martes, 1 de octubre de 2013

Ensayo: Importancia de J.R.R. Tolkien como autor de Fantasía (II)

En la 2º parte de este ensayo, distinguiré alegoría de aplicabilidad, analizando la coherencia de esta última con la Fantasía. Luego, analizaré elementos de la Fantasía identificados por Tolkien como poética y finalmente explicaré por qué aquélla es importante para mí.

tolkien, mythmaker, fantasy, aplicabilityEn la entrada anterior, comencé la primera parte de un ensayo destinado a esbozar algunas claves de la importancia de J.R.R Tolkien como autor de Fantasía. La iniciativa surgió como respuesta ante mi molestia al constatar que los únicos artículos chilenos difundidos a propósito de los cuarenta años de su muerte eran textos que se centraban en aspectos biográficos o socioculturales en lugar de literarios. Ante el vacío interpretativo y el prejuicio e ignorancia evidentes que expresan la lectura de Fantasía en Chile, me animé a escribir un ensayo no académico y muy personal sobre quien es considerado el autor más relevante de ésta, y sobre la que es valorada como su obra más importante: El Señor de los Anillos.

En la primera parte del ensayo me centré en la irrelevancia de las lecturas alegóricas hacia El Señor de los Anillos, no sólo porque estas interpretaciones no son literarias, sino también porque el propio Tolkien desmintió y refutó muchos de los argumentos más usuales esgrimidos para este tipo de visiones hacia su obra. Entre éstas, se citaron el supuesto paralelo entre la Guerra del Anillo y la Segunda Guerra Mundial o el presunto correlato religioso.

En esta segunda parte, me centraré en la distinción de los conceptos de alegoría y aplicabilidad, analizando por qué Tolkien prefiere éste último, como debiera hacerlo todo Fantasista. A continuación, expondré algunos elementos citados por el autor en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, interpretándolos como una suerte de poética fantástica. Finalmente, concluiré el ensayo en sus dos partes intentando explicar por qué todos los aspectos desarrollados anteriormente son importantes para mí como autora y lectora de Fantasía.

De los grilletes del autor a la libertad creadora: alegoría y aplicabilidad

Para empezar, entonces, conviene recordar el punto en que habíamos quedado en la primera parte: el sinsentido de la lectura alegórica en El Señor de los Anillos, en Tolkien, en la Fantasía. Si ésta es tan recurrente, lo natural es suponer que hay algo en ella que la hace destacar como la interpretación más válida para éste género... descontando, por supuesto, que quienes la hacen sepan tan poco de Fantasía o de literatura que no se les ocurra ninguna otra forma de aproximación pertinente.

De modo que el primer cuestionamiento que surge es el siguiente: ¿por qué alguien pensaría que un enfoque alegórico podría enriquecer la lectura de la Fantasía? 

En relación con el aspecto alegórico, Tolkien la contrastaba con el concepto de aplicabilidad. Esto es de fundamental importancia no sólo para entender la obra del inglés, sino también para comprender la esencia de la Fantasía, de ahí que sea tan grave que algunos las confundan irresponsablemente. En palabras de Tolkien:

I think that many confuse 'applicability' with 'allegory'; but the one resides in the freedom of the reader, and the other in the purposed domination of the author.

[Creo que muchos confunden la "aplicabilidad" con la "alegoría"; pero la primera reside en la libertad del lector, y la otra en la intencionada dominación del autor.]

¿A qué se refiere el Profesor con esto? Pues a que la lectura alegórica (o alegoresis), por lo general, es válida sólo en la medida en que se busque interpretar el texto según una única lectura que su autor ha encubierto. Es decir, la alegoresis no lee una obra por lo que es en sí misma, sino por aquel sentido oculto (generalmente sociocultural, religioso o ideológico) que podría extraéserle tras negar la relevancia estética del sentido original. En esta entrada del Reino Peligroso puede leerse un breve pero contundente artículo que asimismo desestima y repudia la alegoresis en la Fantasía; su origen fue, precisamente, largas conversaciones que sostuve con su autor a propósitos de las mediocres columnas que algunos medios chilenos habían publicado sobre Tolkien. De estas amenas y furibundas charlas nació también su columna "Basta de lecturas biográficas de la obra de Tolkien", que es bastante explícita en su título como para glosarla aquí.

Retomando la alegoría, intentaré explayarme un poco más. Suelo usar como ejemplo el acto de leer el enfrentamiento de un héroe contra el dragón no como un enfrentamiento entre un hombre y una criatura fantástica, con todo lo que ello implica (una lucha compleja, quizá tanto física como de ingenio), sino como una representación del enfrentamiento de este hombre con sus propios temores. En este caso, el dragón es anulado en su naturaleza fantástica —y aun como personaje—, para convertirse en una concreción de los miedos del héroe.

Se tiende a pensar que este tipo de interpretaciones enriquecen la experiencia de lectura de una obra, pero estoy en desacuerdo. Creo que, sobre todo en Fantasía, terminarían extraviando una de las especificidades esenciales de ésta: la creación coherente de un mundo autónomo imposible. Si un dragón no se lee como un dragón, ¿para qué escribirlo como tal en primer lugar? ¿Por qué no desarrollar desde un principio los temores del protagonista a partir de otros aspectos? Si esto es lo único que nos importa, ¿para qué escribir Fantasía? 

Porque en Fantasía, un dragón sin duda despierta temores atávicos que nadie más que él podría despertar. Pero, por lo mismo, se trasciende el temor básico e instintivo hacia lo desconocido o lo salvaje. Un dragón es una criatura fascinante, que no tiene nada que ver con ninguna bestia similar de nuestro mundo. Y sin embargo, lo que algo así podría provocarnos potencia al máximo lo que podríamos entender por "fascinación", "miedo" o cualquier otra sensación de sobrecogimiento. Y esto es algo que sólo puede alcanzarse a través de la Fantasía bien escrita.

Lo anterior nos remite a la aplicabilidad. Si en la alegoría el autor pretendería que el lector encontrara sus pistas textuales y llegara a la interpretación que él esperaría, la aplicabilidad le da plena libertad al lector para que lea e interprete como quiera la obra... Pero con algunos alcances.

En otras palabras, la aplicabilidad en la Fantasía se trataría de apropiarse de la obra, pero así como la entiendo yo, siempre y cuando se haga de este sentido asignado algo personal y sincero, algo que tenga que ver con la propia experiencia humana de cada cual y no con imposiciones externas o tendencias interpretativas en boga. Es decir, no leer a la Fantasía como una cubierta que debe ser removida o decodificada para llegar a la verdadera pulpa, sino concebirla y disfrutarla como lo que es en sí misma. Leer en ella, insisto, lo que queramos leer. ¿Y queremos en verdad limitar la maravilla de los devenires de la Tierra Media y sus habitantes a una larga metáfora religiosa, social o política? ¿No tenemos ya bastantes obras que desarrollan de manera explícita estas aristas y que son a su modo trabajos geniales? 

Lo anterior me lleva a volver al cuestionamiento inicial: preguntarme en qué piensan las personas que intentan analizar El Señor de los Anillos o cualquier novela de Fantasía en términos alegóricos, o bien, al momento de considerar válidos u óptimos estos enfoques. A veces tiendo a pensar que, más allá de no alcanzar contemplar estas posibilidades ya desarrolladas, tienen miedo de reconocer que una historia de Fantasía los ha divertido y les ha hecho más sentido que el Ulises o la parte de los críticos de 2666. O, quizá, que efectivamente el alcance social, político o religioso es lo que le da espesor de trascendencia a una obra, si es que no se concibe a estos como lo más relevante en una sociedad como la nuestra.

Discrepo totalmente. Todo cuanto es de principal interés actual —política, cultura, sociedad, género— es subordinado a algo mayor: la humanidad. A causa de que se ha ido perdiendo la naturaleza de tal, con todo lo que ello implica, es que se han llegado a todo tipo de conflictos políticos, sociales, de género, de los cuales la Primera Guerra Mundial sería un ejemplo más. Ahora bien, la interrogante se desplazaría a lo siguiente: ¿qué es lo que hace que las obras de Fantasía en general, y El Señor de los Anillos de Tolkien en particular, manifestaciones artísticas que logran ser prácticamente atingentes y universales en su expresión estética?

La Fantasía no es real, sino verdadera

Como uno de sus más grandes exponentes, Tolkien no sólo sentó las bases estéticas de lo que hoy se entiende, a muy grandes rasgos, como Fantasía, sino que también fue uno de los más relevantes teóricos y críticos de ésta, con una rigurosidad académica extraordinaria, la que sin embargo no es falsa y pretenciosa como se entiende a la academia en nuestro país.

Al margen de su interés por los orígenes lingüísticos de la poesía anglosajona, a mi juicio Tolkien fue uno de los primeros autores en crear una poética consistente para sus propias creaciones literarias, si bien indirecta, en el famoso ensayo On Fairy Stories (Sobre los cuentos de hadas). En éste, el autor se dedica a analizar los cuentos de hadas como lector antes que como académico, pero en el trayecto hace muchísimo más de lo que sólo se enuncia en la aparente superficie.

Entre estos méritos a los que aludo, considero de suma importancia una embrionaria definición de mundo secundario y aquello que podríamos considerar a estas alturas como los cuatro componentes esenciales no ya sólo de los cuentos de hadas, sino de la Fantasía propiamente tal: la evasión, la renovación, el consuelo y la eucatástrofe. Todos estos, a su modo, derrumban con vehemencia la mayor parte de los prejuicios adosados a la Fantasía a lo largo del tiempo, ya sea por la ya recurrente ignorancia en la que he insistido o por la reciente proliferación de obras fantásticas de espantosa calidad artística.

A decir verdad, hay que aclarar que estos componentes no están presentes en el ensayo de Tolkien para desafiar determinada concepción sobre la Fantasía. De hecho, originalmente ni siquiera se presentan como componente esenciales para ésta, pues el autor considera el término “fantasy” como “elvish craft”, vale decir, como la capacidad misma para crear un mundo autónomo. Sí, exacto: no como un sugbénero literario, sino como una manifestación inherente al ser humano.

Para fines de este texto, sin embargo, se considerará válido retomar estos componentes —inicialmente planteados en tanto valores propios de los verdaderos cuentos de hadas— como propiedades de la Fantasía, ya que son plenamente coherentes con la visión e imaginario de las obras más relevantes y sinceras de ésta.

Me gusta pensar en ellos casi como una progresión: en principio, la Fantasía nos permite evadirnos temporalmente de nuestra realidad más inmediata, es cierto, pero no para escapar como cobardes o inmaduros, como suele pensarse. Tolkien emplea en su ensayo un símil con la figura de un prisionero: ¿llamaríamos cobarde a quien anhela alcanzar —o si quiera rozar— por unos instantes los verdaderos horizontes de la existencia humana, más allá de sus limitaciones terrenales? Creo que lo verdaderamente cobarde es negar que nuestra existencia sea algo más allá de lo que percibimos con nuestros sentidos… o considerar que este tipo de convicciones se restrinja exclusivamente a una creencia religiosa o espiritual. Personalmente, siento que esto tiene que ver con la facultad humana de crear y de proyectar a través de su imaginación un universo distinto, casi primigenio, en donde las palabras sean las cosas, donde cada color, fragancia, sonido y textura se sientan como si fueran la primera vez en que se perciben; donde las alegrías, las penas y las pasiones se abran como flores o estallen como frutas maduras; ¡donde todo —¡todo!— sea importante…!

Lo anterior nos lleva a la renovación: acostumbrados a la decadencia de nuestra cotidianidad, la Fantasía nos permite entrever una experiencia de vida distinta que podemos traer de vuelta para intentar devolverle a aquélla el estado que alguna vez debió —o debería— tener. Porque la Fantasía es, esencialmente, la historia de una ida y una vuelta; no es escapismo ni ornamento: es entrar en contacto con una realidad diferente a la conocida, una a la que no podríamos acceder por otros medios, e intentar traspasar esa visión prístina a nuestro contexto original, procurando hacer algo distinto de él, algo… consecuente, sincero, esperanzador.

Pero, desde luego, no puede haber esperanza sin un quiebre importante. ¿Cuál es la pena que la Fantasía consuela? Pues la de asumir que a pesar de nuestras naturales limitaciones humanas, siempre nos quedará la Fantasía como alternativa para detenernos un momento, cerrar los ojos, y abrirlos con una mirada distinta para aquella misma visión anquilosada.

Y es que la Fantasía, a mi juicio, es prácticamente la única expresión redentora real. Esto es la eucatástrofe: una experiencia que surge a partir de una pérdida, desgracia o pena inenarrable cuyo recuerdo renovado, no obstante, puede conducir a la liberación del espíritu. En última instancia, a la negación absoluta de la condena y el nihilismo, a los que se es tan fácil llegar por debilidad, y a la aceptación de una posibilidad de salvación que no niega la tragedia, pero que se sostiene en una esperanza que acaso sea lo único verdadero de nuestra existencia como hombres y mujeres errantes en un mundo como éste. 

Debo confesar que, de un tiempo a esta parte, me he sentido incómoda ante la recurrencia con la que vuelvo sobre estos componentes para referirme al imaginario y visiones de la Fantasía como expresión literaria y forma de vida. En ese sentido, he terminado llevando a cabo análisis de algunas obras para demostrar por qué éstas sí son dignas de ser llamadas historias de Fantasía, en contraste con esos textos fantasiosos que tan en boga están hoy en día y que se presentan como la única manifestación posible para el género. Salvando las naturales distancias, a veces me he preguntado si no estaré actuando como aquellos que emplean, por ejemplo, el monomito de Campbell como modelo de análisis (práctica que desprecio).

Pero entonces, cuando veo a mi alrededor y me encuentro una vez más con la ignorancia, el prejuicio y la mediocridad en torno a la Fantasía, empiezo a aceptar al fin que mis intenciones, aunque pretenciosas en la superficie, son comprensibles. 

No pretendo hacer un análisis superficial de una obra de Fantasía, uno que me permita zafar de un deber académico o ser publicada en un sitio cualquiera de literatura. Si vuelvo una y mil veces a estos conceptos es porque la primera vez que los leí en me impactaron muchísimo como lectora. Por entonces, ya llevaba un buen tiempo como fantasista redimida, y tenía ya mis propias visiones y concepciones sobre el género. Sin embargo, comprender de pronto que prácticamente todo cuanto pensabas o sentías al respecto estaba explicado de una manera tan profunda, sincera y elegante como lo había hecho Tolkien hacía tanto tiempo, fue casi una revelación

En esos momentos sentí lo que sólo mis obras ficcionales favoritas me habían causado: Este hombre me entiende. Este hombre, que ya no existe en este mundo y de quien sólo quedan sus mundos y sus palabras: este hombre pensaba y sentía como yo, pensaba y sentía como yo respecto a aquello que es el sentido de mi vida. Cuando más tarde leí algunos fragmentos de Los Monstruos y los Críticos o del “Prólogo a la Segunda Edición” completa de El Señor de los Anillos, la revelación se expandió aún más: este hombre intentó luchar de la misma forma en la que yo me siento luchar ahora contra aquellos que, en su incomprensión y desinterés absolutos por la Fantasía, insisten en afrentarla de las maneras más cobardes posibles.

Emoción y furia: es imposible no ser un poco fëanoriano cuando sólo tienes veinticinco años… y eres una mujer.

People who deny the existence of dragons…

¿Y por qué me importa tanto preservar aquello que estimo la esencia de la Fantasía? En otras palabras, ¿qué es lo que lo hace relevante para mi vida y mi estética personal como autora? Pues siento que la Fantasía salvó mi vida, desde un punto de vista tan prosaico como permitirme sobrellevar con entereza mis días juveniles hasta encontrar un sentido y visión tremendamente personales ante la existencia. En tanto autora, la Fantasía me entregó las historias más memorables que he conocido, aquellas que cambiaron mi vida como lectora, niña y mujer; el hecho de decidir escribirlas yo también nace así tanto para rendirles tributo y agradecerles como por el deseo de llegar a crear algo tan significativo para otros como aquéllas lo fueron para mí.

Tengo la impresión de que otro de los factores por los que no se llevan a cabo análisis literarios o aun visiones apasionadas en Chile de las obras de Tolkien o de las obras de Fantasía en general, es porque a muy poca gente importaron e importan hoy en día de una manera realmente personal y significativa. ¿Y qué sería de la Fantasía si no puede ser vivida como una experiencia personal y significativa en el imaginario de cada lector? La realidad, sus enigmas y desvaríos están siempre presentes en nuestras vidas, de una forma u otra, pero la Fantasía sólo puede existir en la medida en que la creemos… y creamos en ella. Y esa convicción, esa esperanza, es algo que no tiene nada que ver con ejercicios académicos mediocres o lecturas superficiales que se abandonen u olviden a los pocos años. De una manera similar a Tolkien, cada vez estoy más convencida de que la Fantasía no es tanto un subgénero narrativo temático con determinadas características como algo que trasciende incluso nociones literarias de este tipo. 

Para mí, la Fantasía es prácticamente una forma de vida, algo por lo que vivir y, sin duda, por lo que morir. No podría pensar en ella como una excusa para creerme la “heredera de Tolkien” o “la Le Guin chilena” porque me importan demasiado las historias que pueda contar del Reino Peligroso, Faërie o Elfland como para anteponerles una proyección falsa y ególatra de mí misma como autora joven e inexperta. 

Pero el ego, por supuesto, siempre estará presente. Una de sus expresiones podría considerarse, por cierto, la redacción de este texto. ¿Quién soy yo para desestimar otras visiones en torno a la Fantasía? Pues alguien para quien ésta no es sólo su pasión, sino uno de los pilares de su vida. Simplemente, no puedo soportar que, existiendo tantas posibilidades de lectura, los análisis se sigan centrando en unos cuantos aspectos reiterativos mal encauzados, que poco y nada logran discutir en torno a la Fantasía propiamente tal. En realidad, ni siquiera merecerían ser considerados “visiones en torno a la Fantasía”, porque simplemente la desprecian, ignoran o anulan. 

Aun así, estos intentos truncos de análisis pueden ser aceptables a su manera, desde luego, pero se hacen insuficientes al momento de centrarse en todo el potencial estético de la Fantasía. A mí no me importan los alcances que pueda tener El Señor de los Anillos con algún conflicto o elemento específico de nuestro mundo, sino las experiencias universales y atemporales que en su aplicabilidad puedan ser válidas para cualquiera de nosotros, para cualquier evento de nuestra vida personal.

Al respecto, siento que es parte de mi responsabilidad como lectora y Fantasista escribir aquel análisis u homenaje que considero estos autores, y sobre todo el propio Tolkien, se merecen por los mundos que lograron crear y por el efecto que estos tuvieron en la humanidad. Por el efecto que estos tuvieron en mí. Porque acaso una de las expresiones más perdonables de mi ego como lectora y autores es el deseo sincero y encendido de lograr, algún día, concebir una obra digna de dialogar con aquellas que tanto me han emocionado y conmovido.

A la espera de ese momento, si es que llega, no puedo sino entregarme a la defensa de esos universos que tanto significan para mí y que son el pilar de los míos. Sin alegorías, sin excusas baratas, sin cobardías: yo creo en los dragones y no voy a permitir que me devoren desde adentro, ni menos a aquellos mundos a los que me he consagrado, así tenga que seguir arrojándole palabras a gente que no sabe leer. 

Porque yo creo en la Fantasía y la amo, Profesor, y en gran parte debido a usted y lo que hizo con ella, desde ella, por ella. Por ello, sólo puedo decirle, antes de que vaya a su encuentro desde los Puertos Grises, una sola cosa: Gracias.




Referencias bibliográficas

Tolkien, J. R. R. Foreword to the Second Edition. [Prólogo, 1966]. En The Lord of the Rings. Boston: Houghton Mifflin, 2012. [Puedes leer este texto en inglés aquí, subido por mí]

Tolkien, J. R. R. Sobre los cuentos de hadas. En Cuentos desde el Reino Peligroso. Santiago de Chile: Planeta, 2010.

3 comentarios :

  1. No estoy exagerando: me emocioné con la parte final de tu ensayo. De hecho, lo leí todo el rato pensando en cuanto admiro tu pasión por la fantasía, pasión que comparto, por cierto, pero no creo poder escribir textos tan potentes como este.

    Gracias por darte el tiempo y el trabajo de escribir y difundir la fantasía con tanto ardor,

    Un abrazo, Paula ;)

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  2. Déjame decirte que tus palabras me han conmovido, y en algunas cosas pienso parecido a ti y realmente me encantaron tus palabras finales, de verdad que tenemos mucho que agradecerle a nuestro querido profesor

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    1. Gracias por tu comentario, Selene. Me alegra que te haya gustado la columna :)

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