su relación personal con la materia de base que es el texto y en consecuencia deben ser muy dirigidos editorialmente. Pero, en este caso, en nuestra entrevista previa, Yeruza mostró un interés por mi cuento que consideré honesto y me formuló preguntas bastante profundas, de un tipo que no es muy frecuente en entrevistas literarias formales que me han hecho antes. Más importante aún, sus preguntas me ayudaron, como ya comenté previamente, a entender mejor mi propio cuento, y a pensar mejor en sus mimbres narrativos. En suma, me encantó la apropiación que Yeruza realizó de la fuente literaria, mi cuento, para construir su propia narración visual, y siento que funciona incluso más como una reescritura que como un complemento, o como una narración paralela.
Como se trata esta de una publicación pequeña, como una especie de single literario, que seguramente no estará en librerías, no tengo mayores expectativas respecto a su movimiento en comunidades lectoras. Al menos en el lanzamiento sí concurrió un público inesperado, que aparentemente no había estado presente, así, antes: las lectoras sáficas.
Fue muy lindo encontrarme con ellas; me dieron mucha ternura. Ojalá hubiera conocer más personas así en mi juventud, pero fue una gracia que no se me quiso dar. Al menos ahora puedo llegar a ellas, indirectamente, a través de una historia como esta. Y quizá esta misma historia pueda ayudar a una joven solitaria y con muchas dudas, conflictos y dolores en torno a su propia identidad, como lo fui yo alguna vez, a encontrar su propio consuelo.
He comentado en otras instancias que uno de mis móviles en torno a la escritura de fantasía es brindar compañía y orientación para los lectores que fueron o son como yo, con requiebros en los mismos rincones del corazón o el espíritu. Si con esta historia puedo lograr que una chica pueda apartarse a tiempo de un mal amor y apreciar el afecto verdadero, mi sufriente versión juvenil tal vez se vea en parte redimida.
Y, hablando de redención, mientras escribía las dedicatorias tras el lanzamiento, una lectora se me presentó con el mismo nombre que aquella otra persona que tanto daño me hizo y a quien tanto (mal)quise. Fue la dedicatoria más insólita que pude escribir, por el contexto: en una historia sobre nombres, EL nombre que me ha atormentado por tanto tiempo (que, para peor, es un nombre sumamente genérico en este país) me salió al camino, ahora desde una luz consoladora.
Cuando he pensado y hablado del El tercer nombre, y así lo he hecho en este texto también, me he referido a que se trata de una historia con un consuelo que la vida no pudo darme. Pero quizá en esta dedicatoria inesperada está otro ápice de aquella redención que tanto esperé.
Esta C. lectora vino a verme, se llevó consigo mi historia y me leerá. Quizá le guste y la valore; quizá, en el mejor de los casos, conecte profundamente con ella. Todo lo que no pudo hacer, de manera honesta y sostenida, la otra C.
Tal vez esta es la gracia que sí se me ha permitido tener.
Mientras tanto, seguiré escribiendo historias de fantasía para ayudar a que otras gracias lleguen a otros lectores.
- octubre 31, 2026
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