La importancia de la genealogía en la Fantasía

1/06/2019

Uno de los múltiples fenómenos que suscita la recepción de la Fantasía desde hace algunos años es la tendencia a difuminar o incluso negar sus raíces. Esta tendencia se apreciaría desde dos aristas principales: por un lado, la de considerar a la Fantasía misma como una expresión literaria reciente, surgida en el seno de los movimientos de la literatura comercial, omitiendo así sus fuentes y su trayectoria literaria histórica; por otro, la de valorar determinadas obras sin considerar las huellas de influencias en las que posaron su escritura. En pocas palabras, nos encontramos ante un problema de difuminación o negación de genealogía. 

Al respecto, quisiera recordar algo que considero fundamental: la Fantasía, comúnmente, es una voz que hunde sus cimientos en el pasado, uno que resulta anacrónico por salirse derechamente del tiempo conocido para entroncar en una noción cercana al tiempo mítico, más remoto que los alcances más remotos de la Historia, pero al mismo tiempo presente en cada segundo de nuestras vidas.

¿Cómo no sentir siquiera curiosidad ante todo lo que tenga que ver con este pasado? La voluntad de mirar atrás, hacia un mundo ya perdido y olvidado, que solo puede recuperarse desde el maridaje entre verdad e imaginación, debiera ser un gesto característico del amante de la Fantasía. No en vano el medievalismo es una de las corrientes más queridas en esta literatura, incluso para los que desgraciadamente nacimos en una tierra sin Medioevo. Si los europeos miran solo hacia atrás, nosotros miramos también hacia el mundo del otro lado del océano, porque lo importante es la distancia.

Debiera mirarse atrás también, entonces, para validar a aquellos autores cuyas obras de Fantasía el tiempo volvió piedras angulares o cartas de navegación para otros escritores, quienes se apoyaron en ellas para escribir las suyas.

Personalmente, me gusta pensar a la literatura de Fantasía y mi relación con ella como lectora y autora desde tres imágenes metafóricas: un cielo estrellado, un árbol y una familia (esta última es original de Emilio Araya, y la hemos venido conversando y complementando a lo largo de los años). En el cielo estrellado, cada estrella está conectada a otra, y solo su trazado permite descubrir una figura, siempre cambiante en relación con la experiencia del que mira. En el árbol, cada rama se abre hacia sus propios caminos y posee sus propias distribuciones de hojas y frutos, pero todas nacen del mismo tronco, que se sostiene a su vez en un entramado de raíces que replican esta dispersión aérea sin renunciar a un centro. En la familia, por último, ningún individuo está solo: todos poseen progenitores y parentescos, y aun cuando los núcleos familiares puedan constituirse a partir de pocos integrantes, estos pertenecen a una red completa junto a aquellos con los que se comparte sangre y fenotipo.

Mi visión de la Fantasía no es, por tanto, una aislada, y eso corre tanto para las raíces como para los frutos. 

Tolkien fue el creador de una obra fundacional para la Fantasía contemporánea, y probablemente la más hermosa del género, pero incluso antes de él hubo otros autores y otras obras cuya existencia es igualmente importante para el amante de la imaginación y las maravillas, porque ellas contribuyeron a los cimientos de esta literatura. Igualmente, después de Tolkien ha habido mucho más que la retahíla de famosillos primermundistas de turno (Martin, Sanderson, Gaiman, Rothfuss y Abercrombie, por ejemplo): Fantasistas menos populares a pesar de su prestigio (Diana Wynne Jones, Jo Walton, John Crowley), parientes cercanos desde la tradición imaginativa que son más bien leídos desde tradiciones canónicas (A.S Byatt o David Mitchell), Fantasistas hispanoamericanos que nos ayudan a recordar que en Faërie también se habla en español (Liliana Bodoc, Verónica Murguía, Ana María Matute) y numerosos escritores en formación que aman tanto la Fantasía como todos los demás, a pesar de que sus palabras aún no adquieren la belleza que tanto anhelan y por la que tanto luchan, y entre los que me incluyo. 

Hay muchas voces y muchas historias por leer y amar. No todo es un único precursor, y no todo es una lista simple de autores populares contemporáneos. 

Creo el verdadero amante de la Fantasía debería estar consciente de esto y no quedarse cómodamente estancado en los nudos más atractivos. Como un viajero inmerso en su quest, el amante de la Fantasía debiera ser capaz de recorrer el mundo, figuradamente, en busca de aquellas lecturas que le ayuden a trazar aquel tapiz de héroes en el que él también podría aparecer. De lo contrario, siento que en realidad no es más que un lector sometido a los caprichos editoriales, y que no busca tanto la huella de Faërie como una lectura entretenida, que justo por ahora corresponde a la Fantasía pero que posteriormente podría recaer en otro tipo de literatura. Desde luego, hay diversión y esparcimiento en la Fantasía, pero en Faërie —¡qué duda cabe!— hay también tristeza y añoranza, algo que ningún otro tipo de literatura ha sido capaz de expresar con semejante belleza.

Abandonemos entonces las absurdas discusiones actuales de fandom —la discutible caducidad de Tolkien, la supuesta superioridad del concepto de grimdark y de los antihéroes ante la búsqueda de la bondad y del heroísmo propios de la verdadera Fantasía, o la urgencia de validar y condenar obras exclusivamente por su aporte desde la diversidad—, y centrémonos en lo importante. Agucemos la vista en la noche estrellada y distingamos esa miríada de estrellas que no siempre alcanzamos a vislumbrar, por estar perdidos entre los focos de la ciudad. Abracemos a aquel robusto árbol y detengámonos un momento en la forma en la que sus brotes más tiernos se mecen en el viento, a veces con frutos, a veces con flores, a veces desnudos. Sentémonos a apreciar el árbol genealógico y recorramos con nuestros dedos las líneas que derivan a los parientes más insólitos, más lejanos, pero de nombres tan vibrantes como los nuestros.

Pensemos en todas las grandes obras de esos entramados que aún nos faltan por conocer, y que nos esperan en algún lugar del camino. Y vayamos hacia a ellas, dejando que solo nuestro amor por la Fantasía nos conduzca los pasos.

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2 comentarios

  1. Qué buen ensayo. Me siento muy apenado por no haberlo leído anteriormente. Concuerdo en gran parte de lo que dices; el género fantástico debe ser estudiado con lupa. En la práctica, lo fantástico, a pesar de la creencia popular, también tiene una fuerte presencia del componente latinoamericano. Borges, Quiroga, Felisberto Hernández cultivaron una matriz excelsa y elevada que cualquier entusiasta de la literatura fantástica no debería pasar por alto.

    Me alegra haber entrado en sintonía contigo. Un abrazo desde Venezuela.

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    1. Hola, M.M.J. Miguel :) Gracias por comentar.

      Sin duda que lo fantástico tiene una prominente tradición latinoamericana en autores como los que nombras, pero esta entrada (y todo el blog) está enfocado en la literatura de Fantasía, que desde los modelos teóricos a los que adscribo constituye una literatura muy distinta a lo fantástico. Y en esta línea, la de la Fantasía, la tradición latinoamericana es más bien escasa, encontrando como actuales cumbres el trabajo de Murguía y Bodoc. Personalmente le he agarrado un poco de hastío a lo fantástico porque me he pasado buena parte de mi vida explicando que la Fantasía es algo distinto y que, cuando hablo de ella, estoy más cerca de Tolkien que de, por ejemplo, Cortázar. Eso no significa que no disfrute a autores fantásticos, pero lo que amo es la Fantasía y con el tiempo he ido comprendiendo que es de vital importancia sentar estas diferencias lo más nítidamente posible a fin de poder al fin brindarle espacio crítico y académico a estos otros autores, que están sumamente desplazados en los estudios desde nuestro continente.

      Un abrazo desde Chile y muy buenos deseos para tu interesante blog :D

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