miércoles, 30 de octubre de 2013

Personal: Las historias de La niña que salió en busca del mar

¿Qué historia cuenta mi novela "La niña que salió en busca del mar"? ¿Y cómo nació esta historia, antes de ponerme a escribirla? De eso trata esta entrada, a partir de recuerdos, reflexiones y anécdotas que estuvieron presentes conmigo a lo largo de todo este proceso.

Al fin estoy de vuelta del lanzamiento de La niña que salió en busca del mar, tras una amena charla de discusión en donde nos encargamos de elevar la voz de la Fantasía y de la LIJ, a través de las propias voces de Adriana y del mar, los protagonista de mi primera obra LIJ publicada. En esta entrada quiero ahondar en algunos de estos aspectos, a modo de reflexión transcrita de lo que se conversó en esa instancia y de comentarios personales sobre esta historia.

Para comenzar, ¿qué mejor que hacerlo con las primeras preguntas que solemos tener como lectores al momento de encontrarnos con una obra de ficción? Éstas son al menos dos: «¿De qué se trata tu historia?» y «¿Cómo vino esa historia a ti?». Como he mencionado en otras entradas, estas dos preguntas corresponden a las dos historias presentes en toda novela: la historia que ésta cuenta entre sus páginas y la historia que explica su origen, o cómo esta historia logró escribirse de esa forma en particular en aquella novela.

La primera interrogante, por lo general, se responde en la contraportada del libro. En el caso de esta historia, la contraportada señala lo siguiente:

Tras mudarse con sus padres de la costa a la capital y separarse del mar, su único amigo, la pequeña Adriana comprenderá que no hay distancia que pueda romper una amistad, cuando las decisiones se toman con la sinceridad del corazón. 
En un pueblo pesquero de tradiciones arcanas cada vez más olvidadas, Adriana se ve obligada a dejar atrás el mar cuando sus padres deciden iniciar una nueva vida en la ciudad. Arrastrada al principio por la tristeza y la nostalgia, la niña irá descubriendo el verdadero valor de la amistad y un secreto familiar que podría cambiar para siempre su propio destino...

Estas líneas identifican a los protagonistas (una niña llamada Adriana y el mar, un personaje más), los espacios (el pueblo costero donde Adriana ha vivido toda su vida y la ciudad a la que se ve forzada a vivir), el conflicto (Adriana se ve separada del mar cuando se muda con su familia a la ciudad) y, finalmente, el tipo de historia que se ha de contar a partir de estos elementos: cómo Adriana se sumerge en su tristeza y nostalgia ante esta pérdida y cómo lo hace para emerger poco a poco de ellas, a medida que emprende un viaje interno para reencontrarse con el mar. Será este viaje lo que la llevará a conocer importantes revelaciones sobre su naturaleza y a tomar una importante decisión.

Quizá a alguien le pueda llamar la atención la presencia de expresiones como «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad» en la contraportada. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en contra del didactismo y la moralina en la literatura infantil y juvenil? ¿Por qué uso expresiones tan cursis en la sinopsis de mi propia obra?

Pues porque no son cursis en realidad. Son lo que son.

De un tiempo a esta parte he estado reflexionado sobre la sinceridad y el valor que les asignamos a las palabras en la ficción, un tema que me parece crucial en la Fantasía, donde cada palabra es lo que enuncia y la responsable de crear mundos imposibles. Cuando escribimos «corazón» o «amistad» en una obra, ¿qué estamos diciendo en realidad? En muchas obras contemporáneas de corte realista, sean para niños o adultos, estos términos suelen aparecer banalizados, limitados o edulcorados. En otras palabras, se usan conceptos potentísimos como fachada para ocultar un puñado de mentiras, lo que origina la no menos falsa creencia que sólo los adjetivos y expresiones más duros son verdaderos o, cuando menos, aceptables.

Al momento de volverme sobre mi propia historia, sin embargo, sentí que no había mejores conceptos que explicaran la sinceridad del corazón con que Adriana finalmente toma su decisión, o el verdadero valor de su amistad con el mar... pues, justamente, que escribiendo «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad». Recordé también que, a mis 10 ó 12 años, no tenía problemas con encontrarme con este tipo de conceptos cuando se les hacía justicia a su Nombre en el transcurso de la historia. Creo que tanto la suavización exagerada como la dureza impostada son igualmente repulsivas, porque ninguna es sincera.

Otra de las cosas que podría llamar la atención a partir de la contraportada y de mi breve sinopsis es que la Fantasía no tenga una presencia explícita en ellas. Justamente, uno de los temas que se abordó en el lanzamiento de la obra fue el hecho de que nada en el principio de la obra, fuera de la Voz del mar, remitiera a la Fantasía. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en defensa de la Fantasía como la expresión superior del arte?

Pues fue eso una de las cosas más entretenidas de escribir: el pleno estallido de la Fantasía en el clímax, a través de la revelación de aquel secreto que mueve a la protagonista a tomar una decisión irrevocable, con pérdidas inevitables sea cual sea el camino que elija para sí.

¿Puede un niño tomar decisiones así de relevantes? Yo creo que sí; recuerdo tanto haberlas leído en obras infantiles como haberlas tomado en mi propia infancia. Por supuesto, en Fantasía siempre me ha parecido que este tipo de bifurcaciones han de ser mucho más desgarradoras, así que me dejé arrastrar por eso... como si se tratara del oleaje del mar.

De la misma forma, atreviéndome a estar a la deriva de la ficción fue como se dio el origen de esta historia.

Se suele creer que muchas historias nacen de eventos personales concretos que experimenta el autor y que luego ficcionaliza en su obra: la típica creencia de que sólo puedes —debes— escribir de lo que conoces. Pero en Fantasía, cuando estás creando mundos imposibles con tus palabras, lo único en lo que puedes inspirarte para seguir escribiendo es en tu imaginario personal y en tu experiencia humana desnuda, fuera de la contingencia de nuestro propio mundo. Cualquier intento de encontrar en la vida privada del autor de Fantasía claves bien delimitadas para interpretar sus obras, es un despropósito alegórico.

Explico esto para confesar que el viaje de Adriana de su pueblo costero a la capital no tiene nada que ver con mi propia mudanza de Viña del Mar a Santiago, a inicios de 2013. La ciudad a la que ella llega no es Santiago, sino una condensación de una capital tan grande y modernizada que no tiene ya historias propias, ni memoria: una urbe como cualquier otra de nuestra sociedad contemporánea.

El pueblo costero sin nombre donde vive la niña, por otro lado, no es una representación o correlato de Viña del Mar, ni Valparaíso, ni ningún otro puerto de nuestro mundo. En realidad, se trata de un puerto que es todos los puertos, al contener su esencia, pero que a la vez no es ninguno, porque reposa en él un legado de Fantasía único, que disfruté mucho crear.

Aún más: esta novela la escribí a inicios de 2012, alrededor de un año antes de que efectivamente comenzara a vivir en Santiago. 

Originalmente la historia llevaba el título Lejos de dónde, inspirado en el título de un libro de Claudio Magris, que no tenía absolutamente nada que ver con la temática ni con la Fantasía ni con nada que me interesara demasiado, pero que había provocado curiosas resonancias en mi mente. En ese sentido, su inspiración se debe exclusivamente a mi imaginario personal y a mis experiencias de vida, desde mi infancia, ante el mar como una voz eternamente presente.

Mi Lejos de dónde había sido escrita pensada para conformar un libro ilustrado con escaso texto, cuyo destino era ser complementado a través de ilustraciones. Sin embargo, como no sé dibujar y como no pude encontrar a nadie que quisiera participar como ilustrador del proyecto, decidí cambiar el enfoque y reescribirlo como mejor sabía hacerlo: como una novela tradicional. En el proceso de reescritura, entendí que la obra ya desbordaba el críptico título original; reemplazarlo por La niña que salió en busca del mar me pareció entonces mucho más enfático y bonito. 

Para terminar, debo confesar que aun cuando ésta no sea la primera obra LIJ que haya escrito, ni aquella a la que le tengo más cariño, guarda una curiosa anécdota que vale la pena contar.

Ésta empezó el día en que me vi en una situación similar a la que le había escrito a Adriana. Fue increíble poder volver a su historia como lectora y encontrar en ella la experiencia que necesitaba para enfrentarme a un cambio tan drástico como el que tuve que vivir. No podría pensar en esto como un refuerzo ético o moral en realidad, pues la historia de Adriana y su amigo no me enseñaron nada en particular. Yo no me vine a Santiago por veredicto de mis padres, ni me vi enfrentada ante una decisión tan tremenda como la que tuvo que tomar esta niña: no hubo correspondencia directa. Sin embargo, nuestras experiencias desnudas fueron las mismas: sincero mi dolor de separarme del mar de la V Región fue como el de Adriana al separarse de su propio mar; sincera mi repulsión ante Santiago y su gente hostil fue como el de ella al llegar a la capital, con todos esos niños estúpidos. Y sincera también, por último, mi voluntad de preservar la experiencia del oleaje en mi memoria a pesar de todo.

Pero tuve que esperar un poco más para darle un verdadero sentido a esta anécdota, hasta el día en que volví a Valparaíso, tras meses de ausencia, para arreglar algunos temas con la editorial que publicaría la novela. Al llegar, decidí pasar al Muelle Barón para reencontrarme con el mar. Al tenerlo frente a mí luego de tanto tiempo, supe que en realidad siempre había estado conmigo, en mi imaginario y en mis palabras

Entonces recordé una vez más por qué amaba tanto leer y escribir Fantasía.

1 comentarios :

  1. Leeré el libro con entusiasmo, yo tmb soy del club de las amantes de mar. Cada vez que voy a Viña del Mar respiro de verdad :3

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