Este año no pude leer tanto como hubiera deseado por una razón muy anómala: contra toda expectativa, comencé a estudiar al fin el Doctorado en Literatura tras obtener una beca completa. Como esta es otra historia (la contaré en otra ocasión, cuando corresponda), no me detendré aquí mucho más que en los aspectos prácticos de esta situación: principalmente en el primer semestre, estuve ante todo leyendo textos y libros académicos por fines ídem, los que no tienen cabida en un recuento como este. Ya cuando pude despejarme, retomé más las lecturas por gusto, variadas, y propiamente literarias.
Como se apreciará, este año no conseguí destacar muchas lecturas de fantasía, en contraste con las realistas, razón porque preferí dejar aquellas para el final. Esto no significa nada en particular, por si acaso. Tuve que dejar pendiente del listado, por factores diversos, algunas obras de fantasía que me parecen destacadas y que aprovecho de apuntar igualmente: Justicia, de la española Eleazar Herrera, cuya lectura a inicios de 2025 coincidió con una situación personal complicada, mismo caso de El maestro de las burujas (sí, no es una errata: burujas), del alemán Walter Moers; Tierra, sangre y fe: Herencia de sangre, del colombiano Ignis Vitae, que pretendo comentar de manera conjunta con su siguiente novela, debido a la conjunción entre ambas de un proyecto literario desde la fantasía latinoamericana; y Soñaré tu cielos de carbón, del español Pepelu Fernández, que comencé a leer recién a fines de 2025 (es una novela de más de 1000 páginas) y que sigo leyendo, con mucha alegría.
Esta selección lectora tiene algunas particularidades respecto a las de años anteriores. Decidí omitir los textos dedicados a mi habitual sección de “menciones honrosas”, a pesar de haberlos escrito, porque al fin sentí que no eran tan necesarios en esta panorámica. Por otro lado, fuera de la habitual compartimentalización rígida que suelo usar para estos casos, que en realidad no me suele suponer ningún problema estético, he querido presentar una pequeña excepción hacia la última lectura destacada. Ya se entenderá por qué.
Esto es lo que he podido escribir sobre algunas de mis principales lecturas de 2025.
Lecturas destacadas
Realismo
Mala estrella (2024), de Julia Viejo
No recuerdo en qué contexto descubrí esta obra, solo que su sinopsis me llamó la atención y que finalmente me animé a leerla tras realizar la única prueba legítima para validar la apuesta por un trabajo literario: hojear su prosa en la vista previa. En este caso, la narración tenía la dificultad añadida de procurar emular la voz interior de una niña preadolescente que vive exactamente bajo el peso del título de la novela. Por supuesto, imagino que no faltarán lectores que piensen que quizá esta voz narrativa es demasiado sofisticada para una chica de esta edad, pero a mí me pareció estupenda como construcción, tanto por las “licencias” introspectivas que se toma como por aquellos aspectos propiamente púberes que sí logra captar.
Mala estrella va de las múltiples desventuras de la pobre Vera, una chiquilla que siempre está en problemas y que debe vivirlos casi siempre a solas, pues está rodeada de gente negligente. Una cosa que desarrolla y transmite muy bien esta novela es la visión de la inutilidad general del mundo adulto. Más allá de la esperable disfuncionalidad de su familia, destaca esa obsesión de los adultos por no explicar absolutamente nada, ni de la vida ni de los pesos genealógicos que cargan, y esperar que los niños y jóvenes unan los puntos por su cuenta en algún momento (y que, además, resulten personas sin traumas tras hacerlo, claro…). Aquí, es el lector (adulto también) quien va realizando el mismo procedimiento que Vera, a través de lo que ella va compartiendo de su presente y de los recuerdos de su pasado.
En este camino, es imposible no sentir simpatía por Vera, cuyos percances van desde reiterados episodios de acoso sexual a accidentes varios, pasando por todo tipo de situaciones humillantes. Aun así, la niña narra muchas de estas desgracias con gran aplomo, y en ocasiones con un estupendo sentido de humor negro, quizá nutrido por la inocencia que aún persiste en ella, incluso desde su incipiente despertar sexual y su tendencia a actitudes pendencieras.
Como sea, la protagonista es, en esencia, una niña desamparada por todos los que la rodean, salvo por ocasionales muestras de afecto que no parecen hechas para preservarse. Destacan aquí la curiosa relación que la protagonista establece con dos hermanos de su edad, un “peor es nada” muy inepto y una chica popular, o con la pareja de Harriet y Ana, un par de sáficas encantadoras que ofrecen lo más parecido a una contención a Vera.
Pero nadie destaca más que León, un misterioso hombre vestido de monja cuya naturaleza y origen jamás se explican y que podrían explicarse como producto de la desolación de Vera: un extraño amigo imaginario. León aparece en lugares y momentos inverosímiles, se comporta más como niño que como adulto y Vera confía en él como no parece confiar en nadie más. Es un personaje simpático pese a sus anomalías, sobre todo al leerlo como un recurso de consuelo de la protagonista.
En lo que Vera se hunde en su mala estrella, la narración trata de presentar una suerte de enigma en torno al pasado de su familia, lo que crea la ilusión de que, al destaparse todo, podremos entender por qué todos son tan disfuncionales. Sin embargo, nunca se revela nada explícito, y lo que se logra colegir no justifica los padecimientos de la niña.
Adultos inútiles e miserables: nada más que eso, como siempre. Una historia (una realidad) vieja como el hilo negro.
Devenida en una suerte de Huckleberry Finn contemporánea, española, Vera me ha parecido un personaje entrañable en todo el dolor abierto de sus trece años (¿es posible ser una niña de 13 años sin sufrir?), escrito desde una prosa muy contundente y despierta.
Le seguiré la pista a Julia Viejo.
Golpe de luz (2024), de Rita Bullwinkel
Aunque parezca extraño, desde hace mucho tiempo que me atrae el boxeo, o más bien una abstracción de esta actividad que trasciende su naturaleza de deporte de contacto y de su subcultura real. No sabría decir qué me atrae exactamente de la idea de contar con un espacio en el que se valida y espera golpear y evitar ser golpeada, pero quizá tenga que ver con el rigor del entrenamiento, la soledad de la actividad y la sensación de llevar algo tan íntimo como el propio cuerpo a un límite honesto ante otra persona en tus mismas condiciones. Quizá pueda relacionarse también con mi propia imposibilidad de haberme dedicado a un deporte así: soy muy débil físicamente, peligrosamente miope y mis intereses artísticos e intelectuales me previenen de exponerme a un ejercicio que pueda dañar mi capacidad cognitiva.
Así que todo este interés se queda en la abstracción, como he dicho al inicio. Y una abstracción interesante es la que nos provee la ficción. En este caso, no solo me atrajo que esta fuese una novela enmarcada en el boxeo (aunque, como veremos más adelante, no necesariamente, o no solo, sobre boxear en sí), sino también que fuese una novela con protagonistas boxeadoras.
En concreto, la obra se estructura en torno a un torneo de boxeo femenino juvenil. Cada capítulo corresponde a una contienda, y en ellas, además de enterarnos del progreso del combate, conocemos el pasado y el mundo interior de cada personaje enfrentado, y cómo leen y lidian con su adversaria de turno. Por supuesto, se podría decir que la prosa misma en ocasiones adquiere la cualidad de golpes y fintas, extendiéndose o replegándose según el pasaje, e impactando o pasando por alto nuestro músculo de conmoción lectora. Una forma tan sencilla y a la vez ocurrente funciona muy bien para el contexto, que se desenvuelve como una narrativa que me pareció sorprendentemente intimista y melancólica para su trasfondo inmediato.
Cada chica tiene el peso de su joven vida a cuestas; cada chica es lo máximo que puede ser en aquellos momentos de su vida en tales combates. Se da a entender que, pese a la pompa exterior, en realidad este torneo no le importa a casi nadie que no sean ellas, y que lo que se están jugando entre trompadas es algo muchísimo más valioso que la mera victoria. Hay una delicadeza particular en la narración al momento de develar la fragilidad y furia de ser una mujer adolescente, y la complejidad insospechada que una joven puede acarrear consigo, tanto desde episodios ínfimos como desde tragedias.
La obra no cae en estereotipos que podríamos asociar a boxeadoras y presenta una galería de chicas de perfiles diferentes, aunque en ocasiones algunas llegaban a imponerse en individualidad a otras. Más interesante aún me pareció las prolepsis narrativas para dejarnos claro que ninguna de ellas iba a sobresalir demasiado en el ámbito y que muchas irían a vivir sus vidas adultas desde otras labores, a veces sin siquiera recordar bien lo que vivieron aquel día: no es esta una historia de formación de deportistas, sino de chicas que apostaron mucho de su intensidad y valor presentes al boxeo, y a las que luego la vida llevó por otros derroteros, en el sentido más literal de la expresión “sin pena ni gloria”.
Me ha parecido una obra muy curiosa y que me ha recordado a mi propia juventud, en la que otras actividades eran mi propio duelo de boxeo, con otra clase de golpes y fintas, de soledades y desprecios. Y, por supuesto, con más derrotas que triunfos.
Si aún recuerdas con nitidez la muchacha que fuiste a partir de un único momento decisivo de esa etapa, que ahora puedes apreciar con una mezcla de calidez y candor ante la intensidad pura de tu vida ardiendo ante tus ojos, quizá te interesará este libro.
Los pájaros (1957), de Tarjei Vesaas
Por alguna razón, he desarrollado cierta intuición para recalar en libros que, de maneras no conscientes ni declaradas (es decir, no ideológicas), ofrecen representaciones autistas. En este caso, fue un feliz accidente: ya conocía la prosa de este autor, en mi lectura de su novela El palacio de hielo, en su antigua edición de Bruguera que compré en saldos de la Librería Chilena hace ya más de diez años. Me había gustado su estilo y la delicadeza de su narración, así que al ver que se había traducido una nueva obra de su autoría al español, con un título y una sinopsis tan atractivos para mí, me animé a leerla.
Reducida a elementos mínimos, casi arquetípicos, esta es la historia de cómo la vida de los hermanos Maatis y Helge, tras mucho tiempo de fatigosa estasis, se abre a un cambio decisivo. La clave de la obra es que Maatis, su protagonista, no es un hombre “normal”. De hecho, nada más empezar a leer la novela, sin contexto, se tiene la impresión de que el personaje es un niño, por el cariz de su curiosidad y temores. Pero no lo es: tiene casi cuarenta años. Aunque la narración nunca lo explicita, es posible atar cabos a partir de su seudónimo en el pueblo: Simplón. Sería fácil reducir la interpretación a la idea del “tonto del pueblo”, es decir, una persona con cierto grado de déficit cognitivo. De hecho, así es como parecen tratarlo el resto de los habitantes del lugar: como alguien de limitado entendimiento, pragmáticamente un niño pequeño. Y es así también como lo describen, invariablemente, muchas reseñas de la novela.
Sin embargo, al estar la narración focalizada en su mundo interior, vemos que Maatis no tiene nada de tonto. Lo que sucede es que el personaje se posiciona desde un entendimiento altamente simbólico/mitológico del mundo, en el que todos sus elementos están conectados, visión que ya no comparte el resto de la sociedad. Así, mientras la gente del pueblo está preocupada por sus cotidianidades más o menos insulsas, Maatis parece siempre en la búsqueda de un sentido trascendente en relación con su propia existencia y su vínculo dependiente con su hermana. Por eso los dos grandes hitos de la novela —el inusual vuelo de la becada sobre su casa y la destrucción de uno de los árboles que portaba el nombre de uno de los dos hermanos— parecen ínfimos, pero entrañan un presagio terrible que solo a Maatis alcanza y desespera, porque perturban el orden establecido en direcciones insondables. La narración insiste en la rumiación del protagonista ante estos eventos y lo que estos podrían implicar, ante la absoluta indiferencia o desconcierto del resto de los personajes, que se limitan a responderle con una amabilidad a veces condescendiente o una hostilidad duramente contenida.
¿Por qué eso me parece familiar…?
En fin: he leído a Maatis como una persona autista, quizá de nivel 2 en necesidades de apoyo. Que tuviese o no un déficit cognitivo no es algo que en realidad pueda afirmar solo desde la lectura de la obra. Tiene dificultades para hacer tareas básicas (sobre todo manuales) y depende de Helge para subsistir, pero eso es algo que puede ocurrir desde el mero autismo.
Como sea, hablamos de literatura: lo importante aquí es la increíble forma en la que Vesaas se adentra en la mente del protagonista y revela toda la complejidad de su mundo interior, a mi juicio más refinada que lo que se avista de la conciencia de los otros personajes.
Maatis es muy introspectivo y, curiosamente, existencialista. No solo se devanea los sesos pensando en lo que podrían implicar estos cambios introducidos en su vida, sino que también piensa mucho en su relación y dependencia de Helge. Maatis está consciente de sus limitaciones y no puede evitar fluctuar entre sus pequeñas necesidades cotidianas y grandes cuestionamientos sobre las formas propias y ajenas de habitar el mundo.
Quizá porque me sentí reflejada en algunas de sus rumiaciones, me pareció un personaje entrañable, con el que resulta fácil empatizar, al menos si eres medio raro. Me gustó también la forma en la que su propia mirada divergente conseguía igualmente revelar mucho más de lo que podía haberse presentado directamente en la narración, como la atracción entre los jóvenes con los que comparte una jornada de trabajo, o la forma en la que empieza desenvolverse la relación entre Helge y un misterioso leñador que arriba a la cabaña de los hermanos. Astutamente, la obra sugiere bastante como para que el lector pueda tener también un atisbo de las preocupaciones o desconciertos del resto de las personas ante Maati, incluyendo la frustración enquistada de Helge, que es lo que imagino que más valorarán los que no sean tan raros.
Pese a los fondos mitológicos del pensamiento del protagonista, esta nunca deja de ser una novela de realismo sicológico. Así, ambas líneas terminan cruzándose en un desenlace que, para sorpresa de nadie, es tan crudo como verosímil, aunque no exento de su propia belleza trágica. “Por supuesto”, me dije. “¿Qué otra cosa esperaba?, ¿qué otra cosa más podría haber pasado?”. Y esa rotundidad me dejó un poco mal, porque me recordó que, en última instancia, yo también he sido una “tonta del pueblo” y la resolución de Maati se me pasó también alguna vez por la cabeza, desde otras formas.
“Como sea, hablamos de literatura”, escribí unos párrafos más atrás. Pero la literatura habla de la vida, claro. Me pregunto ahora si Tarjei Vesaas habrá sido un poco Maati alguna vez, o Helge, o alguien en medio de ambos: un observador lo bastante sensible como para cristalizar el dolor del capacitismo en una obra hermosa y triste, trascendente a las narrativas utilitarias de denuncia o autoayuda, como debería serlo toda ficción.
No lo sé, pero en realidad tampoco importa.
El marino que perdió la gracia del mar (1963), de Yukio Mishima
Cuando comencé a leer (y a obsesionarme) con la literatura de Yukio Mishima, a partir de los 18 años, no tenía fácil acceso a sus libros. Fuera de unos pocos volúmenes que estaban en la sección oriental de la biblioteca de la universidad donde estudié el pregrado, apenas podía recurrir a incipientes webs piratas que solo disponían de formatos DOC o PDF. Así, tenía muchas colecciones virtuales de sus trabajos, pero en formatos que me resultaban muy incómodos de leer y, que en última instancia, nunca leí.
Por fortuna, la pérdida de la juventud me vino también con la pérdida de la precariedad (o al menos en sus expresiones más intensas de mi vida), así que hoy me encuentro en posición de comprar algunas obras del autor. Never kill yourself, etcétera. La lectura de esta novela en particular, uno de sus trabajos esenciales, supuso al fin saldar esa deuda que tenía pendiente con mi yo del pasado.
A diferencia de otras propuestas más extensas del autor, El marino que perdió la gracia del mar es una novela breve, sostenida a partir de elementos mínimos llevados a su máxima potencia dramática y estilística. El principal conflicto surge de la tensión entre Fusako, una adinerada y joven viuda, su hijo Noboru, de tendencias medio sociópatas, y Ryuji, un marino que entra en contacto con ambos. Sería fácil predecir por dónde podrían ir los tiros: Fusako y Ryuji establecen una relación, Noboru estorba en medio, todo se precipita hacia una eventual tragedia. Y es así, pero a la vez es mucho, muchísimo más.
Como otras propuestas más extensas del autor, El marino que perdió la gracia del mar es una novela es una novela trufada de existencialismo y ambigüedad poética. Hace un tiempo que no releía una buena traducción al español de Mishima, y las imágenes, comparaciones y descripciones de esta narración me parecieron de una belleza y precisión demenciales. Por un lado, tenemos el ineludible imaginario marino, pero también la minuciosa observación de los espacios cerrados, correlato de la elaborada introspección que recae principalmente en Noboru y Ryuji. Incluso episodios de franca repulsión, como la escena en la que el chico y sus amigos torturan a un gato, está narrada con un aplomo que revela una aproximación esteticista consciente.
Como sabemos, Mishima mismo no andaba muy bien de la cabeza. Sin embargo, en muchas de sus obras sobre adolescentes medio trastornados se crea esta ambivalente sensación de respeto hacia las elucubraciones filosóficas con las que estos tratan de justificar sus atrocidades o estupideces, y a la vez, desde cierta distancia narrativa, de revelación de su estulticia o inmadurez. En este caso ocurre lo mismo. Noboru es parte de un grupo de chicos que enarbolan una moralidad sociopática, de profunda sospecha y desdén hacia el mundo adulto, y que recuerda a la espiral descendente con la que tantos jóvenes se han hundido en sus entendimientos descontextualizados del nihilismo. Si bien es evidente que estos chicos son apenas una panda de ociosos concupiscentes, la peor expresión del ennui de los que tienen tanta plata y poder y seguridad que no saben qué hacer con su vida además de arruinar la de otros, la narración logra recrearnos el armazón de sus ideologías con una claridad y coherencia estremecedoras, curiosamente contemporáneas.
Noboru mismo, pese a ser bastante insufrible, es muy interesante desde su propia ambivalencia: su lealtad acrítica a su grupo y su propio interés inicial en Ryuji como ejemplo de virilidad. El juicio que recae sobre este hombre y sus decisiones, desde la despiadada moralidad extremista de un muchacho, es muy verosímil y trágica. En el caso del propio Ryuji, vemos también una tensión entre sus deseos de grandeza personales, ya en el declive de su primera juventud, y la posibilidad de una vida estable, obviamente lejos de la gracia del mar, con una mujer que cumple solo parcialmente su sueño de plenitud.
En retrospectiva, y habiendo leído previamente la tetralogía de El mar de la fertilidad, me es posible reconocer algunos temas, conflictos y preocupaciones existenciales e ideológicas que signaron la obra del autor en esta breve novela, de maneras muy condensadas y particularmente estilizadas. Por ello, creo que puede ser un buen punto de partida para adentrarse en la línea más oscura de su narrativa novelesca y, a la vez, tener una muy buena impresión de los dones de Mishima con la palabra.
Una novela cruda y hermosa para quienes puedan lidiar con ella, como el propio mar.
Rubia (2023), de Yuri Pérez
Esta es una novela de amor y de muerte, desde ópticas mucho más intimistas y pequeñas a las que estos grandes temas literarios y existenciales nos tienen (¿mal?)acostumbrados. Y ahí, quizá, entre otras cosas, reside su potencia y belleza.
Llegué a ella por unos fragmentos dispersos por Internet. Algo me cautivó en su prosa: una mirada atenta a lo nimio, una dulzura rabiosamente honesta en la contemplación y descripción del personaje del título, Cristina la Rubia, esposa del narrador poeta (y, por la referencia autoficcional y el nombre compartido, asumo que también del propio escritor).
La obra es esencialmente un fresco de la vida cotidiana de esta pareja de más 30 años de convivencia, enmarcada explícitamente en la comuna santiaguina de San Bernardo, desde su adolescencia en dictadura al pasado más cercano, el pandémico. El narrador despliega en primera persona esta cotidianidad amorosa y periférica, con los ojos del verbo y del adjetivo enfocados en Cristina, en toda ella, y en su discurrir aventurero y curiosamente divergente, a pesar de que muy poco en ella es del todo extravagante de una forma convencional.
Como se lo describe en la contraportada, el narrador es un sujeto complaciente, medio apocado acaso, aparentemente siempre un par de pasos más atrás del deslumbre de Cristina. Pero es también un sujeto amoroso y devoto. Por sus palabras, algo tan trivial como la insistencia en el color natural del pelo de la mujer (aún una marca aspiracional en Chile) se vuelve un símbolo casi inocente de la luminosidad interior de Cristina y que, como puede apreciarse, es también un faro para el narrador.
Porque Cristina, desde esta narración, acaso desde el amor que debe haber motivado esta narración, me ha parecido un personaje sumamente tierno, aunque me resulta difícil explicar por qué. Es una mujer curiosa, animada, inquieta. Sencilla, pero muy honda a la vez. Por esas cosas bellas y extrañas de la literatura, desde la novela sientes que puedes conocerla, y quizá aun quererla también, desde la distancia del armazón de la lengua.
A Cristina le gusta ver CSI en la tele, escuchar canciones cebollas, tomar mucha (demasiada) Coca Cola y conversar de todo y de nada con el narrador. Es también una mujer profundamente católica, desde ese catolicismo medio primigenio que siente particular inclinación por lo sobrenatural y que no suele verse ya mucho en su culto de clase media o alta, ni en las instituciones. Es este marco de fe lo que, tal vez, inspira el único discurrir narrativo de esta colección de estampas y recuerdos: el peregrinaje que propone Cristina al narrador para pasear las ánforas de sus respectivas madres por diferentes lugares de San Bernardo, para conversarles sobre lo que estos han significado para ellos como pareja. Un viaje épico urbano.
La omnipresencia de las ánforas en la historia, que con el avance de las páginas llega a ser la de las propias madres en todo su espíritu, ofrece reflexiones dulces y tristes sobre la experiencia de la muerte. Una muerte que, en su tremendismo espiritual, es también sorprendentemente cotidiana. Puesto que la relación cultural de Chile con la muerte no es nítida ni festiva, el argumento de la peregrinación de ánforas me haya parecido muy idiosincrático y adecuado al temple de la obra, sobre todo cuando interpretas qué fue lo que motivó su existencia.
Porque esta es también una historia de despedida. Un puñado de palabras para recordar y celebrar una vida desde lo también importante, transfigurado hasta alcanzar una forma de sacralidad: compartir cositas ricas para comer, caminar por la ciudad-lar cargando muertes y vidas que inexorablemente se acercan a ese mismo estado, ayudar a quien amas a peinarse o ponerse el piyama.
El realismo contemporáneo (y la realidad misma, ya que estamos) debería parecerse más a esto y menos a todo lo demás que suele ser.
El lustre de la perla (1998), de Sarah Waters
Siguiendo la estela de las buenas novelas lésbicas realistas tras mi lectura el año pasado de Carol, continué ahora con El lustre de la perla, primera obra de una autora insigne en estas ligas: Sarah Waters. Este título puede leerse como una intersección entre novela histórico-realista (ambientada a fines de la era victoria e inicios de la eduardiana), novela de formación, novela sáfica (“Dickens para lesbianas”, como se la describe graciosamente a veces) y novela erótica explícita.
Seguimos así el recorrido de los albores de la adultez de Nancy Astley, una muchacha que se cría en una familia sencilla que administra un restaurante de ostras (muchas metáforas del libro van en esa línea de sutileza) y que se ve intensamente prendada por Kitty, una joven que actúa como hombre travestido en un popular número del music-hall local. Esta fascinación correspondida adentra a Nancy a una exploración de su vida romántica y (sobre todo) sexual que, a causa de la mojigatería y homofobia de la sociedad victoriana (y de su propia e ingente estupidez; ya hablaré de ello), la orillan a experiencias cada vez más turbias, precarizadas y tristes.
Uno de los elementos más interesantes de la novela, que lamentablemente no se abordó tanto como hubiera deseado, es la inquietud por los códigos de género y las identidades disidentes. Las primeras partes de la novela, con su foco en las representaciones musicales y teatrales, surgen como un excelente escenario físico y simbólico para poner en juego las construcciones de lo “femenino” y “masculino” y las atracciones que ambos, en su parcelación o hibridez, suscitan. Algunos pensamientos posteriores de Nancy en el cuestionamiento de su identidad, sobre todo en sus “aventuras” nocturnas, son dolorosamente elocuentes, aunque no consiguen brillar mucho por más por el perfil del personaje.
Aclaro que me ha encantado la narración en primera persona de Nancy: es íntima, dramática y aun graciosa cuando la situación lo amerita. Ella es un personaje muy patético, y si eres o has sido una mujer patética, más o menos maricona, también conectarás, seguro. Algunos de sus requiebros ante la angustia de haber sido traicionada o la ansiedad de no tener onda con quien le atrae me resultaron muy cercanos y me hicieron recordar los de mi propia juventud. Muy buena recreación del mundo interior de una chica perdida y maltratada, sin nadie (al principio) a quien acudir para un amor honesto e incondicional, en una sociedad presa de las apariencias e inmisericorde ante la diferencia.
Pero ella en sí misma es tontísima, a veces bordeando la inverosimilitud. Acaso se expliquen algunas de sus decisiones o negligencias insólitas por su naturaleza hipersexualizada y la falta absoluta de guía moral y de autoestima en sus primeros pasos en los entornos sombríos en los que acaba moviéndose, pero aun así generan extrañeza a veces. En ocasiones, parecen más excusas para mover al personaje a las peripecias, y si bien a mí me encantan las artificialidades narrativas (sobre todo las de una obra que dialoga con las representaciones teatrales), creo que algunas salidas de Nancy podrían haber sido algo más coherentes.
Sí quisiera destacar un arco que, dentro de su aparente ilogicidad, tiene mucho sentido desde la caracterización volátil, estúpida y sensual de la protagonista: cuando se vuelve una suerte de esclava sexual de Diana, una viuda cuasi cuarentona, adinerada y desagradable (personaje muy bien escrito desde esas claves, por lo demás, e intrigante a su manera). Este episodio le permite además a la obra introducir un discurso crítico: el abuso que otras mujeres, también sáficas, pueden ejercer entre ellas. En esta etapa, Nancy es apenas un muchacho travestido, pero ahora fuera del escenario, de manera permanente: un objeto de deseo para un club de señoras degeneradas de clase alta, que replican la exclusión y humillación de las suyas a mujeres de clase trabajadora, como la propia Nancy o la sirvienta Zena. Me gustó esta sórdida sección del libro porque demuestra muchas cosas a la vez: la hipocresía de la sociedad victoriana, los abusos de poder y clase, la miseria interior de una Nancy saturada de placeres mundanos y carente de amor y la crueldad de otras mujeres (de “comunidad lésbica”, aquí, nada).
Por lo anterior, me gustó que la redención de la protagonista viniera desde la posibilidad de una relación sexoafectiva menos turbulenta, y que la idea de “amor” implícitamente abordada sea una de construcción paciente y cariñosa en el tiempo, en lugar de una mera explosión hormonal. Quizá para algunos lectores este sea un enfoque excesivamente moralista, pero dentro de la novela me pareció consecuente con el desarrollo interior (leeento) de Nancy, que no ha dejado de sufrir por su entrega a la lascivia y los vínculos falsos o utilitarios.
En esta sección del libro, curiosamente, emerge un tema que por desgracia tampoco está bien aprovechado: ¡el socialismo! Es aquí cuando Nancy, de ser una joven más bien “apolítica” (sic) o centrada en sí misma, empieza a fijarse en las condiciones precarizadas de las personas con las que vive y que ella misma soportó antes. Pero este descubrimiento no tiene mucho espacio ya para profundizarse en su interior, y la forma en la que este marco cierra la novela me pareció un tanto desconcertante, aunque narrativamente satisfactorio.
Sin entrar en detalles, me dio la impresión de que la narración buscaba insistir que la interseccionalidad sociopolítica podía cruzar a todo tipo de mujeres, y si bien esto es parcialmente cierto en nuestra sociedad y en la de la novela, me pareció una forma un tanto extraña de reducir el impacto de las decisiones éticas individuales. Personajes que hicieron mucho daño a Nancy, por abiertamente lesbiana y vulnerable, aparecen pavoneándose en tal entorno de esperanza política, y eso me molestó: el socialismo en sí mismo no te hará una buena persona. Personalmente no creo que sea muy alentador pensar en la defensa de una abstracción del trabajador si te da igual maltratar a tu prójimo inmediato. Personalmente, yo no marcharía al lado de la mujer que me maltrató, aunque compartamos en principio, en teoría, la misma lucha.
¿O seré yo muy ramplona por proyectar en todas partes al niño de Omelas?
Ahora, puede ser también que la obra haya presentado esta situación con algo de ironía, para destacar justamente que aquello que une también, desde otro prisma, separa. No lo sé. Solo quería apuntar esa observación.
Ah, sí: acabo de advertir que olvidé comentar el aspecto más notorio de este libro para algunas. Sí, hay unas cuantas escenas sexuales totalmente explícitas, sobre todo entre mujeres. No me parecieron mal narradas (es importante recordar que están desde la óptica de Nancy, que siempre parece estar en celo), pero algunas igual me dieron un poco de risa, aunque no para mal. El libro es mucho más que eso, obviamente. Y obviamente que tenían que estar presentes dado el tipo de historia que se está contando. Pero me parecieron mucho más interesantes los juegos sensuales y de atracción que permean buena parte de la narración, antes que su concreción misma. La posibilidad es siempre más sugerente que la realización.
Pese a todos estos reparos, que parecen tan determinantes en la apreciación literaria, debo insistir en que disfruté mucho la novela, que me pareció además narrada con gran fluidez y sentido estructural. En particular, disfruté mucho de sus capítulos larguísimos, pues cada uno contenía una unidad cerrada de sentido que no perdía nunca el atractivo de la lectura. A su vez, desde la macroestructura, cada sección corresponde a un arco de Nancy, que empieza promisorio y que termina en diversos estados funestos, ya sea por mala suerte o mal discernimiento de la joven (¡salvo el último! Esto es importante de spoilear, porque ya sabemos lo recurrente que son los finales infaustos en las novelas queer). Las diversas anticipaciones de la propia protagonista, quien narra estos eventos desde el futuro, ayudan a estar a la espera de alguna nueva desgracia o aventura.
Por otro lado, Nancy habrá sido estúpida la mayor parte del tiempo, pero bueno, yo también lo fui a su edad. Leer su historia de caída y ascenso sexoafectivo me resultó muy reconfortante, a pesar de todas las rabias que pasé en el proceso. Hubo un diálogo al final del libro que me hizo clic con una parte muy específica de mi pasado y que me hizo anhelar haber leído esta obra hace muchos años atrás. Yo no pude tener un diálogo semejante, y es muy probable que no llegue a tenerlo nunca, o no con la orientación que debería haber tenido en mi juventud, pero siento que leerlo inesperadamente en estas páginas, de todos los libros posibles, y en todos los tiempos posibles, restauró un poco parte de ese vacío forzado en mi vida.
La literatura también sirve para esto.
Fantasía
Ferales (2025), de Donald McLeod
Ferales es una colección de cuentos enmarcables en una subcategoría que podríamos denominar “fantasía de animales”, más cerca de la tradición de novelas como La colina de Watership que de El viento en los sauces (ambas reseñadas en mi recuento lector pasado). Es decir, más cerca de una especulación (odio esta palabra, la odiooo, pero creo que en este contexto es pertinente) de la siquis y destinos de las bestias, con toda su cruel otredad, que de una humanización de animalitos con ropa y maneras señoriales.
Previamente, ya había leído y reseñado el bello cuento “Lo que cuentan las nubes”, publicado originalmente como plaquette (también en el recuento pasado), que fungió como anticipo de esta antología. En efecto, casi todos los cuentos de la compilación siguen directrices similares: a través de una narración introspectiva, focalizada en una criatura diferente, y descriptiva tanto del entorno como de la comunidad animal, el autor nos presenta tragedias, desafíos y vicisitudes a las que se enfrentan estos personajes. Por supuesto, en ello media una distancia insalvable: no podemos saber en realidad cómo es el mundo interior, o la delicada estructura social, ni de una especie ni de determinado animal. Pero estos cuentos aprovechan esa brecha para explorar e imaginar, y terminan planteando existencias complicadas, ásperas, que sin embargo no están carentes de una belleza y un sentido vitales, trascendentes.
Un aspecto que me llamó la atención de estos cuentos es que curiosamente, de una u otra forma, todos presentan protagonistas descolocados de sus roles socioculturales o fatídicos. Los animales que abren el espacio de narración suelen mostrarse inseguros, insuficientes, confundidos, tristes. Con todo, se esfuerzan en calzar o en cumplir el destino que llevan encajado en su especie, con variopintos resultados.
Me ha gustado mucho ese enfoque porque, paradójicamente, me ha parecido cercano. Cuando vemos a los animales (salvajes) desde nuestra mirada antropocéntrica, los legos en zoología solemos pensar que son todos más o menos iguales, o que su instinto los lleva a actuar de las maneras esperadas. Si no logran, pues la ley del más fuerte o adaptable se impone, y la muerte viene como resultado. Pero estos otros animales, los de la ficción de Doni, no tienen certezas. ¡Como nosotros! Ese trabajo de individuación se me ha hecho bello porque es una operación de la fantasía: ayudarnos a renovar nuestro mundo primario. Así, cada animal protagonista es entrañable a su manera, por su subjetividad, sus fallos y la manera en la que intentan sobreponerse a estos.
Considerando el referente anterior, el de la obra de Richard Addams, destaco también la presencia de una visión proto mitopoética en varios cuentos. Esta busca crear, a una escala diminuta, una conciencia mitológica para las respectivas especies, lo que también ayuda a caracterizar este trabajo como una obra de fantasía. Al respecto, creo que el cuento más interesante en esa parada es el último, pues es el que más escapa de los confines formales que se habían presentado en los anteriores desde una línea narrativa mitológico-legendaria que irrumpe caóticamente en la premisa del texto. Dentro de su cualidad levemente experimental, me gustó recordar en esta lectura que las fuentes preliterarias pueden bien desmontar la prolijidad contemporánea de los estándares de un “cuento redondo”.
Con todo, este cuento cierra de manera bastante armónica una colección muy bien armada en torno a una propuesta que, si bien posee añosas tradiciones, resulta fresca de leer en el contexto de fantasía nacional.
El último unicornio (1968), de Peter S. Beagle
Uno de mis grandes pendientes dentro de la fantasía contemporánea que ya tiene unas décadas, y que me resistía a leer en ebook. Por fortuna, hace poco Océano lo reeditó por su sello Gran Travesía, en lugar de Minotauro/Planeta, y tuve la oportunidad de comprarme el libro físico por importación para leerlo por primera vez. Ahora bien, no entré a ciegas en la historia: hace varios años, había visto la bella película animada y retenía aún la melancolía de algunos de sus pasajes. Cuando me adentré a la lectura literaria, me pregunté si iría a sentir una sensación parecida a aquel visionado… y felizmente así fue.
El último unicornio es un libro extraño, en el mejor del sentidos posibles desde la fantasía. Porque la fantasía es rara, desde luego; si la hemos terminado percibiendo como un refugio cada vez más comodificado, eso se debe a razones externas a la naturaleza textual e imaginativa que le es propia.
El último unicornio se alza tonalmente desde la modalidad más intrigante, nostálgica y onírica de ciertos cuentos de hadas. Desde lo más concreto, apreciamos comparaciones y metáforas raras, que en un autor menos visionario que Beagle habrían salido fallidas (aunque algunos lectores así las estiman igualmente…).
Desde lo más general, hay un peregrinaje y una búsqueda tradicionales, desde luego, y ambos se desarrollan narrativamente de una manera progresiva. Pero algo hay en la forma en la que se presentan en los pasajes y las interacciones de los personajes que resulta anómalo, y no sé cómo precisarlo. Voy a usar ahora una comparación extraña también, para arreglármelas de alguna forma: leer esta historia es como si te sumergieras en una pintura de acuarela de un cuento de hadas y pudieras avanzar libremente por ella, recreando desde tu imaginación aquello que se escapa del marco y del propio medio acuarelado. Así, todo tiene sentido en la obra, claro, pero al mismo tiempo hay un velo húmedo en cada palabra, difuminando los contornos de ese sentido.
Otro aspecto relevante de esta obra es su componente metaficcional, sobre el peso de las ficciones en nuestra vida, y de metafantasía, sobre el peso particular de las historias que beben de la imaginación superior. Notables son, en ese sentido, los pasajes sobre la aparición de Robin Hood, y esta estupenda reflexión: ante la nitidez y rotundidad de los mitos o las leyendas, lo que es verdaderamente ilusorio somos nosotros, nuestra cotidianidad burda, nuestra carencia de sentido último. La unicornio misma empieza a entender progresivamente su posición de mito en la visión de los otros seres, sobre todo en los humanos, y la forma en la que esta cualidad se expresa en el deslumbre de todos ellos ante su figura es desgarradoramente conmovedora.
Respecto a este personaje, me parece un hermoso ejemplo del fenómeno de la contaminación en la fantasía, entrelazado con los procesos interiores de sus coprotagonistas, el mago Schmendrick y la bandida Molly. Si bien resulta lógico que ambos se vean a sí mismos transformados tanto por el influjo de la unicornio como por el propio viaje que emprenden juntos, no lo es tanto que la unicornio cambie tanto. En su encarnación como Lady Amalthea, el unicornio se humaniza de formas igualmente peculiares, y su regreso a sus formas bestiales es tan trágico como cabría esperar. Escribía C.S. Lewis que, una vez que eres rey o reina de Narnia, siempre lo serías. Parafraseando esta bella cita, podría decir que, una vez que conoces desde adentro lo que implica ser un ser humano, siempre serás humano de una forma u otra, aunque tus formas y tu mente cambien.
Al humanizarse, el unicornio se vuelve una forma de vida única en el mundo, lo que ata su renovada belleza a una soledad sempiterna.
Aunque parezca extraño este alcance, este proceso de transfiguración/encarnación me ha remitido al de Jesús, casi como desde una lectura medio herética y feérica. La unicornio despierta sensaciones prácticamente numinosas en todos los demás, se comunica con ellos de formas cada vez más sacras, y cuando su camino se aparta del de sus compañeros, hacia el final de la historia, la escena está narrada con la belleza de una ruptura y despedidas inmensas, de esas que solo puedes tener en un sueño.
Me pregunto si esta dimensión ¿involuntariamente? crística habrá influido en la ambigua percepción general de la novela: hay lectores que la aman y lectores que se muestran indiferentes ante ella.
Como sea, en el vasto (¡y también basto!) panorama de la fantasía contemporánea, siempre es bueno volver sobre estas obras “viejas” medio descolgadas. Obras que ni son epígonos mediocres de Tolkien ni respuestas comerciales de su tiempo, sino propuestas que tributan a los textos de raíz primaria que sostienen a la fantasía, y a la vez que resultan experiencias de lectura tan singulares e irrepetibles como la propia unicornio.
Metafantasía, o realismo encantado
El último viernes (2014), de Liliana Bodoc
Conocí este cuento de Liliana Bodoc en un trabajo editorial, hace ya varios años. Estaba explorando los catálogos en línea de los planes lectores internacionales cuando di con una antología colectiva que, para mi alegría, incluía un relato inédito de la autora argentina. No parecía en principio un relato de fantasía, ni por el título ni por la premisa general: un entusiasta profesor se afana en trabajar lectura extensiva con sus únicos tres estudiantes, en el contexto de una humilde escuela de una precarizada zona de Argentina. Sin embargo, como puede apreciarse, el cuento ofrecía otra de las aristas esenciales de la poética de Bodoc: la importancia de las historias y la imaginación para transformar la realidad presente.
Sonreí al ver que el libro que el profesor leía junto a los muchachos era, nada más ni nada menos, que El Hobbit de J.R.R. Tolkien. ¡Tanto que la propia Bodoc había insistido en sus ensayos y entrevistas sobre su propia tensión con el autor inglés, y toparse con un homenaje tan bello como este…! Me sentí contenta porque entendí tempranamente entonces, como Fantasista, que podemos tener una relación complicada con algunos de nuestros referentes, pero que en última instancia siempre nos une una relación de admiración y agradecimiento.
Es difícil explicar con palabras concretas y desafectadas por qué adoro este cuento y por qué, incluso, podría considerarlo mi obra favorita de Bodoc, una suerte de homólogo del mismísimo “El herrero de Wotton Mayor” del propio Tolkien. Como este, narra también sobre cómo el encuentro con Faërie (en este caso, de manera vicaria a través de la ficción de fantasía) va transformando el interior de los adolescentes protagonistas, en medio de difíciles experiencias asociadas a la desesperanza que se porta cuando se pertenece a una clase socioeconómica empobrecida y abandonada.
Una curiosa crítica implícita que enarbolan los literatos latinoamericanos cobardes que desprecian la fantasía sin conocerla es que esta no “sirve” en contextos de desamparo sociocultural, o que se presenta como un lujo escapista que el proletariado o los excluidos de la sociedad normativa no podrían permitirse (como si imaginar fuese algo que hiciese o necesitase la clase alta, que ya lo tiene [casi] todo en su realidad inmediata…). Cualquier persona que ame la fantasía, o que al menos se haya atrevido a leerla desde la buena fe, sabe que estas son visiones reduccionistas, por no decir estúpidas o insidiosas. Una de las maravillas del cuento de Bodoc es que desmonta, desde formas muy sencillas, estos prejuicios.
Desde luego, la lectura de El Hobbit no mejora la situación socioeconómica de ninguno de estos chicos. No vemos tampoco en el cuento que esta experiencia los haya vuelto super lectores, ni que los haya reingresado a un sistema educativo normativo que pudiera convertirlos en ciudadanos de bien. Lo que “El Hobbit” hace en los chicos es mucho más sutil y más importante, algo que muchos sabemos que hace la buena fantasía: les renueva la mirada y, con ello, les enriela los cauces más profundos de sus vidas. Las cadenas del destino marginalizado se extienden hacia todos ellos, y en cada uno de los momentos en que parece que van a caer en ellas, como tantos otros de sus pares, las aventuras de Bilbo vienen a sus memorias para ayudarles a repensar su presente desde un discernimiento imaginativo.
No es el profesor el que intercede directamente en sus vidas, desde el aleccionamiento o el modelo ejemplar mismo que promueven los docentes influencers, egocéntricos, no: él apenas abre el portal, y son ellos los que, medio titubeantes, se animan a cruzarlo, y luego a traer lo que en él vieron a sus realidades. Así, son ellos los que se salvan a sí mismos, desde la fantasía. Como yo, quizá como tú también.
Más que ser un cuento de fantasía al uso, este pertenece a esa ilustre tradición de historias miméticas que resultan de metafantasía en su tratamiento discursivo y reflexivo sobre la propia fantasía y la imaginación en la vida cotidiana, y que he decidido llamar provisoriamente "realismo encantado". He ahí su doloroso genio: lo que tiene de realista es, como podría esperarse, triste, trágico. Su eucatástrofe en el final, por gracia, es tan hermosa como ajustada a los límites de nuestro propio mundo: suficiente, y a la vez rebosante.
El día que descubrí este cuento en ese catálogo virtual, le saqué pantallazos a las páginas del visor y lo convertí a PDF. No podía concebir que un cuento tan bello como este estuviese atrapado en una antología local. Se lo mandé por email a mi amiga española Mariela González, llena de entusiasmo, el día anterior de que se difundiera la muerte de Liliana Bodoc. La sincronía me llenó de tristeza y perplejidad: de pronto me vi a mí misma mirando el cielo, intentando distinguir algo entre las nubes.
Tiempo después, lo incluiría como corpus a mi curso de fantasía Rumbo al Reino Peligroso. Mis estudiantes, de manera prácticamente unánime, lo amaron. Me alegré de poder mostrarles este cuento desconocido, como quizá el profesor se alegró de poder traerles a los chicos El Hobbit, muy conocido, pero no lo suficiente en los lugares en los que realmente se necesitan aventuras.
Como todo es cíclico, un día vi en Instagram que un ex alumno de este curso compartía esta obra, y así me enteré que, dichosamente, se había publicado como libro independiente, ilustrado. Otra sincronía: ya en mi primer semestre del doctorado, que decidí dedicar al estudio de la obra de fantasía de Liliana Bodoc, lo compré por importación desde Argentina.
Estoy muy contenta de que este cuento exista como libro, porque nunca lo imaginé como posibilidad, lo mismo que mi doctorado y, en última instancia, como el hecho mismo de haber sobrevivido lo suficiente como para haber llegado a la edad adulta y haber conocido así alegrías insospechadas.
Siempre he sentido atravesada la sentencia del poeta Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este”. Me molestaba porque sentía que, como prácticamente todo el medio literario normativo, excluía la imaginación secundaria. Hoy pienso que no es así: el subcreador es lo que es porque está aquí. Subcreamos, también, porque nuestro mundo está caído y resulta insuficiente (siempre será así).
En el duro contexto de este cuento, y en particular en su escena final, con los chicos mirando el cielo, esta sentencia se hace relevante con solo eliminar ese chirriante conector y reformular la cláusula. Y de sentencia se vuelve así desafío contra todos los cobardes, pero, ante todo, esperanza para los valientes: “Hay otros mundos, y pueden estar en este”.
Con esto termino el recuento de 2025. Por mis estudios, no sé cuánto podré leer el 2026, pero ya tengo algunas lecturas en proceso y fijadas que me han interesado mucho y a las que probablemente pueda considerar. Ojalá pueda continuar leyendo a lo largo del año. Ya veremos. Mientras tanto, queda lo de todos estos nuevos inicios: una esperanza que es en sí misma una promesa, aunque nunca tome exactamente la forma que imaginamos para ella.
- 1/01/2026
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