sábado, 1 de marzo de 2014

Columnas: La Fantasía más allá del compromiso político y social

Una noción muy extendida sobre la literatura es su rol de compromiso político-social. En esta columna intento exponer por qué considero que a la Fantasía no debería imponérsele este compromiso, al centrarse en aspectos más trascendentes que una política o sociedad contingentes: la humanidad misma.

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Comenzaré esta columna contando una anécdota: hace mucho tiempo, en un país europeo, había una vez un autor que escribió una extensa obra infantil, pero que tuvo dificultades para publicar por las tendencias editoriales vigentes por entonces en su nación. Había al menos dos reparos principales de editoriales y críticos: el primero, relacionado con un criterio económico, señalaba que la literatura infantil no vendía y que no convenía arriesgarse con un libro como ese, tan grande además. El otro, relacionado con la visión sobre el arte y, en particular, con la Fantasía, señalaba que la obra de este autor era impublicable porque carecía de didactismo (que era lo que se esperaba en una novela infantil) y, aun peor, de crítica social o política. La industria literaria del país no necesitaba —no quería— trabajos «escapistas», sino obras que estuvieran comprometidas con la contigencia sociocultural de la nación y que, en suma, expusieran una visión de mundo concreta con un fin solapadamente utilitario y práctico, probablemente para modelar los pensamientos de los niños hacia determinada postura política.

El autor, sin embargo, siguió insistiendo, hasta que por fin logró publicar su obra con una editorial, que le pidió fragmentarla en dos libros por su extensión. Por la primera entrega obtuvo el Deutscher Jugendbuchpreis, Premio al Libro Infantil Alemán, y aun el día de hoy las aventuras de Jim Botón (Jim Botón y Lucas el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes) son consideradas no sólo clásicos alemanes, sino también del género de la Literatura Infantil.

El autor del que hablo es Michael Ende.

Es increíble que, aun cuando estemos contando una anécdota de hace más de cincuenta años, esta crítica sigue leyéndose vigente. Y aun cuando estemos hablando de Michel Ende, autor cuyo valor estético está universalmente aceptado, desde el lector casual al canon. 

En todo caso, todos tenemos claro que la Fantasía —y lo fantástico y lo sobrenatural y cualquier subgénero afín— cuenta con un amplio registro de acosos y vejaciones como estos en la historia de la literatura. Sus autores y lectores llevan décadas hartándose de intentar hacerle entender a sus detractores que todo cuanto tenga que ver con la imaginación o la especulación no puede someterse a juicios sociopolíticos, anclados en un contexto determinado que muy pronto se hará polvo en el tiempo y al que pocos recordarán vivamente. Que la imaginación y la especulación, justamente por no estar sujetas a esas condicionantes, son lo bastante libres como para llegar a todo lector que alguna vez haya sentido miedo, esperanza o el deseo de viajar por mundos nuevos e imposibles… Es decir, cualquier ser humano, sea un alemán de la posguerra o una chilena en pleno siglo veintiuno.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Porque ver es entender.

¿Por qué quiero retomar entonces este tema que a muchos fantasistas o autores simpatizantes con esta estética ya han tratado en sus obras y palabras? Porque lo veo con especial violencia en Latinoamérica y, sobre todo, en Chile. Y eso me preocupa.

Mis primeros acercamientos sociales al género, como he comentado dispersamente, fueron en ámbitos supuestamente académicos. Por supuesto, la Fantasía nunca ha sido algo académico para Letras Hispánicas, porque no se tiene idea de lo que es, así que debo aclarar que estas aproximaciones fueron fundamentalmente hacia lo fantástico. Con el paso de los años, me sorprende la insistencia que presentaba el curso por validar esta estética por lo que podía tejer en torno a los problemas sociales concretos de las distintas épocas. Ahora siento que no sonaba muy distinto a algo así como «¡Aaaah…! Hablamos de otros mundos y cosas sobrenaturales que no existen ni existirán, ¡peeeeero…! Si tuerces la lectura de la obra de esta forma, podrás descubrir que en verdad “Casa tomada” de Cortázar es una metáfora de la dictadura argentina. ¿Ya ves qué profunda y compleja e intelectual puede ser la literatura fantástica, que siempre habla de la realidad pero de forma falsa e ingeniosa? ¡Ese es su verdadero valor!”.

Extendiendo el alcance de lo anterior a la Fantasía, parece haber un evidente afán por meterle encima interpretaciones que le suenen «serias» tanto a la academia como al lector intelectual para justificarla como válida ante la sociedad, aunque éstas no le pertenezcan. ¡Sobre todo las que no le pertenecen en absoluto, como la política o los problemáticas sociales! ¿Por qué una historia debiera valer más como obra literaria si narra de estos temas? ¿Qué tienen estos temas de especial, en términos estrictamente estéticos? 

Ninguno. La literatura puede contar la historia de un sobreviviente de Auschwitz, por ejemplo, y esa elección temática no tiene por qué condicionar por sí misma su calidad o su capacidad para conectar emocional y espiritualmente con nosotros como lectores.

La literatura no se hace de temas, sino de palabras y de la forma en la que estas palabras crean un imaginario desde donde se narrará una historia determinada. Que una obra narre un tema conmovedor, impactante o polémico, relacionado con algún suceso histórico o contingente, no la convierte en una obra importante o valiosa estéticamente por el mero hecho de hacerlo.

Tal vez la historia de Auschwitz del ejemplo sea una novela histórica con referencias muy rigurosas y descripciones muy detalladas sobre la vida en un campo de concentración, pero falle finalmente al momento de entregarnos el relato de su protagonista. A lo mejor podemos leer en ella una y mil veces cómo a éste lo golpean para torturarlo, pero que nos describan descarnadamente el aspecto de sus heridas y de cómo se retuerce en el suelo cada vez no tiene por qué transmitirnos su dolor y, en fin, el horror de lo que está viviendo como un todo. En este caso, el hecho es indudablemente espantoso y repudiable, más aún porque es algo que efectivamente sucedió en nuestro mundo con muchas personas, pero si el autor no logra convertirlo en una historia que nos importe más allá del contexto en el que se inscribe, de poco podrá servir esta base. ¿No sería mejor, en ese caso, escribir o leer un texto de no ficción? ¿Qué es lo que en verdad encierra esa elección por una historia ficcional, qué le aporta realmente a este suceso para permitirnos acercarnos a él de una forma mucho más significativa que la biografía, el testamento o la investigación periodística?

Al respecto, creo que con el tiempo se ha tendido a restringir la vocación sanadora del creador (por llamarla de alguna forma) a contextos particulares, limitando así sus alcances, o bien, haciendo de sus alcances algo más difícil de comprender por gente que pertenezca a contextos distintos, si no se le provee de la mediación necesaria para entender de dónde se desprenden determinados códigos. Si bien se sigue pensando que el creador tiene un compromiso moral y social hacia la nación que lo vio nacer o en donde se crió, creo que en realidad lo tiene hacia toda la humanidad, y más de carácter ético y humanitario. Las grandes obras que fueron escritas inspiradas en los conflictos de su tiempo y que aún leemos hoy no tienen su verdadero valor en esa contingencia, actualmente caduca, sino en la forma en la que sus creadores supieron transformar esa experiencia concreta en algo universal y con lo que cualquier lector, independiente de su entorno sociocultural, podía identificarse. A través de estas obras sí es posible sanar, aun cuando el mundo reflejado en ellas no nos pertenezca, porque sus autores lograron usar sus propias experiencias para reflejar sentimientos y sensaciones que todo ser humano podría sentir en algún momento de su vida.

Existe un refrán que podría considerarse ofensivo a este punto, que pero que resulta muy ilustrativo: “Cuando el dedo señala la luna, el idiota mira el dedo”. Creo que existe una tendencia a considerar que las obras literarias debieran ser escritas pensando siempre en atraer la atención hacia el dedo mismo, olvidando que éste es un medio para algo mucho más relevante: la contemplación de la luna.

Que muchas de las críticas de «escapismo» y «falta de compromiso social» se le adosen a la Fantasía, en mi opinión, parecen deberse a que ésta jamás ha contado con dedo alguno para narrar sus historias. En realidad, la Fantasía es la visión misma de la luna, brillando en el cielo a lo largo de sus diversas fases mientras contempla a la humanidad vivir y morir bajo su luz. Por supuesto, se trata de una visión fragmentada y distante de ésta, la que podría hacer cualquier ser humano de un astro, pero de una visión verdadera: una de las mejores a las que podríamos aspirar, en mi opinión.

Como he señalado en columnas anteriores, al narrar desde mundos imposibles (o desde correletatos ficcionales de nuestros mundos, pero con elementos imposibles), la Fantasía no se ve sometida a ningún tipo de condicionante. No estamos hablando de Alemania, ni de Chile, ni siquiera, probablemente, del planeta Tierra. Quizá tampoco se narren historias de la raza humana (pensemos en la historia de una raza de dragones emplumados). ¿Por qué tendrían que importarnos historias semejantes, de personajes y de mundos que jamás podrían existir y de mundos? ¿No sería mejor leer la historia de la vida de un vendedor de seguros? De esos hay muchos y en todos lados; quizá hasta nosotros mismos trabajemos en eso y pensemos que esa coincidencia nos hará sentirnos identificados. Pero habría que empezar a hacerse algunas preguntas primero: que el vendedor de seguros exista y un dragón emplumado (hasta donde sabemos) no, ¿hace que el primero sea más verdadero que el segundo en una historia? ¿Sí, no, por qué? No sirven respuestas de carácter ontológico: al momento de encontrarse en ella, ambos cobran idéntico estatuto ficcional. Todo dependerá de cómo se escriban y qué visión de mundo desarrollen. 

Para nadie debiera ser una sorpresa que esté hablando solapadamente del realismo, que a mi parecer históricamente ha empleado un dedo como reflejo de nuestra realidad concreta, algo que en sí mismo no resulta conflictivo porque de todos modos apunta a la luna. Los problemas surgen cuando, remitiéndose al refrán, los lectores se pierden en las características del dedo y olvidan o pasan por alto que éste originalmente se encuentra apuntando algo más. Estas características pueden ser formas culturales específicas de un país en determinada época, marcas comerciales vigentes y, en general, todas aquellas minucias que nos acompañan día a día, pero que cuyo valor no estriba en lo que son, sino en lo que significan en este contexto y la experiencia universal con la que se conectan.

La Fantasía suele saltarse estas minucias para aterrizar directamente en el significado. 

Tal vez algunas de sus historias puedan hablar igualmente de guerras, dictaduras y adicción a sustancias de efectos sicotrópicos, por ejemplo, pero se tratará de alcances que no tienen por qué ser leídos como reflejos de las guerras, dictaduras y drogas que en este mundo conocemos. Más bien, la Fantasía que presenta estos aspectos —siempre y cuando no se contradigan con su esencia— parece buscar que el lector reconozca determinadas formas en su propio entorno, pero para ir más allá de ellas, hacia lo que todas estas experiencias (reales o ficticias, en nuestros países y épocas o en cualesquiera otras) tienen en común: la crueldad a causa de la ambición y la falta de empatía, las ansias por el poder y la adicción a cualquier cosa que nos dé propiedades normalmente fuera de nuestro alcance, pero a un alto coste. En otras palabras, la Fantasía parte desde una experiencia contingente y luego la destila, hasta que aquello que podríamos considerar un dedo se desvanece y sólo permanece la experiencia desnuda, común a cualquier ser humano, con todo tipo de matices.

El frecuente error o ignorancia de pretender darle más espesor a la Fantasía intentando identificar y desmenuzar aquello que podría interpretarse como alegoría de la realidad, se sustenta en querer ver un dedo donde no lo hay o donde no debiera haber, por innecesario. Por ejemplo, he leído innumerables comentarios sobre Canción de Hielo y Fuego, tanto de lectores causales de Fantasía como de quienes llegaron a la obra de G.R.R Martin por la serie de HBO, que destacan como méritos de la historia su aparentemente fuerte influencia histórica y el “realismo” de muchas de sus escenas, incluyo intrigas políticas y sexo. 

El punto es que yo podría encontrar estos elementos en una novela histórica bien escrita. ¿Qué es lo particular de CdHyF? Para mí, que es una visión muy llamativa de la Fantasía, presentando un mundo bastante corrupto, casi en una Cuarta Edad, en donde aquélla y la magia parecen estar poco a poco despertando de su letargo, pero que bien podrían quedarse sumidas en él para siempre. Pero jamás he oído ese tipo de opiniones de parte de lectores que no sean mis amigos fantasistas. En general, las personas incluso parecen intentar excusarse que disfruten la historia, algo así como “mira, es una historia de Fantasía, pero es súper realista: tiene intrigas, sexo, asesinatos… Esta no es la Fantasía de Tolkien, eso es lo que más me gusta”. Pero lecturas como ésta parecen señalar que lo que más valoran estos lectores en la obra es, precisamente, lo que no tiene de Fantasía, al menos como especificidad. ¿Para qué leerla entonces, si es, insisto, una historia de Fantasía al fin y al cabo? ¿O es que la gente no sabe leer Fantasía o no quiere leerla? ¿Tan obsesionados están con ver dedos a toda costa? ¿Por qué?

¿Se han dado cuenta, además, que todo lo que actualmente parece considerarse “realista” es justamente aquella dimensión más oscura del ser humano (guerras, mentiras, sexo como forma de violencia)? Sí, tal vez sea lo que predomina en nuestro mundo, pero al menos en mi realidad y en la de bastantes personas la vida cotidiana es una mezcolanza de crueldades y bondades de todo tipo. Si la existencia es un claroscuro y alguien pretende escribir o leer con la voluntad de un espejo, creo que debiera tomar eso en consideración no sólo para revelar sombras, sino también luces.

Lo anterior se relaciona con otro aspecto relevante por el cual la Fantasía no puede encasillarse en compromisos sociopolíticos, que tiene que ver con su esencia de redención. De acuerdo a su vocación de espejo de la realidad, el realismo efectivamente refleja lo más evidente de nuestro entorno como sociedad: la desesperación, el caos, la destrucción; basta ver un noticiario o leer un diario de cualquier época o nacionalidad para comprobar que las cosas nunca han marchado del todo bien en nuestro mundo. El compromiso político parece partir asimismo de una base sociocultural negativa y destructiva para los ciudadanos, de ahí que este reflejo adopte aquí las formas de la denuncia o la necesidad de alimentar la memoria histórica de una sociedad afectada por determinado evento. 

Al respecto, me han comentado más de una vez el potencial sanador que tendrían algunas obras inscritas en este compromiso, cuando retratan estas realidades, para las generaciones venideras. Pero, personalmente, debo confesar que leer una historia que se limite a mostrarme que el mundo fue y será una porquería, en el 506 y en el 2000 también, como cantaba Gardel, no me sirve de mucho…. ¡porque ya sabemos que las cosas no están bien! Lo que tendemos olvidar fácilmente es que, a pesar de todo, hay otras tantas que sí lo están. Y, según eso, ¿qué podemos hacer con las heridas que quedaron a partir de estas desgracias, las porquerías? ¿Cómo podemos evitar que éstas u otras similares o peores vuelvan a abrirse en las mismas carnes, o en otras distintas? 

Esas son las preguntas que de verdad me gustaría plantearme en torno a la ficción, pero siento que determinado realismo (sobre todo aquel que fue escrito bajo compromiso sociopolítico) o determina forma de realzarlo o valorarlo por algunos grupos lectores no logra llegar ahí. Me da la impresión que en ocasiones se estancan en una sensación similar al “bueno, esto fue lo que pasó. Conozcámoslo y recordémoslo” o, a lo más, “Esto sucedió y ojalá no permitamos que pase de nuevo”. Yo al menos he sentido eso a través de otro tipo de textos, lo que nos regresa a una pregunta anterior: ¿cuál es la especificidad de trabajar esto desde la ficción? ¿De qué sirve contar esto así, si el mismo efecto se puede conseguir con otras formas y otros relatos y aun con la mera observación de la realidad? No son esas las razones por las que yo leo.

Uno de los aspectos que personalmente considero esenciales del arte es su capacidad de sanar a quienes llegan a él, ya sea como creadores o espectadores/lectores/oyentes o similares; precisamente me siento inclinada a él porque mi naturaleza tiende a ser negativa y un tanto nihilista y desesperanzada. En mi caso particular, fueron las historias narradas por escrito las que me hicieron ver que, finalmente, no todo lo del mundo fue ni será una porquería: las historias de Fantasía, que no se quedaron con mostrarme un reflejo perecible de la realidad, sino una destilación de lo que todas estas experiencias compartían en tanto experiencias humanas atigentes… y que fueron más allá de eso, demostrándome que podía realmente cambiar mi propia vida y mi mundo a través de su lectura, gracias a su aplicabilidad o relevancia. 

Me parece que las obras realistas y políticamente comprometidas están más vinculadas a despertar una conciencia social en sus lectores antes que a sanarlos como individuos, personas. Al margen de que podría interpretarse esto como utilitario, por el peligro de emplear la ficción como un medio para el panfleto, ambas cosas en sí mismas no son incompatibles (es más, creo que es justamente al revés), pero los dominios de la Fantasía no están interesados en la sociedad, sino justamente en la experiencia de cada ser humano. Ahora que lo pienso, las obras de compromiso político intentan “salvar el mundo”, como la Fantasía Épica, preocupándose por los “grandes temas” sociales para generar eventuales cambios con el tiempo. La Fantasía, en cambio, nace de la voluntad de salvar tu mundo, de entregarte una esperanza para vivir mejor el día a día al demostrarte que lo que se puede comprender por “realidad” es mucho, mucho más amplio lo que se percibe habitualmente, porque en ella también tienen cabida la bondad, la restauración y el poder curativo de la imaginación: en suma, la redención. 

La Fantasía, de todos modos, reconoce que la maldad y la desesperación existen, y no a través de un caricaturesco Señor Oscuro, sino como lo decía Neil Gaiman en Instructions: “There is a worm at the heart of the tower; that is why it will not stand”. Eso podría interpretarse aquí como la presencia real de la maldad… porque la maldad existe, al margen del cliché de la gama de grises: existe en nuestro interior, conviviendo con la bondad. La Fantasía, sin embargo, sabe que existen también medios a través de los cuales aniquilar ese gusano para salvar la torre y que —sorpresa— ¡nos pueden servir incluso para prevenirnos e impedir que éste se instale en ella en primer lugar! Porque el efecto de la Fantasía es a la vez sanación e inmunidad, si el lector (o el autor) se adentra en su propio corazón con sinceridad y entrega, sin negar el dolor ni las pérdidas del viaje, como lo demuestra la eucatástrofe de Tolkien.

Retomando las críticas de escapismo, creo que el compromiso político que algunos autores y lectores sostienen, paradójica y lamentablemente, tiende a caer en una agresividad que es propia justamente de aquello que intenta denunciar y cambiar. Como ya mencioné, se le tiende a dar un valor excesivo en ámbitos que no son de su dominio, como el arte, sólo por tocar fibras sensibles de la sociedad, pero la “profundidad” que esta gente le adjudica me suena a como si me estrellaran un libro abierto en la cara: lee esto, escribe esto. Esto es lo que necesitamos, esto es serio, adulto, literario. Esto nos sirve. El punto es que nadie puede leer desde tan cerca, y muchas veces la cercanía exagerada a lo que nos rodea nos embota los sentidos. Un tercer refrán, vaya: los árboles no te dejan ver el bosque.

La profundidad que los grandes autores (y lectores) de Fantasía consiguen en sus páginas y en sus lecturas es completamente distinta. No es un escape de este mundo a medias por otro, como erróneamente se cree, sino una ida y una vuelta, e incluso una ida a lo más profundo de ti, cuando dejas de ser una persona de tal sexo, edad o nacionalidad, cuando desparece tu nombre (el falso), tu época y tus miserias del día a día. Cuando vuelves a ser un ser humano, con todo lo que ello significa: miedo a la muerte, amor, imaginación creadora.

En conclusión, creo que no tiene sentido pedirle compromiso político a la Fantasía, porque ésta está más allá de este tipo de tejidos sociales y sus reinos entregan respuestas (y preguntas) distintas. Esto no quiere decir en lo absoluto que el realismo sea “inferior” o algo por el estilo: estaría cayendo en lo mismo que estoy criticando sobre las visiones peyorativas injustificadas hacia la Fantasía, aun cuando yo sí haya leído autores realistas y algunos en particular me gusten bastante, como Ernest Hemingway o algunos rusos. Sí creo que el realismo, ante todo el que surge vinculado a debates sociopolíticos, se ocupa de una dimensión distinta de aquello que consideramos realidad, más particular y a la vez más difusa, y que no tendría por qué procurar extender sus dominios a otros imaginarios o esperar que estos aborden sus historias de la misma forma que él.

Porque, una vez que se han pulido lo suficiente la voz y las palabras y se han apartado todas las nubes nocturnas, se hace innecesario apuntar la luna con los dedos y más aún mantenerlos alzados hacia ella: su luminosidad se vuelve algo imposible de eludir una vez que la hemos percibido por nuestra cuenta o que alguien nos ha invitado a percibirla. Y esta luz quizá nos haga pensar que esa noche, más allá del hambre, la pobreza, las pancartas, las capuchas, los gritos, golpes y protestas, hay un niño aprendiendo lo importante que es seguir creyendo en las hadas para evitar su muerte. Y que quizá ese mismo niño, cuando crezca, se convierta mañana en un hombre que con sus recuerdos e historias pueda hacer sonreír a otro niño más allá de todo cuanto lo aqueje, cuando imagine esas hadas tan hermosas que su fe ha mantenido con vida en medio de la crueldad y desesperación a su alrededor. 

Y que quizá la posibilidad de esa breve sonrisa sea todo lo que necesitemos en este mundo como esperanza para una sociedad más humana.

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