domingo, 11 de enero de 2015

Reflexiones sobre #ReadWomen2014 (II): Autoras de imaginación


En la entrada anterior dedicada a la iniciativa #ReadWomen2014, intenté explicar el sentido original de esta propuesta y plantear algunos posibles alcances de su potencial relevancia: permitirnos cuestionar los sesgos de nuestras prácticas lectoras, preguntarnos cuáles podrían ser los mecanismos de invisibilización y censura que el poder (industrias lectoras, centros lectores, crítica o universidades) ejerce en nosotros y, en fin, hacer de nuestro redescubrimiento de autoras un hallazgo constante, no limitado a un mero año ni a una campaña de moda.

En esta segunda entrada, he decidido centrarme en la literatura de imaginación, concepto que emplearé para abarcar lo fantástico, la Fantasía, la ciencia ficción y el terror, entre otras estéticas, si bien en este texto me centraré más en las dos primeras. Como es de esperar, en este caso el problema descrito anteriormente se agudiza. La cantidad de autoras reconocidas, criticadas, publicadas o siquiera leídas sigue siendo significativamente inferior a la de los autores, a pesar de que esta cifra ha ido en aumento en los últimos años.

Ahora bien, ¿de dónde se originaría esta disparidad de género? Me temo que las razones son múltiples y casi tanto o más complejas que la invisibilización y discriminación de la literatura canónica, porque lidian con numerosos factores adicionales que se desprenden de los problemas socioculturales descritos en la entrada anterior. Entre ellos, podrían considerarse situaciones tan aparentemente distantes como la misoginia y estrechez intelectual y emocional del nerd/ñoño masculino promedio, actual público objetivo de la literatura de género como franquicia y no como arte, así como la difícil entrada, permanencia y desarrollo que las mujeres históricamente arrastran en áreas de conocimiento científico, base para la lectura y escritura de la ciencia ficción dura. Y esto por citar dos ejemplos que se me han venido inmediatamente a la mente.

Lo anterior puede llegar a dificultar la difusión y reconocimiento de obras de literatura de imaginación escritas por mujeres de una forma quizá incluso más virulenta que en otro tipo de literatura. ¿Por qué? Personalmente creo que la respuesta tiene mucho que ver con la banalización que la industria editorial ha volcado sobre la literatura de imaginación, degradando precisamente su esencia, la imaginación, a un "género", un producto formulaico y de fácil consumo, perfectamente rotulado bajo claves de marketing fáciles de reconocer.

No es sorpresa para nadie que las manifestaciones tradicionales de la literatura de imaginación se han asociado preferentemente, desde el mercado, a un público masculino. Buena parte del femenino ha quedado orillado a pastiches comerciales como obras paranormales románticas, que quizá han movido incluso más dinero y poder por sí solas que muchas otras franquicias de otros géneros. Por supuesto, ambos públicos lectores, que cabría más bien denominar fans antes que lectores literarios propiamente tales, presentan características igualmente distantes para quienes tienen una aproximación a la literatura más cercana a la estética que al mercado. Sin embargo, es indudable que la literatura de género contemporánea tiene una cantera nada despreciable de autoras reconocidas. Como mencioné en la entrada anterior, la que quizá sea la autora más influyente en la cultura popular de la última década, J. K. Rowling, es una mujer que saltó a la fama con una historia de Fantasía en siete libros.

El problema real, por consiguiente, no está en la industria editorial ni en la percepción sociocultural, porque ahí está lleno de autoras "exitosas". El problema parece estar cuando apartamos de un manotazo los rótulos de "negocio", "producto", "industria" y semejantes, que no pertenecen al arte en sí mismo, y vemos lo que queda atrás, aquello que se supone alguna vez fue lo único importante. Ahí entonces aparecen las verdaderas trincheras, desde la escritura literaria como arte: las editoriales independientes emplazadas aún como bastiones de calidad literaria y los movimientos, iniciativas y comunidades periféricos que supuestamente fomentan estas expresiones no canónicas. Son éstas las que debieran tomarse la responsabilidad de apoyar autoras de valor literario, lo que no siempre sucede con la frecuencia e intensidad que cabría esperar.

Una mujer que hoy en día quiera escribir literatura de imaginación, por lo visto, sólo tendrá difundida acogida si entrega una historia degradada bajo el cincel del mercado, y ojalá escribiendo derivados de fantasía. ¿Cuántas autoras famosas conocemos que hayan saltado al éxito universal casi exclusivamente gracias a obras de ciencia ficción? Por supuesto, hay nombres consagrados, como la propia Ursula K. Le Guin o Connie Willis, pero ambas son muy valoradas ante todo desde el lector de literatura de imaginación, no desde el fan de la literatura de género o del lector casual. Pero ellas, a nivel global y no ya sólo enmarcado en un contexto anglosajón, parecen ser parte de una excepción.

Pareciera ser que el grueso de autoras masivamente difundidas, además, no tiene visión ni intención estética en sus trabajos. Es decir, no son escritoras literarias propiamente tales: no aparentan una voluntad de formatividad desde el lenguaje, ni tienen intenciones de pensar críticamente la literatura ni los alcances artísticos del trabajo de aquellos autores que son sus influencias, por ejemplo.

Autores varones que calzan con este perfil comercial los hay también, obviamente, pero su percepción social es bastante distinta. Si pienso en dos autores jóvenes de gran y relativamente reciente éxito editorial como Patrick Rothfuss o Brandon Sanderson, me encuentro con que suelen ser bien valorados al menos como narradores y que sus sendos públicos lectores van desde quienes comentan sus libros en escasas y superficiales líneas a críticas muy elaboradas sobre cómo sus trabajos dialogan con la tradición de la Fantasía.

Personalmente, no me atrae literariamente el trabajo de ninguno de los dos, pero no puedo soslayar el hecho de que ambos, al igual que otros como Neil Gaiman o China Mieville, sí han desarrollado propuestas estéticas reconocibles y factibles de análisis y discusión. Asimismo, todos tienen intenciones de extender reflexiones sobre la literatura de imaginación y, en particular, de la Fantasía

Debo reconocer que muchas de sus posturas me son rebatibles y molestas, pero me dan cuenta de que sus autores están pensando la Fantasía que leen y escriben. De manera discutiblemente irresponsable e imprecisa, quizá, pero es evidente que se trata de algo de interés para ellos. Son escritores que despiertan pasiones en sus públicos lectores y son hombres-franquicia también, si se quiere, pero por cierto que tanto en sus trabajos literarios como críticos exhiben algo más que sólo historias desechables de portadas vistosas.

Algo que, por desgracia, casi no se ve en sus pares femeninos equivalentes. Pero que no se vea no significa que no exista, evidentemente. Son escasas las autoras que han emitido alguna opinión o, mejor aún, han escrito un texto minucioso para abordar crítica y reflexivamente el tipo de literatura que escriben y cuya voz haya sido bien difundida. Sin duda existen, pero los medios no hacen eco de estas voces como debieran, lo que no es de extrañar considerando que ni siquiera se esfuerzan por difundir sus obras literarias, donde aquellas visiones críticas debieran plasmarse en el tejido mismo de su lenguaje.

Ilustraré lo anterior centrándome en el contexto específico de Latinoamérica. En este continente existen un puñado de grandes autoras de literatura de imaginación de cierto renombre: las argentinas Liliana Bodoc (1958) y Angélica Gorodischer (1928), la cubana Daína Chaviano (1957), la mexicana Verónica Murguía (1960) y la chilena Elena Aldunate (1925-2005), entre otras. Sin embargo, la presencia y reconocimiento de todas es muy dispar y localizado, o bien, de reducida difusión popular.

Gorodischer es una autora de culto para lectores que aúnan un interés por lo estético y la especialización de lo fantástico; en cierto sentido, ha logrado integrar un canon. Bodoc es sumamente popular en espacio académicos enfocados en la literatura infantil y juvenil, pero su popularidad en los lectores comunes no argentinos, tanto a partir de sus obras literarias como en su visión crítica de la literatura y la lectura, parece ser bastante más discreta. En cuanto a Chaviano, también goza de un reconocimiento que, al parecer, no alcanza a Sudamérica, aun cuando su impecable sitio web dé cuenta de la relevancia de sus trabajos y sus opiniones. Murguía, en tanto, obtuvo también gran valoración desde el circuito LIJ especializado en España y México tras ganar el Gran Angular el 2013 con una novela juvenil de fantasía épica insospechadamente bien criticada (considerando lo mucho que esta gente parece odiar la Fantasía a veces), pero nunca he visto un libro suyo, ni siquiera la premiada Loba, en el catálogo chileno de SM. Ni hablar del resto de sus trabajos, publicados por editoriales mucho más pequeñas y locales. Por último, Aldunate es una gran postergada dentro del canon de literatura fantástica chilena, a quien se le suele olvidar al momento de hacer recuentos sobre una tradición de ciencia ficción y literatura fantástica nacional plagada nunca mejor dicho de hombres y de quien hace pocos años se editó una antología que rescata del olvido algunos textos sumamente interesantes y para la que escribí ésta reseña hace tiempo.

Podría decirse, a grandes rasgos, que cada país latinoamericano lee a sus propias autoras y que, por causas diversas, éstas tienen limitadas oportunidades para alcanzar públicos extranjeros, aún cuando hablen su mismo idioma. En semejantes condiciones, por supuesto que cuando las autoras no son hispanoparlantes la cosa empeora. El público lector latinoamericano no necesariamente lee, comenta, estudia o investiga en inglés, la lengua más popular para la literatura de imaginación, lo que les impide conocer el trabajo de autoras que aún no han sido traducidas al español.

La situación, me temo, es distinta en España, en donde actualmente proliferan numerosas editoriales independientes y sellos de transacionales (Fantascy, RBA Fantástica, Scyla) dedicado exclusivamente a la literatura de imaginación. Algunas de estas iniciativas han logrado introducir al público hispanoparlante obras de autoras como Aliette de Bodard, Elizabeth Bear (Fata Libelli) o Nina Allan (Nevsky Prospects), a la par que se han impulsado también las publicaciones de autoras hispanas jóvenes, como Virginia Pérez de la Puente (Ediciones B), Montse de Paz (Minotauro) o Concepción Perea (Fantascy).

Al respecto, España también cuenta con nombres nacionales tremendamente destacados. Desde un ámbito más comercial, Laura Gallego ha sido todo un fenómeno juvenil para la Fantasía, hasta el punto en que ¡oh, milagro! sus obras se pueden conseguir con facilidad en librerías chilenas. Desde ámbitos más estéticos, sin embargo, también existen autoras como Elia Barceló o Sofía Rhei, nombres recurrentes en antologías y recuentos de mujeres escritoras destacas en español que, por desgracia, han publicado obras desconocidas en este continente y de difícil acceso, sobre todo si no se tiene facilidades para comprar en línea por falta de cuenta en Paypal o tarjeta de crédito (carencia habitual en la clase media latinoamericana, o quizá es sólo que yo soy muy pobre).

Una iniciativa a destacar en esa senda es la reciente antología digital de ciencia ficción Alucinadas (Palabristas, 2014), surgida a partir de una convocatoria destinada exclusivamente a mujeres escritoras y que resultó un éxito en participación y en ventas. Aunque la nómina de autoras tiene una mayoría absoluta de españolas, lo que hace pensar sombríamente sobre el nivel general de quienes escriben en este continente, la ganadora resultó ser la argentina Teresa P. Mira de Echeverría. Adicionalmente, se incluyó un relato de la propia Angélica Gorodischer a modo de sorpresa, en un claro reconocimiento a la tradición hispanoamericana de esta estética.

Proyectos como Alucinadas dan cuenta de la intención de parte del sector independiente de abrir espacios para que las voces de las autoras puedan resonar con la intensidad que necesitan sus historias. Sin embargo, el esfuerzo no es suficiente. O, mejor dicho, el interés. Hoy en día, con internet al alcance, es mucho más sencillo conducir búsquedas de escritoras no comerciales y que el canon de género ha orillado a la perifera. Quizá, llegar a poseer algunas de sus obras, ya sea impresas o digitales, sea mucho más complejo, pero al menos se pueden descubrir sus nombres y, si tienen una web crítica, sus pensamientos y visiones. 

Me resulta sorprendente constatar la indolencia de algunos sectores ante la posibilidad de ampliar sus nóminas de lecturas más allá de las fronteras de sus respectivos países. Quizá tenga que ver con esa peculiar creencia que dicta que hay que "valorar el producto nacional". Personalmente, en lo que a literatura se refiere, prefiero valorar las buenas historias y, en particular, a la Fantasía de calidad estética. La literatura es mucho más que un producto. Y, en el caso de las escritoras chilenas de literatura de imaginación, no puedo decir que pueda estar en condiciones de hacer algo como este texto de Gabriela Damián, " 'Quizás quiso decir: escritores mexicanos'. Escritoras de literatura fantástica y ciencia ficción mexicana". En él, critica la nula presencia canónica de escritoras de género en su país a la vez que presenta nombres, recientes y de décadas pasadas, con propuestas muy valiosas. Si yo intentara emular su trabajo, al llegar a la parte de rastreo de autoras nacionales me iría a un abismo muy hondo debido a mi indiferencia absoluta como lectora ante las obras intencionadamente comerciales o que no expresen visiones contundentes de las estéticas a las que supuestamente adscriben. 

Esta distancia natural hacia quienes se podrían considerar mis pares, paradójicamente, me ha permitido dar con autoras que me resultan mucho más cercanas o interesantes a priori, vengan de donde vengan. Y esto, a su vez, me permite cerrar este texto con la siguiente reflexión: lo que subyace (o debiera subyacer) a una campaña como #ReadWoman2014 no es una simple "revencha de género", sino la urgencia de plantearnos si estamos, como lectores, yendo más allá de fronteras de todo tipo (locales, comerciales o discriminadoras, entre otras), externas a la calidad, al momento de leer a una autora en particular. En el caso de la literatura de imaginación, estas fronteras parecieran ser dobles, por la usual naturaleza periférica de este tipo de obras, que ha causado que las lecturas de estas escritoras sean casi de ghetto.

Creo en la necesidad de echar estas barreras abajo a través de la curiosidad intelectual, la perseverancia y, sobre todo, en la entereza de poder reconocer que una escritora no tiene por qué importarnos sólo por ser mujer, pertenecer a nuestro propio país y/o escribir literatura de imaginación. En fin, en la necesidad de poder expresar con entusiasmo que, así como disfrutamos enormamente obras escritas por hombres que han cambiado nuestra vida, también son relevantes para nosotros obras escritas por mujeres y que estamos seguros de que hay muchas más de éstas que están a la espera de llegar a nuestras vidas... si sólo nos esforzamos un poco en ir más allá las convenciones que se nos han impuesto.