sábado, 13 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre #ReadWomen2014 (I): Las escritoras invisibles

En esta primera entrada de las dos que dedicaré a la iniciativa #ReadWomen2014, contextualizo la campaña y reflexiono sobre su pertinencia y urgencia como un paso inicial para devolverle a la figura de la escritora la relevancia que necesita, en paralelo con la del escritor.

mujeres, escritoras, autoras, censuraEsta es la primera parte de un par de entradas dedicadas a la iniciativa #ReadWomen2014 y las reflexiones que surgieron en mí a partir de ella. En la columna que sigue a continuación, contextualizaré esta campaña y reflexionaré sobre su pertinencia y urgencia como un paso inicial para devolverle a la figura de la escritora la relevancia que necesita, en paralelo con la del escritor.

En la segunda parte, pretendo reflexionar en torno a la situación específica de las autoras de literatura de imaginación, finalizando con un listado personal de obras escritas por mujeres que logré leer este año y las que deseo leer en el curso de los siguientes.


Entre las campañas lectoras independientes que surgieron a modo de desafíos a través de las redes sociales, destacó con especial relevancia #ReadWomen2014. Esta iniciativa, originada por Joanna Walsh en principio como una serie de tarjetas ilustradas con escritoras de su preferencia, colocó en el debate masivo la necesidad de abrir espacio en nuestras bibliotecas, librerías, estudios y lecturas a obras escritas por mujeres. 

A pesar de la excelente recepción que tuvo esta campaña a lo largo de todo el año, se hace conveniente preguntarse críticamente a uno mismo por qué estas iniciativas son necesarias aún en nuestra sociedad. En otras palabras, si hacemos una campaña específicamente orientada al (re)descubrimiento de la literatura escrita por mujeres, ¿no querrá decir que todavía no hemos superado el afán de censura e invisibilización hacia las escritoras y sus historias o trabajos literarios en general? Lamentablemente, la respuesta parece ser afirmativa: así es, no hemos superado esto, al menos no como debiéramos. De lo contrario, #ReadWomen2014 no habría tenido que existir. A nadie se le podría haber ocurrido un #ReadMen2014, porque es un hecho que cada persona que tenga una biblioteca y se considere a sí mismo lector o lectora habrá leído al menos a un escritor varón cada año. Es la obviedad de esta situación, que resulta mucho menos extraña aplicada a las mujeres, el verdadero problema.

Y es que es fácil malinterpretar una idea como ésta como una suerte de discriminación positiva o una estrategia nacida del deseo de equiparar la "cuota de género", cuando en verdad nace de un conflicto muy complejo y con raíces históricas y socioculturales que aún entierran sus filamentos en nuestro presente y en torno a los cual el feminismo, como movimiento, se construye y reconstruye constantemente. Para mayor profundización en este aspecto y, en realidad, de esta columna entera, recomiendo encarecidamente la lectura del estupendo y diáfano ensayo "Reconstructoras del tiempo y el espacio" de Gabriela Damián

Como muestra de visiones disidentes a estas iniciativas pero que sin embargo exponen puntos destacables y que no necesariamente caen en la condescendencia, está la de Daniela Franco en Letras Libres

Quizá el verdadero paso hacia la igualdad será dado cuando nadie nos pida que leamos a una escritora únicamente por el hecho de ser mujer (...). Como artista me resultaría condescendiente que alguien me prefiriera por ser mujer. 

Entiendo plenamente sus razones y las comparto en su esencia: ante todo, en una obra de arte debiera primar el juicio estético y no el género de su autor, por mucho que su visión particular sobre la vida y la sociedad se desprendieran en buena parte de sus concepciones de género personales.

Sin embargo, se debe recordar que una obra de arte está emplazada en un contexto sociocultural que no sólo condiciona su valoración estética, sino incluso su visibilidad y alcance en la propia sociedad. Eso es lo que, personalmente, considero de mayor conflicto en este asunto: si no hiciéramos ningún esfuerzo adicional para incluir autoras en nuestras lecturas, estoy convencida de que el porcentaje de sus obras que llegarían a nuestras manos y bibliotecas sería considerablemente inferior al de los autores, sin que alteremos en lo absoluto nuestros hábitos lectores o de búsqueda de nuevos libros. Y esto, desde luego, nada tiene que ver con juicios estéticos: una mujer puede escribir obras tan valiosas como los hombres, obviamente; de hecho, lo viene haciendo desde las civilizaciones más antiguas, como es el ejemplo de Safo de Lesbos y los poemas y fragmentos líricos de su autoría que se conservan en la actualidad.

El problema es que nuestro sistema cultural y su expresión en la industria editorial y agentes similares están estructurados de manera que no podamos acceder al trabajo de estas mujeres con la misma facilidad que con los hombres. Esto puede plasmarse en algo tan sencillo como llevar la cuenta de las escritoras que tenemos en la biblioteca o de las que han obtenido premios en determinado contexto editorial (como lo hizo Ursula K. Le Guin en su artículo "Award and Gender", en su libro de ensayos The Wave in the Mind, con resultados desoladores), hasta identificar perfiles de autora en aquellas que concitan mayor interés en el medio literario. 

Respecto a esto último, me temo que es más probable que nos encontremos con nombres ligados al aspecto más comercial de la industria literaria y que se yerguen más como instituciones que como autoras —J.K Rowling, Isabel Allende, Suzanne Collins o Danielle Steel, por ejemplo— antes que con escritoras tanto de ficción de verdadero valor estético como de pensamiento crítico, como Virginia Woolf, Natalia Ginzburg o Susan Sontag. Personalmente creo que no sirve de mucho que se sostenga que hoy en día una parte considerable de los escritores exitosos y que han creado tendencias sean mujeres, porque no me interesa en lo absoluto el éxito ni la tendencia: busco literatura, el arte del lenguaje. Y quiero, como lectora, tener la misma posibilidad de encontrarme con una de sus obras en bibliotecas y librerías que de hacerlo con obras que atraigan de la misma forma mi interés, pero que hayan sido escritas por hombres.

Como Lilián López señala, gracias a quien conocí el texto de Daniela Franco, todo esto se trata 

Más bien, [de] leer a las que no sabemos que existen, porque no han sido integradas al canon, porque se mantienen en una trastienda, y porque deberían estar, por su altura literaria, en dicho canon. 

Me parece que instancias como la campaña #ReadWomen2014 son oportunidades invaluables para permitirnos reconocer, las veces que sea necesario, que sin duda existe censura e invisibilización de la literatura escrita por mujeres en nuestra sociedad. Sólo entonces podremos comenzar a diseñar o exigir estrategias que se enfoquen en el problema desde su raíz en tanto anulación en el medio literario (políticas editoriales y bibliotecarias, hábitos lectores legitimados desde instituciones de fomento lector, entre otros agentes relevantes) como prejuicio discriminador o derechamente misógino (preconcepciones personales peyorativas y sesgadas en torno al oficio literario de las escritoras). 

Por lo mismo, me gustaría considerar a #ReadWomen2014 como una propuesta que no debiera acabarse junto con el 2014. ¿De qué nos sirve armar un listado de obras escritas por mujeres y llevar la cuenta de las leídas con un vistoso banner en nuestro más vistoso blogs de reseñas literarias, si luego volveremos a nuestra rutina habitual? No de mucho, supongo. Más aún si esas autoras se inscriben en el perfil de escritora como institución, porque éstas al menos cuentan con el apoyo de las comunidades lectoras y de las editoriales que las publican, venden y transan como mercancía. Cuando hablamos de censura e invisibilización hablamos de poder, y hoy en día, cuando la academia parece cada vez más desacreditada y decadente, las editoriales y este tipo de escritoras no están precisamente desvalidas en ese aspecto. 

Por tanto, creo que es necesario que interpretemos esta campaña como una oportunidad para abandonar prontamente nuestra habitual zona de confort y atrevernos con obras que realmente importan, obras escritas por mujeres que las escribieron puliendo cada palabra como una piedra preciosa mientras luchaban de espaldas al mundo. Hablo de obras clásicas relativamente olvidadas en las comunidades lectoras, sí, pero también de trabajos contemporáneos que, aun concitando lecturas y ventas constantes, no suelen atraer nuestra atención ni estar demasiado disponibles para que los conozcamos o los adquiramos. Entre muchas otras propuestas periféricas, por cierto.

Creo también que es necesario que no sólo nos dediquemos a leer a escritoras, sino también a reflexionar críticamente en el proceso. Al menos en mi caso particular, como lo abordaré en la siguiente entrada, la experiencia de #ReadWomen2014 me sirvió más para prestar atención a mis lecturas y los criterios y condicionantes que yacen tras ellas que sólo para leer más obras de autoras. De lo contrario, siento que la iniciativa se quedaría sólo en un reto “entretenido” más, algo para incrementar tu contador en Goodreads y crear una nueva estantería o hashtag en espacios de lectura en internet. Es decir, un flaco favor para las mujeres que dejaron la vida (en todos los sentidos posibles) en las páginas que llenaron con sus palabras y que tal vez, de haber contado con un espacio equivalente al que tuvieron sus pares varones, podrían haber escrito obras aún mejores que las que les conocemos hoy en día.

Nunca olvidaré un pasaje de Un cuarto propio, el increíble ensayo de Virginia Woolf, en que da a entender que lo que le impidió a una maravillosa autora como Charlote Brontë llegar al pináculo de su talento literario fue la indignación de sus propias circunstancias de vida. Puesto que yo misma soy muy furiosa en lo que suelo escribir, ese fragmento se ha quedado conmigo y ha regresado a mi mente mientras escribo esto. Quizá, pienso, esto corre el peligro de convertirse en un círculo vicioso: se escribe con furia para rajar las circunstancias socioculturales que atentan contra la naturaleza propia de ser mujer y de la forma en particular en que cada una vive este ser mujer, pero a la vez es esta furia la que arroja un pesado velo sobre una escritura que quiso nacer ligera, fluida como el agua. 

Quizá este peligro es el que estemos viendo, desde otra perspectiva, en las imprecisas acusaciones hacia este tipo de proyectos: que caen en el mismo sexismo que denuncian al supuestamente imponer escritores de un solo sexo/género, por ejemplo. El término feminazi, con todo lo horroroso que conlleva y de lo que se originó, se ha popularizado por algo más que la aparente estupidez e ignorancia de quienes lo usan cotidianamente: lo ha hecho también porque muchas personas, en su percepción de sentirse amenazadas por visiones que las vuelcan a reconsiderar sus privilegios o su aceptación ante la ausencia de estos, sienten que hay una furia desbordada que no tiene lugar. Su probable falta de empatía les impide entender cómo y por qué otras personas adscriben a modelos feministas como aquellos, sin duda, pero eso no impide que esa furia no sea sana en sí misma para la gente que la expresa en su discurso ni para aquellos a quienes desean proteger y liberar desde él.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer en este tipo de circunstancias para cortar de una vez este círculo y volverlo un camino por el cual avanzar? ¿Cómo podemos hacer entender a tantas personas —sobre todo varones— las razones que tenemos para considerar que estos proyectos son necesarios como una primera fase, siquiera?

Las preguntas son demasiado complejas y sin duda no se responderán en las reflexiones que podemos obtener a partir del #ReadWomen2014, así como la campaña por sí sola no nos hará leer a todas las escritoras que podríamos necesitar conocer. Pero podríamos considerarla como un punto de partida urgente, que ha de complementarse con otros que vayamos descubriendo o creando en el tiempo.

Al menos yo, como lectora, estoy determinada a honrar con mis lecturas y dentro de mis reducidas capacidades a aquellas autoras que he leído, redescubierto o que ansío conocer desde la misma fuerza que, siento, las hizo escribir sus obras. Y espero también, como mujer y autora, que sus experiencias me ayuden a entender su furia (si la hubiera) y a calmar la mía (si llegara a haber) en mis propias historias.
 

domingo, 10 de agosto de 2014

Personal: Presentación de "La niña que salió en busca del mar" en el 2° Ciclo de Literatura Fantástica Chilena

Lanzamiento en el 2° Ciclo de Literatura Fantástica Chilena

La niña que salió en busca del mar, fantasía, LIJ
Hace casi un año (¡un año ya!), compartía por Tierra de Fay una alegría muy especial: el lanzamiento de mi novela La niña que salió en busca del mar, mi primera publicación formal y mi segunda obra de literatura infantil de Fantasía escrita, en el marco de la FILSA 2013 (Feria Internacional del Libro de Santiago).

sábado, 26 de julio de 2014

Columna: Fantasía y realismo o la búsqueda de un puente

Fantasía y realismo parecen opuestos, ¿pero es efectivamente así? En esta columna, a partir de mi testimonio personal con ambas estéticas, intento demostrar que las dos comparten la voluntad de trascendencia, esperanza y verdad.

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El falso realismo es la literatura escapista de nuestro tiempo.
Ursula K. Le Guin

Tradicionalmente, Fantasía y realismo son concebidas como estéticas antagónicas por la mayoría de los lectores, tanto por aquellos que se sienten más afines a una particular como por quienes prefieren la otra. Por cierto que ambas se sostienen en principios que pueden parecer contradictorios, a pesar de compartir su naturaleza ficcional: a grandes rasgos, mientras la Fantasía se basa en el potencial demiúrgico de la creación de universos autónomos para proveer consuelo y esperanza a las grandes limitaciones y penas de la humanidad, el realismo procura convertirse en un fiel reflejo de lo que entendemos por "realidad" para ayudarnos entender la naturaleza de una sociedad en particular, junto con su política, su arte y su cultura, entre otras manifestaciones. 

Incluso a partir de esta imprecisa generalidad, puede evidenciarse que aun cuando se elijan vías distintas y enfrentadas, sus fines últimos no parecen estar tan alejados. Sin embargo, esta naturaleza complementaria rara vez es planteada en el estudio literario o aun en la lectura libre y no especializada. Y es que, sobre todo desde espacios académicos o escolares, la Fantasía ha sido censurada, despreciada y humillada sistemáticamente a lo largo de diversas generaciones, sobre todo en países hispanoamericanos. Las razones son muchísimas; cada una de ellas, con seguridad, sería materia para ensayos e incluso tesis. Convengamos aquí, sin embargo, en que la mayoría parece nacer de la ignorancia, el prejuicio y el miedo: tres factores socialmente relevantes para fomentar el odio. 

Para empezar, no se entiende qué es la Fantasía en realidad y se le insiste en exigirle temas y desarrollos que no son de su dominio, como la contingencia sociopolítica, un apego chovinista a los propios referentes culturales o el nihilismo, todos aspectos que atentan contra su naturaleza trascendente, universal y plena de sentido. Por supuesto, aquellas obras que se desmarquen de lo que los que no la conocen esperan, sin importar su preciosismo estilístico, son igualmente condenadas, o bien, valoradas con una reserva injusta, que adopta la forma de la excusa encarnada en la expresión "a pesar de ser obras de Fantasía…", como si ésta y la noción de calidad literaria fueran contradictorias. Por último, aquello que no se entiende y que no se conoce supone un riesgo de lectura. ¿Cómo lo leo, cómo lo estudio? ¿Cómo abordo una obra que no tiene parangón exacto con ningún aspecto concreto de este mundo? 

La respuesta a estas preguntas, por desgracia, no han seguido el derrotero esperado: animarse a adentrarse en el Reino Peligroso, dejando ignorancia y prejuicio atrás. Por el contrario, han despertado un rechazo automático e inapelable, tachando a la Fantasía como un producto de mercado y/o "literatura de género" (sic) o “subliteratura” sólo porque no corresponde a una preferencia personal y porque no hay una voluntad respetuosa, sensata y adulta de al menos entender con precisión por qué se odia lo que se odia.

Todos los que amamos la Fantasía hemos comprobado cómo esta realidad se ha venido plasmando año tras año, y que ni aun la moda que hoy en día está viviendo la fantasía con minúscula ha contribuido a redimir la estética original, que en el fondo se le parece bien poco. Hemos aprendido, por consiguiente, a resistir y luchar por aquello en lo que creemos, muchas veces con desgastadoras e injustas consecuencias. Pero de pronto, de tanto tener que esforzarse por hacerle entender a los estrechos de mente y de corazón por qué la Fantasía no es inferior al realismo, surge una pregunta urgente: ¿y qué pasa con el propio realismo?

Si pienso en las visiones de parte de los lectores de literatura fantástica en general, encuentro gestos y pensamientos mucho menos agresivos y enfurecidos. Nadie que lea Fantasía lee sólo Fantasía, obviamente, porque somos lectores literarios al fin y al cabo: podemos encontrar belleza y verdad en todo tipo de obras. Por supuesto, existen muchos lectores monogenéricos que sienten una distancia instintiva hacia el realismo, pero su perfil general es de personas que tampoco disfrutan la Fantasía por su esencia y que se sienten tan amenazados por la prosa de Balzac como podrían sentirse ante la de Tolkien. En este caso, este tipo de lectores sí reacciona de una manera similar a los realistas rabiosos: con un rechazo instantáneo, sólo que en ellos éste suele desembocar en una ignorancia menos peligrosa para la apreciación generalizada del realismo... al menos en nuestro continente.

¿Por qué? Es una pregunta delicada y compleja de responder. Parece tener, por cierto, un origen cultural, social y político: junto con la aniquilación de los pueblos originarios, se perdió buena parte de sus tradiciones literarias, que estaban íntimamente relacionadas con bellas concepciones míticas. Aun cuando obras fundamentales sobrevivieron, ya no lo hacen en el lector común: la literatura precolombina es hoy en día un área de especialización literaria con menor difusión y relevancia cultural de lo que debería. Lo que sí concentra el interés lector y académico es la narrativa  centrada en diversos conflictos políticos y sociales de mucha intensidad y violencia que han sido los que, por desgracia, han modelado Latinoamérica para el mundo desde las primeras independencias nacionales a las dictaduras más recientes (y vigentes). Incluso el romanticismo, que en Europa surgió como un movimiento estético asociado a la liberación del pensamiento y del corazón, en nuestro continente terminó íntimamente ligado a las luchas nacionalistas a causa del contexto en que se encontraba su gente en ese momento.

Según este breve recorrido, se puede concluir preliminarmente que Latinoamérica no tiene tradición literaria de Fantasía y que, entre posturas rencorosas y xenofóbicas como las del real maravilloso de Carpentier, se desconoce o se niega que su estética ha estado presente en la humanidad con una relevancia y antigüedad tanto o más crucial que la del propio realismo. Y que, de hecho, la Fantasía no pretende desvincular al lector de su mundo ni mucho menos de su realidad, sino aproximarse de una manera distinta a ella.

Anteriormente ya he abordado muchas veces, tanto a partir de mis visiones personales como las de algunos autores ineludibles y  mis interpretaciones sobre ellas, las diversas formas en que la Fantasía nos hace emprender un viaje hacia el centro de nosotros mismos y a partir de ahí devolvernos a nuestra sociedad con una mirada renovada y más trascendente sobre la vida y el mundo. Ahora, sin embargo, quise orientar mis pensamientos desde otro ángulo: como lectora crítica de Fantasía, ¿qué es o qué significa el realismo para mí?  ¿He vivido ese supuesto antagonismo estético?, ¿lo considero válido a estas alturas? ¿Cuáles serían las especificidades de la Fantasía y del realismo literarios? ¿Son tan distintas como la academia y las comunidades de lectura han insistido por años, desde sus respectivos frentes? 

Son estas preguntas muy interesantes para analizar críticamente mi experiencia lectora personal, al margen de mi rol de autora o de mis trabajos académicos. Y aunque aún me las estoy formulando, en los últimos meses he podido vivir determinadas experiencias que me han brindado esclarecedoras pistas para animarme ahora a compartir algunas ideas y aproximaciones al respecto. 

Para ello debo comenzar a explicar cómo fue mi sesgada y prejuiciosa relación con el realismo en mi infancia y adolescencia y cómo algunas experiencias recientes me han ayudado a cambiar mi visión hacia esta estética.

Debo partir confesando que desde mi niñez que no me he sentido particularmente cercana como lectora al realismo. Contrario a lo que se puede pensar, la verdad es que sí tuve oportunidad de conocer obras literarias de temáticas e imaginario realistas o localistas y nacionales que fueron de mi agrado en mi niñez, como Cuentos araucanos de la chilena Alicia Morel o la antología Cuentos de América, con una selección de grandes autores del continente y de algunos de sus relatos infantiles más representativos. En un contexto derechamente escolar, no puedo sino destacar la obra de Christine Nöstlinger, tremenda autora infantil alemana que sólo los años me han hecho valorar como debiera haberlo hecho de niña, extraviada entre controles de lectura de memoria y la ausencia de actividades de lectura extensiva en el aula. 

Nöstlinger, así como muchos otros escritores publicados por la colección Barco de Vapor, fueron mi primer contacto con el realismo universal, en que se narraban conflictos, a mi parecer de entonces —y de ahora—, desde una niñez muchísimo más cruda y verosímil que buena parte del realismo nacional o latinoamericano que había leído hasta entonces

Por supuesto, estos grandes clásicos infantiles estaban insertos en un canon escolar, pero en realidad sus docentes, o al menos los que yo tuve, no supieron mediarlos de una manera en que se aprovechara su potencial estético y narrativo. Esto, por desgracia, hizo que estas historias quedaran relegadas en mi memoria a experiencias divertidas de lectura nada más, pero que me resultaban muy difíciles siquiera pensarlas entonces como un reflejo de mi propia realidad o al menos como algo cercano a mi experiencia cotidiana de vida. Y si incluso experimentaba eso con este tipo de obras, mi imposibilidad de identificación era mayor aún con aquellos libros infantiles que presentaban familias íntegras y de roles bien delimitados, que nunca se lanzaban platos a la cabeza, hijos traviesos, amistades infantiles, conflictos de hermanos, ¡niños que salían a la calle solos a comprar el pan! Nada de esto tenía que ver conmigo en mi niñez. 

Esta sensación se consagró de lleno en mi adolescencia, cuando el realismo de las obras juveniles que conocía correspondía a algo que no podía evitar sentir como una lobotomización de la juventud. Me refiero, naturalmente, a la triada de sexo, drogas y fiestas y a aquellos chicos insatisfechos con su vida y, por lo general, con una pésima vida familiar. Incluso en esos días de tanta estupidez en mí, podía entender que estas historias intentaban retratar la soledad contemporánea del adolescente y la búsqueda de algo. Sin embargo, yo también era adolescente y no me interesaba ni la promiscuidad ni las drogas ni las fiestas (en realidad, las aborrecía). Y sin embargo, también me sentía muy sola, agredida y desamparada por mi familia y extraviada en la nada. 

Por esos años, ante el desconcierto de sentir que la única adolescencia válida era la que se autoaniquilaba de la manera que me parecía más imbécil, desarrollé un discurso muy intolerante y odioso. No podía entender por qué la supuesta mayoría de los adolescentes eran tan cobardes como para caer en las trampas del escapismo en lugar de resistir y luchar por encontrar un sentido (y por qué se humillaba y censuraba a quien hacía esto en desmedro de lo otro)… pero menos aún por qué se insistía en reescribir esas banalidades desde la literatura como un modelo homogeneizante. No eran esas historias que representaran mi vida, ni sus problemas ni los temas que yo hubiera en verdad deseado leer desde la adolescencia.

Fue en ese contexto en que redescubrí la Fantasía literaria, en la que al fin pude encontrar las historias que necesitaba. Se podría pensar —y, de hecho, se piensa usualmente— que ésta no tendría nada que ver con la experiencia cotidiana y que muchos adolescentes llegan a ella para escapar de la realidad. Lo segundo es en parte cierto, y creo que incluso ahora lo entiendo mejor: si insistimos en presentar esta “realidad” como un lodazal de mierda y desesperación a través del arte que validamos y le mostramos a los jóvenes, es obvio querer “escapar” de esa trivialización y buscar respuestas en otros lados… otros mundos. Mundos en los que la esperanza fuera tan concreta que tuviese que ser sostenida con brazos temblorosos, donde el amor fuese algo que atravesara los límites de la Magia y no una copulación de unos minutos, y donde la naturaleza, lo desconocido y la aventura latieran bajo tus pies cada vez que uno de tus pasos creaba un sendero o abría un nuevo portal.

Pero creo que en mi caso particular, llegué a la Fantasía literaria porque estaba harta de tener incluso que formularle la pregunta básica de si valía la pena seguir viviendo. En la Fantasía, esa respuesta era siempre afirmativa; lo esencial era preguntarte el porqué y ser capaz de mantener ese motivo latiendo junto a tu corazón. No hubo una hora de depresión en que la Fantasía, fuese en libros, videojuegos o música, no me hubiera acompañado.

¿Dónde estaban esas historias de realismo juvenil que mostraran estos temas o conflictos? Debían existir muchas, y ahora sé que así era, pero por desgracia nunca pude conocerlas entonces por el sesgo social y cultural al que estaba sometida.

Lo realmente patético era que esta limítrofe concepción de realismo no se restringía a las historias de protagonistas y de público objetivo adolescentes. Me tocó leer bastantes obras literarias, instaladas en los planes lectores escolares, pero originalmente destinadas a un público lector adulto, que seguían estancadas en estos mismos temas. ¿Esa era la adultez, entonces? ¿Seguir copulando —quizá por más minutos… o por menos—, comprar drogas cada vez más caras y asistir a fiestas más extremas? ¿Dónde estaba la noción de responsabilidad, de madurez, de entender y asumir las consecuencias de los propios actos? ¿Dónde estaba el verdadero conflicto existencial humano? 

Por fortuna, junto a estos bodrios tuve la oportunidad de leer clásicos latinoamericanos que sí fueron de mi pleno agrado. Recuerdo en especial Hijo de ladrón de Manuel Rojas y El túnel, de Ernesto Sabato. Curiosamente ambos trabajos afrontan el realismo desde una visión mucho más sicológica e intimista, sin dejar de retratar contextos socioculturales muy marcados y fáciles de identificar. Pero estas obras, sin embargo, lograban trascender este aspecto. El famoso episodio de la herida en Rojas, por ejemplo, con el que creo que cualquier ser humano podría sentirse identificado, en casi cualquier etapa de su vida; o la desesperación de quien deposita su esperanza entera en su pintura de la mujer asomada a la ventanita, sólo para conocer a alguien que aun entendiendo su sentido es capaz de entendernos a nosotros mismos.

Esas historias sí tenían que ver con lo que sentía entonces, aunque yo no hubiera vivido nunca la errática vida de Aniceto Hevia ni fuese una artista atormentada como Juan Pablo Castel.

Con el tiempo, logré leer esporádicamente otras obras de realismo universal que exponían conflictos y experiencias de una manera tan intensa que era imposible no sentir empatía por sus protagonistas, más allá de sus contextos socioculturales. Poco y nada entendía yo de la posguerra japonesa, y menos aún del imaginario e idiosincrasia oriental, pero Yukio Mishima se convirtió en uno de mis autores favoritos fuera de la Fantasía, por ejemplo. Por otro lado, no todos mis acercamientos me parecieron igual de fructíferos. Muchas de las novelas o cuentos chilenos contemporáneos que conocí en los últimos años resultaron una gran decepción, y muchas obras de otros realistas de otros países me provocaron sentimientos encontrados: podía valorar su técnica narrativa y atisbar el sentido de la visión de mundo expresada, pero no podía conectar con él.

En pleno 2014, conocí al fin uno de los grandes clásicos del realismo: Crimen y castigo, de Dostoievsky. Y la novela arrasó con mi corazón, de una forma en que rara vez una obra que no es de Fantasía consigue lograr en mí. 

La vida del joven Rodia Raskholnikov, que se ve forzado a cometer una acción terrible y que luego es prisionero de su propia culpabilidad y el sentido ético de su secreto, se transformó en la de alguien que yo quería ver redimido, en la de alguien a quien yo le creía y a quien entendía. Era imposible no sentirse conmovido ante su increíble integridad a pesar de su radical decisión, ante el afecto incondicional de su amigo Razumijin y ante la fortaleza extraordinaria de mujeres como su hermana Dunia y la desgraciada pero noble Sonia. 

Esto no tenía nada que ver con adolescentes o jóvenes vomitando o fornicando en una fiesta, ni con consignas políticas o la insatisfacción de la clase media en período de pos dictadura en una urbe latinoamericana cualquiera, por ejemplo. Esto era la realidad: una existencia plena de sufrimientos, desesperanzas, pérdidas, injusticias y crueldades varias, pero también de oportunidades, esperanzas y redenciones.

Pero, a pesar de esta maravillosa experiencia lectora, tendría que adentrarme en una lectura en particular para que recién naciera en mí la inquietud de reflexionar críticamente sobre un posible vínculo entre realismo y Fantasía desde este tipo de sentidos: Un puente hacia Terabithia, de Katherine Paterson, autora norteamericana de literatura juvenil y Premio Andersen.

La obra, ambientada en un pueblo rural de los Estados Unidos de los 60’-70’, es realista de principio a fin. Retrata la amistad entre Jess, proveniente de una numerosa familia con dificultades económicas,  y Leslie, una andrógina y adorable niña proveniente de una familia de clase alta que se muda al campo. A pesar de sus diferencias, ambos niños congenian muy pronto debido a la similitud de sus sensibilidades e imaginarios, y entablan una hermosa amistad hasta que un hecho tan fortuito como espantoso los separa.

A pesar de que la novela es presentada usualmente como una historia de dos niños que crean el mundo de Fantasía llamado Terabithia, lo cierto es que ésta no es una historia de Fantasía. A diferencia de la adaptación fílmica de 2007, no hay ningún acontecimiento fantástico; en la historia original, los niños jamás llegan a Terabithia como los hermanos Pevensie atraviesan diversos portales para llegar a Narnia. Terabithia es un mundo que sólo existe en su imaginación y en los juegos que comparten por amor. 

De hecho, los temas más evidentes de esta obra son otros: el encuentro entre dos realidades socioculturales casi antagónicas, los conflictos familiares cuando no se cumplen las expectativas parentales, las nociones culturales de género o el ateísmo como ideología en contextos altamente religiosos.

¿Entonces? Entonces sucede la catástrofe y toda esta realidad se resquebraja, dejando de importar. De pronto, los lectores nos quedamos a solas con el sufrimiento de personajes que no entienden cómo o por qué ha pasado aquello. Esta circunstancia nos recuerda hasta qué punto la realidad y sus horrores podrían no tener ningún sentido.

Hasta que Terabithia vuelve a aparecer, no como un mundo secundario concreto al que llegar, sino como una creación que es el legado de una amistad. Una esperanza para seguir viviendo y creyendo que existe un sentido en este mundo y para esta vida, uno al que quizá jamás podremos conocer como seres humanos, o uno que quizá tendremos que crear nosotros mismos para nosotros mismos.

Parece de lo más obvio y razonable pensar nuestra realidad como una mierda cínica y sin esperanzas, tanto a la luz de lo que sucede día a día en el mundo como a partir de lo que muchas obras realistas nos entregan en su lectura. Sin embargo, creo que ésta es más bien una postura simplista y sesgada. No tengo palabras dignas que dedicar ni rostro que mostrar ante aquellas personas que efectivamente han consagrado su vida entera o buena parte de ella a grandes causas sociales, deteniendo hemorragias, limpiando desechos tóxicos, alimentando poblaciones carcomidas por la hambruna, enseñando en medio de sirenas de alarmas o contando historias que hagan sonreír y llorar lágrimas de esperanza entre escombros. Estas personas saben mejor que tú o yo que la sociedad es una mierda, pero también que cada persona no tiene por qué serlo, aunque esté sufriendo mucho y apenas le alcance el corazón para soñar con una existencia mejor.

Estoy convencida de que estas personas, a pesar de todo esto, jamás se han mostrado cínicas ni superficiales en estos contextos. Por algo siguen ahí, luchando desde aquello que más pueden entregar a otros: porque creen. Me pregunto si los lectores aficionados a este tipo de “realismo” chato y sesgado y hasta sus propios autores habrán efectivamente pasado por experiencias como éstas y aun así sientan que la realidad tenga que parecerse más a hombre de mediana edad encerrado en su departamento de soltero o en su cubículo de trabajo y que intenta capear su soledad entre putas y tragos tras haber engañado a su esposa, antes que a la lucha que día a día sostienen personas en contextos mucho peores, asumiendo consecuencias de hechos que quizá ellas no desencadenaron, y que un así son capaces de creer en algo y de continuar sus vidas bajo esa esperanza.

El realismo con el que más me siento identificaba y que más valoro como lectora es aquel que no niega la miseria de nuestra realidad, pero que es capaz de comprometerse con ella desde algo más que el estéril juego posmodernoide del lenguaje y de la reiteración innecesaria de lo mal que están las cosas: la esperanza de que podrían mejorar, aunque sea sólo en la risa de medio minuto de un niño en medio de la tragedia… o la llegada de una nueva princesa al reino de Terabithia. Este, para mí, es el verdadero realismo, de la misma forma en que la verdadera Fantasía no tiene nada que ver con el escapismo o el carácter comercial y vano del best seller que, por desgracia, los lectores no especializados le han asociado por miedo e ignorancia. Ambas estéticas, cuando son desarrolladas en una ficción con responsabilidad y compromiso humano, apuntan a una trascendencia que no sólo permite una identificación con nuestras propias desgracias o conocer las del mundo, sino también plantarnos una semilla de cambio que podemos elegir hacer crecer en nuestro interior.

Existe una famosa cita de Stendhal en Rojo y negro en la que se critica que se acuse al realismo de inmoral por atreverse a retratar las zonas más oscuras de la realidad, en lugar de dirigir la condena hacia aquellos organismos o instituciones que, precisamente, apagan toda luz de cambio. Quisiera terminar esta columna citando sus primeras líneas, porque siento que de alguna forma expresan muy bien los claroscuros de nuestra existencia retratados en la ficción que merece ser llamada arte:

Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino.

Tanto las novelas de la buena Fantasía como las del buen realismo, qué duda cabe, jamás dejan de mostrar siquiera la promesa de un cielo que pueda contemplarse azul algún día. Quizá el cielo de una historia pueda ser el único azul que muchos conocerán en vida, pero si al menos esta visión se entrega como un legado de felicidad y redención a alguien más, creo que por lo pronto es suficiente. Porque la Fantasía es nuestra Terabithia en la realidad: el consuelo último de las grandes pérdidas humanas, lo que nos permite levantarnos cada día a nuestra cotidianidad sabiendo que nuestro lazo hacia aquello que amamos y que perdimos sobrevivirá eternamente en un puñado de recuerdos y una sola palabra.

viernes, 27 de junio de 2014

Personal: Sobre la sonoridad de la Fantasía


Música, Fantasía, Bandas sonoras, RPGsEs muy común que muchos autores confiesen que ponen música de fondo para inspirarse mientras escriben. Al parecer, algo habría en la sonoridad de determinados temas o canciones que favorecerían la concentración, o bien, al ser composiciones del gusto del autor, harían más amena la desafiante tarea de escribir.

Pero para mí la música trasciende estos dos usos frecuentes. Al ser una autora de Fantasía, siento que esto implica una consagración hacia una estética que no tiene por qué plasmarse sólo a través de la palabra literaria. Así como soy una enfurecida y apasionada defensora de las narrativas de muchos videojuegos como historias de Fantasía importantes, también sostengo que existe música cuya expresión no puedo sino enlazar íntimamente a esta estética.

No se trata necesariamente, como quizá podría pensarse, de música que de alguna forma intenta rememorar estéticas de culturas como la celta o medieval (que también suelo disfrutar, en todo caso). De hecho, ni siquiera se trata necesariamente de canciones que incorporen líricas que se refieran a obras de Fantasía o a determinada concepción de vida compatible con ella. Es cierto también que las bandas que más significativas fueron en mi formación como autora de Fantasía están ligadas al metal, y que precisamente este género suele ser uno de los más plenos en estos aspectos, pero tampoco se trata sólo de ellas.

¿A qué suena la Fantasía?

Hace un tiempo, alguien me preguntó por redes sociales si podía nombrarle algún tipo de género musical o banda que pudiera considerarse como de Fantasía. En su momento, y en vista de que la pregunta surgió en el contexto de una discusión, pensé que se trataba de una pregunta capciosa y opté por responderla evasivamente. Pero luego la interrogante se quedó en mí, porque sabía que había algo más que estas bandas que me acompañaron a lo largo de toda mi adolescencia, tanto mientras escribía como mientras intentaba sobrevivir.

No puedo responder bien a qué suena la Fantasía, en realidad, sin hacerlo desde mi propia e íntima experiencia. Por ello, me he animado a compartir aquí, del más reciente al más antiguo en su aparición en mi vida, 10+1 temas procedentes de bandas sonoras de videojuegos importantes que, en mi opinión, expresan intensamente lo que es la Fantasía y el sentido que ésta tiene en mí. Algunos de estos temas jamás los he podido conocer en la experiencia misma de juego, pero la verdad es que no siento que eso haya afectado negativamente mi percepción de ellos. En cuanto al resto, sí es cierto que tengo muchos recuerdos incrustados en cada nota, pero es justamente eso lo que ayuda a hacerlos significativos en mi vida, pues todas las historias de las que provienen son historias de Fantasía y mis memorias, por consiguiente, son coherentes con esta visión. 

¿Por qué de videojuegos, y por qué de RPGs en particular? Porque algunos de ellos fueron las primeras historias de verdadera Fantasía que conocí en mi niñez y que, con los años, me permitieron entender algunas características esenciales de esta estética. Además, el rol de estos temas siempre fue narrativo y de imaginario. Basta con rastrearlos en Youtube o en internet en general y leer algunos comentarios y textos selectos de gente que creció y se formó con ellos para comprender que existe una forma de ver el mundo muy similar entre ellos y que cada día compartimos menos personas. 

Insisto en presentar estos temas como huellas muy personales en mi formación como autora de Fantasía y que me siguen acompañando hasta el día de hoy, esté escribiendo o no. No es mi propósito imponérselos a nadie, porque estoy al tanto de que no todos tienen la misma sensibilidad hacia la Fantasía que yo ni han vivido mis mismas experiencias de vida ante ella. Menos aún pretendo insultar o mirar despectivamente aquí a quienes encuentren placer o sus propias respuestas en orquestaciones más formales de otros juegos, películas o series, que a mí no me interesan en lo absoluto. Cada quien encuentra sentido donde puede.

Todos estos temas, y tantos otros que no he incluido aquí, han sido cruciales acompañándome no sólo como persona, sino también en mi vida como autora. Siempre que me siento a escribir han estado ahí conmigo, invocando imaginarios e historias a mi memoria que terminan influyendo enorme y positivamente en las que yo misma escribo. El talento de sus compositores es algo que admiro tanto como el de mis autores favoritos, aunque lamentablemente haya nacido sin el don de la interpretación como para haberles rendido honores. Lo único que me queda es tratar de contar lo mejor posible historias que sean dignas de haber sido inspiradas por su música.

Antes de dejarlos con ella, debo confesar que he desistido de insertar comentarios personales a los temas, como intenté en el borrador de esta entrada. El primer motivo es que estaban quedando demasiado íntimos, y a pesar de lo mucho que disfruto expresando y compartiendo por escrito mi interioridad, estos meses me he dado cuenta de la delicada importancia de la discreción en una sociedad tan hostil como aquella en la que me encuentro. Quizá podría haberme centrado únicamente en el contexto de juego en que aparecen, para explicar cómo eso es también Fantasía, pero sucede que no he jugado todos los videojuegos a los que pertenecen. Es una tarea pendiente que podría permitirme rescatar su música desde una nueva perspectiva que compartir a futuro en Tierra de Fay

Pero el segundo motivo es mucho más importante: algunas de las experiencias y recuerdos asociados a estos temas, los conozca en su contexto o no, son tan intensos y decisivos en mi vida que de momento ni siquiera me alcanza el lenguaje para escribirlas. Allí donde enmudece la palabra nace la música, podría decirse. Y el sentido. 

Y creo que es mejor así.

10. Magna's Heart
Child of Light, compuesto por Cœur de pirate [Béatrice Martin]



(Video y tema, unidos, representan perfectamente lo que es la Fantasía para mí. Un arreglo personal de este tema y otros aquí)
9. Beneath the Hollow Moon 
Bravely Default, compuesto por REVO




8. For River - Johnny's Version 
To the Moon, compuesto por Kan Gao



(Extra: Cover en piano aquí, a mi juicio el mejor hasta ahora)

7. Toberu Mono [The Flying One] 
Last Story, compuesto por Nobuo Uematsu



(Extra: Versión instrumental aquí)

6. Guidance

Atelier Ayesha, compuesto por Daisuke Achiwa



(Extra: Versión alternativa con coros aquí. Corresponde al enfrentamiento final. La letra no está escrita en ningún idioma conocido)

5. Fragments of Hearts 
Ni No Kuni, compuesto por Joe Hisaishi



4. Iihatoovo Hymn [Orchrestral Game Concert 5] 
Ihatovo Monogatari, compuesta por Tsukasa Tawada


(Extras: Cover en piano con arreglo personal aquí. Interpretación en piano por el propio compositor aquí. Ambas versiones son muy distintas. La primera es más triste e introspectiva; la segunda, más desgarrada y con una voluntad alzándose poco a poco)

3. Song of Mana 
Legend of Mana, compuesto por Yoko Shimomura



(La letra está en sueco. Nadie sabe por qué, pero todos sabemos que no podía ser de otra forma)

2. Time Scar 

Chrono Cross, compuesto por Yasunori Mitsuda



(Extra: Medley que incluye Time Scar y que considero el mejor cover musical del juego que he oído, principalmente por lo que sucede en mí al llegar a 5:40. Aquí. También son dignos de mención el medley orquestado de Cosmosky Orchestra y el arreglo que une temas de Chrono Trigger y Chrono Cross de Symphonic Fantasies)

1. Crystal 
Terranigma, compuesto por Miyoko Kibayashi & Masanori Hiki



(En verdad me gustaría explicar cuánto significa este tema en mí, en la vida y en todo, pero temo que nunca podré hacerlo. Pero ustedes, lo que jugaron Terranigma, lo entenderán. Y, por entenderlo, les dejo esto)

ESPECIAL

Goodbye, Geno – Seeking Dreams Through the Window of the Stars 

Super Mario RPG, compuesto por Yoko Shimomura



Mientras escribía mi testimonio personal sobre este tema, que significa muchísimo para mí, me enteré que acababa de lanzarse hacía unos meses el disco Memória! The Very Best of Yoko Shimomura y que, por primera vez desde su aparición en Super Mario RPG, incluía una versión orquestada inédita

No sé aún cómo describir la sensación de enterarte de que algo que has soñado por más de una década al fin ha sucedido, ni siquiera luego de haber vivido recientemente la experiencia de oír Distant Worlds en Chile, otro sueño que creía imposible.

De pronto, sentí como si efectivamente Mario, Geno y sus amigos hubieran restaurado al fin el Star Road y hubieran permitido que mi deseo se hiciera realidad. 

Eso es Fantasía. 

El resto es silencio.

jueves, 5 de junio de 2014

Personal: Crónica de la charla "Mundos Posibles" del Colegio Altamira

El 13/05/2014, invitada por J.L Flores, sostuve la charla Mundos Posibles del Colegio Altamira junto a Francisca Solar, centrada en la Fantasía, la escritura, la experiencia como autor y las historias que amamos. Esta es mi crónica del evento.

El pasado 13 de mayo fui invitada por el escritor José Luis Flores a una charla en el colegio Altamira (R.M, Peñalolén) junto a la también escritora Francisca Solar, ambos dos autores de literatura fantástica muy conocidos en Chile, sobre todo por el público juvenil, pues muchas de sus obras se encuentran disponibles en bibliotecas públicas y escolares. La charla se tituló “Mundos posibles” y se dio en el marco del grupo del taller de creación literaria, guiado por el propio José Luis. La idea era plantear una conversación abierta en que Francisca y yo pudiéramos discutir y compartir diversas visiones y posturas en torno al tema, desde nuestra experiencia en la lectura y escritura.

La invitación me pilló por sorpresa, porque me considero una persona muy poco mediática y con una propuesta que en general, desde mi personal percepción, no es muy masivamente aceptada o entendida que digamos. Pero, por supuesto, la oportunidad me entusiasmó mucho, pues nunca antes había tenido la posibilidad de exponerme como autora ante un público tan desafiante como el adolescente. Fue inevitable recordarme a mí misma a esa edad, a los 14 ó 15, e inevitable también el susto instintivo ante la opción, aunque imaginada e imposible, de hablarle a una versión más joven de mi persona.

Yo era especialmente desagradable a esa edad, pero también portadora de una llama que nunca una tormenta pudo apagar del todo. Tenía mucha hambre y estaba muy sola: tenía una historia que contar. Por esos días, una sola, y a ella dedicaba mi vida, mis sueños y mis lágrimas. En un contexto tan intenso, odiaba con particular fuerza lo falso, lo estúpido, lo sexualizado y lo banal. Odiaba la hipocresía adulta, que me parecía aún más pendeja que mis depresiones adolescentes. Aunque siento que no he cambiado demasiado en cuanto a estos aspectos puntuales, de pronto me encontré preguntándome si me había convertido en una mujer digna de hablarle a mi yo juvenil. Desde esos años habían mejorado muchísimas cosas que entonces yo sentía imposibles: vivía sola y lejos del horror de mi familia, había encontrado un minúsculo puñado de gente que miraba la vida desde el mismo dragón que yo, había publicado mi primera novela. Pero aún sentía que faltaba demasiado. Comencé a sentir vergüenza y angustia; hubiera deseado tanto haber vuelto a ese pasado en gloria y majestad, como una suerte de paladina victoriosa, para demostrarme a mí misma que valía la pena seguir luchando porque el futuro era maravilloso. Pero en realidad las cosas no eran así. El concepto de paladín hace mucho tiempo había dejado de significarme algo valioso; lo épico había dejado de ser un viaje a un tiempo y un mundo más nobles para convertirse en una estupidez ñoña y falocéntrica.

La mujer que yo era no se correspondía en nada con lo que yo había deseado para mí alguna vez, en esencia, y sin embargo, era exactamente quien debía ser. De pronto, me descubrí como Harry Potter cuando viaja al pasado y espera ansiosamente esa fantasmagórica visión de su padre salvándolo, para descubrir que, en realidad, siempre había sido él mismo: él mismo salvándose a su yo antiguo. Decepcionante en un principio, pero de tremendo sentido más adelante.

Y entonces pensé en otra cosa, en algo a lo que mi memoria suele volver de cuando en cuando: la ausencia de espacios similares como los de este taller y esta charla en mi adolescencia. No es que no existieran realmente en esos años (soy bastante menos vieja de lo que parezco por escrito), sino que en mi colegio simplemente no se daban. No existían talleres literarios y la única charla con un escritor que logro recordar es una con el autor de una novela de autoayuda sobre el SIDA. O sea, nada importante. Por supuesto, intenté asistir a un par de talleres externos, pero nunca terminé de sentirme cómoda en esos espacios sociales. Creo que, ahora que lo pienso con la distancia de los años, las personas que me encontré en ellos tenían tanto en común conmigo en lo esencial como mis compañeros de curso o buena parte de mis futuros compañeros universitarios: nada.

Esta digresión es para remarcar una nueva razón de por qué la charla se volvió algo relevante en mí: tenía que redimir mi propia experiencia adolescente y a la vez honrar la de los chicos ante los que hablaría. No podía permitirme caer en la estupidez o falsedad que había aborrecido desde siempre. Además, los jóvenes escribían. Quizá, debido a la masividad actual de los talleres literarios y de esa visión medio new age que motiva a medio mundo a intentar crear arte para “realizarse” sin entregar la vida por ello, algunos no vieran la literatura como una forma de vida como lo sentí yo a su edad, pero eso no importaba. Prefería quedarme con la incertidumbre. Yo tenía una responsabilidad como autora y quería ser digna de ella. Quería que mis palabras llenas de hojas secas pudieran alcanzar al menos a alguien y por al menos unos segundos. Hacerle justicia a la oportunidad que yo no había tenido en su momento.

Así que partí, teniendo una muy vaga idea de lo que podía decir en una instancia semejante. Al llegar al lugar, me encontré con José Luis y Francisca, aunque no alcancé a hablar nada relevante con ellos antes de comenzar con la charla. Los chicos que llegaron oportunamente nos saludaron con bastante más entusiasmo del que esperaba, dándome una buena impresión inicial. La charla se desarrolló finalmente con la sola guía de preguntas muy generales de parte de José Luis, que permitían explayarse de manera bastante abierta en los temas. La lógica de nuestras interacciones se basó en principio en exponer nuestras intervenciones por turnos, aludiendo a los comentarios de la otra autora para remarcar el diálogo, pero al cabo de un rato nos encontramos interrumpiendo libremente el discurso ajeno para apostillarlo o complementarlo... y cuando uso el plural lo hago para incluir también a nuestro público, que compartió brillantes anécdotas respecto a lo que hablábamos y que se atrevió a formular muchas preguntas, desde consultas por autores a interrogantes que buscaban ahondar más en nuestro perfil como escritoras.

Lo que más quisiera destacar de esta charla, en todo caso, es la maravillosa sorpresa que viví al comprender que hablamos muy poco de literatura, o al menos no tan marcadamente como cabría esperarse en una invitación de este tipo. Por supuesto, hablamos de nuestras respectivas conversiones en autoras y nuestra identidad como tales, pero el énfasis de este encuentro estuvo ante todo en los videojuegos. Me atrevería a afirmar que yo los orillé a ese derrotero a propósito de mi iniciación a la Fantasía más desde ellos que de las propias obras literarias. La mayoría de mis referencias fueron clásicas y pude darme cuenta de mi propio visceral entusiasmo al momento de comentar cada RPG que mencionaba. Realmente amo los videojuegos; no he dejado de amarlos desde que tenía la edad de los jóvenes que estaban atentos a nuestras palabras en la biblioteca del Colegio Altamira.

Los videojuegos me movieron a escribir historias como forma de vida, ellos me acompañaron en momentos en que todos me dejaron sola. Revivir todo eso narrando episodios clave de esas historias ante un grupo de jóvenes fue hermoso: simplemente hablaba de lo que amaba ante personas que quizá podrían llegarse a interesarse por ello también. Mejor aún: los chicos conocían muchísimas obras que yo mencionaba, incluso aquellas que habían sido publicadas antes de que ellos nacieran (?). Como comenté en una tarea de mi diplomado de Literatura Infantil y Juvenil, oírles hablando muy tranquilos sobre lo esperpéntico de Gygas en Earthbound o del bellísimo y enigmático final de Terrranigma tuvo un efecto similar en mí a que si me hubieran confesado que disfrutaban mucho de  Charles Dickens o William Shakespeare. Si tuviera que sintetizar esta experiencia, citaría uno de mis lapsus: un joven me preguntó por mi saga favorita. Iba a decir Historias de Terramar, obviamente, pero por algún maravilloso sentido dije "Terranigma". Y fue hermoso.

Ahora bien, hasta ahora he hablado sólo desde mi rol en cuanto a la orientación que tuvo la charla, pero por supuesto que Francisca también jugaba videojuegos. De hecho, nombró un par de títulos contemporáneos sumamente interesantes, lo que logró que  la conversación fluyera rápidamente. Ahora bien, nuestra valoración sobre la narrativa multimedial como una vía válida para explorar la lectura fue una de las pocas cosas que, como autoras, teníamos verdaderamente en común. Fue muy desconcertante para los jóvenes constatar cuán distintas éramos ambas, pero a la vez eso, desde mi opinión, se convirtió en uno de los puntos fuertes de la charla. Personalmente me incomodan las sobadas de lomo en eventos públicos del tipo "oh, tú eres tan bacán; pienso lo mismo que tú", cuando en realidad no se siente ni piensa lo mismo (o sí, pero desde una superficialidad complaciente). Acá fue todo lo contrario: ambas teníamos posturas y opiniones muy distintas, incluso radicalmente opuestas, y pudimos encontrarlas en una discusión respetuosa. Esto fue especialmente provechoso para el público, pues los chicos tuvieron la opción de conocer dos perfiles diferentes interactuando a la vez. Es molesto también cuando el sistema te impone una única forma de proceder respecto a lo que amas, así que en esta oportunidad hubo dos modelos en torno a lo que reflexionar.

¿Y en qué consistían estas diferencias a las que aludo? Básicamente, en dos aspectos: la visión ante el estudio académico de la literatura y la noción de Fantasía como concepto literario. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que ambos suscitan muchas reacciones de rechazo en la gente y que la mayoría de las razones tienen que ver con imprecisiones sobre ellos. Aprovecharé que Francisca y yo abordamos críticamente las dos en el contexto de esta charla para apostillar estos puntos, retomando algunos de mis argumentos y desarrollándolos más extensamente.

En primer lugar, se tiene la recurrente confusión sobre lo que estudia y hace un estudiante de Literatura en la universidad, que aún se asocia popularmente al aprendizaje de técnicas o conceptos para escribir. Pero nada más lejos de la realidad, pues estudiar Literatura supone, a muy grandes rasgos conocer y aprender la teoría literaria, que presenta modelos y paradigmas de análisis estructuralistas, estéticos y socioculturales para intentar aproximarse de una manera particularmente profunda a aquello que todos nosotros, como lectores, compartimos: el deseo de otorgarle sentido a una obra.

Otro usual recelo que se desprende de lo anterior es asociar este enfoque a viviseccionar una obra literaria y no "disfrutarla", lo que tampoco corresponde en absoluto a la realidad, o al menos no a la realidad que yo conozco. Por supuesto, algo de estos reparos existe en la academia, pero en esto (así como en todo) es muy peligroso generalizar, sobre todo cuando se hace desde el desconocimiento. Ahora que estudio un diplomado en un área que es de mi particular interés porque me entusiasma muchísimo y porque llena de sentido mi vida, como la literatura infantil y juvenil, he podido renovar la imagen del académico a partir de mis tutores y profesores. Muchos de ellos son bastante jóvenes y extraordinariamente motivados como lectores, acercándose a la obra desde su afición a ella y su compromiso a sus temáticas o estética. Son personas que aman lo que hacen; es el modelo académico al que aspiro, si finalmente consigo introducirme de lleno en él.

Tratar este asunto en la charla fue muy importante para mí, porque sentí que debía  defender algo que hoy en día está muy mal mirado, sobre todo por parte de los autores: estudiar Literatura. "No tienes que estudiar Literatura para ser escritor", dicen, y tienen toda la razón. Pero... ¿y? Yo estudié Literatura porque no me interesaba nada más en la vida, no porque quisiera ser escritora (ya lo era, en cierta forma, con muchísimo que aprender aún, pero lo era). Quería dedicarme laboralmente a aquello que amaba, aunque por entonces no tenía muy claro qué podía hacer. "¿De qué vas a vivir?" o "¿Qué se hace con eso?", me preguntaban todos, sobre todo adultos, cuando comentaba mis intenciones. Yo no lo sabía, pero sí sabía que no tenía sentido vivir para consumirme estudiando algo que no me interesaba sólo para ganar dinero. Creo que es importante reforzarle a los jóvenes que escriben que tienen todo el derecho de estudiar algo que aman si lo desean, así como también de advertirles que se encontrarán con preguntas tan desubicadas como las anteriores, que quizá vivan un período muy complicado dentro de los próximos años por el conflicto entre teoría y el propio acto de escritura (que siempre se resuelve, si en verdad escribir es algo más que una moda en ti)... y que habrá mucha gente de otras disciplinas que dude de tu arrojo, valor y sinceridad como escritor sólo por haber estudiado Literatura.

El otro aspecto, el de la suspicacia que causa hablar de la Fantasía como Fantasía, me sorprendió mucho en el contexto de la charla, pero más un factor temporal: me sentí en pleno 2010, cuando el concepto de "literatura fantástica" servía para historias espaciales, sobrenaturales, medievales (sic), épicas, y de terror, entre otras... sin que ninguna fuera Fantasía. Recordé que por esos años se hizo conocido el concepto de "géneros desdibujados" (sic), al parecer fomentado por la propia Francisca Solar y otros autores, para apuntar a que la creación no podía encasillarse en compartimentos estancos como el de los (sub)géneros narrativos asociados a la especulación (sic), y que una historia podía perfectamente incorporar un popurrí de elementos de otros subgéneros. 

Respecto a la primera idea, creo que se produce una confusión entre el concepto de "literatura fantástica" como mote editorial-comercial y como concepto que delimita e identifica una estética literaria, ya sea para lo fantástico (o phantastique), la Fantasía (o fantasy) o incluso otros subgéneros que no tienen nada que ver, como la ciencia-ficción o incluso el realismo mágico. Respecto a la segunda idea, me parece mucho más razonable, en la medida en que sostiene en una apreciación personal y experiencial antes que en una propuesta teórica que extrañamente sus defensores no sustentan desde teoría alguna, lo que habría sido muy interesante para debatir.

Sin duda un autor tiene pleno derecho a introducir elementos de diversos subgéneros si su historia se lo pide, pero eso no significa que se esté creando algo verdaderamente nuevo o de calidad, o aun que corresponda a un sello genuino como escritor a partir de esto. Personalmente soy una persona mucho más cercana a la Fantasía como estética que como estructura con una cantidad determinada de elementos y patrones narrativos. Estoy segura de que aun cuando añada factores propios de otros géneros, seguiré escribiendo historias de Fantasía, porque su esencia será la misma. Esa es una de las razones por las que creo que Ray Bradbury es un autor de Fantasía y no de ciencia-ficción, por mucho que sus narraciones estén llenas de elementos reconocibles de este subgénero. Y Bradbury rara vez insertó elementos fácilmente reconocibles de la Fantasía en sus textos más famosos, ¿verdad?

Oír este tipo de planteamientos sobre la Fantasía me hizo comprender de golpe que, en realidad, buena parte de lo que creía avanzado con Fantasía Austral en aspectos teóricos y estéticos no tuvo impacto real en determinado círculo de simpatizantes nacionales de la literatura fantástica, principalmente el de los autores que siguen siendo referentes populares hoy en día y que, curiosamente, tienen en común su recelo ante la academia literaria y que casi ninguno escriba Fantasía como estética. Eso me hizo pensar en que estos temas, por desgracia, siguen vigentes en nuestro contexto, y que es necesario insistir en ellos desde otros frentes, más allá de los alcances de una web. De ahí la pequeña pero relevante importancia de una iniciativa como ésta, en la que se pudo llegar a un público tan específico como el adolescente, al que muchas veces cuesta aproximarse entre el sonsonete de los best sellers de moda, las campañas publicitarias y los v/blogs de reseñas. Es un espacio en el que es necesario hacerse presente como académico y como autor comprometido desde el corazón con un imaginario, o de lo contrario los jóvenes tendrán un modelo único de referentes validados socialmente, con todo el peligro que ello supone cuando pensamos en la literatura como una expresión subversiva antes por estética que por mera temática, como suele creerse. Es necesario que los medios planteen opciones, sobre todo para aquellos que, como yo en mis días adolescentes, no se sientan plenamente identificados con los autores y obras que más se repiten en los canales oficiales.


Hay otros caminos allá afuera: yo descubrí el mío buscando en otras tierras, hasta llegar a Faërie. No sé si algún día alguno de esos jóvenes, de llegar a escribir como forma de vida, emprenda un viaje como ese; espero que sí. Y, de ser así, desearía que en algún rincón de sus recuerdos quedaran mis últimas palabras a ellos, respondiendo a la inquietud de consejos finales que planteara José Luis:  

Resistan.

Hay que resistirlo todo: la pena, el hambre, la soledad, la incomprensión, la censura, el rechazo, el desconocimiento e inexistencia en librerías de los autores verdaderamente importantes. Las miradas de desprecio, las burlas de quienes no escriben y no entienden nada, pero sobre todo de quienes también escriben, porque ellos suelen ser los que menos entienden. Resistir y dejar sólo las historias que puedan cambiar nuestras vidas, ya sea leyéndolas bajo la voz de otros autores como escribiéndolas uno mismo.

Sé bien que este tipo de certeza sólo puede alcanzarse a través de la experiencia, pero me gustaría pensar que incluso una pequeña charla como ésta podría considerarse como una. 

Pero, sobre todo, me gustaría pensar que finalmente no  hubiera desilusionado a mi yo adolescente, si hubiera estado presente allí.

Muchas gracias, José Luis, Francisca, a la institución misma y a los alumnos del Colegio Altamira que estuvieron presentes en la charla, en especial a aquellos que compartieron activamente con sus voces. La experiencia fue muy entretenida.


Nota:

Este es la nota periodística oficial del Colegio Altamira respecto a la charla. 

sábado, 19 de abril de 2014

Columna: The Life and Times of Scrooge McDuck o la humanidad de Tío Rico

En tanto personaje de Disney, hay mucho prejuicio en torno a Tío Rico como emblema del capitalismo. Pero ¿qué se esconde tras esta superficie? Las obras de Don Rosa y de Tuomas Holopainen recrean la historia de Tío Rico, convirtiendo su vida en una narración humana y significativa.

Quiero comenzar este texto aclarando que aquello de lo que voy a hablar a continuación no tiene mucho que ver, a simple vista, con el perfil de este blog. ¿Pero saben qué? No me importa en lo absoluto. Prefiero escribir aquí sobre historias que no puedan vincularse inmediatamente a la Fantasía pero que sí reflejen su esencia última, a terminar llenándome la boca (o los dedos) de cosas que tengan algunos elementos fácilmente reconocibles pero que sean vanas y mediocres. Falsas.

Escribir sobre esto para mí es una necesidad y un compromiso. Por ello, este texto volverá a mostrarse íntimo y personal en sus palabras, así como extraordinariamente extenso. En esta oportunidad no deseo fragmentarlo en varias partes como he hecho con otras entradas: el que quiera leerlo entero, puede hacerlo hoy u otro día. Y si nadie quiere leerlo está bien: este es mi viaje y lo comparto para brindarle a alguien la oportunidad de viajar conmigo también y compartir a su vez sus propias experiencias, si lo desea.

Esto sobre lo que voy a escribir es algo que se conecta con un recuerdo de mi infancia y que ahora, luego de muchísimo tiempo, ha despertado y revelado una dimensión que jamás imaginé por esos años.  Estoy hablando de una historia que cuenta la vida de un personaje mundialmente conocido: Scrooge McDuck (Tío Rico o Rico McPato en Latinoamérica) y de dos creaciones que me impactaron muchísimo por la forma en la que la cuentan. Me refiero a The Life and Times of Scrooge McDuck, obra del dibujante de cómics Don Rosa, y Music Inspired by The Life and Times of Scrooge, álbum concebido como banda sonora no oficial para este trabajo, compuesto por Tuomas Holopainen, líder de Nightwish.

La niña que leía historietas de Disney y soñaba sus propias historias

Disney: una palabra casi prescrita hoy para quienes tratan de posar de inteligentes. Que los trabajos de la compañía son un reflejo de concepciones de género y sociales reprochables, que la marca en sí misma, material e ideológicamente, puede asociarse al colonialismo o al capitalismo, que las obras antiguas son demasiado pueriles y las más recientes demasiado sexualizadas o imbéciles… O sea, refritos de las ideas lobotomizadas del lamentable Para leer al Pato Donald, un panfleto político dedicado a demostrar que Disney, al igual que sus historias y personajes, son los responsables de los grandes males de nuestra sociedad etcétera.

Ante esto, me pregunto sinceramente si alguien recordará alguna vez que el nombre de esta empresa es el apellido de uno de los creadores más relevantes que haya conocido el mundo, más allá de lo que pueda achacársele como persona, y que tras su sello trabajaron numerosos creadores que siguieron su senda estética.

A mí me gusta bastante Disney en tanto compañía creativa, sobre todo en su faceta más clásica, la que trabajaba con historias que importaban y no con marcas comerciales como anécdotas adolescentes serializadas. Últimamente, me han gustado sus obras más recientes, que han añadido interesantes vueltas de tuerca al imaginario popular de la empresa. Por supuesto, esta es la visión de una adulta: de niña me daba exactamente lo mismo tener que justificar que me gustaban las historias Disney. No andaba buscando concepciones de género que cuestionar ni mensajes ideológicos encubiertos ni nada eso: me compraban mis revistas de monitos y leía para entretenerme. Entre ellas, naturalmente, había muchas sobre el universo clásico de Disney.

Pertenezco a la generación de quienes crecimos en una fase de transición entre la sociedad de antes y la globalizada, con un despliegue tecnológico cada vez mayor y angustiante. A los niños se les compraban juguetes, revistas de dibujos animados o, a lo más, videojuegos con corazón, no celulares o tablets. A mí me compraban sobre todo los dos primeros, y en especial las revistas, que eran más baratas: Variedades, Disneylandia, Mickey Mouse, El Pato Donald y mi máxima favorita: Chip & Dale, Comando de Rescate. Las primeras historias que despertaron en mí, a mis cuatro años, el acto de crear mis propias ficciones, a modo de fanfics mentales mientras corría en círculos (por cierto, aún corro en círculos de vez en cuando pensando en historias que nunca escribiré, y lo haré hasta que me muera).

Con todo, ya por esos días la calidad narrativa general de las revistas había empezado a decrecer bastante. Aún recuerdo mi decepción infantil al descubrir de pronto que la genial Comando de Rescate había vuelto a las más ingenuas Chip & Dale; desde siempre me sentí mucho más inclinada a la narrativa antes que a la anécdota humorística e irrelevante. Por lo mismo, las revistas que más leía y releía de Disney no solían ser las que me compraban, sino las que mi familia tenía como un tesoro olvidado en casa, pertenecientes a mi madre y a mi tía, y que se habían editado en los años 70’ y 80’. Esas historias eran una pequeña maravilla para quien sabía leer desde antes de los cuatro años y ya no se sentía desafiada por las adaptaciones de cuentos infantiles, pero que aún se dejaba intimidar por la extensión de obras como "Los cisnes salvajes" de Andersen. 

Había muchísima narrativa en cada viñeta, tanto en términos textuales como visuales. Estoy segura de que si hoy tuviera en mis manos una de esas revistas otra vez (los ejemplares desaparecieron inexplicablemente, como tantas cosas importantes en mi vida), recordaría cada una de esas historias y los paneles que las contaban. Recuerdo con especial maravilla una historia de Tío Rico y la psicoflama, que expresaba sus deseos reprimidos, por ser la única que leí en que los Chicos Malos ganaban y se quedaban con el dinero. También, una que explica cómo la inocente presencia de los patos en una sociedad medio oriental que desconocía hasta entonces el dinero se aniquilaba moralmente al descubrir conceptos como la ambición o la riqueza. En fin: podría seguir, pero con esas dos bastan. 

Patolandia y sus habitantes, con todas sus gracias y miserias (que las habían), fueron parte importante de mi infancia y nutrieron a su modo mi imaginario. No estoy segura si realmente podría considerársele como Fantasía, porque la mayor parte de ellas se basaba en personajes animales antropomorfos que vivían en entornos urbanos contemporáneos de la época, más o menos identificables con locaciones reales. Sin embargo, también cabía en estos universos las más diversas aventuras y quiebres propios de lo fantástico y la ciencia ficción. Por último, en estas historias había de todo, desde el humor más ingenioso hasta las escenas más chocantes y reflexivas. Como sea, fueron ficciones cuya lectura en mi más temprana infancia me ayudaron a ser quien soy hoy, para bien y para mal.

Este recorrido íntimo a lo largo de esos años es para contextualizar mi postura y cercanía emocional ante las historias de Disney y de un personaje en particular como Rico MacPato. Al enterarme de que Tuomas estaba trabajando en una rendición creativa personal sobre la obra de Don Rosa, me entusiasmé mucho. Creo que Tuomas es un gran compositor y me siento especialmente cercana al imaginario estético que ha venido plasmando en sus canciones para Nightwish. Tras leer la biografía oficial del grupo, además, tenía claro que en su infancia había disfrutado de las historietas de Disney con tanto o más pasión que yo. Talento, visión, sinceridad y corazón: era todo lo que podía pensar que necesitaba alguien como él para crear una obra trascendente.

Y, por supuesto, emulando la misma actitud que había tenido hace más de diez años cuando descubrí El Señor de los Anillos por un tráiler de la primera película (sí) y me propuse a mí misma leerme todos los libros antes de verla, aquí me propuse leerme el libro de Don Rosa antes de que se lanzara el disco. Así fue como me encontré con una obra que me impactó a un nivel que me cuesta explicar. Me dediqué a buscar más y más información sobre los aspectos de su creación, que ahora comparto para ir acotando cada vez más esta contextualización hacia lo que en verdad nos importa: esta historia.


Aquellos, los que dibujaban patos


Don Rosa es un dibujante de Disney, hoy retirado, que se especializó en la ilustración de historietas sobre la familia Duck (en especial, Donald Duck y Scrooge McDuck). Es considerado popularmente como el mejor autor en esa línea, luego del difunto Carl Barks, creador del propio Scrooge y reconocido como uno de los grandes genios de las caricaturas por su personal estilo de dibujo, así como la profundidad y calidad de sus narraciones. De hecho, por lo general las historietas de Disney se presentan de manera anónima a los lectores, pero se cuenta que estos mismos fueron identificando una impronta particular en determinadas historias y que así fue como se identificó a Barks.

Se podría considerar a Rosa como un discípulo de Barks, pues constantemente ha confesado que vio en él una figura de inspiración para sus propios trabajos. De hecho, las obras más relevantes de Rosa en el área se basan en mundos y personajes que creó Barks, pero concebidas a través de su estilo personal, procurando mantenerse fiel al perfil original de estos y explotando sus potencialidades. Esta admiración es una clara demostración de que, en la gente de verdadero talento, no existe la presión por la influencia del maestro ni la estúpida ambición de “superarlo” o subvertirlo (casi siempre, moralmente), sino sólo en contar la propia historia, honrando las de quienes inspiraron semejante destino.

No deja de ser interesante, de todos modos, crear una obra como ésta a partir de personajes y narraciones ajenas y hacerlo apropiándose personalmente de la historia. Pero Rosa lo hizo. 

La obra consiste en una reescritura cohesionada y cronológica de los diversos episodios que Barks concibió o esbozó fragmentariamente en sus propios trabajos, a modo de raccontos o recuerdos generales de Scrooge sobre su juventud y sus peripecias rumbo a la adquisición de sus riquezas. En una encomiable labor de rastreo de estos aspectos, por muy superficiales que fuesen, Rosa logró trazar un mapa de referencias sobre las que trabajar. A partir de ellas, complementadas con una profunda investigación sobre el contexto histórico real para cada fecha y locación y múltiples referencias fílmicas para complementar la narrativa, Rosa contó su visión personal sobre la vida del personaje. Y lo hizo de una forma extraordinaria, entregando la que es probablemente una de las mejores obras en su género y una historia tan desgarradora como conmovedora, trufada de humor y dolor y esperanza, como la vida misma. 


La historia de un pato llamado Scrooge McDuck

I


I remember it as if it was yesterday.
My papa took me to see the ancestral home of our clan. […] 
In this sight of former glory, of ochre grass and bracken, sadness and hope, 
this is where I begin my story.


Contrario a lo que el restringido imaginario popular nos cuenta sobre el personaje, la verdad es que hay mucho que escarbar en su pasado y motivaciones. Uno de los méritos de esta obra es que, en su intención por narrar la vida de Scrooge desde su infancia a su vejez, nos va enseñando cómo su carácter va formándose a partir de las experiencias que le toca vivir y cómo, también, éste termina cayendo en actitudes y conductas reprochables hacia la última fase de su existencia, una vez alcanzada su meta de convertirse en uno de los más ricos del mundo. Quizá a muchos les basta con pensar en Scrooge como un pato miserable y capitalista, de un pésimo carácter y nulo sentido familiar, pero esta historia ahonda asimismo en la pregunta que todos debiéramos plantearlos al encontrarnos con alguien así: ¿Qué le hizo cambiar tanto?, ¿cuáles han sido sus vivencias y sentimientos a lo largo de los años, como para que ahora sea de esa forma?

Esta historia, en suma, parte de la premisa de mostrarnos la faceta más humana de Scrooge, para que podamos entenderlo de una manera muchísimo más compleja, estética y plena de sentido que como mera alegoría o símbolo de una ideología capitalista, como tanto le gusta a cierta gente cognitiva y emocionalmente limitada, que no tiene idea del destino de una historia.

Esta historia comienza cuando Scrooge McDuck tiene sólo diez años y su padre lo lleva a ver el hogar original del noble clan de los McDuck, de los cuales su propia familia, residente en Glasgow, es su empobrecida heredera. Fergus McDuck, sin embargo, tiene grandes esperanzas para su hijo mayor dado su carácter fuerte, así que le propone ser lustrabotas como apoyo económico familiar. En un plan secreto que tiene éxito en Scrooge, el padre le enseña indirectamente una gran lección de vida que cobra sentido gracias a la obtención del primer penique, su primer dinero obtenido gracias al trabajo duro y honrado. Scrooge continúa expandiendo su negocio, hasta que tiene la ocurrencia de viajar a Norteamérica a probar suerte… lo que finalmente consigue, con el dolor de separarse de sus padres y hermanas menores y el entusiasmo y el miedo de lo que supone marcharse a solas a otro continente.




Este primer capítulo es representado bellamente por la pista “Glasgow 1877” de Tuomas, con claras influencias escocesas y la narración del propio Scrooge al momento de introducir el inicio de su historia. La sensación que se desprende del tema da cuenta de los enigmáticos parajes que rodean la abandonada mansión McDuck, como testigo de un legado que ahora, casi literalmente, yace en harapos en sus últimos descendientes. Pero también de los sentimientos de maravilla y frustración del pequeño Scrooge al ver que su familia ha sido expulsada de esos terrenos que le pertenecerían por derecho propio y que ninguno de sus integrantes tiene la fuerza suficiente como para enfrentarse a ello. Los compases finales de piano parecen señalarnos al mismo tiempo el esfuerzo de nuestro protagonista por ayudar a su gente y su posterior decisión de buscar su destino muy, muy lejos de su hogar… con la esperanza de volver algún día.

A partir de este viaje, veremos a Scrooge abocado a un sinnúmero de oficios y negocios, todos ellos riesgosos tanto por los peligros naturales de semejantes tareas como por la traición, cobardía y mediocridad de muchas personas (prestamistas, forajidos, ladrones y exploradores, entre muchos otros) que pretenden conseguir sus objetivos aniquilando o aprovechándose del esfuerzo ajeno. En sus primeras aventuras, es casi una constante que Scrooge parezca al fin haberse establecido, justo para que algo ocurra y se desbaraten sus planes o quede en desventaja frente a sus deshonestos competidores, pero nuestro protagonista nunca se rinde: el contacto de su primer centavo, sus recuerdos sobre su familia y la convicción en su propio destino lo ayudan a seguir adelante. 

II


Far, far into the night 
your calling guided you. 
Far, far across the dark 
horizon filled with red


De Escocia a Estados Unidos, pasando por Canadá e incluso por África, Scrooge se muestra siempre dispuesto a aceptar el desafío del negocio de turno, en conflictos fielmente contextualizados por la labor de investigación histórica que realiza Rosa. Musicalmente, Tuomas hace un gran trabajo al recoger las influencias sonoras de esas zonas para ambientar las peripecias del pato, ya sea en las intrépidas sonoridades del banjo en “Into the West”, que rememoran los esfuerzos de Scrooge para montar a caballo, o el sabor tribal de “Dreamtime”, que en su aire onírico representa con gran fidelidad el trance que vive el protagonista y que anticipa de manera casi mítica sus futuras aventuras con sus sobrinos.




Todas estas experiencias le permiten ir comprendiendo al personaje que el camino al éxito está poblado de fracasos y de gente que, por alguna u otra razón, legítima o no, siempre va a estar más adelante y con más ventajas que uno. Sin embargo, este largo recorrido también le permite conocer personas que se convierten en breves compañías y que le brindan su apoyo en numerosos episodios, aunque jamás por mucho tiempo. Scrooge, en el fondo, es un pato solitario y desconfiando, que para entonces ha consagrado su vida a un solo sueño: tener éxito en plena fiebre del oro y dar con el filón necesario… 

III


O Me! O Life! Here in the wild 
nothing but two cold Klondike hearts


Ahora bien, no es sino esta condición solitaria lo que hace más interesante su curiosa relación con Goldie O’Gilt, que se convierte en una suerte de amor prohibido para el duro Scrooge. La atracción entre ambos es evidente, representando determinados modelos de masculinidad y femineidad basados en nociones culturales de otras épocas, sin duda, pero en lo absoluto caricaturizadas. Tuomas lo refleja muy bien con el tema “Cold Heart of the Klondike”, que a un tiempo expresa la dureza natural del entorno y de la etapa en que se encuentra Scrooge, pero asimismo la testarudez de ambos enamorados. La tensión creciente del tema, además, consigue representar la angustiante situación en que se encuentra el pato, desesperado por dar por fin con la fuente de su riqueza y a la vez urgido por sus sentimientos.

© Larocka84


Pero acaso las relaciones más profundas y conmovedoras son las que Scrooge mantiene con su familia y su tierra natal desde su partida hasta sus regresos temporales a Glasgow, primero para defender el honor de los McDuck en un duelo y luego para intentar volver a modo de hijo pródigo para su comunidad. Estos episodios, divididos entre el conflicto y el esparcimiento familiar, se ven reflejados por el tema “Duel & Cloudscape”, que es el único en presentar una sección identificable con el sentido del humor que permea buena parte de la historia y que, curiosamente, no desentona con la otra sección, de melodía e instrumentación mucho más épica. Bien, he nombrado un adjetivo prohibido para mí, sólo que aquí lo hago porque aparece redimido: Scrooge le hace justicia al honor de su clan, literalmente, con espada en mano, con la intervención sobrenatural de sus antepasados. Considerando el historial de los McDuck, esto no tiene nada que ver con los enfrentamientos pueriles y las salvaciones de mundo luchando contra un ser maligno u oscuro: es un duelo personal por la familia.




Hay que recordar ahora que, en un principio, la comunicación del jovencísimo Scrooge con sus padres y hermanas se limita a cartas cada vez más espaciadas a medida que va pasando el tiempo. El primer retorno del personaje, por otra parte, es elocuente en el sentido que supone su reencuentro con el legado que aparentemente había dejado atrás y con sus hermanas menores, a las que había dejado siendo ellas apenas unas niñas muy pequeñas. Pero sin duda el episodio más dramático en ese sentido tiene lugar en su segundo retorno, cuando Scrooge descubre hasta qué punto puede cambiar la percepción de una comunidad cuando alguien a quien consideraban parte de ella se ha desmarcado por sus propios méritos.

Nuestro protagonista se ve forzado a sufrir desde desvergonzadas peticiones hasta humillaciones y burlas, llegando a comprender que Glasgow ya ha dejado de su hogar. Este entendimiento cobra un sentido tan bello como doloroso gracias al genio narrativo de Rosa, pues lo une a la despedida definitiva de los padres del personaje, permitiéndole así desprenderse de sus últimas raíces y llevarse a sus ya crecidas hermanas a Norteamérica. Los compases calmos del piano en el tema “Goodbye, Papa” nos permiten rememorar ese sentimiento y abrazarlo como algo inevitable en la vida de todo ser vivo, incapaz de vencer a la muerte. Es así como escena de la despedida de Scrooge de su padre, sin ir más lejos, es probablemente uno de los momentos más emotivos y poéticos de esta historia, una demostración más, si es que para entonces no había quedado claro, que esta obra es mucho más que un mero compendio de historietas de humor. 




IV

Silent night, silent years 
The cold heart haunting still


A partir de este punto, podríamos entrar a hablar de una segunda parte en esta historia. La primera podría interpretarse como el progresivo crecimiento de Scrooge, a modo de una bildungsroman más o menos tradicional, en busca de su destino. Pero, una vez adquirida la riqueza tan anhelada, ¿qué más queda? Una maravillosa cita, extraída del momento exacto en que el protagonista se encuentra ante lo que podría ser al fin oro, da cuenta de esta vacilación:



Scrooge está consciente que toda su vida cambiará a partir de esto y sospecha que el sentido de su destino cobrará un nuevo rumbo. Por lo mismo, los siguientes episodios en la obra de Rosa se dedicarán a mostrar cómo Scrooge se encarga de lidiar con su nueva vida de magnate en ciernes, protegiendo obsesivamente el capital que tanto le ha costado amasar. Y aquí comienza el giro más interesante de la historia: la decadencia moral del personaje. Cuando has sacrificado o simplemente perdido tanto, cuando has sufrido el azote de la tristeza y la nostalgia junto al ramalazo del dolor y el cansancio físico, cuando has dejado huellas en tantas zonas del mundo sin jamás poder establecerte a salvo… ¿cómo esperar no desesperar?

En estos episodios asistimos con angustia a los actos más terribles que va cometiendo el hasta entonces casi intachable Scrooge, partiendo con los desaires hacia sus hermanas, que ya no pueden reconocer en él su bondad de antaño, y siguiendo con numerosas injusticias hacia comunidades inocentes. A pesar de que el remordimiento no es ajeno a esta etapa, siempre parece entrometerse algo relacionado al mundo financiero que aparta a Scrooge de la verdadera redención. Brillante es en ese sentido la forma en la que Rosa trabajó poéticamente el concepto de la consciencia, a partir de la creación de un curioso personaje cuya función narrativa recuerda muchísimo a la relación entre el doctor Frankenstein y la Criatura, en la novela de Mary Shelley.

El empleo del ritmo narrativo también resulta muy bien trabajado, avanzando muchísimos años en el tiempo para mostrar a un Scrooge avejentado y misántropo, hundido en su dinero y con un nulo aprecio por la humanidad en general. Es decir, una visión mucho más cercana al imaginario popular, sólo que ahora el lector entiende muy bien cómo ha sido que el personaje ha llegado a esa forma de ver el mundo. Tuomas lo expresa descarnadamente en el tema “To be rich”, que expone dramáticamente los reveses que ha significado la conclusión de un sueño de toda una vida en la vida de Scrooge.



V

Yet it isn't the gold that I'm wanting so much 
as just finding the gold.

Things we lost
The things we couldn't share, 
another rainbows end.
Another memory.


Hasta este capítulo, la historia podría considerarse como un realista y deprimente testimonio del efecto del dinero y, peor aún, de lo que pasa cuando convertimos nuestros sueños en realidad y nos sumergimos de lleno en ello, perdiendo el contacto con aquello que nos inspiró en primer lugar soñarlos: el amor a algo o alguien, el deseo de superarnos a nosotros mismos y por entrega a quienes amamos.

Pero, como siempre pasa en las historias verdaderamente importantes y necesarias, ésta no acaba aquí. 

Por fin entran en escena otros personajes de Patolandia que conocemos muy bien, Donald y sus sobrinos, y es así como asistimos a un conmovedor y maravilloso reencuentro con el corazón de Scrooge, por tantos años confinado. Es sólo entonces que el protagonista consigue reencontrarse a sí mismo con el verdadero sentido de su vida: no la riqueza por sí misma, sino lo que ella, en su visión ética particular, significó: esfuerzo, perseverancia, voluntad y honestidad. Como se menciona explícitamente en el canon de Barks, Scrooge descubre que cada moneda cuenta una historia sobre su existencia; con el tiempo él lograra rememorar buena parte de ella a partir de su sola contemplación. El valor del primer centavo reluce con especial significado: no es un centavo de la suerte, como suele pensarse, sino un símbolo y un memento personal que recuerda el costo del esfuerzo personal enfrentado a la mediocridad propia y ajena, inherente a los humanos (o patos).



A mi parecer, Tuomas condensó este descubrimiento y aceptación en el tema “The Last Sled”, que si bien cronológicamente debiera situarse antes, corresponde a una suerte de declaración de principios de Scrooge. Elocuente también es el lema en latín “Fortuna favet fortibus” (la Fortuna favorece a los valientes), porque simboliza todo el destino del personaje hasta entonces.


VI


Story of your life, time of solitude and strife,
freedom of an open road, hope and many miles to go.
Promises to keep, countless gold fields to reap.
To be rich is to seek, to relive a memory


Y en un desenlace absolutamente descollante, de esos que mueven al lector comprometido a las lágrimas, Rosa se permite condensar en una única imagen a página completa (un lujo para este género) todas nuestras concepciones sobre el personaje: desde los prejuicios hacia su forma de ser, expresados en los pensamientos de Donald, hasta un recorrido gráfico por las mayores aventuras del protagonista. La mirada que el autor imprime a Scrooge en este momento, acaso más incluso que el dibujo de sus recuerdos, es el cierre perfecto para una obra con tanta sinceridad como ésta.




Puede parecer que he contado aquí buena parte de la historia, pero nada más lejos de la realidad. La calidad narrativa de Rosa es tan impecable para el formato que ningún resumen glosado con interpretaciones personales como éste podría opacarla. Como lo he comentado, y como probablemente lo he evidenciado en este texto, The Life and Times of Scrooge McDuck es un trabajo narrativo sobresaliente que, aparentemente, tiene como público objetivo al infantil, pero que en realidad apela al público adulto que creció leyendo las historias del personaje y que quizá nunca tuvo oportunidad para conocer su verdadero pasado. 

Es ésta una historia altamente emotiva y melancólica, pero que nunca aparta del todo el sentido del humor, incluso en las últimas páginas. Más importante aún, es una historia que entrega esperanzas incluso en experiencias tan complejas y entendibles como el envilecimiento de alguien a causa de las penurias vividas constantemente por décadas enteras. En circunstancias en que otras historias similares se refocilarían en la amargura (y muchos la aplaudirían por eso), ésta va más allá, apostando por la redención y sinceridad. Y todo de una forma que no tiene nada de gratuita o de moralina.

Es cierto que la narración podría interpretarse como un llamado al esfuerzo y a la rectitud, pero trasciende esto, pues no evita las zonas más oscuras. Las cosas no suelen salir bien cuando eres recto, y muchas veces el esfuerzo personal no vale nada ante quienes tiene más poder o carisma (o dinero, de paso) que tú. Uno de los aspectos que más valoro personalmente es que la vida de Scrooge, contada por Rosa, nos advierte también los peligros que corremos cuando hemos sufrido demasiado en el camino por nuestros sueños; creo que no he leído otra historia que lo haya narrado con tanto desgarro como ésta. Siguiendo los principios de aplicabilidad de Tolkien, como lectora destaco en especial eso, de una obra llena de aspectos que destacar.

Ah, y Tuomas le da un cierre adicional a su disco, que ayuda a complementar lo anterior. Aunque no se trate de información canónica, se sabe que Scrooge falleció a los 100 años, en 1967. El último tema, “Go slowly now, sands of time”, entre citas al poema "Requiem" de R.L Stevenson y alusiones al Auld Lag Syne, se encarga de traernos una voz de un Scrooge cerca de su muerte que ruega por permanecer un rato más, por tener aún aventuras que recorrer… pero que a la vez está consciente de que debe partir ya a reunirse con sus ancestros… y a esas alturas, quienes conocemos la historia, no podemos sino pensar en cuánto merece estar a su lado.

Espero sinceramente que el álbum de Tuomas consiga acercar más gente a la obra, aun cuando supongo que serán muchos los que simplemente se dediquen a escucharlo o evaluarlo en función de música descontextualizada y que sus valoraciones tendrán insertos tan condescendientes e imbéciles como “a pesar de que hable de la vida de un pato…” o “no entiendo por qué Tuomas se inspiraría en una pendejada como Ducktales [sic]/un personaje de Disney”. Soy de la opinión de que ambas obras deben experimentarse juntas, y de que en especial nadie debería caer en la desfachatez de acercarse al disco sin conocer o apreciar la historia que lo inspiró. Ahora bien, tras mi lectura de The Life and times of Scrooge McDuck, recuerdo que lo que más hay en este mundo es desfachatez y gente que se cree con el derecho de opinar sobre cosas de las que no tienen idea (por ejemplo, la Fantasía). Pero, furia aparte —yo también tengo algo de Scrooge; ojalá fuera el valor—, desearía que este disco pudiera potenciar la experiencia y hacerle (re)descrubrir al lector esta historia. 

Conmigo lo hizo, y fue maravilloso. Es maravilloso cuando un creador le rinde honores de esta forma a una obra de otro creador: primero, Don Rosa a Carl Barks, y ahora Tuomas a Don Rosa. Es maravilloso porque te recuerda el sentido de crear y te hace sentir orgullo por tus verdaderos maestros, los que levantaron mundos enteros con sus historias, mundos que te ayudaron a sobrevivir, a decidir sobrevivir.

Como en cada caso de obra que me impacta poderosamente, me siento en la obligación de agradecer de corazón a estos dos creadores por su trabajo: a Don Rosa, por ayudarme a rememorar algunos de los escasos momentos felices de mi infancia y redescubrir estas historias, y a Tuomas, por darle una nueva dimensión a esta obra en particular y una nueva razón para amarla. ¡Gracias!

© Nuttylsa


Referencias

Rosa, Don. The Life and Times of Scrooge McDuck. California: BOOM! Studios, 2010. [Novela gráfica, Premio Eisner 1995]

Holopainen, Tuomas. Music Inspired byThe Life and Times of Scrooge. Göppingen: Nuclear Blast, 2014. [Álbum conceptual no autorizado]

* Nota: la mayoría de las ilustraciones de esta entrada pertenecen a la obra de Don Rosa, a excepción de algunos fan art, que han sido atribuidos a sus respectivos autores.