Publicación de El idioma de los dragones

2/24/2023

 

Ilustración de portada de la antología "El idioma de los dragones". Muestra a una princesa pequeña, de pelo largo, vestido y descalza, blandiendo una ramita contra un dragón, que se ve sonriendo en el fondo. El dragón tiene muchos dientes. Los colores de la ilustración son crepusculares, entre azulinos y morados.
Ilustración de portada de Sebastián Franchini.

Ha llegado un momento que, durante muchas veces en los últimos años, pensé que ya no volvería a ocurrir: la presentación de una nueva publicación literaria de mi autoría.

Les presento entonces El idioma de los dragones, mi nueva antología de cuentos de Fantasía, publicada por la naciente editorial chilena Trazos de Aves, independiente y tradicional (es decir, no cobra a sus autores como condición para publicar sus obras).

El idioma de los dragones se publica en formato físico, como un pequeño libro de aproximadamente 150 páginas, y en formato digital, disponible internacionalmente en Amazon. Diría que su público objetivo está enmarcado en cualquier amante de la Fantasía, la imaginación y los cuentos de hadas, sin importar la edad (salvo que el lector sea muuuy pequeño).

Esta es la sinopsis de la obra:

El idioma de los dragones es una antología de cuatro relatos de fantasía: una pequeña princesa se enfrenta a un dragón sin más armas que sus propias palabras; una joven muda y un joven introvertido encuentran en el arte la voz que tanto buscan; un niño común se hace amigo de otro que, según se dice, ha sido maldecido por las hadas; y un pastor de dragones junto a un escritor de fantasía viven una aventura que desafía al tiempo y a la imaginación para que la ficción sea digna de contener dragones en ella.

Estos cuentos son portales hacia el reino de las historias y la magia. También son una invitación para redescubrir el lenguaje escondido dentro de cada persona, de la manera de construirlo, para quienes son jóvenes, y de cómo interpretarlo y resignificarlo, para quienes, ya en cuerpos que han recorrido el camino de la vida, siguen siendo jóvenes de espíritu. Estas historias anidarán en ti y nunca dejarán de maravillarte.


Este es el listado de cuentos que incluye:

  • La princesa valiente
  • La historia del Abuelo Árbol
  • Ojizarco
  • El pastor de dragones y el escritor viajero


Y esta es la subpágina dedicada al libro en mi sitio web, donde mantendré información actualizada:


Puedes comprarlo desde estos enlaces:


A continuación, como he hecho anteriormente con otras publicaciones, comentaré brevemente algunos aspectos de la obra.


El origen

En principio, no pensé este proyecto como una unidad antológica de cuatro cuentos. Tan solo fui escribiendo los relatos poco a poco, en medio de circunstancias y motivaciones diferentes, hasta que comencé a ver puntos en común más nítidos aún que los que conectan toda mi producción literaria (publicada e inédita) a la fecha: la recurrencia de un espacio feérico propio, una iteración personal de la Tierra de las Historias, y la importancia de la palabra narradora (sobre todo imaginativa) como vía de redención. Nada de lo que no haya escrito antes, sí, ¿y qué? Pero había un pulso particular que detecté en estos brotes tempranos de historia que me hacía pensar que había algo más que el mero parentesco de mi mano operando en sus formas literarias.

Si me remonto a la primera expresión de estos cuentos, creo encontrarla en un relato corto que en su momento escribí en 2016 para un concurso literario infantil que, milagrosamente, admitía envío de manuscritos en línea. En ese entonces estaba algo menos quemada de esas instancias y aún pensaba en ellas como vías razonables para mostrar mi trabajo, cosa en la que ya no creo.

Esta historia era “La princesa valiente”, llamada en esta temprana versión “La princesa perdida” (se entiende que la valentía surge a partir del extravío). Sus mimbres son los mismos que la versión definitiva, pero su lenguaje, veo ahora, estaba totalmente encorsetado por las normas que ya había interiorizado del campo de la LIJ (literatura infantil y juvenil) y que me movían, aunque aún a regañadientes, a simplificar la prosa hasta dejarla irreconocible desde mi autoría.

Recuerdo bien dónde estaba cuando trabajé esta primera versión: en una oficina horrible. Curiosamente, todos los otros cuentos los fui escribiendo también entre esa y otra oficina de una empresa a la que llegué después.

No me refiero con esto a que escribiese estas historias en el periodo en que trabajaba en esos lugares, sino a que literalmente las escribía durante mi jornada laboral. En esos días, me sentía sumamente alienada por las jornadas completas de trabajo en Santiago, que me dejaban exhausta y con muy poca energía y ánimos de vivir como para poder volver a sentarse ante el computador para seguir escribiendo en casa. 

El flujo de trabajo en esta nueva oficina era muy variable según el contexto, así que a veces había momentos muertos en los que no había nada que una trabajadora insignificante como yo, con un puñado de contratos a plazo renovados cada ciertos meses, pudiera hacer.

Entonces escribía. Escribía mucho, con desesperación: con los dientes apretados, temas musicales intensos en loop retumbándome en mis oídos, la palabrería laboral o casual de mis colegas difuminándose en el exterior de esos mundos frágiles que intentaba tejer palabra a palabra.

Escribía de dragones, hadas y jóvenes solitarios en busca de sus destinos en las cuatro paredes de una oficina santiaguina.

Escribía, parafraseando a Ray Bradbury, para no estar muerta.

Escribir así era mi forma de resistencia: “Yo soy más que una oficinista precarizada. Yo tengo historias que contar, palabras que pulir, un destino al que rendir cuentas.”

Todos mis colegas tenían igualmente sus propio destinos sueños y propósitos, claro, pero nunca supe cómo lidiaban con ellos en medio de todas las horas útiles que consumía el trabajo. Asimismo, tampoco supe si alguien más que mis colegas directos sabían que yo escribía cada vez que podía, pues mi rendimiento en la época era bueno.

Solo recuerdo que una vez una compañera me dijo: “Se te nota cuando estás triste, aunque no digas nada”. Me pregunto si esa tristeza reflejada habrá coincidido con alguna jornada de escritura de esos cuentos. La tristeza en mí puede parecerse mucho al furor que me domina como escritora; hasta las lágrimas se comparten.

Y otra me envió una vez, sin contexto, el relato “Esto también pasará”, que me trajo mucho consuelo inesperado por la rotundidad de su mensaje: todo, tanto lo bueno como lo malo, ha de pasar en el transcurso de la vida.

De modo que resistía, con mis personajes y mis historias a cuestas, como si yo fuese una animalito aterido y ellos una secreta promesa de primavera. Esta tristeza y estos furores también pasarían, y luego vendrían otros, y así, eternamente. Pero algo se lograría entre tantas lágrimas y pasos: lo sabía desde muy adentro.

Así nació Fabularia, mi iteración personal de Faërie y que de momento no tiene mucho de idiosincrático, fuera de mis temas y motivos literarios de siempre. Pero nombrarla me permitió enmarcarla, además, como un espacio de arte y de palabra, justo los elementos que me mantenían a flote durante esos días, al igual que lo hacían con mis personajes.

Yo era la princesa enamorada de una historia que le arrancaba lágrimas de belleza, y por la que decidía abandonar todo su mundo conocido.

Y era también la joven muda que no podía hablar como los demás, que era diferente, que estaba rota, y que sin embargo salía igualmente en busca de su verdadera voz. Y era el joven aprendiz de escritor que escribía entre la dentellada del frío y el zarpazo calor, en hojas arrebujadas y siempre al borde del total olvido.

Y era, curiosamente, el niño obsesionado con aquel otro, el que había visto las hadas. Porque yo también había tenido obsesiones con personas, pero al menos quise transformar mi experiencia y recrearla literariamente con personas por la que de verdad valiese la pena enloquecer y sufrir. No ya una persona ambigua y desdeñosa, maestra de ilusiones, sino una persona que hubiera entrado en contacto con la belleza de las hadas, y que por tanto arrastrara una ambigüedad y un desdén muy diferentes.

Y, naturalmente, más que nadie, yo era el escritor de dragones, molesto ante las degradaciones estéticas contemporáneas de la fantasía, y siempre admirador de las criaturas más bellas que hubiera deseado escribir.

Llamé entonces a esta compilación de relatos Cuentos de Fabularia, porque literalmente eran eso: cuentos de, desde y sobre Fabularia. Tanteé algunas editoriales donde creí que podía tener alguna oportunidad (creo que dos o tres; no recuerdo ya muy bien), y solo obtuve respuesta de una, que hubiera preferido que nunca me hablara.


La traición y la redención

En mi entrada “Post-mortem: yo, autora de LIJ”, compartí una decepcionante experiencia con una editorial chilena que, luego de aceptarme un manuscrito, me mantuvo en vilo (sin contrato firmado, claro) por dos años, incluso pidiéndome requerimientos adicionales absurdos que condicionaban el apoyo de la obra, antes de arrojar la propuesta, al manuscrito y a mí a la basura.

Ese manuscrito era Cuentos de Fabularia, en su edición original.

La situación fue muy dolorosa para mí, y a partir de ahí me sumí en un ánimo sombrío, desesperanzado y suicida. Honestamente, no veía ya que otro proyecto editorial pudiera ser afín al manuscrito, aunque conozco de nombre a bastantes editoriales. Veía y veía catálogos, con sus títulos y sus sinopsis, y ninguno tenía nada que ver con lo que yo leía, escribía, amaba.

Pero, luego de un tiempo, vi que una editorial nueva, tradicional, abría públicamente su primera convocatoria. Para mi sorpresa, su temática corporativa era de pajaritos, y yo amaba los pajaritos, una feliz coincidencia. En su colección Alicanto, milagrosamente, vi un nidito posible para mis historias, pues abrazaban las narraciones imaginativas. 

Y con miedo, con el corazón aún hecho trizas, realicé una propuesta.

Y pasó la primera etapa de evaluación. Y luego, para mi absoluta sorpresa, fue aceptada.


La edición

He publicado diversas historias, pero creo que esta es la primera vez en la que experimenté un verdadero trabajo de edición formal. Como tengo una redacción relativamente aceptable, al menos comparándola con el promedio chileno, en muchos casos los editores de turno se limitaban a corregir algunos gazapos estilísticos y a hacer un par de preguntas de desambiguación u observaciones menores. Esto, en sí mismo, no está mal para proyectos pequeños, pero siempre me dejó pensando si mis textos no tendrían fallas mayores que nadie estaba notando.

Tuve al fin una experiencia real de edición gracias a las labores de Daniela y Eduardo, mis editores. Mi manuscrito quedó lleno de comentarios y tachaduras que me ayudaron a ver con otros ojos estas historias. A eso ayudó también la enorme cantidad de tiempo que había pasado desde que las había escrito a este instante. Así, muchas cosas que me objetaron eran aspectos que se desprendían de quien era, como persona y autora, en esa época, con todos mis sentimientos torcidos, mi rabia, mi soledad y mi silencio. No tuve problemas en despejar esa broza ideológica, porque además las observaciones fueron hechas con respeto y entendiendo que estaban objetando estas escenas justo porque entorpecían la potencia real de cada texto.

También hubo preguntas curiosas. Por ejemplo, Eduardo me preguntó a qué olía un dragón. Ha sido una de las preguntas más hermosas que me ha formulado un editor, porque además me hizo descubrir que nunca había pensado en eso. Quizá a eso debiera apuntar en verdad un editor: en lugar de meramente censurar o reprochar pasajes que “no funcionan” (¿vendrá también este utilitarismo textual del capitalismo?), ayudarle a valorizar al autor sus propios acentos.

Otra pregunta curiosa fue por qué los personajes de una historia se llamaban originalmente Jack y John, nombres objetivamente sosos y genéricos. Aquí los editores me dieron espacio para explicar que no suelo dejar ciertos cabos así al azar, y que esta elección tan aburrida tenía un origen concreto: un pequeño homenaje a Tolkien, cuyo primer nombre es John, y a Lewis, a quien sus amigos llamaban Jack. En el cuento también narro un encuentro entre un escéptico y un consagrado, aunque en este caso es hacia las hadas, todo basado en el poema Mitopoeia de Tolkien. Sin embargo, entendí por qué este tipo de alusiones no son pertinentes porque obedecen más a un guiño personal que casi nadie más ha de entender, así que los reemplacé por otros.

Una última curiosidad de la que Eduardo fue responsable fue el nuevo título de la obra. No le parecía que Cuentos de Fabularia fuera muy evocador, aunque desde mi visión los textos eran exactamente eso. Me temo que eso demuestra, entre otras tantas cosas, mi escasa visión práctica para estos asuntos.

Sin embargo, su contrapropuesta, como seguramente concordarán todos los lectores, fue excepcional: El idioma de los dragones, frase extraída además de la obra misma. El título por sí solo abrió una nueva dimensión interpretativa a la obra incluso para mí misma, como autora, como comentaré más adelante.

Otro genial acierto paratextual fue la sinopsis que pudieron leer al inicio de esta entrada, que fue escrita por ellos. Esto no parece nada del otro mundo, pero todas las sinopsis que he hecho previamente de mis publicaciones las he escrito yo misma.

¿Sigo sin ser clara en por qué destaco esto? Lo explico mejor: que yo haya tenido que hacerme cargo de las sinopsis de mis anteriores historias se debe a que nadie involucrado en su publicación (cuando hubo gente externa) tuvo interés en ellas en sí mismas, por lo que no estaban en condiciones de hablar de sus argumentos o temas, y menos de sintetizarlas de manera atractiva. La sinopsis de El idioma de los dragones, en cambio, no solo es muy bella, sino que también expresa uno de los valores de la obra de una forma que no habría conseguido expresar yo misma.

Todo estos procesos que describo los llevamos a cabo de manera dialógica a través de plataformas como Google Docs y Discord, que ha operado como un ordenado foro en el que las autoras hemos tenido acceso directo a conversar con los editores para discutir o proponer asuntos relacionados con nuestras obras. Creo que nunca había tenido un grado de cercanía similar a un editor, lo que se agradece un montón: el proceso de entrega de un manuscrito suele ser muchísimo más solitario (lonely) que el mero acto de escribirlo a solas (alone).

Creo que podría resumir mi proceso editorial con Trazos de Aves en las siguientes palabras: se aquilata con cuidado y honor el material original, se pulen todos los ripios que atenten contra su propia vocación, y se proponen nuevas voces que ya se encontraban como promesa del texto original.

Ojalá los lectores puedan entonces recibir la versión más nítida posible de estas historias.


Las esperanzas

Una de las cosas que más me transmitieron los editores fue que creían en mis historias y que deseaban que llegaran a sus lectores. Estas expresiones, contrario a lo que podría creerse, no parecen abundar hoy en el mundo editorial. Es justo lo que necesitaba tras muchos años de caminar a ciegas y a trompicones con apenas una esperanza de luz. 

He sentido algo parecido a propósito de otros cordiales gestos editoriales previos, así que insistiré en ello: este trato me hace recordar que, como escritora, soy ante todo un ser humano. Y a nadie le gusta ser maltratado, o tratado como un mero productor de contenidos. Como decía en una entrada anterior, ya no soporto más el maltrato; ahora, a diferencia de hace unos años, comprendo que no lo merezco. 

Del mismo modo, luego de mucho tiempo en una tensa austeridad impostada, he decidido que merezco igualmente entusiasmarme en mi fuero interno por esta publicación, aunque quede la huella de los fracasos y las malas experiencias anteriores. Ese miedo nunca se irá, pero quiero abrirme también a la breve alegría de que nuevas historias mías puedan materializarse en papel porque alguien más creyó en ellas y decidió apostar sus recursos y energías para hacerlo realidad. 

Y es que todo esto (mis miedos y entusiasmos, la publicación en sí misma) también pasará. 

Mi gran esperanza es que algo de estas historias anclen o enraícen en algún corazón correcto. Como en todo lo que escribo.


La obra

¿Qué esperar de El idioma de los dragones? Pues Fantasía, obviamente, como la he venido trabajando, leyendo, pensando y construyendo poco a poco en mis palabras a lo largo de todos estos años. Es una de mis compilaciones de cuentos, entre inéditas y publicadas, que me ha hecho más feliz. Entre las razones menos obvias, puedo decir que se encuentra la expresión particular de mi Ministerio como autora que logré transmitir en sus páginas.

Me interesa mucho que personas como yo puedan verse reflejadas en estos personajes y su sustento arquetípico, pues sus defectos o problemas han sido los míos, o los que otros me han enrostrado por años: cobardía, soledad, marginación, obsesión no correspondida, soberbia, sentido distorsionado de injusticia, entre otros. Cada personaje lidia como puede con estos asuntos, y es la fantasía, el arte y la imaginación los que finalmente les ayudan a transformarlos en sus versiones más nobles, de espaldas a todos los que los dañaron o que nunca creyeron en ellos. Como he ido aprendiendo a hacerlo en mi vida personal.

La valentía no es más que una cobardía aceptada y usada como móvil. La soledad y la marginación vienen de ser diferentes a los demás, quienes en su homogeneidad pueden ser pavorosamente crueles y miserables, por lo que hay que asumir esa individualidad con orgullo y buscar a otros individuos que resuenen con ella. La obsesión no correspondida, siempre y cuando sea por alguien verdaderamente valioso, puede transmutarse en aquella estela que nos deja aquel que no nos corresponde o a quien hemos de perder. La soberbia y la justicia distorsionada nos debe mover a ser mejores en nuestra propia obra, para rendir ese justo homenaje que creemos que otros no están rindiendo y así trasladar el esfuerzo a uno mismo en lugar de otros.

Un apunte valiosísimo que me realizó uno de mis lectores y nuevos amigos más entrañables, el escritor y sicólogo Jorge Silva, fue que le parecía muy bello que tanto el nuevo título como las sinopsis de todos los cuentos apuntaran, de una u otra forma, a la voz y al lenguaje. Fue una observación maravillosa por la claridad con la que la formuló, y me ha permitido repensar mi propia obra.

En el breve video de presentación de mi libro para los seguidores de Trazos de Aves, me pregunto inicialmente qué podría ser el idioma de los dragones. Aunque ofrezco una tentativa de respuesta, creo que se trata de esas preguntan que nunca se cierran de manera definitiva, y que incluso quienes hayamos dado con una temprana propuesta de sentido podríamos cambiar de parecer en el tiempo. Creo que esa es la idea, en realidad.

¿Qué es el idioma de los dragones para ti, para mí, ahora? ¿Qué fue alguna vez, qué será a futuro? ¿Cómo podremos entenderla o expresarla? ¿De qué forma lo estamos haciendo ya?

Que sea la Fantasía y sus múltiples caminos (sus múltiples Palabras) quien nos conduzca a una nueva respuesta cada vez que la necesitemos.

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