sábado, 13 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre #ReadWomen2014 (I): Las escritoras invisibles

En esta primera entrada de las dos que dedicaré a la iniciativa #ReadWomen2014, contextualizo la campaña y reflexiono sobre su pertinencia y urgencia como un paso inicial para devolverle a la figura de la escritora la relevancia que necesita, en paralelo con la del escritor.

mujeres, escritoras, autoras, censuraEsta es la primera parte de un par de entradas dedicadas a la iniciativa #ReadWomen2014 y las reflexiones que surgieron en mí a partir de ella. En la columna que sigue a continuación, contextualizaré esta campaña y reflexionaré sobre su pertinencia y urgencia como un paso inicial para devolverle a la figura de la escritora la relevancia que necesita, en paralelo con la del escritor.

En la segunda parte, pretendo reflexionar en torno a la situación específica de las autoras de literatura de imaginación, finalizando con un listado personal de obras escritas por mujeres que logré leer este año y las que deseo leer en el curso de los siguientes.


Entre las campañas lectoras independientes que surgieron a modo de desafíos a través de las redes sociales, destacó con especial relevancia #ReadWomen2014. Esta iniciativa, originada por Joanna Walsh en principio como una serie de tarjetas ilustradas con escritoras de su preferencia, colocó en el debate masivo la necesidad de abrir espacio en nuestras bibliotecas, librerías, estudios y lecturas a obras escritas por mujeres. 

A pesar de la excelente recepción que tuvo esta campaña a lo largo de todo el año, se hace conveniente preguntarse críticamente a uno mismo por qué estas iniciativas son necesarias aún en nuestra sociedad. En otras palabras, si hacemos una campaña específicamente orientada al (re)descubrimiento de la literatura escrita por mujeres, ¿no querrá decir que todavía no hemos superado el afán de censura e invisibilización hacia las escritoras y sus historias o trabajos literarios en general? Lamentablemente, la respuesta parece ser afirmativa: así es, no hemos superado esto, al menos no como debiéramos. De lo contrario, #ReadWomen2014 no habría tenido que existir. A nadie se le podría haber ocurrido un #ReadMen2014, porque es un hecho que cada persona que tenga una biblioteca y se considere a sí mismo lector o lectora habrá leído al menos a un escritor varón cada año. Es la obviedad de esta situación, que resulta mucho menos extraña aplicada a las mujeres, el verdadero problema.

Y es que es fácil malinterpretar una idea como ésta como una suerte de discriminación positiva o una estrategia nacida del deseo de equiparar la "cuota de género", cuando en verdad nace de un conflicto muy complejo y con raíces históricas y socioculturales que aún entierran sus filamentos en nuestro presente y en torno a los cual el feminismo, como movimiento, se construye y reconstruye constantemente. Para mayor profundización en este aspecto y, en realidad, de esta columna entera, recomiendo encarecidamente la lectura del estupendo y diáfano ensayo "Reconstructoras del tiempo y el espacio" de Gabriela Damián

Como muestra de visiones disidentes a estas iniciativas pero que sin embargo exponen puntos destacables y que no necesariamente caen en la condescendencia, está la de Daniela Franco en Letras Libres

Quizá el verdadero paso hacia la igualdad será dado cuando nadie nos pida que leamos a una escritora únicamente por el hecho de ser mujer (...). Como artista me resultaría condescendiente que alguien me prefiriera por ser mujer. 

Entiendo plenamente sus razones y las comparto en su esencia: ante todo, en una obra de arte debiera primar el juicio estético y no el género de su autor, por mucho que su visión particular sobre la vida y la sociedad se desprendieran en buena parte de sus concepciones de género personales.

Sin embargo, se debe recordar que una obra de arte está emplazada en un contexto sociocultural que no sólo condiciona su valoración estética, sino incluso su visibilidad y alcance en la propia sociedad. Eso es lo que, personalmente, considero de mayor conflicto en este asunto: si no hiciéramos ningún esfuerzo adicional para incluir autoras en nuestras lecturas, estoy convencida de que el porcentaje de sus obras que llegarían a nuestras manos y bibliotecas sería considerablemente inferior al de los autores, sin que alteremos en lo absoluto nuestros hábitos lectores o de búsqueda de nuevos libros. Y esto, desde luego, nada tiene que ver con juicios estéticos: una mujer puede escribir obras tan valiosas como los hombres, obviamente; de hecho, lo viene haciendo desde las civilizaciones más antiguas, como es el ejemplo de Safo de Lesbos y los poemas y fragmentos líricos de su autoría que se conservan en la actualidad.

El problema es que nuestro sistema cultural y su expresión en la industria editorial y agentes similares están estructurados de manera que no podamos acceder al trabajo de estas mujeres con la misma facilidad que con los hombres. Esto puede plasmarse en algo tan sencillo como llevar la cuenta de las escritoras que tenemos en la biblioteca o de las que han obtenido premios en determinado contexto editorial (como lo hizo Ursula K. Le Guin en su artículo "Award and Gender", en su libro de ensayos The Wave in the Mind, con resultados desoladores), hasta identificar perfiles de autora en aquellas que concitan mayor interés en el medio literario. 

Respecto a esto último, me temo que es más probable que nos encontremos con nombres ligados al aspecto más comercial de la industria literaria y que se yerguen más como instituciones que como autoras —J.K Rowling, Isabel Allende, Suzanne Collins o Danielle Steel, por ejemplo— antes que con escritoras tanto de ficción de verdadero valor estético como de pensamiento crítico, como Virginia Woolf, Natalia Ginzburg o Susan Sontag. Personalmente creo que no sirve de mucho que se sostenga que hoy en día una parte considerable de los escritores exitosos y que han creado tendencias sean mujeres, porque no me interesa en lo absoluto el éxito ni la tendencia: busco literatura, el arte del lenguaje. Y quiero, como lectora, tener la misma posibilidad de encontrarme con una de sus obras en bibliotecas y librerías que de hacerlo con obras que atraigan de la misma forma mi interés, pero que hayan sido escritas por hombres.

Como Lilián López señala, gracias a quien conocí el texto de Daniela Franco, todo esto se trata 

Más bien, [de] leer a las que no sabemos que existen, porque no han sido integradas al canon, porque se mantienen en una trastienda, y porque deberían estar, por su altura literaria, en dicho canon. 

Me parece que instancias como la campaña #ReadWomen2014 son oportunidades invaluables para permitirnos reconocer, las veces que sea necesario, que sin duda existe censura e invisibilización de la literatura escrita por mujeres en nuestra sociedad. Sólo entonces podremos comenzar a diseñar o exigir estrategias que se enfoquen en el problema desde su raíz en tanto anulación en el medio literario (políticas editoriales y bibliotecarias, hábitos lectores legitimados desde instituciones de fomento lector, entre otros agentes relevantes) como prejuicio discriminador o derechamente misógino (preconcepciones personales peyorativas y sesgadas en torno al oficio literario de las escritoras). 

Por lo mismo, me gustaría considerar a #ReadWomen2014 como una propuesta que no debiera acabarse junto con el 2014. ¿De qué nos sirve armar un listado de obras escritas por mujeres y llevar la cuenta de las leídas con un vistoso banner en nuestro más vistoso blogs de reseñas literarias, si luego volveremos a nuestra rutina habitual? No de mucho, supongo. Más aún si esas autoras se inscriben en el perfil de escritora como institución, porque éstas al menos cuentan con el apoyo de las comunidades lectoras y de las editoriales que las publican, venden y transan como mercancía. Cuando hablamos de censura e invisibilización hablamos de poder, y hoy en día, cuando la academia parece cada vez más desacreditada y decadente, las editoriales y este tipo de escritoras no están precisamente desvalidas en ese aspecto. 

Por tanto, creo que es necesario que interpretemos esta campaña como una oportunidad para abandonar prontamente nuestra habitual zona de confort y atrevernos con obras que realmente importan, obras escritas por mujeres que las escribieron puliendo cada palabra como una piedra preciosa mientras luchaban de espaldas al mundo. Hablo de obras clásicas relativamente olvidadas en las comunidades lectoras, sí, pero también de trabajos contemporáneos que, aun concitando lecturas y ventas constantes, no suelen atraer nuestra atención ni estar demasiado disponibles para que los conozcamos o los adquiramos. Entre muchas otras propuestas periféricas, por cierto.

Creo también que es necesario que no sólo nos dediquemos a leer a escritoras, sino también a reflexionar críticamente en el proceso. Al menos en mi caso particular, como lo abordaré en la siguiente entrada, la experiencia de #ReadWomen2014 me sirvió más para prestar atención a mis lecturas y los criterios y condicionantes que yacen tras ellas que sólo para leer más obras de autoras. De lo contrario, siento que la iniciativa se quedaría sólo en un reto “entretenido” más, algo para incrementar tu contador en Goodreads y crear una nueva estantería o hashtag en espacios de lectura en internet. Es decir, un flaco favor para las mujeres que dejaron la vida (en todos los sentidos posibles) en las páginas que llenaron con sus palabras y que tal vez, de haber contado con un espacio equivalente al que tuvieron sus pares varones, podrían haber escrito obras aún mejores que las que les conocemos hoy en día.

Nunca olvidaré un pasaje de Un cuarto propio, el increíble ensayo de Virginia Woolf, en que da a entender que lo que le impidió a una maravillosa autora como Charlote Brontë llegar al pináculo de su talento literario fue la indignación de sus propias circunstancias de vida. Puesto que yo misma soy muy furiosa en lo que suelo escribir, ese fragmento se ha quedado conmigo y ha regresado a mi mente mientras escribo esto. Quizá, pienso, esto corre el peligro de convertirse en un círculo vicioso: se escribe con furia para rajar las circunstancias socioculturales que atentan contra la naturaleza propia de ser mujer y de la forma en particular en que cada una vive este ser mujer, pero a la vez es esta furia la que arroja un pesado velo sobre una escritura que quiso nacer ligera, fluida como el agua. 

Quizá este peligro es el que estemos viendo, desde otra perspectiva, en las imprecisas acusaciones hacia este tipo de proyectos: que caen en el mismo sexismo que denuncian al supuestamente imponer escritores de un solo sexo/género, por ejemplo. El término feminazi, con todo lo horroroso que conlleva y de lo que se originó, se ha popularizado por algo más que la aparente estupidez e ignorancia de quienes lo usan cotidianamente: lo ha hecho también porque muchas personas, en su percepción de sentirse amenazadas por visiones que las vuelcan a reconsiderar sus privilegios o su aceptación ante la ausencia de estos, sienten que hay una furia desbordada que no tiene lugar. Su probable falta de empatía les impide entender cómo y por qué otras personas adscriben a modelos feministas como aquellos, sin duda, pero eso no impide que esa furia no sea sana en sí misma para la gente que la expresa en su discurso ni para aquellos a quienes desean proteger y liberar desde él.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer en este tipo de circunstancias para cortar de una vez este círculo y volverlo un camino por el cual avanzar? ¿Cómo podemos hacer entender a tantas personas —sobre todo varones— las razones que tenemos para considerar que estos proyectos son necesarios como una primera fase, siquiera?

Las preguntas son demasiado complejas y sin duda no se responderán en las reflexiones que podemos obtener a partir del #ReadWomen2014, así como la campaña por sí sola no nos hará leer a todas las escritoras que podríamos necesitar conocer. Pero podríamos considerarla como un punto de partida urgente, que ha de complementarse con otros que vayamos descubriendo o creando en el tiempo.

Al menos yo, como lectora, estoy determinada a honrar con mis lecturas y dentro de mis reducidas capacidades a aquellas autoras que he leído, redescubierto o que ansío conocer desde la misma fuerza que, siento, las hizo escribir sus obras. Y espero también, como mujer y autora, que sus experiencias me ayuden a entender su furia (si la hubiera) y a calmar la mía (si llegara a haber) en mis propias historias.