jueves, 8 de agosto de 2013

Personal: Cuentos Chilenos de Fantasía, historia de una ida y una vuelta

En mayo de 2013, se publicó la segunda compilación de relatos de Fantasía Austral: Cuentos Chilenos de Fantasía: Antología 2010-2012. Este es un testimonio personal de mi experiencia participando en ambas publicaciones y mis cambios como autora de Fantasía entre una y otra.

fantasia-austral, fantasia, cuentos, joyce-maureira, david-marin
Los cambios de Fantasía Austral reflejados en las portadas
de sus compilaciones de cuentos.
En mayo de 2013 salió publicada la antología de relatos Cuentos Chilenos de Fantasía: Antología 2010-2012 de Fantasía Austral, donde se publicó mi cuento «El peso de la magia», en edición conjunta con la editorial independiente Tabula Rasa, especializada en narrativa gráfica y juegos de mesa. El proyecto surgió en principio como una interesante propuesta que a nosotros, como colectivo, nos permitiría experimentar por primera vez el trabajo con un sello editorial; por parte de Tabula Rasa, la publicación vendría a ser su primera incursión en la narrativa tradicional.

Anteriormente, Fantasía Austral ya había editado una compilación llamada Cuentos Chilenos de Fantasía de manera totalmente autogestionada y de descarga gratuita, a partir de una convocatoria hecha en los inicios del colectivo y que obtuvo un total de siete textos seleccionados, entre ellos «Historia de una historia», de mi autoría. Mi participación en aquel proyecto fue curiosa, pues pasé de ser una autora antologada más a una de las encargadas de su concepción, una vez asumí el cargo de Editora General de Fantasía Austral, que en esos tiempos estaba definiendo comité editorial. Ahora bien, por entonces el trabajo de selección y edición corrió principalmente por otros miembros del equipo, de modo que de ese proceso recuerdo decisiones específicas como acuerdos de maquetación y de diseño de portada, más que de contenido.

En ese sentido, concuerdo con esta crónica de F.A Real H. (hoy Director de Fantasía Austral) en cuanto al considerable aumento de participación que nos supuso CCdFA respecto su predecesor: ahora por fin ambos pudimos funcionar como editores propiamente tales.

Sin duda el cambio fue una experiencia muy valiosa. En primer lugar, la selección definitiva de textos se realizó a partir de una muestra de más de cien relatos en la página, lo que ya aseguraba una base de calidad y adecuación a nuestra línea editorial. En segundo lugar, esto me significó volver a trabajar sobre cuentos previamente editados por mí misma, debiendo realizar una segunda edición más exhaustiva y compartir labores con Felipe. En tercer y último lugar, para no extenderme más, el proceso supuso también continuas revisiones y jornadas críticas con el resto del comité y con los responsables de Tabula Rasa para tomar decisiones creativas y de trabajo

No pretendo ahondar en el proceso de elección de cuentos ni de los criterios empleados para tal fin (en su momento dediqué una entrada entera en FA explicando esto), ni tampoco en las otras fases del proyecto o en la experiencia general de publicación y lanzamiento, puesto que Felipe ya abordó esos puntos en su propia crónica y me adhiero a ellos. En cambio, quisiera detenerme en aspectos mucho más personales. Concretamente, en mis cambios como autora de Fantasía evidenciados desde «Historia de una Historia» hasta «El peso de la Magia».

No creo haberlo mencionado antes en este espacio, pero cuando conocí Fantasía Austral estaba abandonando la Fantasía. Por supuesto, ocasionalmente escribía una que otra cosa cercana al género, y había períodos en los que avanzaba bastante algunos proyectos. Pero estaba sola y cansada. Me encontraba terminando Letras Hispánicas y Pedagogía en Lenguaje tras haber estado cerca de cinco años rodeada de gente que no me atraía en lo más mínimo y con la que no tenía casi nada en común. Veía el ámbito académico en el que estaba inmersa divida en diversos frentes; por supuesto, yo no calzaba en ningún lado. No es que nunca me hubiera sentido así, desde luego, pero había supuesto que estar estudiando una carrera como esa me permitiría compartir con personas que estarían más cercanas a mis intereses que el resto de gente que había conocido hasta entonces. Estaba equivocada, pero no sólo desde un punto de vista social, sino también teórico: todas mis concepciones literarias y lecturas favoritas parecían no tener cabida en ese entorno.

Lo que ahí se entendía por “literatura fantástica” estaba casi exclusivamente ligado a lo fantástico latinoamericano (que definí en la siguiente entrada) o a una mezcolanza que poco tiempo después pasaría a la historia bajo el término “géneros desdibujados”. Recuerdo en especial un curso de “Literatura fantástica” en que Marcelo Novoa (editor de Puerto de Escape) llegó a mencionar que todo era fantasía [sic]. Eran tiempos extraños esos. Tiempos en que la ciencia ficción aún dominaba la literatura de género en Chile y en que el propio Novoa me decía que no me urgiera por publicar tan pronto.

Afortunadamente, y gracias a un trolleo que aún me hace sonreír al recordarlo, terminé conociendo —virtualmente— a los futuros fundadores de Fantasía Austral. A los pocos meses, el proyecto estaba dando sus primeros pasos y tuvo en mi persona a una visitante con un entusiasmo para leer, comentar, reseñar y enviar colaboraciones que ninguno de esos aburridos y mediocres años universitarios había jamás despertado en mí .

En ese contexto de redescubrimiento y renacimiento hacia la Fantasía surgió «Historia de una Historia». En realidad, el texto había nacido mucho antes, en una clase en una incómoda sala subterránea, pero el desinterés que por entonces causó en la única lectora que contaba como aliada me hizo pensar en abandonarlo. Arranqué la hoja y la arrugué, pero algo me hizo desistir de mi propósito original, llegando a finalizar el cuento en casa. Más adelante alguien que conocía intentó convertirlo en un relato ilustrado, pero el proyecto quedó trunco también por desinterés. 

Ante esta apatía, olvidé el cuento hasta que vi el anuncio de convocatoria y me nació el deseo de reelaborarlo a partir de lo que había aprendido en Fantasía Austral. El relato final terminó muchísimo más pulido, sin perder su esencia original, y fue del agrado de los fundadores de FA, como me contaron una vez que me conocieron al fin en persona. De hecho, fue elegido para cerrar la compilación debido a su naturaleza metafantástica. Me alegró constatar más tarde que fue también muy apreciado por otros lectores, tanto en reseñas invitadas como reseñas externas, sobre todo porque su premisa condensaba todo lo que estaba sintiendo en ese momento por la Fantasía: el mundo al que yo pertenecía en verdad.

No se trataba de escapismo, claro, sino de algo mucho más profundo. Aún no había leído Sobre los cuentos de hadas de Tolkien, así que no conocía los alcances del concepto de liberación, pero ya los intuía en algo desde esos días y desde mucho antes, desde antes de comenzar a escribir. No amaba la Fantasía porque fuera a arrancarme de un mundo en el que no me sentía calzar y en el que me parecía ser distinta a todos (y principalmente distinta a todas), sino porque ella me presentaba mil mundos en los que podría explorar a plenitud otros aspectos de mí que me hasta entonces veía restringidos. Aún no llegaba al punto de comprender cuán necesario era volver con esas experiencias a la realidad; sólo podía pensar en partir.

Una de mis fuentes indirectas de inspiración para «Historia de una Historia», curiosamente, fue un videoclip de Aerosmith que siempre me impactó mucho, el de la canción Jaded. La clave de todo estaba en el eje de este relato: Find the forest. Toda mi vida, hasta entonces, había sido un intento por encontrar ese bosque donde podría al fin sentir de verdad.

Y, por supuesto, lo encontré.

Sin embargo, en un punto de mi viaje surgieron las complicaciones: pérdidas, confusiones, cambios de enfoque, tapices rasgados. Me encontré con que me resultaba difícil creer en la Fantasía como antes, porque ya no era capaz de sostener la esperanza, que para mí era su esencia. ¿Cómo escribir cuando ya no crees en lo que estás escribiendo? Eso me sumergió en un cuestionamiento ético hacia mi identidad como autora y lectora de Fantasía. Leer la esperanza de mis relatos favoritos se había vuelto un ejercicio doloroso. Y, por otra parte, yo no estaba dispuesta a escribir una historia falsa.

Pero continué escribiendo, ahora con desesperación. El mejor cuento que retrata este periodo es «Las lágrimas de Saoirse», mi única ficción de Fantasía en que el personaje protagónico se hunde en la condena. Y digo única, porque a pesar de lo catártico que resultó expresar todo lo que sentía entonces en ese relato, pronto me di cuenta de que a la Fantasía podía pedirle mucho más que sólo reflejar mi interior. ¿No tenía ella el potencial para abrirnos el portal a tantos mundos como se desease? Mundos que, reitero, no eran sólo un remanso de paz, sino espacios en los que podía ver un sinfín de posibilidades.

Necesitaba aferrarme a una verdad en el mundo de falsedad, cobardía e inestabilidad en el que me sentía inmersa; la Fantasía era la única verdad que conocía. Y descubrí que, a pesar de todo, podía escribir Fantasía desde mi desesperanza, a partir de mis profundos deseos de redención. La esperanza de mis historias y de mis personajes se convirtieron en la mía: era una petición —una súplica— a la Fantasía para que me salvara.

Y, por supuesto, lo hizo.

Porque no era la Fantasía la insuficiente, sino las concepciones que la gente tenía hacia ella. Todas esas lecturas y escrituras chilenas que ya no sólo me parecían mediocres, sino una afrenta a Tolkien, Lewis, Ende, Moorcock, Le Guin y tantos otros; en última instancia, una afrenta personal, porque estas obras ensuciaban las historias y mundos que amaba.

Era una sensación muy similar a mi furia adolescente, sólo que filtrada por la madurez que había alcanzado a acumular desde esos días. Si estaba harta de esta fantasía con f minúscula que, literalmente, no salvaba a nadie, ¿por qué no intentar explicar en qué consistía la verdadera Fantasía y por qué tenía la facultad de redimir? ¿Y por qué no hacerlo en un cuento? Así fue como empecé a ensayar mis primeros relatos con una renovada visión hacia la Fantasía, sostenida además por los cambios que estaba teniendo Fantasía Austral y su énfasis en remover clichés y conceptos genéricos hasta voltearlos y subvertirlos por completo.

La premisa de «El peso de la magia» fue ahondar en los costos y consecuencias que siempre he considerado que tiene la Fantasía como género narrativo y forma de vida, en oposición a tantas historias gratuitas que me había tocado leer, sobre todo para reseñar. En esos días, me molestaba muchísimo el estereotipo del mago encerrado en su torre, estudiando y practicando hechizos y conjuros que no tenían utilidad alguna para el mundo que se extendía afuera. Simples juegos de luz que podían salvar el mundo, pero no la vida de personas comunes como tú o yo. Mi idea original partía de la base de un entusiasta aprendiz de mago que se proponía demostrarle a su desencantado maestro que la Magia aún era algo que valía la pena… terminando él mismo por asumir su propia derrota tras conocer el mundo real. Y sin embargo, puesto que la Fantasía me había salvado, pretendía dejar un resquicio de esperanza: el discípulo, sobrecogido, optaba por mentirle a su maestro con tal de darle un último instante de alegría.

Pero todo dio un vuelco a medida que fui escribiendo la historia.

¿Cómo era la vida que respiraba fuera de la torre? ¿Qué era lo que había desencantado tanto al protagonista? Terminé haciendo una descripción de una existencia llena de miserias, pero también de luces tenues que podían alumbrar mejor mientras más oscuridad las rodease. Y en eso di con el personaje clave: una prostituta. Desde ese momento, me fue imposible pensar en mi protagonista como un derrotado. Y es que esa prostituta decadente, en el fondo, era como si fuese la propia Fantasía, humillada y mancillada por todas estas historias mediocres; pero ella en sí misma podría haber sido una mujer hermosa, sana, llena de vida e ilusiones.

Todo eso hizo que, en el episodio final del reencuentro entre discípulo y maestro, comprendiera que la mentira era innecesaria: el protagonista sólo podía hablar desde la verdad, desde la Verdad llena de consecuencias y sacrificios de la Fantasía.

Viéndolo en retrospectiva, ambos cuentos («Historia de una historia» y «El peso de la magia») reflejan igualmente etapas de mi vida personal como de mi experiencia como autora de Fantasía. Sin duda esto es algo muy natural en todo proyecto creativo, pero en mi caso estas historias en particular me ayudaron además a reencontrarme conmigo misma, con la persona que era —soy— más allá de mis pérdidas y confusiones del momento. ¿Suena cursi? Puede ser: a estas alturas podemos estar tan intoxicados de palabras grandilocuentes, gratuitas y falsas, que la verdad podría parecernos una piedra tan desgastada que apenas transmite textura. Pero, por lo mismo, hay que recordar cómo era el tacto antes de que la mediocridad lo puliera.  Y la mejor forma que he encontrado para intentar llegar a eso a través de la propia Fantasía, la Fantasía sincera, leyéndola y escribiéndola, sea cual sea la emoción o ánimo que me domine.

Actualmente me encuentro poco a poco entrando a una nueva etapa como persona y autora, y al parecer se trata de una fase que equilibra las energías de las dos anteriores, como si tras haber encontrado el bosque y haberlo quemado ahora estuviera plantando nuevas semillas, semillas propias... Sólo que, al parecer, esta experiencia ya no se encuentra del todo cómoda en un formato breve; quiere expandirse hasta convertirse en una de esas historias gordas, llenas de aventuras y cambios pero de palabras mesuradas y precisas, que siempre he amado leer. Es de esperar que también ame escribirla, como todas las historias de Fantasía que me importan: las sinceras. Y es de esperar, por fin, que nos encontremos una vez más en ella, si logra concluirse.

2 comentarios :

  1. ¡Qué buena crónica, Paula! Creo que es la primera vez que leo publicado aquí un insight de tu escritura a este nivel de profundidad.

    A pesar de lo que comentas, creo que "Las Lágrimas de Saoirse" es uno de los cuentos más heavy que me ha tocado editar, precisamente por la desesperanza «no llorona» que lo repleta de principio a fin; es la Fantasía Oscura en su máximo esplendor (¿oscuridad? :P).

    Ahora, es claro que con todo lo que me gusta ese cuento, "El Peso" tiene un peso [sic] mucho mayor a la hora de hacer y hablar de la Fantasía. Nuevamente, creo que la mejor decisión fue dejarlo como cierre, en especial porque realmente es una discusión acerca de la Fantasía y también una invitación a curarla/arreglarla, a través de verdades y sinceridades.

    En fin; felicitaciones por la crónica y nos estamos leyendo ;)

    Saludos cordiales,

    F.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Felipe.

      Como comenté antes, me parecía que en cierta forma era un texto tan personal por eso que me pregunté incluso si debía publicarlo con esa aproximación, pero parte de mis cambios como mujer y autora se deben también a lo cansada que estoy de autocensurarme en ciertas cosas.

      Sobre "Las Lágrimas de Saoirse", creo que es un texto al que tendré que volver de tiempo en tiempo para entender -para no olvidar- cómo me sentía entonces. Y creo que hasta en eso la Fantasía Oscura, en mi opinión, tiene una nota de redención y esperanza: te anticipa lo que puede suceder en la Fantasía para que intentes evitarlo en la realidad. Me gustó mucho tu alcance sobre el máximo esplendor de aquélla, un resplandor oscuro, por lo mismo :P

      Nos estamos leyendo, siempre.

      Saludos.

      Eliminar