sábado, 29 de marzo de 2014

Columna: Se buscan libros de Fantasía

¿Dónde están los libros de Fantasía en bibliotecas y librerías? Muchos best sellers fantásticos juveniles, pero no Fantasía. Acá reflexiono sobre la necesidad de difundir estas obras para lectores jóvenes que busquen experiencias de lectura distintas, como las que tuvimos nosotros.

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Inicialmente había empezado este texto con el título “En busca de la Fantasía”, pero al final terminé descartándolo por la amplitud de su resonancia. ¿Cuánto podría significar semejantes palabras? Demasiado: básicamente lo que yo misma, con mayor y menor fortuna, he hecho mi vida entera. Buscar la Fantasía: ir tras ella como una huella cada vez más difusa en el camino, perderse en palabras ajenas de libros de hojas amarillas o blancas tras nombres olvidados o marginados, llorar lágrimas tibias que quemen la hiedra de la muerte o traigan a la realidad un recuerdo de Faërie, como una flor imperecedera.

En realidad, algo de eso hay en el verdadero tema que quisiera comentar en estas líneas, que serán más experimentales e íntimas que de costumbre: la publicación contemporánea de las obras literarias de Fantasía, su difusión y su hallazgo. Porque sin obras de Fantasía, evidentemente, no puede haber nada de lo anterior, y la literatura en especial —acaso la única magia que vale la pena conjurar— tienen el don de contarnos un mundo y una historia que sólo existe en la medida en que nos entregamos a sus palabras, una abstracción mucho más escurridiza que el sonido o los colores.

Es curioso que esta noción de abstracción termine, paradójicamente, haciéndose concreta en algo tan sencillo y terrible como la dificultad para hallar ejemplares físicos de obras imprescindibles para quienes pretendan atisbar a Faërie desde el lenguaje. Esa es la búsqueda a la que me refiero: la de libros de Fantasía en librerías o bibliotecas, cuya dificultad en ciernes la está convirtiendo una aventura digna de ser escrita por una mano que haya recorrido cubiertas y cubiertas en busca de las importantes, que rara vez ha de encontrar. Tal vez algunos me reprochen que no me he dado vuelta en librerías o bibliotecas hace mucho tiempo, porque desde hace rato todo lo que se relacione siquiera levemente con lo “fantástico” está de moda. Y no, no lo ignoro: pasar por cadenas grandes de librerías en mi país (Librería Antártica y Feria Chilena del Libro) supone casi resentir los ojos con las vistosas portadas de los libros que hoy en día, tanto en Chile como en casi todo el mundo, se consideran “fantásticos”. Incluso ya se empiezan a reconocer patrones más o menos homogéneos en las obras publicadas por sellos editoriales grandes.

¿No se supone que no debiera juzgarse a un libro por su portada? Pues sí, ya que en ocasiones los autores no tienen mayor poder de decisión frente a las determinaciones de la editorial, pero lamentablemente hoy en día me parece que la estética genérica, fría y escasamente artística de las portadas de estas obras “fantásticas” dice mucho de las historias que éstas cuentan y de la estética a la que se adscriben.

En pocas palabras, quiero decir que por culpa de esos voluminosos libros de moda, con llamativas portadas para desviar la atención, los lectores de Fantasía nos vemos en aprietos al momento de dar con las obras que en verdad nos interesen

Últimamente, sobre todo en miras al inicio de un diplomado de literatura infantil y juvenil y fomento lector que pronto iniciaré, he estado pensando mucho respecto a la industria editorial de este segmento, a las jóvenes comunidades lectoras y al rol que los mediadores de lectura (docentes, padres, bibliotecarios, entre otros) asumen con las obras que trabajan. Que los jóvenes hayan desarrollado un enorme interés hacia obras con temáticas fantásticas y sobrenaturales es una tendencia de la que hace bastante tiempo ya viene aprovechándose la industria editorial, saturando el mercado con sucesivos libros clones que revientan una idea o concepto exitoso y que las librerías deben asegurarse de tener en su mesón de novedades si pretenden sobrevivir como negocio. Por supuesto, defiendo la idea de que cada quien tiene derecho a leer lo que se le dé la gana, pero si en esa defensa me incluyo a mí, veo que realidad ni la industria ni el mercado se preocupan por otorgarme ese derecho en igualdad de condiciones. 

Muchos libros de Fantasía que quiero leer hoy no están: no están en los catálogos de las librerías (o figuran sin existencias… ¡o incluso los vendedores no pueden encontrarlos en la propia tienda!), no están en las bibliotecas públicas o privadas; a veces se encuentran descatalogados en versión impresa y sólo pueden adquirirse en digital con todos los líos que acarrea comprarlos legalmente, o están publicados en editoriales independientes extranjeras, con reducida distribución y prohibitivos gastos de envío… ¡A veces ni siquiera han existido antes en mi lengua materna! 

Y, lo peor, es que no estoy hablando necesariamente de autores jóvenes o poco conocidos en Fantasía, sino de autores considerados clásicos universalmente o al menos relevantes en sus respectivos países y de los que a veces se han llegado a editarse y venderse aquí un par de obras. Autores como Diana Wynne Jones, que en español se lee gracias a la labor de editoriales españolas pequeñas como Nocturna o Berenice, a pesar de que la famosa película El castillo ambulante de Studio Ghibli fue inspirada en una de sus obras; como Ursula K. Le Guin, la última gran autora de Fantasía que nos queda con vida, postulada incluso al Nobel (que no ganará) por su trayectoria en esta estética y en la Ciencia Ficción y de la que, sin embargo, en Chile es casi imposible pillar uno de sus libros, y de la que es del todo imposible pillar sus ensayos en español; como Naomi Mitchison, contemporánea de J. R. R Tolkien y autora de Travel Light, libro que prácticamente sólo se puede conseguir en inglés vía digital; como Jo Walton, que alcanzó renombre por el Hugo y el Nebula que ganó con la tremenda Entre extraños, que actualmente sólo se consigue en español por el sello RBA Fantástica, que no se distribuye en Latinoamérica; como Nahoko Uehashi, reciente Premio Andersen (el galardón más importante en Literatura Infantil) y que en español sólo pueden encontrarse dos de sus libros infantiles publicados por SM España; como George Mcdonald, que publicó Siruela (o sea: difícil de encontrar aquí y carísimo)… O hasta el propio Ray Bradbury, de quien no entiendo cómo Minotauro, en vez de publicar españoles infumables con el dinero de su premio homónimo, no publica de una vez una buena y remozada edición de sus cuentos completos.

Podría seguir con párrafos y párrafos de autores y obras que me he visto impedida de adquirir legalmente y leer por nula oferta de la industria y del mercado… y sólo en Fantasía. 

Es verdad que para quien tiene un mínimo de inquietud por investigar más, poder adquisitivo y habilidad ante la búsqueda de objetos difíciles, la ausencia de estos libros en los espacios tradicionales no es excesivamente grave. Existen las descargas (legales o no) de ebooks y diversos sellos españoles como la propia RBA Fantástica y Fantascy, que haciendo a un margen que publican obras que difícilmente tengan algo en común con la Fantasía clásica, pueden comprarse en el extranjero.

Sin embargo, ¿qué pasa con los lectores jóvenes, que no siempre tienen acceso a lo anterior? ¿Cuáles son los principales medios en que se enteran de los libros que quisieran leer? Muchos recurren a comunidades o espacios en internet, como los foros literarios, Goodreads, canales de Booktubers y blogs de reseñas básicas, todo en oposición, teóricamente, a las aburridas imposiciones de los planes lectores o de sus propios padres. Esto podría parecer loable y digno del espíritu subversivo de la literatura, pero estoy empezando a creer que está lejos de tratarse de ello y que, incluso, es tanto o más pasivo y mediocre que la dependencia a la obligatoriedad de las evaluaciones a caducos planes lectores. La otra cara de la verdad es que muchos de estos espacios virtuales tienen convenios con grandes editoriales, que ceden ejemplares de sus libros en calidad de pago único para que sus miembros los difundan gratuitamente. Claro, a ellos por lo general les gustan los libros que piden y reciben, pero no deja de tener algo monstruoso que en realidad las editoriales pudiesen estar usando sus preferencias lectoras particulares para promover sus productos, ahorrándose un sueldo perfectamente asignable a un promotor oficial. Me consta, en parte por experiencia propia, que algunas editoriales se muestran renuentes a seguir apoyando o difundiendo por sus canales de prensa reseñas u opiniones de lectores que no valoren positivamente una obra de su sello, o que al menos no lo hagan como ellos esperan.

Si pensamos en que muchos jóvenes lectores confían en el juicio lector de algunos espacios muy populares de otros jóvenes como ellos, esto se transforma en un riesgo. Además, ¿cuáles son las obras que estos espacios suelen leer y difundir? Pues justamente los best sellers de turno, cedidos por las grandes editoriales, o libros que ya se estén promocionando lo bastante bien como para atraer al público que busca opiniones cercanas al respecto. A veces se trabaja con clásicos, es verdad, pero por lo general sólo con aquellos que de alguna u otra forma se hayan hecho masivos por películas o la cultura popular.

Y el problema no termina acá, pues con el auge que están teniendo los mediadores de lectura y las iniciativas de formación de estos, la mirada se ha centrado justamente en cómo potenciar los gustos de los jóvenes por los libros… a partir de lo que ya leen. Si bien esto también es muy positivo en sí mismo, el riesgo aumenta, pues finalmente el mediador termina leyendo los best sellers y cerrándose a ellos en lugar de considerarlos un tipo de obra más que compartir con los muchachos. Porque, a mi inexperto juicio, eso debería ser uno de los roles más fundamentales del mediador: entregarle al lector, sobre todo al juvenil, la posibilidad de conocer nuevas obras o de apreciar de manera distinta obras ya conocidas, para que tengan un nuevo sentido en su vida. Creo que los jóvenes ya conocen de sobra las historias de moda hoy en día, porque editoriales, medios masivos de comunicación y todo tipo de iniciativa y mercadotecnia se las han metido por los ojos y por otras partes; el mediador no tendría por qué estancarse en ellas. 

Así, con novelones débiles hábilmente posicionados tanto por la publicidad como por el trabajo gratuito de lectores cándidos por un lado y con el trabajo sesgado de ciertas tendencias de mediación lectora, por otro, estamos viendo cómo los espacios físicos en donde pueden adquirirse libros se ven amenazados en su variedad y disponibilidad de todo tipo de obras. No entiendo por qué, en la sección infantil, veo libros didácticos y no encuentro a Michael Ende, C.S Lewis o ediciones íntegras pero de precio razonable de todo tipo de cuentos de hadas. No entiendo por qué, en la sección juvenil, veo portadas colorinches y no encuentro por ninguna parte clásicos juveniles, como si el rótulo "literatura juvenil" hubiera nacido con los best sellers de los últimos 10-15 años. No entiendo por qué las obras infantojuveniles importantes que permanecen están relegadas a las colecciones de los planes lectores (los libros con franjas de colores) y, por tanto, desplazadas por completo del centro de atención y de la lectura como placer. Y, quizá lo que más me frustre, no entiendo por qué en la sección Fantasía encuentro a Crepúsculo, Los Juegos del Hambre Divergente en lugar de los mismos Ende, Lewis, Tolkien, Le Guin, todos los otros autores que mencioné antes y, de acuerdo, hasta G. R. R Martin o Neil Gaiman.

En realidad, quizá sí lo entienda: negocio e ignorancia. Pero más que me afecte a mí, que ya hace hartos años que no soy precisamente una adolescente, me importa por las opciones que tienen los chicos de esta generación en particular. Cuando yo era más joven, las sagas fantásticas que estaban de moda eran Harry Potter y El Señor de los Anillos, gracias a las adaptaciones fílmicas. Aunque J. K Rowling haya estado desde hace un buen tiempo lanzando declaraciones patéticas como autora de Fantasía, creo que las historias de Harry Potter han logrado mantenerse incólumes a pesar de sus problemas y las sigo considerando valiosas para mí. De Tolkien no vale la pena hablar acá, porque es recurrente en mi vida. 

A lo que quiero llegar con este recuerdo es que yo al menos tuve la opción de elegir en mi momento, porque tenía obras de Fantasía que encontraba vendiéndose hasta en la calle. En esos tiempos no tenía internet, es cierto, pero estaba recién iniciándome como lectora frecuente, al margen de las obras leídas en el colegio, y necesitaba apoyo y guía, entre otras cosas. No los tuve. Pero tuve esos libros y eso hizo toda la diferencia. Eso me marcó como lectora y, rescatando obras como Las Crónicas de Narnia (de las que descubrí que existían cinco libros más, fuera de los leídos en clases), me hizo iniciarme a la Fantasía literaria

Hoy en día no puedo evitar entristecerme al pensar en ese joven que se compra El Hobbit y se decepciona de encontrar una historia infantil y poco épica, por culpa de la tontorrona adaptación de Peter Jackson. O en ese otro que se va a quedar para siempre con la idea de que la Fantasía es y debe ser Juego de Tronos (sic) por sexoviolenciapolíticafantasíaadulta y que Tolkien era un moralista de prosa “latera”. O incluso en esas adolescentes que vean en la protagonista de los Juegos del Hambre un modelo femenino a seguir y que se pierdan para siempre la posibilidad de conocer a tiempo a Tenar de Historias de Terramar y entender que la fortaleza en una mujer pasa por muchas otras cosas. 

En eso, creo, se resume todo: posibilidad. Que estén los best sellers juveniles con su fantasiosidad de plástico, como yo PERSONALMENTE veo a estas obras; qué más da. Pero que también puedan estar las otras, esas que suponen algo más que una tarde de lectura entretenida y que pasan a formar parte de ti de una forma más trascendente que responder trivias o disfrazarte de tu personaje favorito. Quiero que los jóvenes que de alguna forma me recuerdan un poco a la joven que yo fui, por su sincero interés en la Fantasía, tengan al menos una oportunidad de encontrar en su juventud una obra verdadera de esta estética que les cambie la vida. Y que, luego del impacto inicial, se metan a internet o busquen gente con la que puedan conversar de manera significativa de esta obra, reflexionando críticamente sobre ella y asignándole un sentido mudable de su historia en su existencia.

Hay que investigar, buscar lecturas y difundir críticamente, o el cielo de historias de Fantasía terminará con muy pocas estrellas y no las más luminosas precisamente… ¿Quién, que de verdad esté entregado a ella, no querría hallar nuevas y poder armar así nuevas constelaciones? ¿De verdad nos basta con las obras más conocidas Tolkien y, tras una brecha gigantesca, Canción de Hielo y Fuego de Martin, los trabajos de Gaiman y… bueno, cualquier otro autor ahora popular que se me haya escapado?

Pensar, cuestionar, criticar y adentrarse en todo lo que podría ser la Fantasía desde su esencia original es una de las formas más plenas para poder leer y entender de determinada forma la obra de un autor que también hizo esto, con una historia que es un reflejo de sus convicciones ante la vida. Y es, asimismo, lo que termina convirtiendo la búsqueda de estas obras en una aventura más: ¿acaso no estamos todos, lectores y protagonistas de Fantasía, buscando algo que nos es importante a través de la esperanza? ¿No estamos luchando también contra una adversidad que muchas veces nace o se enraíza en nuestro propio corazón

Hoy en día, encontrar, comprar, leer y hacer importante en tu vida una obra de Fantasía es una quest más. Y, como muchas, pocos parecen entender su relevancia o tender genuino apoyo. Pero, de la misma forma en la que en las historias que leemos parece haber siempre una esperanza, creo que podemos hacer más para burlar la hegemonía de mercado y de las lecturas domesticadas. Tal vez la verdadera Fantasía nunca tenga una zona destacada en librerías o bibliotecas, porque es una estética muy desafiante y de sensibilidades que no necesariamente atraen a muchos, pero estoy convencida de que la perseverancia por dar a conocer sus más lúcidos trabajos podrá lograr que más personas puedan descubrirla en toda su maravilla. Espero conseguir algún día fortalecerme como difusora, sea desde un frente académico, laboral o personal; mientras tanto, seguiré escribiendo en Fay columnas como éstas, más o menos erráticas y torpes en muchos aspectos, pero sinceras y entregadas a lo que amo… Y que, quizá, se transformen a futuro en un portal que alguien pueda atravesar para descubrir nuevos mundos e historias valiosas.

sábado, 1 de marzo de 2014

Columnas: La Fantasía más allá del compromiso político y social

Una noción muy extendida sobre la literatura es su rol de compromiso político-social. En esta columna intento exponer por qué considero que a la Fantasía no debería imponérsele este compromiso, al centrarse en aspectos más trascendentes que una política o sociedad contingentes: la humanidad misma.

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Comenzaré esta columna contando una anécdota: hace mucho tiempo, en un país europeo, había una vez un autor que escribió una extensa obra infantil, pero que tuvo dificultades para publicar por las tendencias editoriales vigentes por entonces en su nación. Había al menos dos reparos principales de editoriales y críticos: el primero, relacionado con un criterio económico, señalaba que la literatura infantil no vendía y que no convenía arriesgarse con un libro como ese, tan grande además. El otro, relacionado con la visión sobre el arte y, en particular, con la Fantasía, señalaba que la obra de este autor era impublicable porque carecía de didactismo (que era lo que se esperaba en una novela infantil) y, aun peor, de crítica social o política. La industria literaria del país no necesitaba —no quería— trabajos «escapistas», sino obras que estuvieran comprometidas con la contigencia sociocultural de la nación y que, en suma, expusieran una visión de mundo concreta con un fin solapadamente utilitario y práctico, probablemente para modelar los pensamientos de los niños hacia determinada postura política.

El autor, sin embargo, siguió insistiendo, hasta que por fin logró publicar su obra con una editorial, que le pidió fragmentarla en dos libros por su extensión. Por la primera entrega obtuvo el Deutscher Jugendbuchpreis, Premio al Libro Infantil Alemán, y aun el día de hoy las aventuras de Jim Botón (Jim Botón y Lucas el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes) son consideradas no sólo clásicos alemanes, sino también del género de la Literatura Infantil.

El autor del que hablo es Michael Ende.

Es increíble que, aun cuando estemos contando una anécdota de hace más de cincuenta años, esta crítica sigue leyéndose vigente. Y aun cuando estemos hablando de Michel Ende, autor cuyo valor estético está universalmente aceptado, desde el lector casual al canon. 

En todo caso, todos tenemos claro que la Fantasía —y lo fantástico y lo sobrenatural y cualquier subgénero afín— cuenta con un amplio registro de acosos y vejaciones como estos en la historia de la literatura. Sus autores y lectores llevan décadas hartándose de intentar hacerle entender a sus detractores que todo cuanto tenga que ver con la imaginación o la especulación no puede someterse a juicios sociopolíticos, anclados en un contexto determinado que muy pronto se hará polvo en el tiempo y al que pocos recordarán vivamente. Que la imaginación y la especulación, justamente por no estar sujetas a esas condicionantes, son lo bastante libres como para llegar a todo lector que alguna vez haya sentido miedo, esperanza o el deseo de viajar por mundos nuevos e imposibles… Es decir, cualquier ser humano, sea un alemán de la posguerra o una chilena en pleno siglo veintiuno.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Porque ver es entender.

¿Por qué quiero retomar entonces este tema que a muchos fantasistas o autores simpatizantes con esta estética ya han tratado en sus obras y palabras? Porque lo veo con especial violencia en Latinoamérica y, sobre todo, en Chile. Y eso me preocupa.

Mis primeros acercamientos sociales al género, como he comentado dispersamente, fueron en ámbitos supuestamente académicos. Por supuesto, la Fantasía nunca ha sido algo académico para Letras Hispánicas, porque no se tiene idea de lo que es, así que debo aclarar que estas aproximaciones fueron fundamentalmente hacia lo fantástico. Con el paso de los años, me sorprende la insistencia que presentaba el curso por validar esta estética por lo que podía tejer en torno a los problemas sociales concretos de las distintas épocas. Ahora siento que no sonaba muy distinto a algo así como «¡Aaaah…! Hablamos de otros mundos y cosas sobrenaturales que no existen ni existirán, ¡peeeeero…! Si tuerces la lectura de la obra de esta forma, podrás descubrir que en verdad “Casa tomada” de Cortázar es una metáfora de la dictadura argentina. ¿Ya ves qué profunda y compleja e intelectual puede ser la literatura fantástica, que siempre habla de la realidad pero de forma falsa e ingeniosa? ¡Ese es su verdadero valor!”.

Extendiendo el alcance de lo anterior a la Fantasía, parece haber un evidente afán por meterle encima interpretaciones que le suenen «serias» tanto a la academia como al lector intelectual para justificarla como válida ante la sociedad, aunque éstas no le pertenezcan. ¡Sobre todo las que no le pertenecen en absoluto, como la política o los problemáticas sociales! ¿Por qué una historia debiera valer más como obra literaria si narra de estos temas? ¿Qué tienen estos temas de especial, en términos estrictamente estéticos? 

Ninguno. La literatura puede contar la historia de un sobreviviente de Auschwitz, por ejemplo, y esa elección temática no tiene por qué condicionar por sí misma su calidad o su capacidad para conectar emocional y espiritualmente con nosotros como lectores.

La literatura no se hace de temas, sino de palabras y de la forma en la que estas palabras crean un imaginario desde donde se narrará una historia determinada. Que una obra narre un tema conmovedor, impactante o polémico, relacionado con algún suceso histórico o contingente, no la convierte en una obra importante o valiosa estéticamente por el mero hecho de hacerlo.

Tal vez la historia de Auschwitz del ejemplo sea una novela histórica con referencias muy rigurosas y descripciones muy detalladas sobre la vida en un campo de concentración, pero falle finalmente al momento de entregarnos el relato de su protagonista. A lo mejor podemos leer en ella una y mil veces cómo a éste lo golpean para torturarlo, pero que nos describan descarnadamente el aspecto de sus heridas y de cómo se retuerce en el suelo cada vez no tiene por qué transmitirnos su dolor y, en fin, el horror de lo que está viviendo como un todo. En este caso, el hecho es indudablemente espantoso y repudiable, más aún porque es algo que efectivamente sucedió en nuestro mundo con muchas personas, pero si el autor no logra convertirlo en una historia que nos importe más allá del contexto en el que se inscribe, de poco podrá servir esta base. ¿No sería mejor, en ese caso, escribir o leer un texto de no ficción? ¿Qué es lo que en verdad encierra esa elección por una historia ficcional, qué le aporta realmente a este suceso para permitirnos acercarnos a él de una forma mucho más significativa que la biografía, el testamento o la investigación periodística?

Al respecto, creo que con el tiempo se ha tendido a restringir la vocación sanadora del creador (por llamarla de alguna forma) a contextos particulares, limitando así sus alcances, o bien, haciendo de sus alcances algo más difícil de comprender por gente que pertenezca a contextos distintos, si no se le provee de la mediación necesaria para entender de dónde se desprenden determinados códigos. Si bien se sigue pensando que el creador tiene un compromiso moral y social hacia la nación que lo vio nacer o en donde se crió, creo que en realidad lo tiene hacia toda la humanidad, y más de carácter ético y humanitario. Las grandes obras que fueron escritas inspiradas en los conflictos de su tiempo y que aún leemos hoy no tienen su verdadero valor en esa contingencia, actualmente caduca, sino en la forma en la que sus creadores supieron transformar esa experiencia concreta en algo universal y con lo que cualquier lector, independiente de su entorno sociocultural, podía identificarse. A través de estas obras sí es posible sanar, aun cuando el mundo reflejado en ellas no nos pertenezca, porque sus autores lograron usar sus propias experiencias para reflejar sentimientos y sensaciones que todo ser humano podría sentir en algún momento de su vida.

Existe un refrán que podría considerarse ofensivo a este punto, que pero que resulta muy ilustrativo: “Cuando el dedo señala la luna, el idiota mira el dedo”. Creo que existe una tendencia a considerar que las obras literarias debieran ser escritas pensando siempre en atraer la atención hacia el dedo mismo, olvidando que éste es un medio para algo mucho más relevante: la contemplación de la luna.

Que muchas de las críticas de «escapismo» y «falta de compromiso social» se le adosen a la Fantasía, en mi opinión, parecen deberse a que ésta jamás ha contado con dedo alguno para narrar sus historias. En realidad, la Fantasía es la visión misma de la luna, brillando en el cielo a lo largo de sus diversas fases mientras contempla a la humanidad vivir y morir bajo su luz. Por supuesto, se trata de una visión fragmentada y distante de ésta, la que podría hacer cualquier ser humano de un astro, pero de una visión verdadera: una de las mejores a las que podríamos aspirar, en mi opinión.

Como he señalado en columnas anteriores, al narrar desde mundos imposibles (o desde correletatos ficcionales de nuestros mundos, pero con elementos imposibles), la Fantasía no se ve sometida a ningún tipo de condicionante. No estamos hablando de Alemania, ni de Chile, ni siquiera, probablemente, del planeta Tierra. Quizá tampoco se narren historias de la raza humana (pensemos en la historia de una raza de dragones emplumados). ¿Por qué tendrían que importarnos historias semejantes, de personajes y de mundos que jamás podrían existir y de mundos? ¿No sería mejor leer la historia de la vida de un vendedor de seguros? De esos hay muchos y en todos lados; quizá hasta nosotros mismos trabajemos en eso y pensemos que esa coincidencia nos hará sentirnos identificados. Pero habría que empezar a hacerse algunas preguntas primero: que el vendedor de seguros exista y un dragón emplumado (hasta donde sabemos) no, ¿hace que el primero sea más verdadero que el segundo en una historia? ¿Sí, no, por qué? No sirven respuestas de carácter ontológico: al momento de encontrarse en ella, ambos cobran idéntico estatuto ficcional. Todo dependerá de cómo se escriban y qué visión de mundo desarrollen. 

Para nadie debiera ser una sorpresa que esté hablando solapadamente del realismo, que a mi parecer históricamente ha empleado un dedo como reflejo de nuestra realidad concreta, algo que en sí mismo no resulta conflictivo porque de todos modos apunta a la luna. Los problemas surgen cuando, remitiéndose al refrán, los lectores se pierden en las características del dedo y olvidan o pasan por alto que éste originalmente se encuentra apuntando algo más. Estas características pueden ser formas culturales específicas de un país en determinada época, marcas comerciales vigentes y, en general, todas aquellas minucias que nos acompañan día a día, pero que cuyo valor no estriba en lo que son, sino en lo que significan en este contexto y la experiencia universal con la que se conectan.

La Fantasía suele saltarse estas minucias para aterrizar directamente en el significado. 

Tal vez algunas de sus historias puedan hablar igualmente de guerras, dictaduras y adicción a sustancias de efectos sicotrópicos, por ejemplo, pero se tratará de alcances que no tienen por qué ser leídos como reflejos de las guerras, dictaduras y drogas que en este mundo conocemos. Más bien, la Fantasía que presenta estos aspectos —siempre y cuando no se contradigan con su esencia— parece buscar que el lector reconozca determinadas formas en su propio entorno, pero para ir más allá de ellas, hacia lo que todas estas experiencias (reales o ficticias, en nuestros países y épocas o en cualesquiera otras) tienen en común: la crueldad a causa de la ambición y la falta de empatía, las ansias por el poder y la adicción a cualquier cosa que nos dé propiedades normalmente fuera de nuestro alcance, pero a un alto coste. En otras palabras, la Fantasía parte desde una experiencia contingente y luego la destila, hasta que aquello que podríamos considerar un dedo se desvanece y sólo permanece la experiencia desnuda, común a cualquier ser humano, con todo tipo de matices.

El frecuente error o ignorancia de pretender darle más espesor a la Fantasía intentando identificar y desmenuzar aquello que podría interpretarse como alegoría de la realidad, se sustenta en querer ver un dedo donde no lo hay o donde no debiera haber, por innecesario. Por ejemplo, he leído innumerables comentarios sobre Canción de Hielo y Fuego, tanto de lectores causales de Fantasía como de quienes llegaron a la obra de G.R.R Martin por la serie de HBO, que destacan como méritos de la historia su aparentemente fuerte influencia histórica y el “realismo” de muchas de sus escenas, incluyo intrigas políticas y sexo. 

El punto es que yo podría encontrar estos elementos en una novela histórica bien escrita. ¿Qué es lo particular de CdHyF? Para mí, que es una visión muy llamativa de la Fantasía, presentando un mundo bastante corrupto, casi en una Cuarta Edad, en donde aquélla y la magia parecen estar poco a poco despertando de su letargo, pero que bien podrían quedarse sumidas en él para siempre. Pero jamás he oído ese tipo de opiniones de parte de lectores que no sean mis amigos fantasistas. En general, las personas incluso parecen intentar excusarse que disfruten la historia, algo así como “mira, es una historia de Fantasía, pero es súper realista: tiene intrigas, sexo, asesinatos… Esta no es la Fantasía de Tolkien, eso es lo que más me gusta”. Pero lecturas como ésta parecen señalar que lo que más valoran estos lectores en la obra es, precisamente, lo que no tiene de Fantasía, al menos como especificidad. ¿Para qué leerla entonces, si es, insisto, una historia de Fantasía al fin y al cabo? ¿O es que la gente no sabe leer Fantasía o no quiere leerla? ¿Tan obsesionados están con ver dedos a toda costa? ¿Por qué?

¿Se han dado cuenta, además, que todo lo que actualmente parece considerarse “realista” es justamente aquella dimensión más oscura del ser humano (guerras, mentiras, sexo como forma de violencia)? Sí, tal vez sea lo que predomina en nuestro mundo, pero al menos en mi realidad y en la de bastantes personas la vida cotidiana es una mezcolanza de crueldades y bondades de todo tipo. Si la existencia es un claroscuro y alguien pretende escribir o leer con la voluntad de un espejo, creo que debiera tomar eso en consideración no sólo para revelar sombras, sino también luces.

Lo anterior se relaciona con otro aspecto relevante por el cual la Fantasía no puede encasillarse en compromisos sociopolíticos, que tiene que ver con su esencia de redención. De acuerdo a su vocación de espejo de la realidad, el realismo efectivamente refleja lo más evidente de nuestro entorno como sociedad: la desesperación, el caos, la destrucción; basta ver un noticiario o leer un diario de cualquier época o nacionalidad para comprobar que las cosas nunca han marchado del todo bien en nuestro mundo. El compromiso político parece partir asimismo de una base sociocultural negativa y destructiva para los ciudadanos, de ahí que este reflejo adopte aquí las formas de la denuncia o la necesidad de alimentar la memoria histórica de una sociedad afectada por determinado evento. 

Al respecto, me han comentado más de una vez el potencial sanador que tendrían algunas obras inscritas en este compromiso, cuando retratan estas realidades, para las generaciones venideras. Pero, personalmente, debo confesar que leer una historia que se limite a mostrarme que el mundo fue y será una porquería, en el 506 y en el 2000 también, como cantaba Gardel, no me sirve de mucho…. ¡porque ya sabemos que las cosas no están bien! Lo que tendemos olvidar fácilmente es que, a pesar de todo, hay otras tantas que sí lo están. Y, según eso, ¿qué podemos hacer con las heridas que quedaron a partir de estas desgracias, las porquerías? ¿Cómo podemos evitar que éstas u otras similares o peores vuelvan a abrirse en las mismas carnes, o en otras distintas? 

Esas son las preguntas que de verdad me gustaría plantearme en torno a la ficción, pero siento que determinado realismo (sobre todo aquel que fue escrito bajo compromiso sociopolítico) o determina forma de realzarlo o valorarlo por algunos grupos lectores no logra llegar ahí. Me da la impresión que en ocasiones se estancan en una sensación similar al “bueno, esto fue lo que pasó. Conozcámoslo y recordémoslo” o, a lo más, “Esto sucedió y ojalá no permitamos que pase de nuevo”. Yo al menos he sentido eso a través de otro tipo de textos, lo que nos regresa a una pregunta anterior: ¿cuál es la especificidad de trabajar esto desde la ficción? ¿De qué sirve contar esto así, si el mismo efecto se puede conseguir con otras formas y otros relatos y aun con la mera observación de la realidad? No son esas las razones por las que yo leo.

Uno de los aspectos que personalmente considero esenciales del arte es su capacidad de sanar a quienes llegan a él, ya sea como creadores o espectadores/lectores/oyentes o similares; precisamente me siento inclinada a él porque mi naturaleza tiende a ser negativa y un tanto nihilista y desesperanzada. En mi caso particular, fueron las historias narradas por escrito las que me hicieron ver que, finalmente, no todo lo del mundo fue ni será una porquería: las historias de Fantasía, que no se quedaron con mostrarme un reflejo perecible de la realidad, sino una destilación de lo que todas estas experiencias compartían en tanto experiencias humanas atigentes… y que fueron más allá de eso, demostrándome que podía realmente cambiar mi propia vida y mi mundo a través de su lectura, gracias a su aplicabilidad o relevancia. 

Me parece que las obras realistas y políticamente comprometidas están más vinculadas a despertar una conciencia social en sus lectores antes que a sanarlos como individuos, personas. Al margen de que podría interpretarse esto como utilitario, por el peligro de emplear la ficción como un medio para el panfleto, ambas cosas en sí mismas no son incompatibles (es más, creo que es justamente al revés), pero los dominios de la Fantasía no están interesados en la sociedad, sino justamente en la experiencia de cada ser humano. Ahora que lo pienso, las obras de compromiso político intentan “salvar el mundo”, como la Fantasía Épica, preocupándose por los “grandes temas” sociales para generar eventuales cambios con el tiempo. La Fantasía, en cambio, nace de la voluntad de salvar tu mundo, de entregarte una esperanza para vivir mejor el día a día al demostrarte que lo que se puede comprender por “realidad” es mucho, mucho más amplio lo que se percibe habitualmente, porque en ella también tienen cabida la bondad, la restauración y el poder curativo de la imaginación: en suma, la redención. 

La Fantasía, de todos modos, reconoce que la maldad y la desesperación existen, y no a través de un caricaturesco Señor Oscuro, sino como lo decía Neil Gaiman en Instructions: “There is a worm at the heart of the tower; that is why it will not stand”. Eso podría interpretarse aquí como la presencia real de la maldad… porque la maldad existe, al margen del cliché de la gama de grises: existe en nuestro interior, conviviendo con la bondad. La Fantasía, sin embargo, sabe que existen también medios a través de los cuales aniquilar ese gusano para salvar la torre y que —sorpresa— ¡nos pueden servir incluso para prevenirnos e impedir que éste se instale en ella en primer lugar! Porque el efecto de la Fantasía es a la vez sanación e inmunidad, si el lector (o el autor) se adentra en su propio corazón con sinceridad y entrega, sin negar el dolor ni las pérdidas del viaje, como lo demuestra la eucatástrofe de Tolkien.

Retomando las críticas de escapismo, creo que el compromiso político que algunos autores y lectores sostienen, paradójica y lamentablemente, tiende a caer en una agresividad que es propia justamente de aquello que intenta denunciar y cambiar. Como ya mencioné, se le tiende a dar un valor excesivo en ámbitos que no son de su dominio, como el arte, sólo por tocar fibras sensibles de la sociedad, pero la “profundidad” que esta gente le adjudica me suena a como si me estrellaran un libro abierto en la cara: lee esto, escribe esto. Esto es lo que necesitamos, esto es serio, adulto, literario. Esto nos sirve. El punto es que nadie puede leer desde tan cerca, y muchas veces la cercanía exagerada a lo que nos rodea nos embota los sentidos. Un tercer refrán, vaya: los árboles no te dejan ver el bosque.

La profundidad que los grandes autores (y lectores) de Fantasía consiguen en sus páginas y en sus lecturas es completamente distinta. No es un escape de este mundo a medias por otro, como erróneamente se cree, sino una ida y una vuelta, e incluso una ida a lo más profundo de ti, cuando dejas de ser una persona de tal sexo, edad o nacionalidad, cuando desparece tu nombre (el falso), tu época y tus miserias del día a día. Cuando vuelves a ser un ser humano, con todo lo que ello significa: miedo a la muerte, amor, imaginación creadora.

En conclusión, creo que no tiene sentido pedirle compromiso político a la Fantasía, porque ésta está más allá de este tipo de tejidos sociales y sus reinos entregan respuestas (y preguntas) distintas. Esto no quiere decir en lo absoluto que el realismo sea “inferior” o algo por el estilo: estaría cayendo en lo mismo que estoy criticando sobre las visiones peyorativas injustificadas hacia la Fantasía, aun cuando yo sí haya leído autores realistas y algunos en particular me gusten bastante, como Ernest Hemingway o algunos rusos. Sí creo que el realismo, ante todo el que surge vinculado a debates sociopolíticos, se ocupa de una dimensión distinta de aquello que consideramos realidad, más particular y a la vez más difusa, y que no tendría por qué procurar extender sus dominios a otros imaginarios o esperar que estos aborden sus historias de la misma forma que él.

Porque, una vez que se han pulido lo suficiente la voz y las palabras y se han apartado todas las nubes nocturnas, se hace innecesario apuntar la luna con los dedos y más aún mantenerlos alzados hacia ella: su luminosidad se vuelve algo imposible de eludir una vez que la hemos percibido por nuestra cuenta o que alguien nos ha invitado a percibirla. Y esta luz quizá nos haga pensar que esa noche, más allá del hambre, la pobreza, las pancartas, las capuchas, los gritos, golpes y protestas, hay un niño aprendiendo lo importante que es seguir creyendo en las hadas para evitar su muerte. Y que quizá ese mismo niño, cuando crezca, se convierta mañana en un hombre que con sus recuerdos e historias pueda hacer sonreír a otro niño más allá de todo cuanto lo aqueje, cuando imagine esas hadas tan hermosas que su fe ha mantenido con vida en medio de la crueldad y desesperación a su alrededor. 

Y que quizá la posibilidad de esa breve sonrisa sea todo lo que necesitemos en este mundo como esperanza para una sociedad más humana.