Publicación de Antaño

11/02/2023

Ilustración de portada de Esmeralda Ríos.

En octubre ha comenzado a circular Antaño, una nueva publicación literaria de mi autoría, la ¡tercera! y última de este año, publicada por el sello mexicano, independiente y tradicional, Casa Futura.

Se trata de otra antología de cuatro cuentos, cuyo índice es el siguiente:

  • La niña de oro
  • La marca de las estrellas
  • Los hijos del viento
  • El hijo del herrero

Esta es la sinopsis oficial del libro:

Antaño, de la escritora chilena Paula Rivera Donoso, es un compendio de cuatro cuentos, donde la magia y las criaturas feéricas tejen su hechizo en cada página. Desde la amistad entre una niña y una criatura del bosque; una madre que recibe un presagio acerca de su hija; un misterioso huevo azul encontrado por dos amigos; y el asombro de un aprendiz de herrero al encontrarse con la magia misma, estas historias están teñidas de fantasía y exploran las luchas cotidianas de los personajes, quienes enfrentan retos y debilidades no lejos de nuestras propias batallas: la vida y la muerte, la amistad y las separaciones, o la elección entre legados impuestos y deseos propios.

Los maravillosos cuentos que Paula Rivera Donoso construye despiertan el asombro. Con un estilo narrativo embellecido por líneas poéticas, Antaño se incorpora al creciente panorama de la fantasía latinoamericana. Se trata de un libro donde descubrimos la belleza de palabras e imágenes que difícilmente serán olvidadas.


Pueden comprar la obra en la tienda de la página web de Casa Futura. Eventualmente, debiéramos contar también con una edición digital, y está en gestión algún arreglo para facilitar la adquisición del libro impreso en mi natal Chile.

A continuación, comentaré algunas cositas de interés (al menos para mí) sobre este nuevo proyecto.


Preámbulo personal

Por alguna extraña conjunción de destinos, este ha sido mi año de cosecha en términos de publicaciones formales, luego de un erial de una década tras la decepcionante experiencia de publicación de La niña que salió en busca del mar. Como he comentado antes, pensé que ya no volvería a este camino debido a la extrema hostilidad del campo editorial y a las angostas oportunidades para una persona con un proyecto autorial como el mío. Pero la vida es muy incierta, para bien y para mal, y resulta que en este contexto de pronto fue para bien.

Desde luego, no era esto algo que hubiera planificado, o incluso meramente esperado. En esos pequeños arranques de locura entremezclada con esperanza a los que sucumbo a veces (cada vez menos, por desgaste), envié sendos manuscritos de cuentos a las convocatorias de las editoriales Trazos de Aves (Chile) y Casa Futura (México), porque me interesaban sus líneas de trabajo y sentía que podía calzar en ellas, además de que ambas eran tradicionales y no cobraban al autor por publicar. A Trazos de Aves les mandé el manuscrito del entonces Cuentos de Fabularia (publicado finalmente, este mismo año, como El idioma de los dragones), y a Casa Futura uno que armé con relatos dispersos, cada uno perteneciente a otros proyectos narrativos que no había logrado hacer cuajar. Por lo que recuerdo, ambos dictámenes favorables me llegaron muy cercanos en el tiempo, y fueron una sorpresa, sobre todo en el caso de Casa Futura, por su carácter internacional y el buen nivel literario del resto de su catálogo preexistente.

Así que heme aquí otra vez: anunciando y comentando Antaño como cierre escritoril del año, muy agradecida por el amable y dedicado trabajo del equipo de Casa Futura con el texto y su presentación como libro concreto, incluyendo la bella ilustración de portada de Esmeralda Ríos. Me alegra muchísimo tener otro libro personal con un dragón en la portada. Pero les aseguro que no es solo por preferencia personal: en Antaño también hay un dragón pequeñito como personaje. La criatura que aparece en la portada representa el cuento en el que aparece. Otra representación es el huevito en el que está posado, que alude al tercer cuento.

Aunque sueno muy comedida en todas estas palabras, naturalmente estoy muy contenta por este suceso. Sucede que, como le decía a una persona querida hace un tiempo, creo que las desgracias y decepciones pasadas en estas lides me rompieron el cosito de la felicidad, así que ya no me siento sicológicamente capaz de emocionarme de manera tan intensa como antes, o como esperé alguna vez, cuando era más inocente y tenía la esperanza menos abollada. Incluso hay una melancolía especial, muy dulce, tras estas victorias simbólicas y sucesivas de mis palabras, la confirmación quizá más rotunda que he tenido hasta ahora de que, ¡oh, sorpresa!, tal vez sí era digna de llamarme “escritora” después de todo… Acaso más ahora una descripción de lo que hago de lo que soy. Porque lo que soy es Fantasista, y eso no (me) admite cuestionamiento alguno.

Pero no lamento del todo aquella pérdida. Se me parece más, quizá, a la simple aceptación de que el tiempo nos cambia y que ya no podremos sentirnos exactamente igual a como cuando, por ejemplo, éramos adolescentes y todo tenía el esplendor de lo puro y lo importante, en nuestros corazones y nuestras palabras torpes. Ahora las cosas no son ya así, pero el estado actual tiene su propia belleza, una que no hubiera podido jamás imaginar cuando era muchacha, y que paradójicamente me acerca más al verdadero espíritu de esa época de lo que yo misma encarnaba en esos años, con la salud mental echa trizas y buenamente abandonada por todo lo que no fuese imaginario.

De nuevo: el recuerdo de Ursula K. Le Guin bajo las estrellas, con una única lágrima, muy solitarias ambas, tras enterarse vía telegrama de que ha ganado el Premio Nébula de 1970.

Hay felicidades y triunfos que están hechos para su goce en la soledad y la dicha serena, melancólica.

Yo no hubiera esperado eso de adolescente, pienso ahora. La escritura era también una forma de situarme en el mundo, aunque a nadie le importara (en el mejor de los casos) o les pareciera ridículo (en el peor), aunque nadie me leyera (en todos los casos). Creo que entonces esperaba dejar de ser invisible si persistía escribiendo en mi soledad de siempre. ¿Cuándo? No sabía: algún día. Daba igual. El futuro se extendía como el horizonte.

Nunca pude imaginarme a mí misma en un contexto en el que fuese famosilla o adinerada. Mis mayores ilusiones en eso las sigo compartiendo aun ahora, y son tontorronas pero no imposibles: tener openings y endings animados y originales de Obra Mayor, e imprimir ediciones preciosas, ilustradas y muy gorditas. La diferencia es que ahora quiero todo eso solo para mí y, acaso, un par de amigos. Pero creo que sí esperaba, de alguna manera informe, que iba a poder celebrar abiertamente ese anhelado destino con gente querida. Gente que entonces no existía, por supuesto, pero que yo suponía (deseaba) que existiese en alguna parte de aquel horizonte. Esa ilusión era lo que ayudaba a amortiguar ese otro futuro que creía cernirse sobre mí: mi ruina absoluta al volverme una adulta legal, atrapada y simbólicamente castrada en mi casa de origen como el resto de mis familiares nucleares. (Sí, mi juventud fue algo así como una novela gótica mal escrita, pero eso es otra historia y no se las contaré explícitamente en ninguna ocasión).

Hoy, teniendo ya a esa gente a mi lado, al fin, gente genuinamente contenta por estas publicaciones y lo que significan para mí, redescubro de pronto el sentido de aquella soledad que siempre me ha acompañado con mis palabras, mis personajes y sus historias, y puedo valorarla de mejor forma.

Así que ahora estoy sola y acompañada, contenta y melancólica. Satisfecha por lo logrado tras tantos años de trabajo dedicado y silencioso, y a la vez hambrienta por continuar escribiendo lo no escrito, hasta que la vida se me acabe.

Todo está bien ahora. Quizá después vuelva a no estarlo: he dicho que la vida es incierta.

Pero al menos ahora tengo más firmeza para creer que todo volverá a estar bien otra vez, porque esto es la Rueda de la Fortuna enmarcada en una Providencia que se escapa de mis alcances, y de momento es todo lo que necesito para animarme a continuar con mi camino. Tendré que poner mucho de mi parte para que siga siendo suficiente.

Lo demás es Destino.


Los cuentos de Antaño

Cuando compilé de manera artesanal los cuentos de esta antología, me di varias vueltas en el título. A diferencia de El idioma de los dragones, cuyo eje vertebral era el mundo de Fabularia, esta compilación está más cercana a El musgo en las ruinas, que está compuesta por relatos de diversas etapas de mi vida y con distintas aproximaciones a mis temas de siempre.

Finalmente, y a contracorriente con los títulos más extensos y rimbombantes que había ideado hasta entonces, me decanté aquí por una única palabra, un único concepto: Antaño. ¿Por qué? Bueno, porque me encanta esa palabra. Es como el pasado idiosincrático de la Fantasía: terroso, ocre, encapotado.

Sentí que era justamente eso lo que compartían los cuatro relatos que elegí para la colección. Todos están ambientados en mundos premodernos en los que la maravilla, aunque sea de manera contenida, forma ya parte de lo cotidiano. Todos están también conectados, de una forma u otra, con otros pasados aún más remotos en sus sendas historias. Ese pasado y su aceptación, refutación o negociación son lo que sale a buscar a sus personajes y les cambia la vida y el destino.

Todos estos cuentos fueron escritos dentro de cierta franja de tiempo común con los de Fabularia. En un sticker de preguntas de mi Instagram público, había gente interesada en saber en qué se asemejaba o diferenciaba este proyecto del de El idioma de los dragones. Pues creo que esta cercanía temporal crea muchas semejanzas, con matices importantes. Otra cosa relevante, y que resultó de manera accidental, es que la estructura final que le di a la compilación replica la de mis cuentos de Fabularia. En broma, he comentado a algunas personas que Antaño es como una suerte de Lado B de El idioma de los dragones, pero no porque esté hecha de descartes de aquel otro libro, obviamente, sino porque ofrece aproximaciones más “silvestres” a los temas que me apasionan. Antaño, para mí, es como el nexo que media entre El musgo en las ruinas y El idioma de los dragones.

En cuanto a los cuentos, como dije, todos pertenecían a otros proyectos que no llegaron a puerto en sus formas originales. Los detallaré a continuación:


I. La niña de oro

Este cuento breve pertenece a un proyecto en el que pretendía escribir una relato de Fantasía centrado en algún elemento que llevara por inicial cada una de las 27 letras del alfabeto en español. Avancé bastante con la propuesta (13 cuentos), pero me entrampé con algunas letras (por ejemplo, la ñ), y comprendí que la obra solo podría cobrar forma real siendo ilustrada, como un verdadero abecedario de Fantasía.

Como saben, detesto todo lo que implique depender de otros para llevar a término un proceso creativo, y en general no me gustan las actividades colaborativas porque soy individualista y necesito una conjunción emocional y artística muy fuerte con el otro para animarme a compartir mi mundo con él. Ante la ordalía de encontrar un ilustrador estéticamente afín al proyecto, y la pobreza situacional que me impediría pagarle como debiera, descarté la idea, al menos de manera indefinida.

Pero del conjunto de textos que logré escribir, este me gustó mucho, así que lo rescaté y reescribí. 

Es un cuento sobre una amistad singular entre dos niñas muy diferentes, y cómo el paso del tiempo las va afectando de maneras diferentes a medida que ambas van acercándose íntimamente al mundo de la otra.

Esta historia correspondía a la letra H de mi abecedario.


II. La marca de las estrellas

Este cuento fue el único que logré escribir de un proyecto demencial, para el que obviamente no estaba ni estoy preparada: reescrituras bíblicas desde la Fantasía.

(Si les interesa un ejemplo extraordinario de una propuesta semejante, les recomiendo encarecidamente el cuento “Anunciación”, de Gabriela Damián Miravete, perteneciente a su estupendo libro La canción de todas las cosas, que ahora pueden descargar gratis desde la web de su editorial, Odo Ediciones. Se trata de una reescritura (bien) libre de la virgen María. Sí, así como leyeron. Me dejó tibiecita y contenta tras leerlo; quise mucho chillar)

Volviendo a “La marca de las estrellas”, en este cuento abordo una de mis obsesiones temáticas que hace tiempo no mostraba públicamente: las relaciones materno-filiales, con madres medio rotas y que sin embargo se esfuerzan por cargar sus pedazos consigo para enseñarle a sus propios vástagos, igualmente trizados, qué hacer con los propios. En este caso, también me abro a una narrativa que no suelo explorar: la narración estilizada en primera persona de esta mujer madre joven y salvaje que se ve enfrentada a una compleja profecía sobre su hija, a quien cría como mejor puede desde su soledad agreste, debatida entre el deber y sus instintos maternos.

No revelaré la historia bíblica en la que está basada esta historia, para que sea más interesante su descubrimiento orgánico en el lector, si le interesa. Solo daré la pista de que se encuentra en el Antiguo Testamento.

III. Los hijos del viento

Este cuento pertenecía originalmente a otra compilación de cuentos de Fantasía, anterior y a la vez similar a los de Fabularia, y era el cierre del libro. Este manuscrito fue rechazado en su momento por una editorial infantil, como comento en este testimonio. Curiosamente, este fue el único cuento del que la editora a cargo no me escribió NADA. No sé qué habrá significado eso: que no supo qué decir, ni bueno o malo, o que se le olvidó, o que no lo leyó al final. Misterios.

Volviendo al cuento, este es un antecedente de "Ojizarco", probablemente mi mejor relato de El idioma de los dragones, y muy querido por algunas personas sufrientes. Pero advierto que es acaso ¡más! triste que "Ojizarco", porque aquí la maravilla separa en lugar de unir desde el destino compartido.

El mundo del peñasco de “Los hijos del viento” y sus leyendas aviares está inspirado vagamente en la Aldea Orni de la duología de los The Legend of Zelda de Nintendo Switch: Breath of the Wild (principalmente) y Tears of the Kingdom. Los ornis son una cultura de gente pájaro, y me gustan muchísimo porque a mí me encantan los pájaros. Su territorio y sus historias me evocaban muchas cosas, así que quise darles forma en una historia muy personal de amigos íntimos encontrados y desencontrados por el pasado recuperado, en el que está involucrado, claro está, un pajarito.

El personaje de Tiuin está también levemente inspirado en uno de mis niños de Obra Mayor, justo cuando era niño.

IV. El hijo del herrero

Mi reescritura personal de "El herrero de Wotton Mayor", de J.R.R. Tolkien.

Originalmente una novela corta, el relato incluido en Antaño es solo la primera de dos partes, porque funciona (creo) de manera individual. La única persona que ha leído la historia completa es la escritora Mariela González, y a ella también le gustó más la primera parte. De momento, no tengo intención de liberar la segunda, así que ustedes tendrán que imaginarse todo lo que pasa después. (No es tan obvio como parece: piensen en La historia interminable).

Esta novela tiene una anécdota dolorosa para mí: la envié a una editorial española independiente y me la rechazaron ¡al día siguiente!, justo para la celebración de mi cumpleaños de entonces. Me quise morir; fue un día horrible. Hoy al menos lo puedo contar con la misma serenidad a la que he aludido antes: viví ese dolor casi sola, como quizá correspondería vivir todos los dolores, y ahora que ya ha pasado tanto tiempo me da igual compartirlo públicamente, aunque su recuerdo siga siendo desconcertante.

Nunca olvidaré el dictamen: “Está bien escrita, pero no me engancha”. Me cuesta entenderlo porque el editor leyó la historia en un día. ¿Eso significa que al menos debía fluir mínimamente? No sé. Quizá por eso, también, no soy editora.

No pretendo que ustedes se “enganchen” con esta historia (qué palabra nefasta, por lo demás, oye): solo necesitaba una persona que creyera en ella lo suficiente como para aceptar su publicación, y ya tuve dos en los editores de Casa Futura. Como sea, espero que también la puedan considerar bien escrita. Los que conecten ahora con ella serán las personas necesarias. Ojalá existan.



Con eso ha terminado mi recorrido y presentación personal de Antaño. Siempre finalizo este tipo de alocuciones invocando su llegada a los lectores correctos, porque en realidad asumo estos procesos como una plegaria y este es el cierre que creo que les corresponde.

Pienso que la entrega es lo único que nos queda como escritores cuando publicamos estas historias tan, tan nuestras y las liberamos al escrutinio del mundo. La publicación es un proceso aterrador, no siempre necesario, pero siempre muy intenso, cuando ocurre. Es importante reconciliarse con esta cesión de nuestras palabras y confiar en que ellas sabrán hacerse camino en los corazones que estimen pertinentes.

Espero que les guste Antaño y que, ¡ojalá!, puedan tenerlo como un ejemplar que haga compañía al de El idioma de los dragones, su hermanito mellizo.

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