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| Arte de 25artinok. |
“Hay otros mundos, pero están en este”, sostenía el poeta francés Paul Éluard. Si tuviera que sintetizar el estado del arte actual de los géneros imaginativos o no miméticos en Latinoamérica de una manera descriptiva, no podría pensar en una mejor premisa que aquella. Pero que una formulación sirva para describir un retrato contemporáneo no implica que no se puedan rastrear visiones ideológicas subyacentes, y eso naturalmente invita también a desplazarnos de la descripción a la apreciación crítica. Es precisamente lo que realizaré en este ensayo.
No soy ajena al conocimiento de que la ficción imaginativa aparenta estar en una fase de crecimiento y valoración cultural con escasos precedentes en nuestro continente. “La imaginación es el nuevo realismo”, he oído y leído, de maneras más o menos parafraseadas, de distintos agentes involucrados en el campo literario. ¿Qué significa eso? En la práctica, según entiendo, que lo no mimético está al fin adquiriendo un estatuto validado para legitimarse como arte literario, o bien, quizá en complemento de lo anterior, que está mostrándose como una literatura más adecuada que la vertiente mimética para describir lo que implica habitar hoy una sociedad o un territorio tan anómalo como el nuestro. Pero tal idea instala también preguntas que ya en su planteamiento sugieren respuestas complicadas: ¿es que acaso el realismo sigue siendo el baremo de validación literaria?, ¿no será que la presentación de la ficción imaginativa como “lo nuevo” (presunción errónea, por lo demás) busca en realidad abandonar el espacio periférico que ha sido su trinchera histórica de lucha para situarse al fin en el (aburrido) centro de todas las cosas?
En fin: ¿qué podría significar en la práctica, bajo todos los optimismos de sus simpatizantes, que ahora la ficción imaginativa esté —ups— “de moda” en la academia y la cultura institucionalizada?
Quizá debería comenzar a explorar este asunto haciendo una precisión terminológica: lo que está de moda no es la ficción imaginativa, sino la “ficción especulativa”. [1].
En su texto “Narrativas no realistas y ‘ficción especulativa’”, la escritora argentina Guadalupe Campos expresa una de las críticas más certeras que he visto hacia la tendencia de este rótulo [2]: debido a su origen explícitamente anclado en la teorización de la ciencia ficción de Robert Heinlein, el ejercicio especulativo se volvió “una imaginación acotada a no irse muy lejos de este mundo, a no contradecir lo que sabemos de él, y, en definitiva, a especular con escenarios que sean, en alguna medida, posibles bajo ciertas circunstancias”.
Esto explica muy bien por qué el rótulo “ficción especulativa” nunca funcionó como un verdadero concepto paraguas, como aún se insiste en varios ámbitos, a veces desde nobles intenciones, para las distintas expresiones potenciales de la imaginación literaria. En la práctica, todos sabemos que “ficción especulativa” es un sinónimo más sofisticado de “ciencia ficción”. En sus momentos más generosos, en ella se incluye ocasionalmente al terror, al weird y a lo fantástico, pero jamás a la fantasía (a menos que escasas personas como yo insistamos y nos quejemos, lo que en verdad rara vez funciona en términos de verdadera inclusión).
¿Por qué ocurre esto? ¿Qué es lo que estas ficciones podrían compartir, pese a sus aparentes divergencias estéticas, y que las apartan de maneras tan definitivas de la fantasía para tales fines clasificadores?
En mi ensayo “La idea de una fantasía latinoamericana” (versión de mi libro La añoranza feérica), esbozo una idea que no desarrollo más, porque no era el contexto más adecuado: la gente común siente distancia, fobia o tirria a los mundos secundarios, paradigma de universo ficcional posible distintivo de la literatura de fantasía. Las razones de esto podrían ser múltiples, y no las abordaré aquí tampoco. Sí retomaré una idea entonces esbozada y en torno a la que Campos se ha explayado más: la visión, el entendimiento y la valoración pura, paradójicamente utilitaristas de la ficción imaginativa.
Plantea Campos:
Lecturas ideológicamente bien intencionadas de la ficción especulativa no dejan de ser, por el mero hecho de entender la ficción principalmente como “especulación”, lecturas utilitaristas de la ficción: el texto vale en tanto y en cuanto nos dice algo sobre la realidad concreta. Todo lo que haya por fuera de esa reflexión sobre la realidad inmediata, por fuera de la menos imaginativa y caritativa de las lecturas posibles de un texto, queda marcado como irrelevante. […] Cualquier lectura no-referencial, no-utilitarista de la ficción imaginativa que no se ciña a una especulación sobre este mundo es vista como escapista.
Es decir, la ficción imaginativa solo puede ser una literatura legítima para cierta gente en la medida en que esté anclada de manera explícita a nuestra realidad consensuada y que sus elementos no miméticos adquieran una cualidad transitiva, que permita una lectura alegórica y funcional.
En la academia, podríamos pensar que este enfoque se trata de una movida estratégica para legitimar el estudio de estas literaturas en Latinoamérica, que salvo hitos muy concretos en su historia literaria (como la masividad del mal llamado “boom” y sus exponentes encasillables en el realismo mágico, o movimientos como el “gótico andino” escrito por autoras) ha sido particularmente hostil o renuente a toda forma superior de imaginación. De ahí que el énfasis de propuestas académicas, en convocatorias de congresos o de artículos para revistas, suela insistir en todo aquello del mundo real a lo que la silueta de ficción imaginativa supuestamente apuntaría. ¡No vaya a ser que la Academia piense que estas narraciones son apenas fruslerías comerciales, indignas de estudio! No, no, no: estas literaturas, en realidad, hablan de otras cosas, más importantes, a través de formas que no pueden ni deben ser leídas de manera literal. ¡Al fin y al cabo la literatura es un arte de símbolos que siempre remiten a otras cosas!, ¿o no…?
Pero ¿cuánto hay en esto de estrategia consciente y cuánto de mero pliegue servil a la norma? En cualquier caso, no deja de ser una movida reprochable: ¿no existen acaso otras argumentaciones para legitimar la importancia y valor estético y cultural de la ficción imaginativa en nuestra sociedad? Si las hay (sí, las hay), obviamente son más complejas de articular, y quizá no queden tan masivamente llamativas en una justificación como aquellas otras. Pero, por otro lado, ¿cómo podríamos sostener impávidos toda la validación de algo en la premisa de que “esto no es lo que se muestra, sino otra cosa muy diferente”? Si lo que importa es la “otra cosa muy diferente”… ¿por qué no ir a ella enseguida, sin desviaciones?
Pero entonces… ¿es la imaginación apenas una desviación desde estos entendimientos?
Lo interesante, y terrible, de esta movida académica es que la hemos visto también expresarse casi en idénticos términos en las propuestas culturales y divulgativas, en las que se adopta una especie de obsesión de “prestigio” muy anómala en nuestro campo.
Véanse estos dos ejemplos que encontré en redes sociales. [3].
Ejemplo 1 - Ciencia ficción
La ciencia ficción latinoamericana rara vez comienza con naves espaciales o invasiones extraterrestres. Sus futuros nacen de la Conquista, las dictaduras, la desigualdad y las heridas que aún atraviesan la región
(Síntesis de carrusel de Instagram del artículo “La ciencia ficción en Latinoamérica”, de Constanza Martínez Achim, publicado en Revista Liber. Esta formulación puntual citada no aparece literalmente en el texto, pero expresa su espíritu general. Véase su similitud a esta cita literal del artículo: “Es irónico, porque para hablar de ‘encuentros con lo desconocido’ [en Latinoamérica] no necesitamos imaginar marcianos bajando de un platillo volador”).
Ejemplo 2 - Terror
Al pensar el género del terror desde América Latina, las definiciones heredadas de otras tradiciones resultan insuficientes. Aquí, lo monstruoso no irrumpe desde lo sobrenatural, sino que emerge de la propia historia: la violencia política, las desapariciones forzadas, las dictaduras, el extractivismo y las múltiples formas de precarización han convertido el terror en una experiencia material y arraigada.
(Descripción de la convocatoria en carrusel de Instagram para el taller literario “Terror latinoamericano contemporáneo”, dirigido por Matías Sepúlveda y Matías Molina)
Ambos ejemplos comparten su pretensión de explorar géneros imaginativos puntuales (ciencia ficción y terror), de orígenes y consolidaciones europeos, en el contexto de su producción situada en Latinoamérica. Esto en sí es algo estupendo y muy necesario, y de hecho es lo que actualmente estoy trabajando yo en la academia. Pero su pretensión se articula de una forma agonística —y hasta despectiva— respecto ya no solo a la tradición heredada de la expresión europea de estos géneros (ideológicamente entendible, en parte), sino a algo inexplicable: ¡a los propios códigos que instauraron estos géneros!
Dios nos libre de pensar que la ciencia ficción en Latinoamérica pueda tener naves espaciales y extraterrestres, o que el terror tenga monstruos preternaturales, dobles o fantasmas. Dios nos libre de pensar que la ciencia ficción y el terror son lo que son, porque aquí tienen que ser otra cosa. Aquí tienen que ser realismo acomplejado: realismoide.
Ray Bradbury trabajó mucho con su imaginario de cohetillos y marcianos (literalmente, en la estupenda Crónicas marcianas), y al menos a mí me es evidente que la maravilla de su obra de ciencia ficción jamás niega la naturaleza —hoy un tanto kitsch, quizá— de estos elementos; por el contrario, sus críticas ideológicas y su visión sociocultural y política aparecen incrustadas en ellos, sin posibilidad (intelectualmente honesta) de ser descompuestas.
Henry James creó la obra maestra de lo fantástico inclinado al terror con Otra vuelta de tuerca, por sostenerse de principio a fin en la vacilación todoroviana, pero él mismo confesó que siempre creyó en la existencia fáctica de los fantasmas, como cualquier persona de bien. Qué despropósito estético si no fuese así, ¿verdad? ¿Para qué entonces leer una ficción como esta? Bastaría con leer un reporte siquiátrico de un paciente sicótico o esquizofrénico, tal vez. Lo hermoso de una obra como esta, y acaso lo valioso del fantástico tradicional, es que la ficcionalidad te provee de una ambigüedad sofisticada, que trasciende el impulso de tomar bandos: ¿en verdad este suceso extraño pertenece al orden de lo sobrenatural o solo se trata de una alteración de los sentidos? ¿Qué importa tal pregunta? La existencia humana es complicada, irreducible en una bifurcación de solo dos respuestas posibles, o de una lectura plenamente alegórica. Una de las intenciones de lo fantástico, desde mi entendimiento lejano a esta estética, es explorar esta complejidad de vías.
El polémico teórico Harold Bloom acuñó el concepto de “ansiedad de la influencia” para describir las diversas formas en las que los poetas se vinculan con sus precursores, en su afán por completarlos, cuestionarlos o superarlos con sus propias obras. Me parece que la “ficción especulativa” fomenta la enunciación de un nuevo concepto derivado de este complejo de inferioridad: la ansiedad de la alegoría. Así concebida, la imaginación no puede ser valiosa o contundente en sí misma, abriendo desde el capullo de su simbolismo inherente la promesa de un ramillete de interpretaciones posibles, no. La imaginación tiene que tener su sentido atado a una referencialidad explícita, y ya ni siquiera para validar su posición en espacios académicos o culturales prestigiosos; esto se ha vuelto ya en una imposición para justificar el derecho de su mera existencia.
Así es como podemos ver hoy, con cansina reiteración, un mismo tipo de premisa estructural que podemos identificar, levemente adaptada, en los ejemplos ya comentados: “esta imaginación no es solo imaginación, sino una crítica a X, una forma de mirar Y, una manera de situarnos en Z”.
La peculiar estructura de este tipo de premisas nos remite a un ya conocido vicio estilístico de la inteligencia artificial generativa, la paradiástole: “esto no es esto, sino aquello”. Cabría entonces albergar la esperanza de que, en realidad, no es que quienes estén presentando estas premisas crean en verdad que la imaginación tiene que ser siempre otra cosa para ser validada. ¡Tal vez no es más que un sesgo anti imaginativo y utilitario de la IA, que es expresamente antihumana! Pero eso no exime de responsabilidades. Es un humano quien lee siempre el texto generado antes de aprobarlo y compartirlo en Internet. ¿De verdad a nadie le incomoda este tipo de formulaciones, como para editarlas en sus gráficas o textos definitivos? Así parece ser el caso, ya sea por falta de pensamiento, ignorancia o un desdén implícito que no han advertido en sus corazones… o quizá por las tres razones a la vez.
Por supuesto que la imaginación es mucho más cosas que “solo” imaginación, pero todas estas están contenidas en su naturaleza. Para retomar la cita de Eluard, hay otras realidades importantes, pero están en la imaginación; no son elementos externos a los que la imaginación apuntaría desde una supuesta recubierta alegórica.
Pero entonces ¿a qué tipo de público (autor, lector o investigador) estamos atrayendo, o inconscientemente buscando atraer, con premisas que tratan de restar toda especificidad estética y axiológica a la ficción imaginativa y homologarla con todas las demás? Pues a un público al que en realidad no le interesan estas ficciones por lo que son en sí, un público que además dista mucho de los trazos identitarios que antes reconoceríamos en amantes imaginistas.
Sostengo que la “ficción especulativa”, como concepto actual, corre el peligro de convertirse en un rótulo de mercado: una categoría que responde más a una tendencia editorial o académica que a un programa verdaderamente artístico desde la tradición no mimética. Su instalación cultural, en el más ominoso de los casos, podría gentrificar la imaginación literaria: de promover solo nuevos autores, circuitos, conceptos y temas sin recorridos trazables en sus formaciones tempranas, sin vocación profunda ni compromiso longevo, podría apropiarse de espacios en los que aún tendría que probarse desde el oficio y el genio.
Del mismo modo en que en su momento comenzamos a hablar de Canción de hielo y fuego de G.R.R. Martin (o, más bien, su adaptación televisiva, Juego de tronos) como “fantasía para la gente a la que no le gusta la fantasía”, podemos decir que la “ficción especulativa”, en general, tantea peligrosamente la idea de mostrarse como una imaginación preformateada para el consumo de personas que en realidad no gustan de una imaginación que les desdibuje el piso desde el que se paran. O, mucho mejor dicho, que las sitúe en un piso de un mundo plenamente imaginario.
Llegados a este punto, alguien podría acusarme de gatekeeper. En realidad, podría decir que me tiene sin cuidado lo que pase con los campos de la ciencia ficción, el terror y las etcéteras, de la misma forma en que al mundo especulativo le tiene sin cuidado (cuando no nos está arrojando ripios o escupitajos) lo que ocurra con la fantasía. Pero no es así: esto me parece un síntoma preocupante en general, para el destino de todas las imaginaciones.
Por supuesto que uno se preocupa cuando, desde su casita, ve que su barrio se empieza a gentrificar con edificaciones cada vez más ampulosas y hostiles, habitadas por nuevos vecinos que empiezan a mirarte con desdén y que dificultan cada vez más la convivencia.
Me es importante aclarar también que no pretendo sancionar a la gente nueva que accede a estos campos y que demuestra interés en ellos, obviamente. Lo que me hace recelar son las intenciones que pudiesen traer consigo. Siguiendo con la metáfora hogareña-barrial, por supuesto que voy a resguardar el pórtico de mi casa y que solo deseo permitir el paso a gente conocida, cercana, querida, o gente a la que estoy aprendiendo a conocer, a aproximarme, a quererla, porque ella está en la misma línea conmigo. Una no quiere aparecidos extractivistas: gente que se sienta a tu mesa a comerte tu comida, a darle vuelta a tus cuadros o remover tu closet, para luego marcharse a otra casa más provechosa cuando se aburra, incluso llevándose como autorregalo no autorizado alguna propiedad tuya muy valiosa.
Una, simplemente, quiere proteger aquel espacio que ha construido como su hogar desde hace muchos años. Para poder abrir tus puertas a genuinos interesados y compartir con ellos conversaciones, tés y melodías, necesitas primero resguardar lo que has alzado como tuyo y admitir a gente que vaya a valorar de verdad lo que vayas a entregarle, sin que entiendan eso como una forma de rapiñar ideas, historias y espacios y convertirlos en algo que no son. Gente que entienda que has estado con tu humilde casita sin número emplazada ahí por mucho tiempo, que has vivido diferentes experiencias en ese barrio, que conociste a vecinos que ya no están cuya vida también quieres entregar a otros desde el legado, y que eso tiene un valor per se. Un valor que, de hecho, quieres compartir, pero que en sí mismo no tiene una utilidad concreta, como tantos parecen esperar.
Ahora bien, hasta este punto me he referido a las ficciones imaginativas en general. Pero ¿qué es lo que ocurre con lo que verdaderamente (me) importa, la ficción de fantasía?
La “ficción especulativa”, formulada desde la inclinación de la alegoresis, traiciona uno de los principios esenciales de la fantasía, como lo es la aplicabilidad tolkeniana y su entendimiento más metafórico/simbólico que alegórico. La alegoría supone un sistema de correspondencias prácticamente exactas entre sus elementos pareados: desde esta mirada, el dragón no sería una criatura fantástica fascinante, sino solo una representación del diablo. De hecho, así se concibió en los textos bíblicos y en las hagiografías medievales. En la literatura de fantasía, en cambio, vemos que su figura ha retenido históricamente parte de esta naturaleza maligna, reconfigurada también desde el mito y el cuento de hadas, pero con muchísimos matices de complejidad y riqueza. Incluso cuando se ha mantenido como adversario frente a los héroes, el mejor tratamiento del dragón literario lo aborda como un personaje más, con una sicología particular. También tenemos una miríada de abordajes paródicos, revisionistas o meramente diferentes, en los que los dragones pueden mostrarse como seres con sus propias personalidades y culturas imaginarias, sin tener que estar en función del conflicto o de una inclinación hacia la maldad.
Así, vemos que la fantasía se articula de una manera que le es naturalmente compleja: al tener una base profundamente simbólica, puede interpretarse de muchas formas a partir de sus signos, a veces incluso desde lecturas contradictorias. Nuevamente, El Señor de los Anillos se alza como un ejemplo paradigmático: hay quienes leemos muchas subversiones literarias y culturas en sus páginas, y otros que solo pueden leer tratamientos reaccionarios o genéricos. Al margen de la validez de cada facción, está claro que estas visiones en disputa trascienden con creces la lectura alegórica que equiparaba de manera absurda el Anillo con la bomba atómica. Incluso haciendo a un lado los errores de planteamiento, tal lectura no nos dice nada sobre la multiplicidad de temas que emergen de la obra.
Considero que esto es extensivo a todas las grandes fantasías literarias. No son reductibles a una única lectura alegórica, ni para su denostación ni para su instrumentalización política o ideológica. No pueden ser lo que no son, porque en realidad son muchas, muchas cosas siendo lo que ya son. Como apuntaba Emilio Araya en su texto “De lámparas y espejos”, que sigue el análisis de dos símbolos que yo también abordé en mi ensayo “Una lámpara arde aún en el bosque: inicios de la fantasía, inicios de mi fantasía” de mi libro La añoranza feérica:
[E]l espejo es una figura simbólicamente ligada al realismo. La mímesis es una imitación de la realidad que produce un reflejo literario, musical, pictórico o escénico. Es decir, el bufón de la corte podría argumentar que el especulador juega con las armas del enemigo.
Ouch.
Para los románticos, la imaginación era una lámpara que iluminaba la realidad con su propia luz. Por eso, si hemos de insistir en avivar los viejos pleitos, creo que la idea de una literatura que ilumine y amplifique la realidad es más versátil que la de una que se dedique meramente a reflejarla […].
Simplemente, se tiene que seguir uno de los caminos de la metáfora y el símbolo que están impresos en la textualidad imaginativa de la fantasía y ver adónde te llevan: algo muy sencillo y emocionante, pero que por alguna razón no despierta interés en la gente especulativa, quizá porque esperan una ilusión de complejidad, más que la complejidad en sí, y un raciocinio que no llegue al corazón.
Este abandono especulativo de la fantasía nos demuestra que es evidente que este movimiento gentrificador no ha conseguido alcanzarla, al menos no todavía. Por fortuna, diría, aunque naturalmente eso dificulte aún más nuestro trabajo con ella y su difusión como literatura hermosa e importante. Pero ¿por qué ocurre esto, además de lo ya mencionado? Las razones no son fáciles de desentrañar, pero nada que se relacione con la fantasía ha sido nunca sencillo ni unívoco; esa es una de sus gracias.
Hace alrededor de una década, el prestigioso escritor inglés de origen japonés, Kazuo Ishiguro, publicó la novela El gigante enterrado [The Buried Giant], una obra de fantasía con la que incursionaría en el género y que más adelante se publicaría en español en una editorial más bien hostil a las imaginaciones profundas, como Anagrama [4]. En su momento, esta incursión se volvió más relevante por la interesante discusión que propició entre otros autores, a diferencia de él, consagrados en la escritura no mimética. Entre ellos se encontró la mismísima Ursula K. Le Guin, quien fue muy crítica ante lo que ella valoró, en resumidas cuentas, como una fantasía pusilánime. Ishiguro respondió como suelen responder los escritores normativos que hablan desde su posición de poder: con arrogante ignorancia. Las réplicas continuaron entre ambos, a las que se le añadieron algunas reflexiones y críticas circundantes de otros autores aledaños al campo imaginativo, hasta que el asunto perdió fuelle [5].
¿Qué ocurrió al final? Le Guin moriría por su avanzada edad, una pérdida invaluable de una de nuestras últimas grandes autores imaginativas, y el pesado de Ishiguro terminaría ganando nada menos que el Nobel, una distinción normativa a la que ningún escritor de fantasía estuvo más cerca que Le Guin, y a la que ninguno volverá jamás a estarlo.
Hay muchos infiernos, y todos, salvo uno, están en este mundo.
Como sea, lo verdaderamente relevante de aquella ya lejana discusión se desvaneció también: la recepción y posición de aquellos autores prestigiosos a los que un día les viene el capricho de incursionar en un género no mimético y son elogiados por concebir obras en ocasiones mediocres, ignorantes y desenraizadas de toda tradición del género al que supuestamente tributarían. Pero esto sí funcionó en otros géneros imaginativos como la ciencia ficción y el terror, y diríamos que incluso, en los mejores casos, contribuyó inesperadamente a revitalizarlos: en la medida en que estos autores no estaban encorsetados por ciertos códigos o por el peso de determinadas tradiciones, podían sustentarse en su oficio literario desnudo y explorar nuevas vías creadoras, o al menos nuevos acentos. En una mala consecuencia de tan buen resultado, mucha gente que no tocaría una ficción imaginativa ni con un palo terminó valorando lo que otros autores, mucho menos validados y prestigiosos, con mayor o menos solvencia literaria, habían escrito y siguen escribiendo desde hace siglos.
Pero no hemos visto este fenómeno en la fantasía en sí. La novela de Ishiguro no sentó un hito relevante en el marco de una potencial fantasía “sofisticada”, como si lo están haciendo, discutiblemente, las obras de Susanna Clarke. Pero ella sigue siendo una autora más bien de nicho: los Fantasistas la conocemos, leemos y adoramos, pero lector promedio de fantasía no sabe quién es y, probablemente, tampoco le interese.
Es decir, no se han dejado de publicar obras valiosas, propiamente literarias, de fantasía en las últimas dos décadas. Pero están surgen como islas en el campo cultural y no llegan al imaginario del lector común, ni del crítico o académico normativo. Susanna Clarke está publicada en español en Salamandra, no en un sello no mimético. Y, desde luego, no se presentan desde palabrejas que pretenden hacer ver que un dragón o un hada son “otras cosas”.
Sucede que la fantasía —la fantasía de mundo secundario, épica o feérica, ojalá de imaginario medievalista o vagamente premoderna— no es cool, y así como van las cosas pareciera ser que posiblemente no llegue a serlo, o sin sacrificar parte de su esencia. No es cool-izable como la ciencia ficción o el terror; no hay nada intrínseco en ella que pueda ser sofisticable, desde la visión de prestigio superficial del mundo cultural, ni pragmáticamente utilitaria en contextos académicos acotados en los que un conjunto de buzz words permita articular una ponencia el día antes de la presentación.
Ah, pero el romantasy, me dirán. El romantasy, el worldbuilding sandersoniano, el grimdork [sic intencional], las cozy fantasies… ¡Tanta palabreja gringa atroz! Sí, estas expresiones contemporáneas de la fantasía son tremendamente populares comercialmente. Pero que algo sea muy popular no significa que sea cool en términos culturales, claro. En un ensayo anterior, caractericé las peores manifestaciones de estos subgéneros hiperespecíficos como fantasía bootleg, concepto que hoy podríamos incluso denominar como fantasía brainrot, para mantenernos a tono con el espíritu de los tiempos. En fin, estas ficciones son como la música urbana: están en todas partes, son muy populares en círculos de gente casual por razones extra-artísticas, evidencian una preocupante pobreza estilística y su exposición forzada me desagrada profundamente, porque insiste en instalar la idea de que es la única forma deseable o aun viable para la fantasía.
Obviamente, cuando alguien habla de “ficción especulativa” no piensa ni remotamente en la inclusión de estas novelas, aunque comparta también un rótulo de naturaleza comercial. ¿Por qué? Porque no es cool leer o estudiar este tipo de historias, con elfos musculosos o magias ingenieriles. Porque estas historias apelan a personas a las que en realidad no les interesa la literatura como arte del lenguaje. Lo interesante del caso es que, en realidad, a mí tampoco me interesan por estas razones, y por otras mucho más importantes. Pero tampoco me interesan estas sofisticaciones impostadas en que la imaginación se viste siempre de gabardina, trufadas de cierta jerga académica que ya no sabes si son taras humanistas de esas que son muy nuestras, o regurgitaciones de la IA, que nos son muy ajenas. A veces en ellas también hay elementos desagradables, irrisorios, o un aparcamiento del valor del lenguaje por sobre “temas contingentes”, alegóricos.
En realidad, ambas visiones me parecen igual de potencial, riesgosamente vacías, solo que de formas diferentes.
La exclusión que hace el establishment de estas fantasías romantabuilding/bootleg/brainrot/etcétera opera por elementos superficiales, extra literarios. No puede descartar estos textos por razones intelectualmente rigurosas porque no los ha leído, porque se encuentran del otro lado de la estantería. Pero los acólitos del establishment olvidan que los textos a los que rinden culto también están en esa gran librería del mercado, y que el rótulo que los signa en el mesón está escrito con la misma caligrafía que las otras literaturas que desprecian.
Lo paradójico del asunto es que la verdadera fantasía, o al menos aquella que aspira a cierto espesor que es dable esperar en la literatura, no tiene ningún lugar concreto en este mapa. No suele estar invitada a las fiestas privadas de los chicos cool de la especulación porque no quiere decir otra cosa de lo que está diciendo, pero tampoco a los conciertos de la fantasía bootleg, porque no está dispuesta a seguir la corriente de las fórmulas validadas para el éxito y el capital social. A veces sus libros, milagrosamente, están en esta misma librería simbólica, pero no siempre en “fantasía”; cuando lo están, parecen medio ocultos entre los lomos vistosos, las portadas con brillos y lacados con reserva, los cantos pintados: nuestros fuegos fatuos contemporáneos.
Sostengo, aquí y en otros textos, en la encarnación de mi vida entera como Fantasita, que la fantasía es la literatura de los marginados. Justamente de aquellos que no calzan de manera cómoda en ninguna categoría, sin tener que forzar la silueta de sus espíritus hasta torcerla o quebrarla. Mi hipótesis del porqué de la inmunidad de la fantasía ante este fenómeno de gentrificación imaginativa (o al menos de su mayor resistencia, en comparación con sus estéticas hermanas) es muy pedestre: la fantasía es demasiado, verdaderamente rara como para ser sometida a estos procesos sin que se diluya todo cuanto es en el fallido intento. Es rara, fea, estúpida y ridícula, desde estos entendimientos normativos.
Hoy en día, el mote de “raro” está en boga en diversos espacios artísticos [6]. La “ficción especulativa” es “rara”, premisa que tiene sentido cuando la enmarcamos en el estado de la ficción general, con realismos contemporáneos extraordinariamente normativos, pusilánimes y sosos. Por supuesto que, ante ellos, cualquier elemento mínimamente no mimético supondrá una diferencia, incluso si un texto “especulativo” y otro realista bordean el mismo planteamiento argumental y culturalmente importante, como, por decir, los horrores de una maternidad torcida. Claro que resulta más complejo articular una narración desde la idea de una selva consciente que demanda sacrificios de bebés a sus habitantes, como ocurre en la novela El cielo de la selva de Elaine Vilar, que desde una madre maltratadora genérica.
Pero, si escarbamos un poco más, es posible aventurar que no basta con la mera presentación no mimética para conformar rareza. Es decir, ya no basta con especular.
Y es que hoy en día, como se dice, todos quieren ser únicos y especiales, o “todos somos un poco autistas” [sic]. Mucha gente procura insistir en su autopercibida rareza en sus atuendos físicos, en sus gustos de obras artísticas, o en el acto de compartir determinado tipo de contenido en redes sociales, por razones acaso múltiples: factor de diferenciación, respuesta contestataria… qué sé yo. Es una inclinación humana natural.
Pero creo que uno de los elementos más reconocibles de la rareza tiene que ver con algo mucho más simple, tan simple como espinoso: el dolor de la marginación concreta y las consecuencias longevas, obviamente negativas, que este causa a lo largo de una vida entera. Puedes pretender ser “raro” como una moda, como un principio político incluso, y esto último quizá en sí mismo no sea malo: si haces un esfuerzo consciente en empatizar con la rareza (en lugar de colonizarla), tal vez puedas llegar a entenderla mejor y respetarla, algo siempre positivo.
Pero la “verdadera” rareza no es algo que puedas elegir. Y en su sentido más orgánicamente radical no es cool, ni siquiera deseable, porque implica una posición de relativo desplazamiento de la sociedad, que provee un marco mínimo de estabilidad para la vida urbana cotidiana en nuestra pequeña trastienda occidental. Y no es una “condición” realmente enmendable o modificable: como en el masking del autismo, se puede aprender a disimular parte de la rareza en determinados contextos, pero no negarla por completo, y todo intento siempre implica un costo que puede ser altísimo para la integridad mental del raro.
En el mejor de los casos, el raro es ignorado y pasivamente excluido de grupos y comunidades, ya sea porque no se brindan gestos mínimos, para él legibles, de cordialidad, o porque no se ofrecen herramientas que favorezcan la inclusión honesta. En el peor, es marginado desde la violencia y el escarnio físicos y mentales, sometido a todo tipo de calvarios y orillado hasta su destrucción última. Entre ambos, media siempre la deshumanización, en distintos grados: el raro termina sintiéndose siempre fatalmente distinto a cualquier otro, con la certeza de que no habrá jamás lugar ni persona en el mundo conocido en el que podrá vivir aquellas experiencias en las que tanta ficción insistió como patrimonio de la experiencia humana, como el afecto, la esperanza, la construcción plena de la identidad.
¿Cuál es la única literatura —además de la poesía—que posee el potencial de conjurar un mundo plenamente nuevo desde la imaginación, en el que al fin los grandes valores de la experiencia humana puedan ser verdaderos y trascendentes?
¡Pues la fantasía!
La fantasía es una literatura rara, también, porque es la única forma de ficción en la que los que hemos sido herrados a fuego como raros podemos encontrar una forma total de hogar y amor. Una ficción en la que nuestra rareza, a diferencia de lo que ocurre en el mundo real, en el que nuestro sufrimiento parece muchas veces azaroso, tiene un sentido y una teleología plenos, y una resolución restauradora.
Esta literatura no es prestigiable porque la especulación no puede falsear o impostar el Dolor o el Anhelo, escudo y bandera de la Fantasía. La fantasía no habla de nada de lo que no es porque no admite que seas algo o alguien que no eres: es la patria de los Nombres Verdaderos y del Agua de la Vida. Del mismo modo en que los modelos de lenguaje (LLM) jamás podrán generar nada propiamente artístico porque carecen de experiencia humana, nadie que no haya sufrido aquel Dolor ni albergado en el pecho aquel Anhelo, ambos derivados de una existencia rara, podrá aspirar a la literatura de fantasía en su forma más potente.
Se me ocurre que quizá los acólitos especulativos suelen hacer la vista gorda ante la fantasía, también, porque perciben algo de eso, inconscientemente, y les molesta. La fantasía puede penetrar sectas e hipocresías. La fantasía entiende quién es raro porque casi toda su historia ha contado las peripecias de personajes que no calzaban en sus entornos, en distintos contextos y grados: desde Bastian de La historia interminable a Tenar de Historias de Terramar. Nosotros, los raros, los Fantasistas, aprendimos a amar esos personajes porque fuimos ellos durante buena parte de nuestra vida juvenil, y porque seguimos siéndolo de otras formas. Porque esos personajes y sus búsquedas nos enseñaron que valía la pena quedarse en un mundo como este, que parece escamotear tanto la eucatástrofe, y que acaso había que quedarse a luchar para que esta pudiera ser al menos parcialmente posible, o al menos posible para alguien más.
Cuando yo veo que los acólitos especulativos desdeñan o ignoran estos personajes, estas búsquedas y estas obras y la tradición en la que se inscriben, más que elaboradas razones intelectuales de su parte para justificar el rechazo —o aun otras de mi parte, para explicarlo—, siento que es gente que nunca pasó por las ordalías de ser diferente en un mundo de iguales. ¿Comentario prejuicioso, reduccionista, de mal gusto? Sí, claro: he dicho que no hay intelecto ni razón en estas palabras. Solo emoción e intuición. No estoy diciendo que estas personas no hayan vivido esto, por supuesto, ni que sea indispensable haber sufrido para conectar profundamente con la fantasía [7]. Estoy diciendo que así me lo parecen a mí, cuando las veo. Porque no se muestran, ante la miopía simbólica y literal de mis ojos, como personas que no hayan tenido nada más que la imaginación para sostenerse, o que hayan encontrado en ella al menos uno de los móviles por los que encauzar su vida entera.
La verdadera fantasía promueve afectos profundos en los verdaderos raros. De las otras ficciones imaginativas que no me interesan, solo puedo saber por lo que he leído en testimonios y ficciones ajenos, y creo que es razonable pensar que también tienen el potencial de conectar afectivamente con gente sin lugar concreto en este mundo [8].
Cuando veo a otras personas que aparentemente (por lo que desprenden en su forma de plantarse en el mundo) no tuvieron procesos formativos ni presentes mediados por el dolor y la marginación, pienso que no han conectado lo suficiente (¿aún?) con la ficción imaginativa desde el afecto. Que por eso, quizá, tienden a verla solo como una herramienta “para otras cosas”: una literatura de moda cultural, interesante, un divertimento intelectual y una plataforma ideológica desde la que plantear preguntas importantes sobre la sociedad como un constructo muy abstracto. Porque no necesitan con urgencia que la imaginación transforme y salve su vida personal, inmediata, desde la que tiene que partir toda lucha colectiva, toda pregunta sobre el otro y el mundo exterior.
Y pienso que esta relación, al estar desenraizada del corazón, corre el peligro de extinguirse en el tiempo, como se le extingue el interés por cierta tendencia a gente muy voluble cuando ve que muy pocos o nadie desea cultivarla ya.
Yo pienso que necesitamos más gente verdaderamente comprometida con la imaginación literaria, fuera de tendencias y cosas que no son lo que en verdad debieran ser, porque creo que solo así podremos aspirar a tener un horizonte pletórico de obras hermosas, valiosas y de una riqueza con la que aún no alcanzamos siquiera a soñar. Como seres humanos, somos limitados: contamos apenas con una única vida caducable, ya fragmentada en un montón de tareas absurdas e irrelevantes. No podemos darnos el lujo de permitir que algo tan caro como la imaginación se mantenga en una mediocridad espiritual porque tanta gente que la cultive sea incapaz de comprometer su existencia a ella.
Si llegas, por la razón o el portal que sea, quédate. Quédate y crece desde ahí: intenta despertar raíces que puedas hundir en algo valioso e importante. Descubre y presta atención a la gente que está o estuvo antes de que tú llegaras, para que puedas integrar ese legado a lo que solo puedes traer tú, con tus manos y palabras frescas. Si tu presencia ha de cambiar el barrio de las imaginaciones, que sea para ampliar su belleza de una manera que sea inclusiva para quienes de verdad quieran quedarse también a apreciarla, no para los turistas. Estos vendrán y quizá dejen un puñado de monedas o de oportunidades, pero siempre se marcharán, porque está en su naturaleza huir siempre a pastos más verdes. No dispongas los alrededores de tu hogar para complacer a gente a la que no le importan tus tierras, ni seas uno más de ellos. Quédate, o vuelve a redescubrir tu hogar.
Hay una sola realidad, pero siempre podremos transformarla. Y eso solo podremos hacerlo, de verdad, desde la imaginación que ilumina, no desde la especulación que refleja.
Referencias
Araya, Emilio. “De lámparas y espejos”. Horas robadas. 9 de agosto de 2026. Disponible en: https://emescribe.bearblog.dev/de-lamparas-y-espejos/
Bautista, Carlos. “Literaturas no miméticas: ¿Lo insólito? ¿Ficción especulativa? ¿Literatura de imaginación?”. Un Niño Monstruo, 13 de agosto de 2026. Disponible en: https://carlosjbautista.substack.com/p/literaturas-no-mimeticas-lo-insolito
Campos, Guadalupe. “Narrativas no realistas y ‘ficción especulativa’ ”. Revista Mecha, 28 de julio de 2026. Disponible en: https://revistamecha.com.ar/narrativas-no-realistas-y-ficcion-especulativa/
De Camp, Lyon. “Imaginative Fiction and Creative Imagination,” en Reginald Bretnor (ed.), Modern Science Fiction: Its Meaning and Its Future. Coward-McCann, 1953, pp. 119–154.
Notas
[1] En su artículo “Literaturas no miméticas: ¿Lo insólito? ¿Ficción especulativa? ¿Literatura de imaginación?”, el investigador Carlos J. Bautista discute el origen y pertinencia de estos términos paraguas. Abordo aquí algunos comentarios que le hice en privado, más otras reflexiones inéditas.
Respecto a “literatura de imaginación”, el autor atribuye su concepción al escritor mexicano Alberto Chimal, pero esto no es así; quizá sea quien ha tratado de expandir el concepto en el campo latinoamericano (impulso con el que concuerdo). Las asociaciones entre literatura e imaginación son antiquísimas, y no se originaron en nuestro continente ni en nuestra lengua.
En lo que respecta a un contexto más cercano al nuestro en el tiempo, la primera formulación contemporánea del concepto, bajo la similar expresión “imaginative fiction”, se le atribuye a L. Sprague de Camp en trabajos ensayísticos de 1953. Él la define como una categoría para describir historias
... nonrealistic, imaginative, based upon assumptions contrary to everyday experience, often highly fanciful and often laid in settings remote in time and space from those of everyday life.
[... no realistas, imaginativas, basadas en suposiciones contrarias a las experiencias diarias, a menudo altamente fantásticas y ambientadas en escenarios lejanos en tiempo y espacio de aquellos de la vida cotidiana].
Bautista expresa sus reparos ante el uso de “literatura de imaginación”:
Me parece problemático utilizar la palabra «imaginación» para denotar aquella parte de la literatura —y de la ficción— construida desde un recurso no mimético, pues la ficción y la literatura realista también parte de un ejercicio de imaginación. […]
En este último punto concuerda también el escritor e investigador Emilio Araya:
Con el paso del tiempo, he llegado a entender que sostener la oposición entre «realismo» e «imaginación» es un ejercicio estéril e históricamente inadecuado porque los modernismos y vanguardias de inicios y mediados del siglo veinte ya se encargaron de demostrar las limitaciones del realismo naturalista europeo decimonónico tradicional.
En otras palabras, el «realismo» (como ente absoluto y monolítico) no existe.
Pero Bautista continúa:
Es decir, ¿cómo se mide la imaginación?, ¿qué es más imaginativo: un cuento de terror, uno de ciencia ficción o uno hiperrealista?, ¿podríamos decir, entonces, que Lovecraft es más imaginativo que Tolstoi, pero no tanto como Tolkien? La literatura realista y la no realista no se diferencian por el grado de imaginación sino por su construcción alineada o alejada de un proceso de mimesis extratextual: el realismo no es la realidad —prometo que habrá un capítulo profundo acerca de esta confusión—, es un ejercicio de ficción y conlleva un proceso imaginativo. La literatura realista y la no realista no se diferencian por el grado de imaginación sino por su construcción alineada o alejada de un proceso de mimesis extratextual: el realismo no es la realidad […], es un ejercicio de ficción y conlleva un proceso imaginativo.
Se trata de una impecable visión teórica con la que discrepo, acaso más desde mi dimensión autorial que académica, aunque sin renunciar a ella. Desde mi pensamiento, el alejamiento del impulso mimético sí conlleva, al menos potencialmente, un ejercicio superior de la imaginación, porque implica estrategias narrativas específicas de las que carece el realismo u otras modalidades no miméticas dependientes del mundo primario, como podría serlo la mera creación (contundente, literaria) mitopoética de un mundo secundario sin referente explícito con la realidad consensuada.
Ahora, que exista aquel ejercicio superior de la imaginación no implica necesariamente una mejor calidad literaria (pensemos en la escuela de Brandon Sanderson). Sí implicaría una mayor potencialidad de serlo, si se aborda con dedicación y talento estéticos, ambas cualidades que escasean hoy en día en nuestro ámbito.
Un aspecto muy curioso de la definición de L. Sprague de Camp es que, extrañamente, su redacción ambigua parecería excluir cualquier ficción que tenga de base el mundo primario… Es decir, lo fantástico, el horror localista y la ciencia ficción más “terrestre” querían afuera. Como autora, mi inclinación inicial me hace sentir que se trata de algo estupendo: devolverle el rótulo de “imaginativo” a lo que de verdad se toma el trabajo de imaginar, literalmente, otros mundos, y además las formas de habitar y ser en ellos. Pero eso también excluiría abordajes de la fantasía que necesitan del mundo primario para construirse y que son igualmente valiosos en términos imaginativos: la fantasía de portal, o aquella que encanta la realidad primaria desde la ficción.
Como investigadora, y como parece que ha sido en buena parte consensuado a través del uso del concepto en escritores como Ursula K. Le Guin, me parece que el término debiera ser un paraguas general para diferentes aproximaciones a lo tradicionalmente entendido como no mimético, incluyendo a aquellas que presentan un mundo primario recreado de la realidad extratextual. Así, el sustantivo “imaginación” o el adjetivo “imaginativo” describirían, quizá de maneras peligrosamente generales, un uso particular de la creación ficcional que busca apartarse de la pretensión de mímesis tradicional, el que a su vez puede asumir grados y formas muy variadas.
He dedicado esta larga nota a evidenciar que la discusión sobre los conceptos de definición, así sean globales o específicos, es una madeja de nunca desenredar.
[2] En realidad, esto es una forma de decir, porque fuera de mis propias diatribas inconexas no había leído nunca una crítica a este concepto. Pareciera ser que el campo cultural latinoamericano no mimético descubrió el término y le pareció lo bastante práctico como para emplearlo sistemáticamente. En términos editoriales, desde luego que el uso de un concepto más o menos consensuado y, por alguna razón que me es inefable, llamativo para muchos, resulta de mucha utilidad. Pero me preocupa que este empleo niegue sus raíces conceptuales e ideológicas, o que difumine la inquietud por aquellas marginalidades cuyo empleo inclinaría a fronteras aún más precarias. Es decir, la literatura de fantasía.
[3] Aunque para mí sea obvio, me veo en la necesidad de explicitar que estoy compartiendo estos ejemplos reales para ilustrar con evidencia mi propia argumentación. Por supuesto que no es mi intención denostar estas propuestas citadas. Por supuesto también que estoy en desacuerdo, por lo que estoy escribiendo aquí, con la forma en la que se presentan, pero eso no significa que no me parezca valioso su esfuerzo por trabajar estas ficciones imaginativas situadas.
[4] Coincidentemente con lo que he comentado sobre la gentrificación, Anagrama ha publicado en los últimos años diversas obras de ciencia ficción “sofisticada”, agrupadas en una colección denominada “Itinerarios”. Esta se describe así:
¿Son los límites de la galaxia el horizonte de nuestro razonamiento? Este itinerario propone explorar los lugares más recónditos del Universo para indagar en qué significa ser «humano» más allá de los confines de la Tierra.
Lo primero que pensé al leer esta descripción fue por qué los seres humanos están tan obsesionados en plantearse su naturaleza, justamente, “más allá de los confines de la Tierra”, cuando todos nuestros problemas y salvaciones están aquí mismo, dentro de los márgenes de nuestro planeta y de nuestros corazones. De nuevo: hay otros mundos, pero están en este.
El anhelo por las exploraciones espaciales, así sean literarias o científicas, siempre se me ha hecho incomprensible, y hasta verdaderamente escapista. Parafraseando a Tolkien, ¿qué podría ser entonces más evasivo que el deseo de escapar de tu propia casa planetaria? ¿Quieres “explorar otros mundos”?
Cruza un bosque en silencio. Lee un libro de fantasía antigua. Toca el pasto, cierra los ojos e imagina.
Hay otros mundos, pero están en tu imaginación.
[5] Hace 11 años ya, escribí un ensayo en que sinteticé los aspectos que me parecieron más relevantes de esta discusión literaria entre Le Guin e Ishiguro, así como de otros autores que la comentaron, incluyéndome a mí: “The Buried Giant de Kazuo Ishiguro: Ursula K. Le Guin contra la Fantasía irresponsable”.
[6] Es importante mencionar que este año fui invitada a participar como mediadora en una iniciativa de la editorial Imaginistas llamada, justamente Residencia Rara, un laboratorio de escritura y exploración de ficciones imaginativas situadas en Latinoamérica, a partir de una serie de temáticas fijas. (Espero publicar a futuro una crónica sobre la experiencia cuando se publique el libro de ensayo que emergerá del proyecto, si todo sale bien).
Las circunstancias generales de la instancia respecto a la posición práctica de la fantasía confirman un panorama que rima con mi crónica de participación del I Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción de 2018.
Por un lado, de un total de 12 sesiones coordinadas por igual número de especialistas, solo dos de nosotros nos planteamos abordar su repectivo tema desde la maravilla: la de "Futuros del dolor", impartida por le escritore TopoPanda y que dedicó al cuento de hadas, y la de "Futuros de los afectos", impartida por mí y que elegí dedicar, obviamente, a la fantasía. Por otro lado, en el formulario de postulación, menos de la mitad de los aspirantes a participantes finalmente elegidos eligieron formalmente la fantasía como una línea literaria que les interesara.
Esta condición marginal puntual de la fantasía no es un problema de la organización, ni del resto de los mediadores o de los participantes en sí. Por favor, que quede claro que no estoy culpando a nadie. He comentado estos detalles para ilustrar que se trata de un problema general y transversal de los recorridos que ha transitado la “ficción especulativa” para excluir sistemáticamente a la fantasía y sus fuentes, lo que implica que muchos lectores y autores en busca de pretensiones literarias no las consideren un campo válido para explorar, así como tampoco como literaturas que puedan abordar una amplia gama tematológica.
Claro que creo en una responsabilidad individual, pero en este caso estoy apuntando a algo, como ya dije, propiamente sistemático.
[7] En realidad, no: sí creo que el sufrimiento personal es una de las llaves que permite entrar a la fantasía de manera idónea. Quizá pueda matizar esta idea pensando en que hay muchos sufrimientos enormes y atípicos que no vemos en otros, o que estos se las arreglan para esconderlos bajo máscaras muy bien confeccionadas, y que quizá eso derive en que esa relación con la fantasía sea tan íntima que no pueda verse en el mundo exterior.
[8] Pienso concretamente en el poderosísimo testimonio ficcional de la estupenda novela semiautobiográfica Entre extraños (Among Others), de Jo Walton, sobre la complicada vida de una adolescente y su relación íntima con la ficción imaginativa, principalmente la ciencia ficción. Se trata de una obra de fantasía ¿urbana? ¿contemporánea?, en la que existe magia y seres feéricos, pero su protagonista es una confesa lectora de ciencia ficción, y eso, por la genialidad narrativa de Walton, no resulta contradictorio.
Una obra como esta me ayuda a entender las posibilidades afectivas en otros de una literatura que a mí, personalmente, no suele conmoverme, como la ciencia ficción.
- 8/29/2026
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