jueves, 5 de junio de 2014

Personal: Crónica de la charla "Mundos Posibles" del Colegio Altamira

El 13/05/2014, invitada por J.L Flores, sostuve la charla Mundos Posibles del Colegio Altamira junto a Francisca Solar, centrada en la Fantasía, la escritura, la experiencia como autor y las historias que amamos. Esta es mi crónica del evento.

El pasado 13 de mayo fui invitada por el escritor José Luis Flores a una charla en el colegio Altamira (R.M, Peñalolén) junto a la también escritora Francisca Solar, ambos dos autores de literatura fantástica muy conocidos en Chile, sobre todo por el público juvenil, pues muchas de sus obras se encuentran disponibles en bibliotecas públicas y escolares. La charla se tituló “Mundos posibles” y se dio en el marco del grupo del taller de creación literaria, guiado por el propio José Luis. La idea era plantear una conversación abierta en que Francisca y yo pudiéramos discutir y compartir diversas visiones y posturas en torno al tema, desde nuestra experiencia en la lectura y escritura.

La invitación me pilló por sorpresa, porque me considero una persona muy poco mediática y con una propuesta que en general, desde mi personal percepción, no es muy masivamente aceptada o entendida que digamos. Pero, por supuesto, la oportunidad me entusiasmó mucho, pues nunca antes había tenido la posibilidad de exponerme como autora ante un público tan desafiante como el adolescente. Fue inevitable recordarme a mí misma a esa edad, a los 14 ó 15, e inevitable también el susto instintivo ante la opción, aunque imaginada e imposible, de hablarle a una versión más joven de mi persona.

Yo era especialmente desagradable a esa edad, pero también portadora de una llama que nunca una tormenta pudo apagar del todo. Tenía mucha hambre y estaba muy sola: tenía una historia que contar. Por esos días, una sola, y a ella dedicaba mi vida, mis sueños y mis lágrimas. En un contexto tan intenso, odiaba con particular fuerza lo falso, lo estúpido, lo sexualizado y lo banal. Odiaba la hipocresía adulta, que me parecía aún más pendeja que mis depresiones adolescentes. Aunque siento que no he cambiado demasiado en cuanto a estos aspectos puntuales, de pronto me encontré preguntándome si me había convertido en una mujer digna de hablarle a mi yo juvenil. Desde esos años habían mejorado muchísimas cosas que entonces yo sentía imposibles: vivía sola y lejos del horror de mi familia, había encontrado un minúsculo puñado de gente que miraba la vida desde el mismo dragón que yo, había publicado mi primera novela. Pero aún sentía que faltaba demasiado. Comencé a sentir vergüenza y angustia; hubiera deseado tanto haber vuelto a ese pasado en gloria y majestad, como una suerte de paladina victoriosa, para demostrarme a mí misma que valía la pena seguir luchando porque el futuro era maravilloso. Pero en realidad las cosas no eran así. El concepto de paladín hace mucho tiempo había dejado de significarme algo valioso; lo épico había dejado de ser un viaje a un tiempo y un mundo más nobles para convertirse en una estupidez ñoña y falocéntrica.

La mujer que yo era no se correspondía en nada con lo que yo había deseado para mí alguna vez, en esencia, y sin embargo, era exactamente quien debía ser. De pronto, me descubrí como Harry Potter cuando viaja al pasado y espera ansiosamente esa fantasmagórica visión de su padre salvándolo, para descubrir que, en realidad, siempre había sido él mismo: él mismo salvándose a su yo antiguo. Decepcionante en un principio, pero de tremendo sentido más adelante.

Y entonces pensé en otra cosa, en algo a lo que mi memoria suele volver de cuando en cuando: la ausencia de espacios similares como los de este taller y esta charla en mi adolescencia. No es que no existieran realmente en esos años (soy bastante menos vieja de lo que parezco por escrito), sino que en mi colegio simplemente no se daban. No existían talleres literarios y la única charla con un escritor que logro recordar es una con el autor de una novela de autoayuda sobre el SIDA. O sea, nada importante. Por supuesto, intenté asistir a un par de talleres externos, pero nunca terminé de sentirme cómoda en esos espacios sociales. Creo que, ahora que lo pienso con la distancia de los años, las personas que me encontré en ellos tenían tanto en común conmigo en lo esencial como mis compañeros de curso o buena parte de mis futuros compañeros universitarios: nada.

Esta digresión es para remarcar una nueva razón de por qué la charla se volvió algo relevante en mí: tenía que redimir mi propia experiencia adolescente y a la vez honrar la de los chicos ante los que hablaría. No podía permitirme caer en la estupidez o falsedad que había aborrecido desde siempre. Además, los jóvenes escribían. Quizá, debido a la masividad actual de los talleres literarios y de esa visión medio new age que motiva a medio mundo a intentar crear arte para “realizarse” sin entregar la vida por ello, algunos no vieran la literatura como una forma de vida como lo sentí yo a su edad, pero eso no importaba. Prefería quedarme con la incertidumbre. Yo tenía una responsabilidad como autora y quería ser digna de ella. Quería que mis palabras llenas de hojas secas pudieran alcanzar al menos a alguien y por al menos unos segundos. Hacerle justicia a la oportunidad que yo no había tenido en su momento.

Así que partí, teniendo una muy vaga idea de lo que podía decir en una instancia semejante. Al llegar al lugar, me encontré con José Luis y Francisca, aunque no alcancé a hablar nada relevante con ellos antes de comenzar con la charla. Los chicos que llegaron oportunamente nos saludaron con bastante más entusiasmo del que esperaba, dándome una buena impresión inicial. La charla se desarrolló finalmente con la sola guía de preguntas muy generales de parte de José Luis, que permitían explayarse de manera bastante abierta en los temas. La lógica de nuestras interacciones se basó en principio en exponer nuestras intervenciones por turnos, aludiendo a los comentarios de la otra autora para remarcar el diálogo, pero al cabo de un rato nos encontramos interrumpiendo libremente el discurso ajeno para apostillarlo o complementarlo... y cuando uso el plural lo hago para incluir también a nuestro público, que compartió brillantes anécdotas respecto a lo que hablábamos y que se atrevió a formular muchas preguntas, desde consultas por autores a interrogantes que buscaban ahondar más en nuestro perfil como escritoras.

Lo que más quisiera destacar de esta charla, en todo caso, es la maravillosa sorpresa que viví al comprender que hablamos muy poco de literatura, o al menos no tan marcadamente como cabría esperarse en una invitación de este tipo. Por supuesto, hablamos de nuestras respectivas conversiones en autoras y nuestra identidad como tales, pero el énfasis de este encuentro estuvo ante todo en los videojuegos. Me atrevería a afirmar que yo los orillé a ese derrotero a propósito de mi iniciación a la Fantasía más desde ellos que de las propias obras literarias. La mayoría de mis referencias fueron clásicas y pude darme cuenta de mi propio visceral entusiasmo al momento de comentar cada RPG que mencionaba. Realmente amo los videojuegos; no he dejado de amarlos desde que tenía la edad de los jóvenes que estaban atentos a nuestras palabras en la biblioteca del Colegio Altamira.

Los videojuegos me movieron a escribir historias como forma de vida, ellos me acompañaron en momentos en que todos me dejaron sola. Revivir todo eso narrando episodios clave de esas historias ante un grupo de jóvenes fue hermoso: simplemente hablaba de lo que amaba ante personas que quizá podrían llegarse a interesarse por ello también. Mejor aún: los chicos conocían muchísimas obras que yo mencionaba, incluso aquellas que habían sido publicadas antes de que ellos nacieran (?). Como comenté en una tarea de mi diplomado de Literatura Infantil y Juvenil, oírles hablando muy tranquilos sobre lo esperpéntico de Gygas en Earthbound o del bellísimo y enigmático final de Terrranigma tuvo un efecto similar en mí a que si me hubieran confesado que disfrutaban mucho de  Charles Dickens o William Shakespeare. Si tuviera que sintetizar esta experiencia, citaría uno de mis lapsus: un joven me preguntó por mi saga favorita. Iba a decir Historias de Terramar, obviamente, pero por algún maravilloso sentido dije "Terranigma". Y fue hermoso.

Ahora bien, hasta ahora he hablado sólo desde mi rol en cuanto a la orientación que tuvo la charla, pero por supuesto que Francisca también jugaba videojuegos. De hecho, nombró un par de títulos contemporáneos sumamente interesantes, lo que logró que  la conversación fluyera rápidamente. Ahora bien, nuestra valoración sobre la narrativa multimedial como una vía válida para explorar la lectura fue una de las pocas cosas que, como autoras, teníamos verdaderamente en común. Fue muy desconcertante para los jóvenes constatar cuán distintas éramos ambas, pero a la vez eso, desde mi opinión, se convirtió en uno de los puntos fuertes de la charla. Personalmente me incomodan las sobadas de lomo en eventos públicos del tipo "oh, tú eres tan bacán; pienso lo mismo que tú", cuando en realidad no se siente ni piensa lo mismo (o sí, pero desde una superficialidad complaciente). Acá fue todo lo contrario: ambas teníamos posturas y opiniones muy distintas, incluso radicalmente opuestas, y pudimos encontrarlas en una discusión respetuosa. Esto fue especialmente provechoso para el público, pues los chicos tuvieron la opción de conocer dos perfiles diferentes interactuando a la vez. Es molesto también cuando el sistema te impone una única forma de proceder respecto a lo que amas, así que en esta oportunidad hubo dos modelos en torno a lo que reflexionar.

¿Y en qué consistían estas diferencias a las que aludo? Básicamente, en dos aspectos: la visión ante el estudio académico de la literatura y la noción de Fantasía como concepto literario. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que ambos suscitan muchas reacciones de rechazo en la gente y que la mayoría de las razones tienen que ver con imprecisiones sobre ellos. Aprovecharé que Francisca y yo abordamos críticamente las dos en el contexto de esta charla para apostillar estos puntos, retomando algunos de mis argumentos y desarrollándolos más extensamente.

En primer lugar, se tiene la recurrente confusión sobre lo que estudia y hace un estudiante de Literatura en la universidad, que aún se asocia popularmente al aprendizaje de técnicas o conceptos para escribir. Pero nada más lejos de la realidad, pues estudiar Literatura supone, a muy grandes rasgos conocer y aprender la teoría literaria, que presenta modelos y paradigmas de análisis estructuralistas, estéticos y socioculturales para intentar aproximarse de una manera particularmente profunda a aquello que todos nosotros, como lectores, compartimos: el deseo de otorgarle sentido a una obra.

Otro usual recelo que se desprende de lo anterior es asociar este enfoque a viviseccionar una obra literaria y no "disfrutarla", lo que tampoco corresponde en absoluto a la realidad, o al menos no a la realidad que yo conozco. Por supuesto, algo de estos reparos existe en la academia, pero en esto (así como en todo) es muy peligroso generalizar, sobre todo cuando se hace desde el desconocimiento. Ahora que estudio un diplomado en un área que es de mi particular interés porque me entusiasma muchísimo y porque llena de sentido mi vida, como la literatura infantil y juvenil, he podido renovar la imagen del académico a partir de mis tutores y profesores. Muchos de ellos son bastante jóvenes y extraordinariamente motivados como lectores, acercándose a la obra desde su afición a ella y su compromiso a sus temáticas o estética. Son personas que aman lo que hacen; es el modelo académico al que aspiro, si finalmente consigo introducirme de lleno en él.

Tratar este asunto en la charla fue muy importante para mí, porque sentí que debía  defender algo que hoy en día está muy mal mirado, sobre todo por parte de los autores: estudiar Literatura. "No tienes que estudiar Literatura para ser escritor", dicen, y tienen toda la razón. Pero... ¿y? Yo estudié Literatura porque no me interesaba nada más en la vida, no porque quisiera ser escritora (ya lo era, en cierta forma, con muchísimo que aprender aún, pero lo era). Quería dedicarme laboralmente a aquello que amaba, aunque por entonces no tenía muy claro qué podía hacer. "¿De qué vas a vivir?" o "¿Qué se hace con eso?", me preguntaban todos, sobre todo adultos, cuando comentaba mis intenciones. Yo no lo sabía, pero sí sabía que no tenía sentido vivir para consumirme estudiando algo que no me interesaba sólo para ganar dinero. Creo que es importante reforzarle a los jóvenes que escriben que tienen todo el derecho de estudiar algo que aman si lo desean, así como también de advertirles que se encontrarán con preguntas tan desubicadas como las anteriores, que quizá vivan un período muy complicado dentro de los próximos años por el conflicto entre teoría y el propio acto de escritura (que siempre se resuelve, si en verdad escribir es algo más que una moda en ti)... y que habrá mucha gente de otras disciplinas que dude de tu arrojo, valor y sinceridad como escritor sólo por haber estudiado Literatura.

El otro aspecto, el de la suspicacia que causa hablar de la Fantasía como Fantasía, me sorprendió mucho en el contexto de la charla, pero más un factor temporal: me sentí en pleno 2010, cuando el concepto de "literatura fantástica" servía para historias espaciales, sobrenaturales, medievales (sic), épicas, y de terror, entre otras... sin que ninguna fuera Fantasía. Recordé que por esos años se hizo conocido el concepto de "géneros desdibujados" (sic), al parecer fomentado por la propia Francisca Solar y otros autores, para apuntar a que la creación no podía encasillarse en compartimentos estancos como el de los (sub)géneros narrativos asociados a la especulación (sic), y que una historia podía perfectamente incorporar un popurrí de elementos de otros subgéneros. 

Respecto a la primera idea, creo que se produce una confusión entre el concepto de "literatura fantástica" como mote editorial-comercial y como concepto que delimita e identifica una estética literaria, ya sea para lo fantástico (o phantastique), la Fantasía (o fantasy) o incluso otros subgéneros que no tienen nada que ver, como la ciencia-ficción o incluso el realismo mágico. Respecto a la segunda idea, me parece mucho más razonable, en la medida en que sostiene en una apreciación personal y experiencial antes que en una propuesta teórica que extrañamente sus defensores no sustentan desde teoría alguna, lo que habría sido muy interesante para debatir.

Sin duda un autor tiene pleno derecho a introducir elementos de diversos subgéneros si su historia se lo pide, pero eso no significa que se esté creando algo verdaderamente nuevo o de calidad, o aun que corresponda a un sello genuino como escritor a partir de esto. Personalmente soy una persona mucho más cercana a la Fantasía como estética que como estructura con una cantidad determinada de elementos y patrones narrativos. Estoy segura de que aun cuando añada factores propios de otros géneros, seguiré escribiendo historias de Fantasía, porque su esencia será la misma. Esa es una de las razones por las que creo que Ray Bradbury es un autor de Fantasía y no de ciencia-ficción, por mucho que sus narraciones estén llenas de elementos reconocibles de este subgénero. Y Bradbury rara vez insertó elementos fácilmente reconocibles de la Fantasía en sus textos más famosos, ¿verdad?

Oír este tipo de planteamientos sobre la Fantasía me hizo comprender de golpe que, en realidad, buena parte de lo que creía avanzado con Fantasía Austral en aspectos teóricos y estéticos no tuvo impacto real en determinado círculo de simpatizantes nacionales de la literatura fantástica, principalmente el de los autores que siguen siendo referentes populares hoy en día y que, curiosamente, tienen en común su recelo ante la academia literaria y que casi ninguno escriba Fantasía como estética. Eso me hizo pensar en que estos temas, por desgracia, siguen vigentes en nuestro contexto, y que es necesario insistir en ellos desde otros frentes, más allá de los alcances de una web. De ahí la pequeña pero relevante importancia de una iniciativa como ésta, en la que se pudo llegar a un público tan específico como el adolescente, al que muchas veces cuesta aproximarse entre el sonsonete de los best sellers de moda, las campañas publicitarias y los v/blogs de reseñas. Es un espacio en el que es necesario hacerse presente como académico y como autor comprometido desde el corazón con un imaginario, o de lo contrario los jóvenes tendrán un modelo único de referentes validados socialmente, con todo el peligro que ello supone cuando pensamos en la literatura como una expresión subversiva antes por estética que por mera temática, como suele creerse. Es necesario que los medios planteen opciones, sobre todo para aquellos que, como yo en mis días adolescentes, no se sientan plenamente identificados con los autores y obras que más se repiten en los canales oficiales.


Hay otros caminos allá afuera: yo descubrí el mío buscando en otras tierras, hasta llegar a Faërie. No sé si algún día alguno de esos jóvenes, de llegar a escribir como forma de vida, emprenda un viaje como ese; espero que sí. Y, de ser así, desearía que en algún rincón de sus recuerdos quedaran mis últimas palabras a ellos, respondiendo a la inquietud de consejos finales que planteara José Luis:  

Resistan.

Hay que resistirlo todo: la pena, el hambre, la soledad, la incomprensión, la censura, el rechazo, el desconocimiento e inexistencia en librerías de los autores verdaderamente importantes. Las miradas de desprecio, las burlas de quienes no escriben y no entienden nada, pero sobre todo de quienes también escriben, porque ellos suelen ser los que menos entienden. Resistir y dejar sólo las historias que puedan cambiar nuestras vidas, ya sea leyéndolas bajo la voz de otros autores como escribiéndolas uno mismo.

Sé bien que este tipo de certeza sólo puede alcanzarse a través de la experiencia, pero me gustaría pensar que incluso una pequeña charla como ésta podría considerarse como una. 

Pero, sobre todo, me gustaría pensar que finalmente no  hubiera desilusionado a mi yo adolescente, si hubiera estado presente allí.

Muchas gracias, José Luis, Francisca, a la institución misma y a los alumnos del Colegio Altamira que estuvieron presentes en la charla, en especial a aquellos que compartieron activamente con sus voces. La experiencia fue muy entretenida.


Nota:

Este es la nota periodística oficial del Colegio Altamira respecto a la charla. 

2 comentarios :

  1. El resistan es buen consejo, siempre.

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    1. Quizá el único posible, aunque paradójicamente sólo puede entenderse en la medida en que se tenga que resistir y se desee hacerlo.

      Gracias por pasar :)

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