La fantasía que no esperas
3/10/2026I
Un comentario genérico habitual en ese remanso de lugares comunes que es a veces la red social Goodreads es este, que de un tiempo a esta parte me he topado mucho: “[Este libro] no es lo que esperaba”.
Por ahora, no importa qué otras ideas antecedan o sucedan a ese enunciado. Por el tono, intuimos que la valoración general no será muy alentadora, lo que probablemente podamos sintetizar con otro lugar común odioso de la plataforma: “Le doy 3 estrellas, pero en realidad es un 2,5”. Es decir, “aprobado”, pero “con reparos”. Como tengo entendido que Goodreads nunca ha impuesto un significado concreto a cada estrella, cada lector le asigna el suyo, si bien ha trascendido que este sistema de puntuación pretende evaluar cuánto nos gustó la lectura, no sus méritos literarios. Mal que mal, muchos adeptos a Goodreads destacan que sea una plataforma “democratizadora”, alejada de los lectores “snobs”, aunque en la práctica solemos leer en ella numerosos juicios tajantes y mal argumentados para condenar obras disfrutadas por diversos públicos a lo largo de varios siglos.
Como sea, al menos el “no es lo que esperaba” parece una salida diplomática para, precisamente, expresar una distancia en cuanto a la preferencia personal. De hecho, yo misma he recurrido a esta fórmula para expresar decepciones lectoras pasadas. Pero hay algo que nunca me ha convencido de ella, razón por la que he querido explorarla con un poco más de detención.
¿Por qué un libro no sería “lo que esperabas”? En principio, esta impresión implica que tenías determinadas expectativas de lectura que no se han cumplido. ¿Cómo y por qué se forman estas expectativas? Cuando me detuve en esta pregunta, descubrí que la mayoría de las fuentes que moldean lo que esperamos encontrar en una obra literaria dependen de paratextos o elementos extraliterarios.
En el contexto de nuestra industria editorial contemporánea, cada libro es empaquetado y rotulado meticulosamente para facilitar su llegada al público objetivo. Esto se aprecia en particular en la ficción imaginativa comercial. De ahí surgen aquellos subgéneros (siempre en inglés) de altísima especificidad, como el romantasy, la cozy fantasy o la dark academia, o convenciones como determinados estilos gráficos en el diseño de portadas, campañas de prensa centradas en la enumeración de nubes de tropes (sic) o sinopsis que insisten en describir la historia como un cruce entre diversas publicaciones ya exitosas.
Todo esto ayuda a que el lector ideal pueda crearse una idea lo más precisa posible de lo que va a encontrar en el libro de turno, y que llegue a él ya desde una preconcepción destinada al consumo y disfrute sin roces de la lectura. Los roces parecen surgir principalmente por dos motivos: porque la obra posee demasiados problemas como para alcanzar el nivel mínimo establecido por sus pares inmediatos, o porque logra entregar una experiencia literaria que se escapa por completo de aquel rango de expectativas (para bien o para mal).
Contaré ahora una anécdota personal en esa línea. Quienes me lleven leyendo un tiempo, sabrán que me sentí muy decepcionada tras la lectura de la novela El priorato del naranjo, de Samantha Shannon. Fue tal mi disgusto que escribí un ensayo sobre el estilo en la fantasía, una de las principales razones por las que no pude conectar con la propuesta de la obra. Si bien ese texto me sirvió para abordar un tema que me venía dando vueltas hace mucho tiempo, y al que por fin pude dedicarle un texto más dedicado en mi ensayo “Para urdir un encantamiento: el estilo en la literatura de fantasía", en mi libro La añoranza feérica, no deja de tener un origen muy tonto. ¿Por qué una persona como yo se animó a leer una novela como El priorato del naranjo? Volvemos a la palabra clave: ¿qué esperaba yo encontrar en ella, y por qué?
La respuesta es sencilla, e igualmente tonta: leí un blurb que la describía como un El Señor de los Anillos contemporáneo, con elementos feministas y queers. Hace un tiempo que estaba buscando novelas recientes de fantasía épica tradicional, y di con este libro y ese blurb. Pensé que los gringos llevaban mucho tiempo hartos de Tolkien y me llamó la atención que aún se lo pudiera reconocer como un autor desde un vínculo de filia. Por otro lado, echaba mucho de menos la sensación de leer una aventura extensa, importante y conmovedora, y me agradaba la idea de que pudiera añadir temáticas y enfoques que antes no se habían explorado tanto. ¿Cómo no iba a querer darle una oportunidad al libro? Además, tenía dragones: nada podía ir tan mal con dragones, ¿verdad...?
Mi estulticia puede ser confundida con ingenuidad o anhelo, pero no redime su naturaleza. Debí haber sido más cauta ante la prensa, que o no termina de entender la fantasía que promociona o que derechamente crea vínculos azarosos entre autorías y obras ya exitosas. Por supuesto que, siendo Tolkien un escritor tan mal entendido por medio mundo (y hasta a veces por mí misma), la comparación no iba a tener sentido. No vi absolutamente nada de Tolkien en El priorato del naranjo. No al menos, si se quiere, lo que yo más valoro de la obra del autor, y de la propia fantasía en general.
En suma, debí haberle echado un vistazo a las primeras páginas del libro.
Pero en fin, los detalles de este juicio ya están en mi ensayo, en todo caso. Quería comentar esta anécdota para ilustrar el poder que los mecanismos editoriales pueden ejercer en todos nosotros, de diversas maneras.
Por supuesto que El priorato del naranjo no era lo que yo esperaba. Pero, en retrospectiva, podría decirse superficialmente que fui yo la que erró al esperar determinadas cosas de una novela como esa, sin haber aquilatado siquiera su prosa.
Ahora bien, por otro lado, ¿no habría algo de valor en el gesto de atreverse a leer una obra que, normalmente, no me habría suscitado ningún interés? Si nos atuviéramos solo a las obras literarias que entregan exactamente aquello que esperamos, sea más o menos refinado u ocioso, ¿no sería ello un despropósito del mero acto de leer literatura?
Mientras le daba vueltas a nuestras insatisfacciones del “no es lo que esperaba”, pensaba en la caracterización que teóricos como Gemma Luch o John Cawelti plantearon sobre la paraliteratura o la literatura de fórmula. Uno de sus rasgos, de hecho, es precisamente la anticipación de sus elementos constitutivos, o la ausencia de riesgos literarios en su propuesta.
Si pensamos en algunas grandes obras narrativas, nos damos cuenta de que no siempre es sencillo resumir su argumento o sus premisas. Esto no tiene que ver necesariamente con la extensión de estos libros, sino con las dimensiones de sus propuestas literarias. ¿De qué va una obra tan breve como Bartleby, el escribiente, de Herman Melville? ¿De verdad podríamos decir que trata apenas de un hombre que preferiría “no hacerlo”, como dicta el pasaje más emblemático del texto?
Desde luego, podemos también identificar una serie de tópicos contemporáneos de manera anacrónica en estas obras: ¿no sería acaso Jane Eyre una forma de enemies to lovers, por ejemplo? Quizá. Pero, de analizar con atención la aplicación del rótulo, pronto nos daríamos cuenta de que la forma de abordarlo en la novela trasciende en mucho la rigidez habitual, comercial, que suelen presentar estas etiquetas.
Cuando leemos novelas sobre el amor, previas a la instauración del género romántico en sus formas contemporáneas y sus múltiples subcategorías, nos encontramos con formas totalmente idiosincráticas de esta experiencia humana. La propia Jane Eyre es muy distinta a Orgullo y prejuicio, claro, y ambas lo son respecto a Madame Bovary, de la que incluso podríamos discutir razonadamente que hable en sí del amor.
Creo que esa es otra forma de entender la constricción de la fórmula en nuestro contexto de mercado editorial contemporáneo: no permite (o no valida) estas formas tan personales (autoriales) de trabajar los mismos grandes temas que nos han acompañado siempre. La verdadera originalidad es penalizada por un entorno que tiene concepciones muy acotadas de lo que considera una obra legítima según el campo. Salvo que el libro comentado sea particularmente desastroso (que también pasa), sospecho que muchos comentarios en la línea de “no es lo que esperaba” se le adjudican a obras que no necesariamente adolecen de grandes problemas literarios, sino que se limitan a plantearse por fuera del plano delimitado de aquellas expectativas mercantiles. El lector no entiende la propuesta de lo que está leyendo y se frustra, pero como quizá reconoce cierto mérito artístico en la lectura, sabe que no sería ético de su parte defenestrar a obra. “No es lo que esperaba” se transforma así en “No lo entendí”, “No conecté”, “No es para mí”, que equivalen a una distancia que nace más del desconcierto que del rechazo como tal.
Un desconcierto del que, por desgracia, no se busca salir activamente, y que a veces puede resultar incluso peor. Creo que ese es el gran problema de este tipo de expresiones: son tan estériles como el amurramiento. Cuando yo me frustré con El priorato del naranjo, le dediqué un texto de más de tres mil palabras, tratando además de extrapolar esa situación puntual a un aspecto trascendente que me interesa mucho: el lenguaje en la fantasía. La obra no fue lo que esperaba, sí, pero tras escribir el texto entendí con más detalle por qué; incluso llegué, con el tiempo, a apreciar algo más la novela, sin que nunca fuese a entrar en la zona de la fantasía que me conmueve.
Las explicaciones que he leído en otros comentarios de este tono (cuando las ha habido, que no siempre ocurre) suelen ser vagas, y redundan más en la decepción desde aquellos aspectos mercantiles que he aludido que en una argumentación honesta y exhaustiva que busque explorar nuestras propias inclinaciones lectoras y sus limitaciones, o incluso intuiciones breves pero punzantes, certeras. Siento que muchas de nuestras inclinaciones lectoras personales y ociosas (en el mejor de los sentidos) se ven motivadas “apenas” por el deseo de identificación, entendimiento y conexión, tanto con otros como con nosotros mismos.
Por supuesto que, desde ese contexto, el lector espera algo de cada lectura. El punto es que la expectativa misma, en mi opinión, debería parecerse más a un horizonte desdibujado que a un marco: una orientación general de hacia dónde mirar y de qué podría esperarnos en los primeros pasos del terreno, antes que un espacio ya delimitado y del que conocemos absolutamente todo lo que puede agazaparse en cada una de sus esquinas.
Lo que tradicionalmente se conoce hoy como “ficción literaria” parecería en principio eludir el peligro de ser enmarcada. En principio. Si volvemos a las conceptualizaciones de Lluch y Cawelti, esta categoría podría considerarse como la propiamente la “literaria”. El mismo rótulo respalda eso: es ficción y es “literaria”. El problema es que nunca queda muy claro, en diversos campos, qué se entiende exactamente por este adjetivo. En la práctica, vemos que esta ficción refiere ante todo a obras validadas por instituciones y agentes culturales prestigiosos y que, justo por ello, normalmente no son más que trabajos encasillables en el también género del realismo. Cuando se presenta algo (más o menos, pero casi siempre menos) imaginativo que es rotulado como “ficción imaginativa”, como he comentado en otros textos, es porque se trata de trabajos de ciencia ficción, realismo mágico o lo fantástico que siguen anclados a recreaciones del mundo primario. La fantasía de mundo secundario, al menos la escrita en el continente latinoamericano, jamás ha llegado a tales cotas de validación cultural normativa.
Se presupone entonces que la “ficción literaria” trascendería de facto el riesgo de portar y cumplir expectativas, pero esto no es cierto. Por supuesto que el campo cultural espera muchas cosas, y bastante definidas, de este tipo de publicaciones: de lo contrario, no se produciría ese desagradable ambiente morboso cuando, en el contexto chileno, la crítica Patricia Espinosa “destroza” una esperada novedad nacional de turno.
Por algo, también, vemos que ciertos nombres se repiten constantemente en las listas de premios, fondos concursables o becas. No es que esa gente escriba bien siempre (o que siquiera escriba bien, a secas): escriben desde un marco de expectativas determinado, que en este caso coincide con un sistema tan validado que puede permitirse a sí mismo difuminar la mera idea de un marco condicionante. Quien tiene el poder se instala como norma, e impone implícitamente las reglas del juego a los demás, tanto para los que están obsesionados con ser cola de león como para los que simplemente quieren estar en paz con sus cosas, todos ellos constreñidos en un mismo entorno cultural.
Ahora bien, esperar algo también puede leerse desde las ansias de calzar, pertenecer o ser validado por estos entornos dominantes. No necesitamos eso: dejémosle esas ansiedades a la ficción literaria, a la gente normativa. Volvamos ahora a lo único que ha importado siempre: la fantasía.
Desde un entendimiento muy intuitivo del género, podríamos hacernos una pregunta estremecedora: ¿es posible esperar algo de una ficción que es pura imaginación condensada? ¿No es precisamente la imaginación lo que debería rajar cualquier pretensión de expectativa? Sí y no. Es verdad que la fantasía puede (y debe) permitirse una capacidad fabuladora imposible de hallar en otra expresión, pero su vertiente literaria requiere también de sus propios marcos generales, al menos en relación con sus tradiciones. Si cualquier cosa “inventada” puede ser fantasía, entonces nada lo es.
Este marco basal permite trazar una genealogía que realza sus orígenes, su recorrido y proyecciones, y aporta claves importantes para distinguirla de otras ficciones no miméticas con las que está emparentada. La sensación de familiaridad que aportaría la insistencia en las formas del mito, el cuento de hadas, la épica y los romances, por ejemplo, no deberían así considerarse un agotamiento del género o una muestra de su tendencia a la rutina estética e imaginaria. Por el contrario, considero que deberían interpretarse más bien como un regreso a casa o a las raíces que sostienen el crecimiento de tallos, hojas y frutos.
Nadie diría que volver al hogar tras un largo día de trabajo o pellejerías en el ingrato mundo exterior es una expresión de tedio. Insisto en la elección de la palabra: hogar. Es decir, un espacio acogedor, revitalizante, no conflictivo, hostil o amenazante. Cuando volvemos al hogar, no esperamos encontrarnos un desastre ni mayores peligros que en el exterior; esa es la gracia del lar. Lo impredecible puede venir de otros frentes, de maneras no disruptivas: escuchar un disco amado que no reproducíamos desde nuestra juventud, leer un libro nuevo sin ningún contexto previo, tener una conversación telefónica o un chat inusualmente largo y cálido con una persona que estamos aprendiendo a querer.
La fantasía, para mí, se parece mucho a todas las sensaciones que he descrito anteriormente. Se parece mucho más a lo que debería haber sido la realidad.
De lo anterior se desprende que no quiero decir que todas las obras de fantasía deban tributar siempre a estas mismas formas, de la misma forma. Por el contrario, parte de la belleza de la fantasía, al menos para mí, es descubrir de qué forma particular, idiosincrática, cada autor negocia con su tradición y se inserta en ella de maneras más o menos distintivas.
Cuando se habla de poesía, se suele creer que el verso libre es, pues, más “libre” e imaginativo que el verso métrico. Pero lo cierto es que seguir una métrica rígida propone un nuevo sentido de libertad desde aquella limitante de pie forzado, y aun me atrevería a decir que podría potenciar la cualidad “visionaria” que creo que subyace a todo intento de escritura, en la que el autor se vuelve una suerte de instrumento para el propio lenguaje. Una restricción métrica, o de rima, o de lo que sea, recorta enseguida el abanico de opciones disponibles, y eso paradójicamente ayuda a que podamos realizar una selección más precisa de la palabra que necesitamos escribir a continuación porque es la que el texto pide.
Siento que en la fantasía opera un proceso similar. El aterrizaje de ciertos modelos axiológicos, estructurales o tipológicos, heredados de obras previas angulares, puede ayudar a un buen autor a pulir su tratamiento de estos. Quizá por eso, nunca me han llamado la atención obras de fantasía promocionadas por ser “originales”, del mismo modo en que tampoco me disgustan, como a otros lectores, los imaginarios medievalistas: creo en una originalidad desde las tradiciones, y la posibilidad de mundos secundarios que puedan anclarse en cualquier tipo de cultura, sin que la elección de una u otra sea en sí misma un rasgo de valor. Me interesa leer qué hace cada autor con cada cosa desde su escritura, no la cosa elegida. Por supuesto, como todo el mundo, tengo preferencias personales y suelo sentirme más inclinada a disfrutar obras que coincidan con ellas. Pero últimamente he redescubierto la importancia de encauzar mis expectativas hacia el núcleo de la literatura, que es el lenguaje, y dejar que él sea el único encargado de mostrarme todo aquello que espero y también aquello que jamás hubiera podido esperar.
Siguiendo esta línea de ideas, podría sostener ahora, desvergonzadamente, que la fantasía me parece la literatura más “potencialmente literaria”, la más meritoria de ser denominada “ficción literaria”. A diferencias de la mayoría de otras estéticas, que se ven presas por la referencialidad del mundo primario, la tradición de la alta fantasía o la fantasía mitopoética en particular posee el potencial de conjurar de manera orgánica verdaderos otros mundos, verdaderas alteridades, sin abandonar el sedimento de la experiencia humana de los que nacen.
En algunos cuentos tradicionales, se narra la creación de los seres vivos desde el barro. Es siempre el mismo barro como materia prima, pero la forma que adquiere en las invisibles manos creadoras es lo que realmente importa. Por supuesto que cada obra literaria será siempre un producto humano, y claro que todos escribimos con las mismas letras de un determinado alfabeto compartido, combinadas desde un sistema idiomático determinado. Es la manera particular y única en que combinamos esas letras, esas palabras, para contar nuestra historia lo que le da su sabor idiosincrático. Pero, al respecto, creo que la fantasía además consigue de alguna forma “extrañar” aún más ese barro, por mero acto del encantamiento que requiere su lenguaje. Sabemos que es el mismo barro de todas las otras literaturas, pero sus formas nos hacen verlo como si fuese otro tipo de barro, o advertir al menos en él cualidades que no habíamos visto en otras figuras. Esta resignificación del barro que portamos todos los escritores para modelar nuestras historias me parece de una belleza e importancia cruciales.
Ahora bien, sabemos que esta no es una visión ampliamente compartida. Ya he comentado lo que ocurre del lado cultureta de la vida, el de la “ficción literaria”: la institución, la crítica, la academia. Todos los agentes de esas aristas (o la mayoría) piensan que la forma que recibe la fantasía no depende de las manos del escritor artesano, sino de un molde rígido made in USA, ya estandarizado, que simplemente se deja caer sobre el barro para aplastarlo según ciertos dictámenes del mercado. Algunos agentes más descarados (e ignorantes) incluso niegan que las obras de fantasía estén hechas del mismo barro que sus grandes magna opera de “ficción literaria”, sino de una sustancia derivativa, y no pretenden acercarse a aquellas, ni para comprobarlo ni para desmentirlo, ni con un palo.
Pero ¿y desde nuestra propia vereda de la ficción imaginativa, y en la esquina particular de la literatura de fantasía?
Para explorar esta situación, abordaré un caso personal, que me ha hecho reconsiderar algunas creencias y esperanzas que tenía hacia quienes dicen, como yo, amar también a la fantasía.
II
En nuestro terruño, he constatado una realidad insólita, en el peor de los sentidos. Una particularidad nefasta que no he visto, al menos no con el mismo cariz, en ninguna otra expresión literaria que conozca mínimamente. De esto he comentado algo en textos anteriores, seguramente, pero ahora quiero darle un poco más de espacio comedido.
Comencemos usando la siguiente expresión latina como antecedente: Homo homini lupus. El hombre es un lobo para el hombre. Parafraseémosla para ajustarnos a los que nos interesa (en vulgar español ahora, claro): El fan de fantasía es un lobo para el Fantasista.
Desde hace algún tiempo incierto, he estado pensando que, en realidad, nuestro verdadero gran enemigo no es el mundo cultureta. Por supuesto que este siempre estará inclinado por defecto a despreciarnos, sin importar qué hagamos con nuestras manos imaginativas sobre el barro. Pero, en última instancia, tenemos que concederle algo: cuando este mundo en verdad tributa al intelecto y no a la impostura, lo que en verdad le importa es el valor intrínseco de las cosas. Es verdad que su gente está orillada de fábrica a pensarnos como “esa otra cosa [que no es literatura/academia]”, pero en los mejores casos eso es apenas un prejuicio fuerte y no una sentencia.
Desde mi propia experiencia en el doctorado como investigadora explícita de literatura de fantasía, he tenido diversos tipos de recepción en mi comunidad académica. Pero me quedo con la más importante: la de algunos de mis maestros, académicos profesionales con varias décadas de trayectoria, y que han observado o incluso guiado parte de la mía. Algunas de estas personas me han validado, a pesar de la “anomalía” de mi corpus de trabajo y de mis intenciones investigadoras. Ya no caen en el prejuicio de preguntarse quizá por qué una persona como yo, que podría dedicar sus energías a estudios más “serios” o “relevantes”, ha entregado su vida a esto. Asumen que ellos no saben nada de fantasía, y que esto está bien, porque la que tiene que saber de fantasía soy yo, porque a mí es a quien le importa. Asumen también, en consecuencia, que su labor está en guiarme metodológicamente, desde los rieles de la disciplina de la Literatura, o desde otras teorías aledañas que estoy trabajando, para que mis propios movimientos desde la teoría de la fantasía sean lo más rigurosos y enriquecedores posible.
Las experiencias de este primer año de doctorado me ha mostrado que, sorprendentemente, algunos de estos académicos han validado mi propia trayectoria independiente con la fantasía, y la respetan a su manera.
Por el lado de lo más propiamente literario, con mis últimas publicaciones he logrado llegar a lectores muy inesperados. Lectores que no son de género, lectores de fuera de los fandoms, pero que han conectado igualmente con mi literatura por lo que en ella hay de imaginación ficcional, por sus temas, por su uso del lenguaje y no de fórmula rígida. Es decir, por lo que en ella hay de literatura.
Por el contrario, he despertado algunas reacciones muy extrañas en el dominio del lector estándar de género.
Quisiera detenerme en particular en un comentario que recibí de mi libro La añoranza feérica: ensayos sobre estudios de fantasía, por su carácter paradigmático y ejemplar de esto que estoy intentando detallar. Aprovecho de aclarar en seguida que las comillas que incluiré en el párrafo siguiente corresponden a citas o parafraseos de las palabras de la persona, no a marcas irónicas.
A una lectora chilena “amante de la fantasía” no le gustó el libro por razones curiosas, decepcionantes y frustrantes para mí. A grandes rasgos, le disgustó que la obra tuviese “pretensiones literarias”, lo que la hizo sentir “incómoda” (aunque no explicó por qué), que usara palabras “grandilocuentes” y “técnicas”, y que tuviera “un marcado bias [sic, la palabra en español es “sesgo”]”, lo que hacía que la propuesta del libro fuese diferente a su experiencia, razón por la que no había podido sentirse identificada.
Si bien remataba su comentario con la idea de que estos rasgos, y en particular los sesgos, no eran “castigables”, la intención profunda del comentario, desde mi mirada, apuntaba al reproche y la censura. No hubo nada valioso que ella rescatara de su lectura, e incluso descripciones de la obra que podrían haberse considerado objetivamente positivas (o al menos neutras) parecían estar planteadas desde el menoscabo. Que incluyera pocas estrellas en la plataforma que estaba usando también es una muestra de ello: sí, representan su disgusto lector personal, pero también se suman a un sistema en el que esta inclusión disminuye el puntaje general y mina porcentualmente el gusto de otros lectores. Perfectamente podría haber incluido el comentario sin estrellas, porque su disgusto ya estaba en sus palabras. Pero decidió no hacerlo. En suma, podríamos decir que sí hay una intención punitiva implícita. La mención misma a lo “castigable”, de hecho, refuerza esta sensación. ¿En qué circunstancias usaríamos la palabra “castigable” refiriéndonos a algo o alguien? Cuando, dentro de todo, se acredita que algo o alguien hizo algo que no es del todo aprobable, que se sale de la norma establecida, que no está bien. Que pueda ser castigado en efecto es otra cosa, pero que se discuta siquiera esto ya acredita reprobación.
Podríamos sintetizar esta impresión señalando que le disgustó que La añoranza feérica fuese lo que debería ser una obra literaria, y en particular el ensayo literario testimonial: que tuviera intenciones propiamente literarias, y un uso del lenguaje y de la voz confesional marcadamente personales, acaso un tanto polémicos.
Me es muy difícil entender el razonamiento detrás de este rechazo, porque critica la obra porque la obra siempre buscó ser. Por supuesto que comprendo que a no todo el mundo le va a interesar una propuesta semejante, y que asimismo es muy posible que hayan diversos desencuentros lectores con ella. Como mencioné (creo) en el texto de presentación de La añoranza feérica en este blog, es un trabajo complicado de mover, porque normalmente la gente que lee ensayos no lee fantasía, y la que gente que lee fantasía no lee ensayos. En este caso, comprendo que es difícil siquiera esbozar qué es lo que esperamos ante un libro que tiene como subtítulo “ensayos sobre literatura de fantasía”. Recuerdo que incluso conversamos con mi editor la posibilidad de añadir “ensayos personales”, o algún otro adjetivo que diera cuenta de su cualidad íntima, pero asumimos que la convención del género “ensayo” ya daba la flexibilidad suficiente como para que el lector considerar al menos esa idiosincrasia en la voz de un texto así presentado. Otro de mis editores valoró especialmente del libro que tuviera una voz muy propia, conflictiva.
Pero, claro, para entender que estos matices son posibles hay que conocer el formato general del ensayo.
Retomando el comentario, lo que me interesa destacar es que, de la forma en la esta lectora desarrolló su texto de impresiones, se desprende una molestia que me resulta ideológica y espiritualmente grave, porque la siento como una condensación de una idea que me parece horrible: la fantasía no es literatura, no debería ser literatura.
Es decir, es exactamente la idea con la que he luchado toda mi vida como escritora. Es una idea que siempre creí originada en el mundo cultureta, que en su ignorancia siempre ha creído que la fantasía es apenas un puñado de moldes epigonales comerciales. Verla ahora tan contundentemente expresada en la visión de una lectora que se identifica como “amante de la fantasía” me parece atroz. ¿Cómo puedes amar la fantasía si en realidad pretendes implícitamente que solo responda a moldes, fórmulas o tendencias para validarla? ¿Qué es lo que amas de la fantasía al final? Ella no lo explica. No debería, pero en el contexto del comentario se vuelve algo relevante, porque yo también la amo y está claro que nuestros amores son diferentes. Pero, aun así, no creo que eso implique que deban sí o sí entrar en conflicto. Hay algo más que choca, y no puedo entender bien qué es.
No lo entiendo, sí. Pero aún más: me entristece y enfurece. Creo que aquí hay un cisma mayor incluso que con el mundo cultureta. Al menos la academia y la crítica literaria nunca le han reprochado a una obra literaria pretender ser literatura, o usar palabras menos cotidianas. Nunca había sabido de un lector de literatura que se sintiera incómodo solo porque la obra fuese literaria. Que la obra falle en el proceso, o que la “pretensión literaria” esté mal dirigida según lo que se entienda o valide por literatura en cierto contexto son otras cosas, claro, y ese tipo de críticas, aunque pudieran ser también dolorosas, son válidas y razonables.
Otra arista interesante de este reproche de la lectora es su imposibilidad para identificarse con mi experiencia como lectora y autora de fantasía. Por supuesto que el libro mismo es, también, una carta desesperada para encontrarme con personas que sí puedan identificarse con estas vivencias. Pero asimismo es, ante todo, una muestra particular de una forma posible de vivir el camino de la fantasía. Una que claramente es atípica y rara, como yo menciono constantemente a lo largo del texto, junto con la explicación de la soledad y la tristeza profundas que me ha traído ante la dificultad de encontrar gente afín a mi perfil.
Pero, como señalé varias líneas atrás, el baremo de la identificación para validar el mérito de un texto me parece un problema, quizá derivado de las inclinaciones narcisistas a las que nos ha orillado la cultura contemporánea, obsesionada con la representación en su nivel más literal. Hoy creo que no necesitamos vernos reflejados a escala 1/1 en un texto para encontrar algún valor en él. Lo que desconocemos también está ahí, en un retrato diferente, con técnicas y estilos varios, a la exactitud de la fotografía en su variante menos artística. Quizá no podamos reconocernos en lo que vemos, pero eso está bien: es lo que nos prueba que no somos los únicos en el mundo, y que eso es lo que permite un encuentro desde nuestras diferencias. De hecho, es parte de la esencia de la fantasía, que no tiene vocación de espejo, sino de lámpara (metáfora del Romanticismo que, por cierto, trabajo en el primer ensayo del libro). La fantasía es lo que es uno, pero transformado: acaso lo que desearía ser uno, o lo que podría ser a futuro. Y es también lo que no es uno, para la posibilidad de un diálogo con el más otro de los otros.
Estos intentos de mirar hacia donde ilumina la lámpara es algo que he intentado ejercitar desde hace varios años ya en mis propias prácticas lectoras, que trascienden el generoso ámbito de la fantasía, e incluso, recientemente, en mis exploraciones como receptora ya más consciente de otras artes. Y es algo que me han demostrado lectores que no vienen de la fantasía y que, aun así, han encontrado algo destacable en mis trabajos. También es algo que yo misma he insinuado con mi clásica expresión: “Hay más de fantasía en [obra X que no es de fantasía] que en trabajos rotulados como tal”. Lo que estoy tratando de decir con esta expresión es que, lo que yo busco en la fantasía (su dimensión extra genérica, hasta cierto punto) no lo suelo encontrar en obras contemporáneas que se venden como fantasía, sino en otras tradiciones y estéticas. Y esto que, normalmente lo he expresado como crítica a la fantasía actual, es también una forma de reconocimiento y apreciación de aquellas otras obras, que me han dado tanto lo que buscaba, de otras formas, como también otros hallazgos que no hubiera podido saber que buscaba o que necesitaba.
Quisiera seguir reforzando estas nuevas experiencias de exploración y hallazgos inesperados.
No oculto que yo he sido muy crítica hacia otras formas de gozar la fantasía, y que estas críticas obviamente están presentes en mis ensayos. Pero no puedo censurar esa voz mía, porque lo que yo amo de la fantasía ha estado desde hace décadas bajo asedio ante esos principios que, a mi juicio, buscan anularla y mercantilizarla. Ahora, claro que puedo extender mis propios márgenes y valorar alguna obra o autor que circula por circuitos comerciales si veo en ella los méritos o los intereses suficientes. Lo he hecho, por ejemplo, con mi entusiasta reseña de Lady Hotspur, una bella e intensa novela de fantasía épica que, a mi parecer, encuentra un equilibrio saludable entre una narración poética y literaria y temáticas y enfoques más contemporáneos, cercanos incluso al romantasy. Lo he hecho también en mi comentario relativamente apreciativo de un ensayo que escribió Brandon Sanderson, un autor cuya visión autorial, en general, me desagrada profundamente.
Si algún día pudiera insertarme al fin como académica en una universidad y tuviera que dirigir una tesis de una obra de fantasía comercial que detesto, sería una gracia: trataría de guiar lo mejor posible a mi tesista, para que pudiera extraer todo el valor posible desde teorías y conceptualizaciones literarias de nuestra disciplina, como lo han hecho mis propios profesores conmigo. Quizá hasta me ayudaría a ver aquella obra de otra forma, aunque nunca llegue a ser importante para mi corazón. Porque lo importante aquí no sería yo, ni el tesista, y ni siquiera la obra misma, sino la propia fantasía.
Lo que quiero, en última instancia, es más espacio para una fantasía de pretensiones literarias. No deseo en realidad que la otra desaparezca, sino que tenga un lugar no hegemónico en el sistema cultural lector y editorial, para que deje de opacar a la otra y quienes estén interesados en buscar algo más puedan encontrarla. Quizá sea iluso mencionar que lo ideal sería un mundo en que ambas convivieran en armonía distante y mutuamente respetuosa, ojalá con ocasionales cruces cuando la situación lo ameritara.
Por mucho tiempo creí que los amantes de la fantasía comercial simplemente vivían a lo suyo, quizá porque no sabían que existían otras formas de fantasía o porque esta no les llamaba la atención debido a una falta de andamiaje lector que pudiera darles herramientas para procesar algunos mecanismos narrativos diferentes a los que estaban acostumbrados. Veo ahora que está este otro factor espeluznante: ante la posibilidad de mostrarles otros caminos viables de fantasía, algunos no solo se sentirán confundidos o aburridos, con el sello básico de “no es lo que esperaba” que comenté en la primera parte de este ensayo, sino que sentirán rechazo o desprecio, uno horriblemente homólogo al de las grandes esferas culturales, pero mucho más injusto y doloroso. “No es lo que esperaba, y por eso no debiera existir. Por eso —aunque diga que no— se merece un castigo”.
Gente que debería ser nuestra aliada, aunque desde frentes distintos dentro del gran campo de la imaginación, se comporta como si nos antagonizara. Nos ve a nosotros como enemigos, porque queremos “literaturizar” la fantasía. Por alguna razón, parecen pensar que esto es algo malo. ¿Cómo podría ser malo defender que la fantasía es un arte? Nunca podré entenderlo. La condición artística solo podría realzar el potencial de la fantasía. El arte permite que la fantasía lo sea desde muchas dimensiones, que pueden gustarnos o no, pero que al menos no son las que el mercado de turno impone. Que haya más variedad no debiera anular tu propia preferencia.
Hace un tiempo, en mis ejercicios de desdoble, me pregunté a mí misma si no había pensando en la posibilidad de que mi visión personal ante la fantasía fuese a espantar a algunas personas. Mi respuesta fue que, si alguien tan insignificante como yo conseguía espantarte de la fantasía, tal vez esta no te importaba tanto en realidad. A mí me han dicho o insinuado de todo, directamente, por amar y trabajar la fantasía. Me han humillado en público y me han deseado lo peor. Y aquí sigo. Quejándome y llorando, obvio, si hasta el metal se fatiga. Pero sigo. No sé hasta cuánto: si hasta el metal se fatiga. Quizá llegue el día en que me agote y solo escriba fantasía para mí, de espaldas a todo el mundo. Quizá me muero (prematuramente), o me enfermo. Qué sé yo. Mientras tanto, mientras esté viva y (razonablemente) sana en cuerpo y mente, aquí estoy.
Me centro ahora en el contraste: gente que se encantó con mi visión por la fantasía y que comenzó a explorarla gracias a mi guía inicial, en mis textos, cursos y exposiciones. Gente que ha aprendido, que ha descubierto nuevas bellezas, que se ha dedicado a ella. Eso es a lo que aspiro con mi Ministerio en la fantasía. Si para seguir consiguiendo eso debo causar algunas incomodidades o rechazos en otros, aunque me duelan, tendré que seguir haciéndolo. Para hacer tortillas necesitas romper huevos; pensar supone crear roces y excoriaciones. Yo no quisiera incomodar a nadie porque detesto lidiar con las reacciones insidiosas de los demás, pero existo y pienso; no puedo permitirme dejar de pensar. Es inevitable.
He dejado para el final la parte quizá más relevadora del comentario: la distancia de la lectora con mi “obsesión casi religiosa” con la fantasía y el concepto de Fantasista. Dentro del dolor que me supone ese rechazo, me dice mucho también. Es increíble cómo mucha gente se retira ante cualquier dejo de sentido religioso o espiritual, como si se quemaran la mano. Vivimos en un mundo caído y desacralizado, en el que, por absurdo contraste, prosperan conocimientos y tradiciones arcanos o esotéricos, legítimos en su propio contexto, pero arruinados por el mismo mercado: lecturas de tarot para anticipar el futuro (cobardía), brujerías varias para torcer la voluntad de otros o dañarlos (coerción y maldad), gnosticismos simplificados para un carrusel de Instagram con imágenes IA que cierra con un CTA para que te inscribas en un curso vendehumo o pagues un PDF generado con ChatGPT (bastardización comercial).
En el libro de ensayos, no escondo mi filiación católica. Esto no es una interpretación de mala fe de la lectora: está en la obra que la fantasía es mi camino de vinculación con lo divino y, por extensión, con el Dios en el que creo. Pero considero haber dejado en claro también que eso no implica el dogma intolerante de otras prácticas. Por supuesto que no espero que compartas mi devoción por la fantasía, pero mi intención es que puedas ver en mi recorrido algo valioso que pudiera resonar con tu propio camino y las cosas que te importan, como sé que otras personas han podido hacer. Mi vida como Fantasista es el testimonio de lo que he luchado y amado. Si eso te sirve de alguna manera, si te abre tu mundo conocido y te ayuda a redescubrir la belleza de la fantasía más allá de lo que los poderosos han impuesto, eso me alegrará.
Es duro leer que la lectora prefiera desmarcarse del concepto Fantasista por la carga personal que le he volcado encima a mi uso ídem. Pero, retomando una idea que ya esbocé, si la gente se intimida por algo como eso, es su decisión. La gente se descarta sola ante caminos que no resuenan con ella. Yo misma lo he hecho en diferentes frentes de mi vida. Mi tristeza es constatar que, una vez más, el camino que yo he decidido y que me parece incomparablemente hermoso no apela a alguien más, o que incluso le despierta un rechazo visceral.
Sin embargo, me es necesario recordarme a mí misma, al final de todas estas palabras, que sí he conseguido apelar a otras personas en el tiempo y en el esfuerzo, sin duda más de la que conozco. La fantasía es también una comitiva pequeña sembrando flores mágicas en los Mordor de nuestro mundo, y cuyos pasos están tan lastrados por las amenazas naturales del camino como por los comentarios malintencionados de quienes siempre han preferido flores de plástico, aquellos que nunca se atrevieron a abandonar su aldea. Quizá algunas semillas planteadas se pierdan de las formas más horribles y humillantes: es lo que tiene la siembra en territorios inexplorados y hostiles. Pero también podrían crecer de maneras de insospechada belleza.
No podemos saber. Debemos tener esperanzas, pero no esperar nada.
La fantasía que nosotros no esperamos puede aparecer ante nuestra mirada como semillas podridas o flores desconocidas, dependiendo qué herida del espíritu nos ha marcado los ojos.
Pero la fantasía que yo no espero es también que aquello que yo me esmeré en cultivar como una flor única, regada con mis propias lágrimas y sangre, sea apenas visto como una bosta en ojos ajenos. Pero he aquí que la bosta de otros puede ser un abono para mí: estas palabras son las flores que han salido de ello; la naturaleza de sus frutos, para bien o para mal, me serán enigmas.
Si bien esta desagradable vivencia podría al fin confirmarme que mi obra no encontrará jamás hogar natural en el corazón del lector “casual” de fantasía, no le negaré la entrada a otros que en principio calzaran con el mismo perfil. Porque predisponerme contra toda esa ralea implicará esperar el mismo odio o desprecio de todos, y eso no es justo: he recibido mucho amor inesperado. Así que mantendré mis puertas siempre abiertas; no dejaré de esparcir mis semillas incluso en terrenos pantanosos. Pero, en lo que a mí respecta, lo haré con más precaución o sospecha: no abriré mis puertas de par en par si quienes circulan tienen mucha noche en los ojos, no esparciré mucho ni muy valioso si veo que todo tiende a hundirse en la tierra bajo mis pies.
Desde luego, no puedo evitar que las propias expectativas de los demás me alcancen, ni recibir sus frustraciones injustas por un error de estimación o una cerrazón interior ajenos. Solo puedo ocuparme de mí misma. Pero ahora, supongo, debo avanzar hacia un estado en que tampoco espere evitar algo así. Tal vez alguien que llegó a mi umbral fantasista para quedarse lo hizo porque vio que las puertas siempre se mantuvieron abiertas, incluso tras recibir escupitajos o carteles de burla. Tal vez alguna flor nació porque se sostuvo en los cadáveres de las semillas que nunca pudieron florecer.
No puedo permitirme renunciar a la belleza del mar solo porque mis lágrimas sean tan saladas como sus aguas. Porque quizá las lágrimas mismas sean una forma compacta de mar personal, o quizá el mar común sea un fruto de todos los que lloramos porque nuestra ofrenda pura fue rechazada.
Con esta convicción aún fresca, termino mi texto a propósito como una plegaria, porque soy una Fantasista católica y estoy contenta por ello y por lo que ello, de diversas maneras, ha podido traerle para bien a unos cuantos otros:
Ayúdame a no esperar nada de la fantasía si eso supone encorsetarla para mí, para otros, para ella misma. Ayúdame a que lo que más espere de ella sea su propia esperanza, encarnada y proteica. Ayúdame a que la fantasía, cuando lo precise, sea siempre algo que no espere, y que su cualidad inesperada me reconduzca hacia donde Tú esperas que yo vaya.







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