Reedición de La niña que salió en busca del mar
5/18/2026De un tiempo a esta parte, están ocurriendo muchas cosas insospechadas en mi vida. Por fortuna (¡y para variar!), muchas de ellas han sido buenas, y si bien podría decirse que su acumulación misma no compensaría las desgracias de una vida entera, yo no las veo necesariamente (solo) como contrapeso, sino ante todo como gracias autónomas. Que varias de ellas estén viniendo desde la literatura, mi literatura, es siempre motivo de apabullamiento.
Ya he detallado, en anteriores crónicas sobre mis recientes publicaciones, la sorpresa que me ha supuesto saber (aceptar, asumir) que había otras personas que estaban dispuestas a comprometer sus recursos y esfuerzos editoriales para darle forma física a mis obras. Ahora la sorpresa es quizá más pronunciada, porque tiene que ver con el rescate editorial de mi primer trabajo publicado: la novela ¿infantil? ¡de fantasía! La niña que salió en busca del mar, originalmente editado en 2013 por Ediciones Universitarias de Valparaíso gracias a Fondo del Libro en la modalidad de apoyo a las ediciones.
Ahora esta historia vuelve por la editorial Trazos de Aves, que ya es hogar de mis obras El idioma de los dragones (2023) y la edición chilena de Antaño (2023), en una reedición que incluye revisiones personales al texto, ilustraciones originales (¡incluyendo una nueva portada!) y un posfacio también de mi autoría, en el que reviso la experiencia de publicación original.
Esta es la nueva sinopsis de la obra:
Adriana crece junto al mar como se crece junto a un amigo legendario.
Cuando sus padres deciden dejar el puerto y mudarse hacia la capital, Adriana no puede despedirse de él. Pero el mar no detiene su ímpetu ni su vaivén, y distintas señales en el entorno de la niña le muestran su presencia: una gaviota en el lugar equivocado o una concha marina en el bolsillo de su abrigo. Adriana sabe que algo la llama de vuelta. O alguien.
La niña que salió en busca del mar es una novela que contrasta la sensibilidad infantil con secretos familiares y prejuicios que marginan a quienes son diferentes. Esta historia de fantasía relata cómo la amistad resiste la distancia y cómo la magia silenciosa de los lugares que nos forman nos permiten decidir quiénes queremos ser.
Esta nueva edición tiene un total de 121 páginas y tres ilustraciones originales en blanco y negro, creadas por la ilustradora Claudia E. Riquelme. Ella también es la autora de la flamante ilustración de portada de esta versión, reemplazo muy necesario ya de la imagen anterior, que acompañó tanto tiempo la historia. Creo que este trabajo actual logra un gran balance entre el espíritu original del imaginario de la historia y nuevos acentos.
He actualizado la ficha de la novela en mi página web para consignar los detalles de esta edición. Pueden verla aquí.
Por lo pronto, la obra ya está disponible para su compra en Chile, desde la tienda virtual de Trazos de Aves, aquí. Eventualmente, imagino, estará también accesible desde otros países.
El lanzamiento formal de esta reedición se hará el sábado 30 de mayo de 2026, en el contexto de la Furia del Libro, una bonita rima si consideramos que la primera edición se presentó en la ahora comatosa Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA). Me acompañarán entonces Eduardo Graells-Garrido como moderador, en su calidad de editor de Trazos de Aves, y Astrid Donoso [1] como presentadora.
Tras los datos técnicos de esta edición, me explayaré ahora sobre mis reflexiones de este proceso y de lo que fue, en su momento, la primera publicación.
***
He comentado ya diversas peripecias y miserias asociadas a La niña que salió en busca del mar en su calidad de mi primera publicación. Igualmente, en su momento, le dediqué una serie de pequeñas y forzosamente entusiastas entradas para darle espacio a ese primer proyecto narrativo liberado al mundo, algo tan sagrado para cualquier escritor. Las estuve revisando hace un tiempo por otros motivos, y me sorprendió cierto candor en ellas, que confrontaba la desesperación que recuerdo haber sentido en esos días y la tristeza que me da pensar en esa época. Es lamentable que muchas veces el estreno en el mundo editorial, cuando no lo haces por la puerta ancha, ni tienes dinero, ni contactos, ni una cara bonita, venga aparejado de tantas frustraciones, desilusiones y malos ratos.
Siempre comento sobre esta experiencia, de maneras un tanto tragicómicas, que en el proceso de edición original manuscrito podía arrancarme el pelo a jirones de estrés, situación que se extendió en la medida en que el libro no pudo tener el espacio digno que yo creía que merecía… pero que nada de esto se notó en mí porque siempre he tenido mucho pelo.
Hoy llevo el pelo corto y ya no se me cae. Más importante aún: ya no necesito arrancármelo. Ha pasado muchísimo tiempo desde 2013: a la fecha, 13 años. Si mi yo veinteañero de entonces me viera, le costaría reconocerme, y creo que sería para bien. Quiero pensar que no le impresionarían tanto la lista de publicaciones en sí mismas, sino mi tesón, que sería naturalmente también el suyo; la única diferencia sería que el mío estaría más maduro. Le impresionarían tal vez también —o incluso más— otras cosas, pero como estas pertenecen al orden privado no literario, no las mencionaré aquí.
Con todo, es difícil separar estos órdenes. Después de todo, la literatura también es parte de mi mundo más íntimo, obviamente. La mayor parte de estos últimos 13 años en los que he pensado en La niña que salió en busca del mar (de ahora en adelante, LNM), mis pensamientos no han discurrido en torno a lo que supuso el inicio a una “carrera literaria”. No pienso —o al menos no enseguida— en las alegrías y sorpresas que me deparó esta experiencia, como se podría creer que le pasaría a un autor novel que deja de serlo.
Las primeras veces en la vida suelen ser hitos importantes, pero no son vivencias dulces en sí mismas: bien pueden volverse calvarios cuando vienen aparejadas de personas, circunstancias, tiempos o contextos equivocados, o derechamente malos.
En el caso particular de LNM, reconozco que mis pensamientos sobre ella, durante todos los años desde que la publiqué, han estado recubiertos de algo que hoy puedo identificar como vergüenza y rabia.
La gente cree que soy una persona insegura, y lo soy. Pero yo confío en mis obras; en quien no confío es en el mundo.
LNM es/fue una obra pequeña, con muchas falencias esperables en un trabajo breve de juvenilia, pero siempre he creído que su propuesta compacta tenía un mérito y cualidades escasas de ver en el campo narrativo local de literatura infantil más normativo. Recuerdo aún las palabras (parafraseadas) del jurado del Fondo del Libro que en su tiempo eligió financiar a la editorial para publicar el libro: “la autora posee una encomiable dedicación a escribir buena literatura infantil”. Ingenua como era entonces, este dictamen me animó y me dio las falsas esperanzas de que bastaba con escribir lo mejor posible una obra para que las puertas necesarias fueran abriéndose, como si la palabra fuese la única llave disponible para autorías marginales como la mía: esforzada, pero efectiva a largo plazo.
En honor a esa fe en la obra misma, hice muchos intentos en su momento para moverla en circuitos críticos que pudieran acogerla y promover su difusión en otros entornos, sobre todo en lectores infantiles, a quienes en principio me interesé alcanzar. Pero no salió muy bien. Hubo gente que apoyó la obra, sí, pero también gente que la ignoró (razonable a su manera) o despreció de formas diversas, extraliterarias (innecesario). Muchos de mis intentos no lograron llegar a puerto no tanto por un asunto de límites personales como por estrecheces ajenas.
Viví experiencias desagradables y humillantes que tanto entonces como hoy, con la distancia de los años, considero que ningún escritor merece vivir, menos en sus primeras andaduras editoriales. Desde la distancia templada del tiempo, reconozco que la literatura y el camino literario en sí han significado muchísimo para mí, pues sería esperable pensar que bien podría haber renunciado a todo intento por liberar mi trabajo futuro si todas las vivencias de publicación irían a ser así de horrendas.
Por gracia (que no por fortuna, no esta vez), no ha sido así. Contra toda expectativa y esperanza de mi adultez, he tenido mejores experiencias de publicación. Algunas recepciones críticas y lectoras siguen siendo decepcionantes y frustrantes, por supuesto —de nuevo: el infierno son los otros, siempre—, pero el tiempo y la constancia me han ayudado a permanecer lo suficiente como para vivir otras, mucho más cálidas e intelectuales. La mayoría de mis libros siguen teniendo tiradas pequeñas y circuitos acotados de circulación, pero ahora han sido publicados por gente que cree en ellos y que los ha acarreado junto al resto de su catálogo por una cantidad de librerías y ferias de varias regiones y países, en un esfuerzo que jamás pensé que alguien dedicaría a una obra mía.
Naturalmente, la fantasía —mi fantasía en particular— no suele llamar demasiado la atención en entornos culturales más “refinados”, que siempre preferirán el realismo y la ciencia ficción por su fantafobia endémica. Pero ciertamente han logrado tener mucha más llegada a espacios y lectores insospechados. Quizá la forma más concreta de graficar este cambio de movimiento es que mi primer pago de regalías semestral por El idioma de los dragones arrojó una venta de ejemplares superior a todas las copias que La niña que salió en busca del mar obtuvo durante los cinco años de su contrato original.
Ante este contexto, mi intención inicial era seguir adelante: que otras historias tuvieran la oportunidad que no había tenido LNM. Sin embargo, tras un tiempo de andadura con El idioma de los dragones y Antaño, mis editores en Trazos de Aves me propusieron rescatar esta primera novela. [2].
Pero yo no me sentí cómoda ante la idea, por variadas razones que comentaré a continuación.
En principio, la obra estaba descatalogada de su edición original [3] y yo vendía una autoedición digital en mi tienda de Ko-fi. Es decir, seguía disponible, desde mi entendimiento rígido. Pero el entendimiento de los demás suele ser diferente al mío. Mucha gente no piensa que un ebook sea un libro “real”, ni tampoco posee la disposición o la capacidad de búsqueda autónoma para dar con la obra dentro de mis canales virtuales formales. Mucha gente exige que el libro esté en formato físico y que se pueda comprar en una feria o librería para interesarse por él, condiciones que yo no podía dispensarle a mi propia edición de LNM por temas de presupuesto y alcance. En ese contexto, contar con una editorial formal ayudaría a su difusión mayor.
En algún momento, tras el fin del contrato original, pensé en la posibilidad de reeditar LNM desde el sello de plan lector infantil de alguna editorial tradicional. Lo que me interesaba de esto era darle a la historia una nueva oportunidad para llegar más fácilmente al público lector infantil, que había sido parte importante de mi foco narrativo original en la época. Por desgracia, la indolencia de la editorial original había impedido que esta intención hubiera podido concretarse [4], injusticia que deseaba redimir por mi propia cuenta.
Pero no tenía idea de cómo lograrlo. No sabía si bastaría con enviar el manuscrito a alguna parte, mencionando la edición original. ¿Y qué tendría que decir entonces en la propuesta? ¿Que el libro, dentro de los parámetros mercantiles, había sido un “fracaso”? ¿Entonces por qué una transnacional tendría interés en reeditarlo? No parecía tener mucho sentido.
Por su parte, mis editores de Trazos de Aves me comentaban que El idioma de los dragones, en el contexto de ferias, solía despertar entusiasmo espontáneo en niños y (sobre todo) niñas [5]. Eso me sorprendió. No había pensado en la posibilidad de que padres lectores y con interés cultural llevaran a sus hijos a ferias del libro de perfil “adulto”. Quizá entonces había más valor trascendente en una compra individual de un libro elegido por interés, aunque fuese por razones más visuales que narrativas, que por la imposición escolar de lecturas asociadas al plan lector.
La razón más propiamente literaria de mi renuencia, y a la vez también la más personal, es la que dan 13 años de distancia tras una publicación. Por supuesto que no era la misma escritora que había sido entonces, ¡y ni siquiera era la misma mujer!
Mi visión ante la fantasía y la literatura infantil y juvenil habían cambiado durante ese tiempo: la primera afinándose en mi interior y la segunda alejándose cada vez más de mi núcleo de propósitos autoriales. Uno de los temas vertebrales de la obra, además, ahora me tocaba muy de cerca respecto a un dolor reciente. Ignoraba si iba a ser capaz de volver a leer la novela con intenciones de revisión: temía encontrarme con una voz que ya no tenía (para bien, en cuyo caso habría sentido vergüenza, o para mal, en cuyo caso habría sentido desesperación), pero también que esta relectura fuera a dolerme en mi nueva pérdida.
Me quedé en el limbo de “sí, bueno, podrían reeditarla, pero…” por bastante tiempo, mientras diversas personas intentaban convencerme. Una de ellas, de las más importantes, fue la lectora Bernardita Ojeda Labourdette, quien dedicó una conversación virtual para explicarme que esta era la mejor opción por la dedicación de Trazos de Aves.
Berna había estado en el lanzamiento de la edición original, y nos hemos seguido mutua y virtualmente a lo largo de muchos años, así que incluso si no somos cercanas ha visto parte de mi desarrollo externo en el medio. Que desde esa vereda apoyara también LNM me sorprendió y conmovió de una manera muy especial. Si bien mi aceptación no fue inmediata tras esta conversación, sí puedo referirme a ella como un hito hacia esta resolución.
Cuando abordé al fin el tema, lo condensé más o menos de esta forma: “Pero bueno, Paula, ¿cómo es que ahora estás haciéndote de rogar para publicar un libro tuyo?, ¿no fue algo por lo que siempre luchaste tanto? Si quisiste siempre que LNM hubiera tenido un mejor hogar, ¿no te parece que es una señal providencial que una editorial esté activamente interesada en ella, algo que nunca pasó con el sello original?” [6].
Algo crucial que he ido aprendiendo desde la experiencia de estos años es que las obras tienen sus propios derroteros, y que cada ejemplar posee su propia porción de recorrido y azar. Aunque me gustaría controlar sus destinos últimos, no puedo ni debo hacerlo. Las obras son libres, tan libres como podemos serlo nosotros: se cuidan solas, y a la vez las cuida Dios. Si la providencia orillaba tanto que LNM volviera con Trazos de Aves, por algo sería, y yo no debía entrometerme. La obra viviría ahora lo que tendría que vivir, y en el peor de los casos sería imposible que lo pasara tan mal como en su edición original. Solo había lindas posibilidades en el horizonte, aunque me aterraran, como suelen aterrar las cosas demasiado luminosas a quienes ha acostumbrado a pasear los ojos bajo las tinieblas.
Una imagen interesante se me cruzó también por la mente: los lectores que leyeron la edición original de niños ya no lo eran. Trece años es mucho tiempo. Pero el libro sigue estando dirigido a ellos, con una autoconsciencia que ya no tengo ni deseo tener. La infancia física dura muy poco, pero siempre hay niños, y también adultos que pudimos traernos algunas ascuas de ellas en el pecho. Pensé entonces que tal vez una reedición llegue ahora a aquellos que ahora mismo aún son niños… y a los que perdieron la infancia física en estos trece años, pero que hayan sabido preservar la esencia de ella.
Cuando finalmente volví al libro para su revisión personal, no encontré motivo de vergüenza, por fortuna. Por supuesto, sí reescribí algunas secciones que me parecieron poco prolijas: la publicación original no tuvo ninguna clase de edición literaria. La obra también recibió una corrección de estilo profesional, lo que pulió muchos gazapos estilísticos que no recibieron tratamiento en su primera versión. En la defensa de algunos comentarios que discutí de la correctora, y que no tenían que ver con asuntos estrictamente gramaticales, me di cuenta también de que la obra me seguía importando de una manera viva y que podía explicar bien qué había querido lograr con algunos de sus pasajes menos “normativos”. Fue bonita la experiencia de luchar por la historia en un contexto más promisorio.
Quisiera creer que ya no tendré que estar a la defensiva para protegerla de verdaderos desprecios o humillaciones, pero quién sabe: el futuro es incierto para bien o para mal. Con todo, lo importante es que ya tiene los apoyos más importantes: el mío, el de la editorial y el de otros lectores, tanto antiguos como nuevos.
***
He mencionado antes que he incorporado algunas modificaciones al texto original de la obra, pero esa no es la única novedad de esta edición. Quizá lo más llamativo fue mi decisión de incluir un paratexto de mi autoría a modo de posfacio y, a la vez, una reflexión retrospectiva de la experiencia de haber publicado un libro como LNM y de la forma en la que percibí su recepción hace ya más de diez años.
En este ensayo breve abordo algunas incertidumbres extraliterarias del público lector, reajusto mi visión de la obra desde mi autismo y revisito mi compleja relación con el campo establecido de la literatura infantil y juvenil. Parte de estas ideas ya estuvieron esbozadas en mi ensayo “Post mortem: yo como autora de LIJ” (2022), pero las rescaté y reformulé en función de esta experiencia en particular.
Me resulta curiosa la existencia de este texto ahora, pues contemplé incluir un prólogo en la edición original, algo que no pude conseguir por falta de tiempo y de alguien dispuesto a escribirlo. De niña, me intrigaban los libros infantiles con prólogos. No siempre los entendía, y a veces hasta me los saltaba, pero había algo en ellos que resonaba conmigo. Quizá, en 2013, estaba respondiendo a eso que inconscientemente había codificado como una convención: una historia infantil anómala merecía una notita de glosa o comentario.
Pero no lo hubo. Al ver que ninguno de mis escasos contactos con trayectoria en el área parecía interesado, desistí también de escribirlo yo misma porque me sentí algo (más) ridícula. Al final, no fue necesario: la historia nació sola, desnuda, como debía.
Quizá ahora tampoco era necesario un posfacio, pero quise igualmente escribirlo porque siento que al fin tenía algo relevante (para mí) que decir. La historia había tenido ya cierto recorrido y bien podría ser una oportunidad de hacer un alto antes de torcer el rumbo del viaje, en ese otro sendero que supone un cambio de editorial, de edición.
Nadie quiso estar para abrir las páginas de LNM. Pero ahora yo misma, más vieja, estaré para cerrarlas, y eso es lo que importa. Para ello, he escrito un texto que mi yo joven no hubiera esperado, pero que anacrónicamente sé que le hubiera despertado una sensación de consuelo.
Nunca volveré a ser quien fui hace trece años, ni como escritora ni como mujer… ¡y menos mal! Pero la historia y amistad de Adriana y el mar fueron de lo más bonito que pude crear en esos días miserables, y correspondía rescatarlas de alguna forma.
***
Quisiera terminar esta crónica agradeciendo a diversas personas y entidades que me apoyaron o estuvieron presentes de alguna forma relevante en la gestación de LNM como libro. Muchas de ellas ya no forman parte de mi vida personal: trece años es mucho tiempo. Eso implicará que nunca vean esto, del mismo modo en que no sabrán que existirá una nueva LNM, o no les interesará leerla, pero no me importa. Lo hago como un gesto simbólico.
También hubo gente que me hizo mucho daño a mí o a gente querida, lo que me mueve a no mencionarla abiertamente aunque reconozca, en mi interior, el apoyo que pudo haber brindado en su momento. Omitiré sus nombres del mismo modo en que elijo omitir los nombres o los roles que cumplieron otras personas que trataron mal al libro, o que me trataron mal a mí, y que no he olvidado ni pretendo olvidar.
Agradezco entonces a:
A Diego Barrera, por acompañarme como amigo durante todo el proceso, ayudarme para minimizar el desastre de diseño de la portada original y apoyarme en un boicot en una presentación. ¡Qué bueno que sigas conmigo para ver la nueva edición!
A Sebastián, por sus consejos de edición en tiempos de mucha desolación, y también por presentar el libro en su lanzamiento en FILSA.
A John, por crear la bella ilustración de la primera edición (y que luego reutilicé, ya sin cortes impuestos, en mi autoedición digital) y dirigir y animar el booktrailer, ambos trabajos en muy poco tiempo y por un monto costeable.
A José Luis, por presentar junto a Sebastián el libro en su lanzamiento en FILSA.
Al equipo de la extinta Rumba Magazine de Valparaíso, que por su cuenta se motivó a asistir al lanzamiento de FILSA y que quiso entrevistarme. Debo además agradecerles también por la involuntaria permanencia de su cuenta abandonada en Facebook, gracias a la cual pude rescatar unas fotos de mi presentación. Casi no guardo registros míos de joven.
A todos los reseñadores que le dedicaron palabras bonitas (y no genéricas o superficiales) al libro para promoverlo y compartir sus experiencias de lectura con la comunidad. Tengo muy presentes quiénes fueron.
A todos los lectores que, con o sin reseñas, albergaron esta historia en su corazón.
A Adriana y al mar, que me brindaron, casi proféticamente, una forma de lidiar con mi propio exilio costero: como fue costumbre en esa etapa, mis propias historias salieron en mi salvación.
Y a la Paula veinteañera, la joven que sobrevivió (otra vez), quién sabe cómo. Lamento enorme, terriblemente, no poder estar contigo desde algún portal mágico temporal para protegerte, pero quién sabe si la verdadera razón por la que te mantuviste aquí, pese a todo (otra vez), fue también porque de alguna forma sentiste mi presencia adulta desfasada y te aferraste a su promesa: “esto también pasará”.
Y ha pasado. Al fin y el cabo todo se perderá en el tiempo, lo bueno y lo malo, pero hoy celebro a tu memoria que Adriana y el mar vuelven por un ratito, porque tú resististe y yo construí desde tus escombros.
El resto es Fantasía.
Notas
[1] Sin parentesco, fuera de nuestro amor por la literatura y la fantasía, acaso el único parentesco que importa. [Volver al texto]
[2] Recuerdo incluso que la editora que abandonó la edición de El idioma de los dragones, antes de que Trazos de Aves se comprometiera con la obra, también se interesó por esta novela temprana, lo que a mí me pareció desconcertante: ¿por qué preferirías un trabajo antiguo en lugar de uno más reciente y representativo de mi visión vigente en torno a la fantasía?
Comento esta experiencia en mi entrada “Post-mortem: yo, autora de LIJ”.
Me pregunto de pronto si esta editora hubiera abandonado también la edición de La niña que salió en busca del mar. Probablemente sí. Menos mal que no se dio nada con ella. [Volver al texto]
[3] Aparentemente, los ejemplares remanentes siguen en venta en la tienda de la editorial EUV al momento de escribir esto. Formalmente, a mí me pagaron ya todos los derechos por la edición, así que no sé qué pensar. Creo que por lo pronto no importa mucho que estén ahí porque nadie llegará nunca a ellos. [Volver al texto]
[4] Curiosamente, la editorial incluyó el libro en su catálogo dentro de la categoría “Narrativa” y no “Literatura infantil”. Yo estoy muy a favor de desplazar la fantasía a otros rótulos no LIJ por motivos intrínsecamente literarios, pero claramente este no fue el caso. De nuevo, me pregunto qué razones concretas habrá tenido esta empresa para no recurrir a esta categoría, que era la más obvia y quizá también la más provechosa ¡para ellos mismos!
Lo interesante es que sí hubo niños y niñas que leyeron el libro, pero fue ante todo por el esfuerzo particular de lectores adultos concretos, algunos cercanos a mí en esa época, que lo compartieron con ellos. [Volver al texto]
[5] Yo misma constaté esto cuando asistí a una firma presencial en la Primavera del Libro. El perfil habitual de interesados en El idioma de los dragones suelen ser niñas que son ávidas lectoras, que gustan de leer libros “para niños más grandes” y que se aburren (como no podía ser de otra forma) con las lecturas escolares.
Fuera de eso, recuerdo un comprador infantil muy peculiar que se quedó deslumbrado observando la portada y que repetía a su padre una de las cosas más lindas que he oído de un niño sobre mi trabajo: “¡Ese [libro] parece interesante!”. Pero el padre, que estaba concretando la compra de otro libro de la editorial para un hijo o hija adolescente, lo ignoró durante mucho rato, para mi sorpresa. Eso me hizo conectar más con el niño. Al final, el hombre cedió, pero con incertidumbre: “¿Pero estás seguro que te lo vas a leer?”. Quizá el niño no era un lector por gusto, pero algo en el libro le despertó curiosidad desde el imaginario de la portada.
Ignoro si finalmente este chico leyó o pretenderá leer aún El idioma de los dragones, o si le gustó o le gustaría. Supongo que al final no importa. Lo importante es que se llevó el libro.
El ejemplar tendrá que salir en busca de su destino. [Volver al texto]
[6] Una situación muy curiosa al respecto es que, cuando mi editor me hizo informalmente la propuesta de reedición, en realidad él no se había leído aún LNM. Lo supe más tarde, cuando me comentó que le había gustado mucho la novela.
Eso fue algo que me sorprendió: ¿por qué se querría reeditar algo que no se había leído? Por todo el tiempo que había pasado, bien podría ser que LNM ya no se sostuviera bien como obra, tanto en sí misma como dentro del contexto general de mi producción literaria. Al menos esos fueron mis temores. Pero mi editor consideró que la obra sí disipaba ambos miedos y que calzaba bien con lo que habíamos ido construyendo en el sello Alicanto con mis otros dos trabajos. [Volver al texto]







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