miércoles, 30 de septiembre de 2015

Historia de un oso: el arte como restauración


(Este texto incluye descripciones y discusiones sobre aspectos argumentales del cortometraje. Se recomienda verlo antes de continuar leyendo. Puede adquirirse por USD 2.99 en el siguiente enlace).

ACTUALIZACIÓN 29/02/16: ¡Historia de un oso ha ganado el Oscar 2016 a Mejor Cortometraje de Animación! Una demostración de que, contrario a lo que demuestra la experiencia, las historias de esperanza y redención aún parecen importarle al ser humano.

El 2014, tras cinco años de trabajo, se estrenó el cortometraje animado Historia de un oso (Bear Story) [1], creado por el estudio audiovisual chileno Punk Robot y dirigido por Gabriel Osorio. La obra ha cosechado gran cantidad de galardones internacionales (más de 40), destacándose tanto la emotividad de su triste argumento como las alusiones a la realidad histórica y sociocultural chilena.

Llegué a este corto como debiera llegarse a todas las historias importantes: sin bullicio previo, sin contexto. Por supuesto, sabía que la obra estaba acumulando premios y acaparando atención a toda velocidad, pero soy una persona muy lejana al mundo del cine, incluso al de animación, y lo que terminó motivándome fue el hecho de que sus protagonistas fueran osos antropomórficos bellamente diseñados. Me pareció curioso que un país tan renuente a los usos más arriesgados de la imaginación como Chile hubiera optado por esta decisión creativa en una obra que no estaba rotulada como infantil. Pensé que aquí podría haber algo que tendría más posibilidades de resonar en mí que otros trabajos nacionales, y no me equivoqué.

Historia de un oso es una obra magnífica. Como lo señala el título, se centra en la vida de un oso que intenta lidiar día a día con la pérdida de su esposa y su hijo. Tiempo atrás, la familia sufrió la detención del protagonista a cargo de una patrulla. Ésta lo forzó a trabajar en un circo, en condiciones cercanas a la esclavitud, hasta que al fin consiguió fugarse. Sin embargo, al regresar a casa, sólo se encuentra un hogar en ruinas, sin rastro de sus seres queridos. Desde entonces, el oso sale a las calles a contar esta experiencia a través de un teatro de marionetas, con el que recrea sus recuerdos personales.

Existen muchas maneras de describir Historia de un oso. Es, sin duda, la historia de un oso, de uno que ha perdido a su familia y que sólo cuenta con el arte como forma de memoria y consuelo. Igualmente, es una historia universal de una pérdida y del dolor de la injusta ausencia y de la innecesaria crueldad. Pero también, desde otra lectura, una historia sobre las heridas que la dictadura chilena abrió en el corazón de tantas familias, heridas que no han podido sanarse.

Gabriel Osorio, en una entrevista a la revista Qué Pasa, revela que el cortometraje está inspirado en su propia experiencia familiar: 

Yo quería hablar de mi abuelo, y de cómo los recuerdos te pueden mantener vivo. […] El oso que vuelve y su familia que no está tiene que ver con mi abuelo exiliado, que volvió a Chile y mi padre ya había muerto.

Leopoldo Osorio, según se cuenta en esta nota, adscribía al partido socialista. Tras el golpe, fue encarcelado y luego exiliado, encontrándose a su regreso a Chile que su familia había cambiado. Una historia que podría ser la de muchos exiliados chilenos que tuvieron que abandonar su país, sus seres queridos y los hogares en donde habían crecido para salvarse y proteger a los suyos, a expensas de ver sus vidas mutiladas. Pero lo que podría haber inspirado un trabajo de perfil documental o una ficción de visos históricos, como ha sucedido en otras ocasiones, en Punk Robot tomó la forma de una obra plenamente universal y de insólitos matices de redención, capaz de emocionar a todo tipo de espectador.

Como es habitual en Chile, muchas personas han preferido leer Historia de un oso exclusivamente como un trabajo alegórico sobre la dictadura, marginando cualquier otro tipo de interpretación posible [2]. Sin embargo, esta tendencia es comprensible: semejante experiencia histórica no sólo supuso la horrorosa destrucción impune de muchas vidas, sino también un embrutecimiento de la capacidad fabuladora y un pavor a la imaginación que se arrastran aún hoy. Por ello, a pesar de que esta historia nace de un conflicto íntimo anclado en un período concreto de Chile, Antonia Herrera (Directora de Arte) explicita que la intención de su equipo era trascender esta contingencia:

Queríamos contar la ruptura con la familia pero sin hablar del Golpe, no ser específico, sino que fuera más universal y estuvimos pensando en cómo traducir [esta experiencia].

Osorio complementa esta idea detallando parte del proceso creativo, en que la experiencia personal fue reelaborada: 

Mi abuelo era súper grande[;] entonces yo lo asocié con un oso. […] La idea de que fuera este animal se comenzó a apoyar porque lo iban a raptar, entonces ¿cuál podría ser el más buscado para trabajar en un circo? Eso nos llevaba a este mamífero, porque además podía hacer roles de humanos, como malabarismos.

Este proceso de reelaboración también influyó en la construcción del entorno en que habita el oso protagonista, de clara inspiración en el Chile de los 70’. Así, se tomó como referente de época la comuna industrial santiaguina de Quinta Normal, con su profusión de edificios e industrias. Detalles particulares como los adoquines o las señaléticas viales en blanco y negro con los nombres de las calles también crean marcas de identidad en esta sociedad de animales antropomórficos. 

Sin embargo, uno de los aspectos más destacados es el uso recreado del protagonista como organillero, figura típica del Chile de la zona central. Tal y como se señala en la nota de Solomonos Magazine, el organillo es un instrumento musical, no un teatro. Lo que los autores hicieron, entonces, es fusionar elementos propios del organillo con los de las sombras chinas, para dar finalmente con una máquina única, capaz de contar una historia con muñecos de hojalata a la par que emitir una melodía como las de las cajas de música, llena de nostalgia y dulzura.

Este notable trabajo de investigación y reelaboración de elementos socioculturales chilenos se plasma de manera muy natural y fluida en el corto. Esto contribuye también a la identificación de rasgos propios de nuestra realidad histórica sin tener que restringir la comprensión y valoración de la obra únicamente a su asociación a ella. Y personalmente creo que este es uno de los méritos más grandes de Historia de un oso: hacer de una experiencia íntima de una familia específica, condicionada por un terrible evento histórico, una narración de dolor y esperanza a la que cualquier persona pueda asignarle su propio sentido coherente, como corresponde a toda obra de arte.

Pongámonos en el caso de un niño, ajeno aún a los hitos más descarnados de Chile, que ve el cortometraje. ¿Qué lectura haría él de los crueles vejámenes a los que someten al oso? Pues, probablemente, una lectura basada en la literalidad del episodio: unas criaturas malvadas que apartan al oso de su familia sólo por el egoísta fin de hacerlo trabajar en el circo, sin importarles su tristeza o su indefensión. Quizá la historia haga reflexionar a este niño sobre la crueldad de los circos y la falta de empatía de quienes permiten su existencia. Esto no se relaciona directamente con las personas destrozadas por la dictadura, pero la esencia apuntará a un dolor que no le está tan lejano como pareciera: familias apartadas por la inhumanidad de quienes creen que sus ideales son más importantes que el amor, y que están dispuestos a justificar acciones horrorosas en pos de un discurso que les resulte conveniente.

He señalado el caso hipotético de un niño porque pienso que, a pesar de todo, ellos son quienes están más cerca de hacer suyo el corazón de una historia sin extraviarse en marañas de simbolismos o referencias. Que personas así, tan desprendidas a veces de todo accesorio adulto, puedan llegar igualmente a esta esencia, dice mucho de la obra. 

Y, bueno, también he hablado de un niño porque me intrigaron las siguientes palabras de Osorio:

Bear Story no es una historia para niños, no con ese final. Pero es un tipo de cine. Casablanca tampoco tiene un final feliz, pero dicen al final: “Siempre tendremos París”. Y París son nuestros recuerdos. De eso se trata: siempre tendremos nuestros recuerdos, y nos sirven para seguir viviendo.

En su momento, me pregunté por qué, una vez más, se tiende a desasociar la tristeza de la infancia. ¡Los niños pueden entender la tristeza! Hay niños muy tristes, ya sea porque se trate de su naturaleza o porque sus experiencias personales los han llevado a esto. Tal vez no la asimilen de la misma forma que un adulto, pero es una emoción de la que no están ajenos. Me atrevería a decir que muchos niños entienden que el final feliz de algunos cuentos es necesario, no porque los envuelva en una burbuja apartada de la realidad, sino precisamente porque su propia vida real les es tan dolorosa que la esperanza se debe obtener desde aquel último reducto que, a diferencia de otros seres humanos, jamás se las negaría: las historias de ficción.

Pero esto no significa que no estén preparados para leer o contemplar una historia de desenlace infeliz. El propio director alude a la esperanza a través del acto de recordar, de echar un leño más al fogón de la memoria. Muchos niños entienden que los finales de las historias, felices o no, han supuesto gran cantidad de pérdidas en el camino. Historia de un oso no es la excepción. Pero, en su caso, presenta algo más, algo que podría cuestionar la tristeza de su desenlace, a menos que entremos a complejizar nuestra noción de tristeza.

Con ello quiero referirme a un detalle que no vi desarrollado en las notas de prensa sobre el cortometraje: el arte como transformación y sanación. Me temo que esta omisión, deliberada o inconsciente, se deba precisamente al desprecio que la sociedad chilena siente hacia la concepción del arte como una práctica que podría llegar a sanar tanto a su creador como al espectador. Y por sanar no me refiero a eliminar automáticamente las huellas del dolor, por supuesto, sino a proveer un espacio en que éstas puedan asumirse y redimirse a través de la reinterpretación.

Esto es lo que hace el oso protagonista. Él tiene una historia que contar: la suya. Para ello se dedica a crear y pulir las figuras que lo representarán a él y a su familia y a elaborar una narrativa nueva en la que pueda representar sus experiencias. Pero no se queda con la vivencia concreta, sino que la transforma.  En la vida real no siempre hay finales felices, y eso no depende de nosotros. Pero en la ficción, de la que somos autores, quizá sí. De modo que el oso reescribe su historia de la forma en la que él desearía que hubiera sido en su vida real: con un desenlace en la que logra reencontrarse con su familia. 

¿Por qué hace esto? Podríamos decir que por consuelo o por urgencia, pero eso sólo explicaría la creación misma del teatro, no el acto de presentarlo como un espectáculo público. Creo que la voluntad de hacer de su obra una exhibición tiene que ver tanto con el deseo de preservar la memoria de lo ocurrido como con extender una noción de esperanza a los espectadores: las cosas pueden ser distintas, si entendemos qué fue lo que sucedió. Los finales felices son posibles (que no probables), tal vez, si nos esforzamos y las condiciones nos son favorables.

Más importante aún es la reacción del oso niño que contempla la narración: primero, el estupor de haber visto algo importante y hermoso; luego, la sonrisa. El oso acepta su moneda y a cambio le entrega un remolino, como recuerdo de la experiencia. Mientras el oso niño se marcha de la mano de su papá, el oso protagonista observa una fotografía con su familia; podemos suponer que ha visto en ese pequeño a su propio hijo. Pero su reacción entonces no es de nostalgia o tristeza por las similitudes, sino de alegría: él también sonríe. Sonríe, creo, porque ha contado una vez más su historia y porque alguien, un niño, ha disfrutado con ella. Porque, en esos breves momentos en que dura la narración en la que tan duro ha trabajado, y en especial en esa sonrisa, ha encontrado el consuelo. Porque el arte, su arte, lo ha salvado.

¿Cuántas veces hemos leído o escuchado cosas tales como “el arte (o la literatura) no salva a nadie”? El problema no es el enunciado en sí, pues cada persona ha de tener una experiencia individual e intransferible, ninguna necesariamente mejor que otra.  El problema es la innecesaria e inexplicable generalización: si el arte no me salvó a mí, o si no pudo hacerlo, no puede ni podrá hacerlo por nadie más. ¿Por qué? Es muy violento tener que negar una experiencia semejante proveniente de otra persona, en la medida en que sea distinta a la propia, pero lo es más aún burlarse de quien se atreva a sostener que el arte sí lo ha salvado. 

Volviendo al tema de esta obra, un cortometraje como éste no borrará el dolor de todas las familias que vivieron lances similares en la dictadura. Tampoco creo que lo pretenda. Es una historia cuyo origen nació de una vivencia íntima, después de todo. Pero sí creo que, en cada una de las personas que nos hemos emocionado al verla, algo se ha restaurado

Me parece que ésta es una línea que el arte chileno debería animarse a fortalecer: la restauración. Muchas obras que han abordado previamente la dictadura y sus consecuencias lo han hecho desde un reflejo fidedigno de una desesperanza que, en cierta forma, sigue vigente. Estas obras han sido fiel retrato de unas palabras que son una realidad cotidiana para muchas personas que aún ignoran el paradero de los restos de sus seres queridos desaparecidos: sin perdón ni olvido. Estas obras son necesarias. 

Sin embargo, creo que hay igualmente espacio para otro tipo de trabajos que, sin negar estos horrores, se atrevan a explorar también la esperanza. Me refiero a obras como Historia de un oso, o al poemario Niños, de María José Ferrada, que intenta restaurar la infancia de niños ejecutados en dictadura a través de poemas hermosos, llenos de la vida que les fue arrebatada. Personalmente, en esta intención poética de recrear desde el lenguaje lo que se destruyó de una manera tan horrible, veo una de las expresiones más poderosas de la literatura. 

Es el mismo procedimiento al que recurrieron tanto el oso protagonista como el equipo de Punk Robot, desde sus propias artes. Osorio señala:

El hecho de hacer una historia dentro de otra tiene por objetivo reflejar un poco lo que nosotros hacemos, que es la animación. Tiene una parte de mi abuelo y otro parte de mí, en donde un personaje modela a los osos de metal.

Pero, si hablamos del arte como restauración, cabría preguntarse entonces de qué forma afectó este hermoso cortometraje a la familia del director. Sólo se hace una alusión muy breve en una de las notas de prensa, respetando su intimidad: 

Hace unos meses, luego del éxito del cortometraje, [Osorio] decidió juntarse con su abuelo, el oso original, y mostrarle lo que había hecho con la historia de la familia. Cuando cuenta eso, se emociona.
Esos recuerdos, lo que su abuelo le dijo, sólo quedarán para él.

Aun así, quisiera imaginarme que Gabriel Osorio puede haber sonreído también. Como el oso protagonista. Como el niño oso. Como muchos de nosotros, tras ver su obra.




Referencias

Riveros, P. (2015). "Historia de un oso". En Solomonos. Disponible en: http://solomonos.cl/historia-de-un-oso/

Alonso, N. (2015). "Nieto de un oso". En Qué Pasa. Disponible en: http://www.quepasa.cl/articulo/cultura/2015/09/nieto-de-un-oso.shtml/


Notas


[1] Evidentemente, Historia de un oso NO es una obra de Fantasía. Pero quienes hayan visto el corto y tengan un mínimo de entendimiento en la estética de ésta concordarán conmigo en que es bastante más fiel a su espíritu restaurador que muchas otras obrillas que desvergonzadamente se presentan a sí mismas como tales.

[2] Tan pronto Historia de un oso se adjudicó el Oscar, comenzaron a surgir con especial fuerza diversas discusiones sobre las interpretaciones posibles de la obra. Por desgracia, tal y como me lo temía, aparecieron algunas voces que efectivamente condenaron toda lectura que no fuese alegórica, llegando hasta la burla o el insulto hacia quienes no compartían su visión (o hacia quienes preferíamos centrarnos en otros aspectos). A propósito de esto, dejo esta nota con palabras del propio director, que refuerzan la intención autoral de darle un enfoque más universal a una historia particular y que incluso se permiten no condenar a la derecha chilena, que en su momento celebró también la obtención del galardón.

3 comentarios :

  1. Que gusto haber podido volver a leerte Paula. Desde hace tiempo había visitado el blog y no había ninguna novedad. Bueno el cortometraje me gustó mucho, no sabía que era chileno, porque no pensé que en Latinoamérica se hicieran cortos de esa calidad. Estoy de acuerdo con lo que has escrito, yo también sentí que era una historia dentro de otra historia, y fue un claro ejemplo de cómo funciona el arte en general; no creo que una persona pueda crear una obra de arte que no tenga algo de su vida; además el arte y la ficción te ofrece lo que le ofreció al oso protagonista: un final alternativo o diferente, su propio final. No tengo nada más que decir, solo no te pierdas por mucho tiempo.

    Pd: ¿Tienes otro blog o algo para seguir tus actualizaciones?

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    1. ¡Hola, Jair! Gracias, como siempre, por pasar y comentar :D

      Sí, es verdad que he estado más ausente que de costumbre, por diversas razones. Lo bueno es que he estado escribiendo mucho, así que a pesar de las turbulencias de mi vida en los últimos meses he sido muy feliz en ese proceso. Pero claro, como no he subido cosas por aquí ni le he mostrado mi trabajo a nadie, es como si hubiera desaparecido. (También soy muy activa en Twitter, pero en general para cosas de ocio).

      Comparto el estupor inicial sobre la procedencia de la obra, si bien debo reconocer que últimamente he podido descubrir que existe un movimiento de animadores que desean hacer cosas muy bellas en esta área en nuestro continente. Es de esperar que este tipo de iniciativas abra más campo para sus proyectos y para este tipo de visiones.

      Otro corto animado que me gustó muchísimo es "Día de muertos", aunque tengo entendido que no se creó en Latinoamérica. Sin embargo, comparte esta visión redentora y esperanzadora de la ficción y el sueño como vías para sanar y entender mejor algunas experiencias de la vida, sin dejar en ningún momento de trabajar con algo tan local como la celebración a la que debe su nombre, siempre desde la cultura mexicana. Te lo recomiendo mucho.

      Respecto a otros blogs, tengo también La Narrativa de los RPGs, cuyo banner puedes ver en el costado del blog. Ahora, ¡ese está aún más abandonado que Fay! Lo que opté por hacer es crear una mini web gratuita para ir almacenando una selección de textos y otros documentos de mi autoría, así como mis obras literarias publicadas.

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      Probablemente la presente por aquí en algún momento. Lo bueno es que en ella tengo tres blogs independientes, cada uno separado por temas, a los que te puedes suscribir a través del botón "RSS Feed".

      Es una opción muy ordenada y sobria para recopilar mi trabajo y estoy bastante satisfecha con su aspecto y funcionalidad actual. Puedes pasarte por ahí, por si encuentras algo que no hayas visto en otro de mis espacios :D

      ¡Un abrazo!

      Paula

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  2. Gracias por responder Paula :D

    Me ha parecido muy bueno el corto Día de muertos, creo que al igual que Historia de un oso, busca un final feliz, es decir que al final los personajes terminan con una sonrisa; me ha gustado también que haya sido un vídeo alegre (por los colores y el baile); y por eso mismo me ha resultado más dramático Historia de un oso.

    Que bueno que hayas podido escribir mucho, aunque no lo hayas compartido, ya llegara el momento :).

    Arboloria me parece fabuloso, me gusta mucho la página de inicio, ya me iré adentrando por ahí.

    Pd: Me creare una cuenta de Twitter para poder seguirte.
    Saludos.

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