miércoles, 13 de noviembre de 2013

Columnas: Michael Ende o la Fantasía como subversión

El 12 de noviembre de 1929 nació Michael Ende, uno de los más grandes autores de Fantasía, y también uno de los más enérgicos y subversivos. Esta columna es un homenaje para destacar la relevancia de su desafiante propuesta estética en Momo y La historia Interminable.

En un día como el de ayer, hace ochenta y cuatro años, nació Michael Ende, uno de los más grandes autores de Fantasía que nos ha dado este mundo, y también uno de los más enérgicos y subversivos.

De buenas a primeras, parecería difícil asociar ambos términos con aquellos imaginarios desde los que Ende escribía, a saber, la Fantasía y la literatura infantil y juvenil (LIJ), pero en realidad este desconcierto sólo se debe a una mirada reduccionista de ambas. 

Desde los orígenes de las primeras comunidades, la Fantasía ha tenido un rol fundacional y esencial al momento de hacernos intentar aprehender la experiencia de estar vivo en un mundo como el nuestro, expandiendo a través de la imaginación humana los límites que la inmediatez y concreción del realismo nos han impuesto. Límites, desde luego, engañosos, en la medida en que la existencia y su sentido trascienden lo que se puede percibir con los sentidos. Esa certeza irracional, la misma que hace que nuestros ojos derramen lágrimas sin ninguna lógica ante una emoción potente, es lo que la Fantasía acoge y amplifica a partir de la ficción, para convertirse en algo más importante y cierto que la realidad: en la Verdad

La Fantasía, en suma, es la única verdad humana, un imaginario y una experiencia que son lo suficientemente intensos como para extraernos de las altas barricadas de la realidad, sólo para devolvernos con una mirada lo bastante renovada como para entender que este mundo es algo más que un estéril campo de batalla.

¿Y qué decir de la literatura infantil? ¿Qué tiene que ver la Fantasía entendida como verdad con los niños? Pues no hay nada más importante y serio que un niño jugando o escuchando una historia de su agrado. La ficción sostenida en esos momentos es más real que la realidad misma, y más hermosa y entretenida también. Pero la verdadera ficción infantil no es sólo aquella que tiene como público objetivo a los niños, porque las historias, las buenas historias, no son desechables con los años. La verdadera ficción infantil debe ser una historia contada a ese espíritu de niño que cualquier ser humano anida en su interior, probablemente más o menos dormido por la banalización y tergiversación de lo que significa ser adulto en el mundo contemporáneo. Se trata, por cierto, de un niño que no tiene necesariamente que ver con todo aquello que también forma parte de la naturaleza de los más chicos: egoísmo, malcrianza, crueldad, manipulación. La ficción infantil apela más bien a una destilación de aquellas características que los niños suelen ir perdiendo en el tiempo, como la inocencia, la esperanza, la fe, la imaginación creadora.

Ni la Fantasía ni la literatura infantil, entonces, son inferiores o escapistas, sino una forma distinta de aproximarse a la experiencia humana. Una vía que se vale de las formas superiores de la imaginación en tanto creadora de universos para brindarnos la esperanza de traspasar esa renovación de la mirada a nuestra propia realidad.

Tal es el legado de los más grandes autores de Fantasía y LIJ, desde precursores como George Macdonald hasta el último bastión que actualmente sostiene Ursula K. Le Guin, pasando por renovadores como J.R.R Tolkien o C.S Lewis… Y Michael Ende. 

Pero, naturalmente, la imaginación humana desborda toda categoría, y más aún si se yergue a través de la palabra. Cada uno de los autores mencionados anteriormente ha creado sus propios universos de Fantasía y ha desarrollado aquellos temas, inquietudes o intereses que les eran propios, según sus propias experiencias humanas. El caso de Michael Ende, en este sentido, cobra inusitada relevancia en los tiempos que corren, en el que nuestra sociedad se ha aprovechado del poder cautivante de la ficción y, en especial, de la misma Fantasía, para prostituirla al servicio del consumo, el ego y el comercio

Hoy en día, por desgracia, la Fantasía no está pasando por sus mejores días, como muchos podrían pensar ante la avalancha de nuevas obras que revientan el mercado editorial. Como avalanchas, simplemente se arrastran, aniquilando toda reflexión y todo sentido a su paso, consumiéndose en sagas eternas, con portadas vistosas (o no tanto) e historias tan llenas de aire como bolsas de papas fritas. Mientras tanto, los grandes autores de nuestro imaginario son cada vez peor leídos, cuando no derechamente ignorados o rechazados con la misma rebeldía idiota del adolescente que se va de casa porque sus padres no lo dejan vivir la reventada vida que desea.

Por culpa de esta mediocridad y cobardía de la nueva fantasía (con f minúscula, como la falsedad), la Fantasía que amamos es metida con aquélla en un mismo saco, debiendo cargar con fardos tan injustos como el del escapismo, la puerilidad, el egocentrismo y hasta la falta de valor estético.

Pero la Fantasía verdadera es justamente lo contrario. Es todo aquello que la imbécil estrechez del realismo y el nihilismo han desestimado: redención, esperanza, memoria, nostalgia, eucatástrofe. Es, finalmente, la expresión máxima del que acaso sea el único sentido del arte que en verdad importa: el deseo y la voluntad de hacer de nuestra vida y de nuestro mundo algo mejor.

¿Cómo es posible que esté expresando todas estas ideas tan sublimes sobre la Fantasía de una manera tan enérgica y confrontacional? ¿Es posible, siquiera? Sí, lo es. Y quien mejor lo ha hecho, porque lo hizo desde la propia ficción, las propias historias, no ha sido otro más que el propio Michael Ende.

Podría decirse que Ende expone dos principales temáticas en sus obras más reconocidas: la infancia y juventud amenazadas por el vacío y sinsentido de los valores contemporáneos, y el horror de una sociedad que ha banalizado y ridiculizado el poder de la ficción, sobre todo fantástica, hasta el punto del infantilismo, la inutilidad o la mentira. Son precisamente estos dos temas los que permean, respectiva pero a la vez entrelazadamente, Momo y La Historia Interminable.

En la primera novela, la protagonista es una niña que tiene el maravilloso don de escuchar a la gente, atención que deriva en que las personas de pronto vean surgir en sus mentes nuevos pensamientos, alternativas o soluciones. Momo es tremendamente sencilla e imaginativa, y acaso por esas cualidades se convierte en la única capaz de hacerle frente a la amenaza de los Hombres Grises, entidades que pretenden engañar a las personas con la falsa creencia de que la productividad o proactividad son las mejores formas de ahorrar tiempo para el futuro. Y, por supuesto, ni los juegos ni las historias son muy productivos, ¿no?

Podría parecer una historia alegórica y moralista, en todo caso, ¿verdad? Pues no lo es. El genio de Ende estriba en ceñirse a la aplicabilidad antes que a la alegoría. Y, además, al leerse esta historia como de verdadera Fantasía, comprendemos que no hay intención pedestre alguna tras sus palabras. Hoy en día proliferan obras de buenas intenciones, quizás similares en su superficie a las críticas que expone Momo, pero en realidad ni estos autores creen en lo que están escribiendo. Ende cree cada una de sus palabras. Se nota. Porque es un autor de Fantasía

Y uno subversivo, además, que no tiene ningún problema en denunciar con igual ferocidad el asesinato de la imaginación por el consumismo y las prácticas del tal Marxencio Communo, que juró estar haciendo un mundo completamente nuevo… a partir de los mismos elementos que el viejo. Después de todo, aunque ubicados en extremos opuestos, ambos escenarios ilustran la pobreza de la radicalidad humana cuando valora más el discurso vacío antes que la vida del día a día, que lo mismo se nutre de la cotidianidad más vulgar que de la imaginación más intrépida.

Porque, desde este punto de vista, la subversión de la ficción infantil se nutre de la Fantasía para trascender los típicos temas incómodos que han sufrido históricamente de censura. En otras palabras, los típicos clichés temáticos que suenan serios e interesantes y que, sin embargo, podrían resultar tan perfectamente idiotas como cualquier otro de ser escritos sin sinceridad y sin talento. Me refiero, claro está, a los temas políticos y sociales vigentes, que de cuando en cuando se trabajan con bastante éxito (de crítica) en la LIJ.

Al respecto, no se puede dejar de mencionar que, en su tiempo, Ende fue víctima de una persecución bastante patética por parte del sector crítico de Alemania ante sus obras infantiles y juveniles, por carecer éstas precisamente del tufillo político, ideológico y panfletario que se esperaba en la producción nacional. Este injusto acoso finalmente causó que el autor se mudara a Italia, lo que no impidió que sus trabajos comenzaran a lograr notoriedad internacional y un gran aprecio por parte del público lector infantil.

Y es que con él se cometió el mismo error que actualmente se comete con el género fantástico: confundir las obras escapistas y falsas con la verdadera Fantasía. Por supuesto que ésta no tiene el deber de promover o criticar un discurso o ideología concretos, porque su mirada está posada en algo mucho más relevante: aquellas sombras en el espíritu humano que motivan la creación de estos torcidos juegos de poder y crueldad, y que convencen a la gente de que son necesarios, importantes, adultos. La Fantasía trasciende esta contingencia quebradiza y narra desde el origen de nuestras sombras, intentando proveernos de una luz que podamos llevar, aunque sea protegiéndola con una sola mano, de regreso a nuestra realidad. 

Y Ende, en especial, logró entregarnos una luz particularmente refulgente, en contraste con la oscuridad que reveló en sus obras.

Cuánto más crudas son sus críticas a la desvalorización de la ficción en la vida humana que la de otros autores respecto a determinados regímenes o atrocidades políticas. Porque, pensándolo en detalle, en realidad lo segundo es en parte consecuencia de lo primero. Cuando arrojamos de nuestra memoria la sensación de comunidad en torno al fuego al momento de leer u oír una historia, cuando sólo creemos en los resultados rígidos y cuantificables de las ciencias duras como triunfo de la lógica; y, en fin, cuando cuando perdemos la capacidad de estremecernos ante las historias y el devenir de seres que no existen en este mundo pero que podrían hacerlo, en una dimensión distinta de la realidad, la ficción se degrada a su contraparte más asquerosa: la mentira, un instrumento para crear máscaras y estatuas falsas, para dañar, para destruir.

Es lo que se cuenta, más que denunciarse, en La Historia Interminable: cómo la crueldad y estrechez de espíritu de los seres humanos no sólo amenaza con destruir Fantasia, el mundo en donde convergen todas las ficciones que importan, sino también, por extensión, el mundo real:

Por eso los seres humanos odian y temen a Fantasía y a todo lo que procede de aquí. La quieren aniquilar. Y no saben que, precisamente así, aumentarán la oleada de mentiras que cae ininterrumpidamente en su mundo... esa corriente de seres desfigurados que tienen que llevar allí una existencia ficticia de cadáveres vivientes y envenenan el alma de los hombres con su olor a podrido. Los hombres no lo saben. ¿No es gracioso?.

Ni el propio protagonista, logra mantenerse al margen de estas sombras, demostrando que el corazón de un niño de verdad también puede verse afectado por la crueldad de la realidad. Bastián no es un niño esencialmente bueno, como la caricatura barata, dócil y medio estupidizada que algunos adultos insisten en escribir en sus ficciones para ocultar el fracaso ético de su propia sociedad y de sus propias vidas. Sin embargo, tampoco es un niño déspota o banal, como abundan también en otras historias contemporáneas bajo el pretexto de acoger al agresor (como si el impulso de hacer daño a otros no fuera siempre responsabilidad personal, sin importar la edad) o de acercarse a la cotidianidad más elemental de los pequeños (como si el mundo de los niños no fuera ante todo imaginación y sueños). Bastián es un niño con problemas tan complejos como la sensación de abandono en su relación con su padre y el acoso de parte de otros. 

La diferencia en Bastián estriba en que él no es un cobarde como los demás, aunque eso no lo comprenderá sino mucho después. Pudiendo haber optado por la traición a su identidad, ya fuese incorporándose a los modos aceptados por los otros niños o derechamente haberse vengado de ellos, este chico rechoncho y de lentes prefirió encontrar refugio en las historias. La coherencia es absoluta: a la ruindad y bajeza de las agresiones, oponerle la verdad de la Fantasía.

Por supuesto, es justamente este repliegue el que le permite a Bastián enfretarse a lo mejor y peor de sí mismo, al ser la Fantasía un espejo que no admite mascaradas en su reflejo. Lo mejor, porque es a través de ella que descubre su valentía y sinceridad, al comprender el importante rol que tiene para salvar Fantasia y que no puede ser cumplido por ninguna otra persona; lo peor, porque el contraste entre el dolor de su plomiza realidad con las infinitas posibilidades que le brinda Fantasia le hace extraviar su Nombre y, con él, su identidad y memoria humana.

En este sentido, el viaje de Bastián no es fácil de comprender en toda su plenitud para quien no sea un Fantasista, pues Bastián mismo es uno. Quienes sólo sean apasionados lectores probablemente interpretarán su auge y caída como el encanto y los riesgos de la inmersión en la ficción, pero esta historia va mucho más allá. 

Es la historia del desgarro y la maravilla que supone la Fantasía en nuestras vidas: la escición de estar aquí y allá a la vez, de soñar con ver dragones en el viento de la mañana y que ya no nos importe lo que pueda ocurrir después; de ser quienes somos en realidad, no esta persona que está ante el computador redactando a escondidas un homenaje como este en su horario de trabajo de oficina, sino alguien que sueña, que crea, que cuenta historias que vive

Y, por otra parte, la historia de una ida y una vuelta, de una renovación de la mirada, de una nostalgia que pesa como ningún otro sentimiento en el corazón, de un recuerdo que es todo el presente que necesitamos para seguir adelante, creyendo en la esperanza de que sí, haya o no un sentido externo para nuestra existencia humana, da igual: la Fantasía nos da las herramientas necesarias para que moldeemos el que queramos, un Nombre Verdadero que contenga todo cuanto somos, que nos insufle vida en nuestros frágiles corazones, nos alce este mortal velo de temor, se lleve estas esperanzas desmoronadas y nos eleve más allá de nuestras preocupaciones terrenales.

Es imposible no terminar La Historia Interminable (¿terminarla?) y no sentir que, al igual que Bastián con su padre, a pesar de todo, hemos podido traer el Agua de la Vida a nuestra realidad.

Esa es la importancia última de la Fantasía, su subversión, al atreverse a contar todo cuanto nuestro mundo contemporáneo nos fuerza día a día a olvidar: que somos mucho más que quienes vemos en el reflejo de nuestros espejos, que todo espejo se puede atravesar y que, de hecho, nuestro verdadero reflejo está en aquello que en Ende se llama Fantasia y, en Tolkien, Fäerie.

Esa es la importancia de las historias de Michael Ende. Gracias por todo, Michael.



Otros textos que he escrito sobre Michael Ende:

• Reseña crítica de Tranquila Tragaleguas

Importancia sobre la Literatura Infantil (II): Autores de Fantasía LIJ

Ponencia "Ni pueril ni fantasioso: La Historia Interminable de Michael Ende como exponente de la poética de la Literatura Infantil Fantástica" (III Congreso Internacional de Literatura para Niños, 2012)

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